“Al actual diálogo con las religiones debe agregarse sobre todo el diálogo con aquellos para los que la religión es una cosa extraña, para los que Dios es un desconocido y que deseen acercarse al menos como ese Desconocido.”(Es de suponer que la mayúscula en la palabra Desconocido fue piadosamente insertada por el cronista.)
Ahora, ¿es Benedicto tonto, o se hace? La clase de diálogo en que se le da paso amablemente a un “patio de los gentiles” (Benedicto dixit) a alguien que no conoce a Dios, y que desee acercarse, no es un diálogo entre iguales: es el acercamiento del ignorante al sabio, para ser ilustrado; es el acercamiento que los dueños de la verdad, magnánimos, permiten de parte de personas a quienes —en el mejor de los casos— les tienen lástima, cuando no simplemente aborrecen. ¿Cuántas personas hay “para los que la religión es una cosa extraña”? Quizá haya unos cuantos en ciertos países europeos muy secularizados, pero no muchos. A la mayoría de los que no creemos en Dios, la religión nos es dolorosamente conocida. Ya la probamos y la encontramos en falta. ¿Cree el Papa que los ateos y agnósticos simplemente no sabemos de qué nos estamos perdiendo?
¿Cuántos ateos y agnósticos de todas las variedades desean acercarse a ese algo desconocido que Benedicto llama Dios? ¿Cuántos desearían hacerlo en estas condiciones? El diálogo que el Papa quiere es el del penitente que se arroja a los pies del maestro y confiesa ser un ignorante. Que se quede Benedicto con su diálogo y con su divina invención.