El tema de la adopción de niños por parte de uniones homosexuales no es un tema de religión, de filosofía o de sociología. Es algo que refiere esencialmente al respeto de la misma naturaleza humana. Aceptar la adopción de niños por parejas homosexuales es ir contra la misma naturaleza humana, y consiguientemente es ir contra los derechos fundamentales del ser humano en cuanto persona.Como de costumbre, cualquier intento de conceder a los homosexuales y otras minorías despreciadas por la Iglesia los derechos que tenemos los demás es rechazado con el argumento de que “hay que pensar en los niños” y con esa pseudo-antropología que se resume en “hombre tiene pene, mujer tiene vagina, hombre sólo va con mujer, amén”.
Como ya explicamos en otra ocasión, para el catolicismo la “naturaleza humana” es algo distinto a lo que la mayoría de nosotros, gente más o menos pensante, creemos que es. La naturaleza humana es definida por los criterios antiquísimos de filósofos muertos hace milenios, más las contribuciones hechas a esa tradición por los jerarcas eclesiásticos y sus escribas desde la Edad Media a esta parte; todo eso se consagra como doctrina invariable y como Verdad (con mayúsculas), y ahí termina la posibilidad de discusión. Cotugno lo dice claramente: la Verdad que él defiende no tiene punto de contacto con la religión (entendida como actividad humana, libre), con la filosofía (que es sobre todo reflexión y búsqueda, no fijación de verdades), ni con la sociología (que es ciencia, autocrítica y en busca de la objetividad). La realidad está excluida.
De más está decir que los formadores de esta Verdad católica son y han sido siempre hombres, heterosexuales (u homosexuales severamente reprimidos), machistas, misóginos, y con criterios que, de no verse legitimados por el título de filósofos o santificados por su pertenencia a una religión popular, consideraríamos absolutamente bárbaros y atrasados. Si los filósofos que alimentaron al cristianismo fueran los dictadores de nuestra sociedad, la esclavitud estaría permitida; nobles y plebeyos estarían separados por ley; las mujeres vivirían segregadas de los hombres; no tendríamos gobiernos democráticos, ni igualdad de sexos, ni libertad religiosa o de conciencia, ni ninguno de los derechos de que hoy disfrutamos (hasta cierto punto) en Occidente.
Poco puede decirse que no haya dicho ya, salvo algo que Cotugno mismo nos señala:
En definitiva, los niños no pueden ser utilizados como instrumento para la reivindicación de derechos de unas personas, de un grupo; ni la adopción es una institución que pueda regirse por criterios de conveniencia política.Habla el representante de una institución que, con el pretexto de proteger a los niños y a la familia, los utiliza en campañas políticas muy sucias, plagadas de prejuicios y de desinformación, para mantener un statu quo injusto.
Otra vez mis felicitaciones a los uruguayos, los más laicos de América, que hace poco concedieron a todas las parejas la posibilidad de la unión civil y comenzaron a legislar el uso de células madre embrionarias, todo ello contra la oposición de una Iglesia retardataria y (esperemos) en retirada.