martes, 15 de diciembre de 2009

Miren qué grande que tengo la Navidad (A160)

Es esa época del año en que todos, salvo aquellos que realmente aman lo cursi y lo kitsch y sienten fascinación por los objetos brillantes, nos saturamos muy pronto de ver bolas de colores en las ventanas, guirnaldas cruzadas y colgadas sobre todo tipo de mercancía, y arbolitos de plástico con ramas imposibles entorpeciendo las vidrieras de los comercios. Esto es lo que se conoce como “espíritu navideño”, y supuestamente tiene que ver con el nacimiento de un judío palestino llamado Jesús, que para algunos fue un profeta y para otros Dios e hijo de Dios (al mismo tiempo), aunque entre tanta decoración plástica, tantas botellas de sidra y budines y turrones de almendras y arrollados de pollo y mayonesas y ensaladas, tanto encuentro forzado con familiares lejanos, tantas ofertas y tantos gastos, es seguro que casi nadie tiene presente el natalicio del tal Jesús, ni siquiera al momento de montar el “pesebre”, que representa, o más bien simboliza, el mito de la humilde llegada al mundo de su rey sobrenatural.

Aquí en Argentina, y en toda Latinoamérica, y de hecho en casi todo el mundo, no existe la cultura o la doctrina de la separación entre iglesia y estado, y por lo tanto nos son ajenos los debates que en Estados Unidos, tierra de excepción (el único país desarrollado donde las masas todavía practican la religión), se reeditan cada año bajo el nombre de War on Christmas, la guerra a la Navidad. Esta “guerra” es la lucha de los sectores laicistas para que se respete el precepto constitucional de separación y no se utilicen espacios públicos ni se propalen mensajes estatales orientados a celebrar la natividad de Jesús, puesto que se trata de un evento sectario cristiano.

En Estados Unidos sería impensable, si el principio se respetara a rajatabla, que la capital del país permitiera que el arzobispado local ocupara una plaza para montar “el pesebre más grande del mundo”, calificativo esperanzado del engendro que está por erigirse en Buenos Aires. Su constructor, Fernando Pugliese, responsable de ese engendro aún mayor y de peor gusto que es el parque temático Tierra Santa, promete que este megapesebre “va a contar con carrozas, príncipes, princesas, con todo lo que se puedan imaginar”, lo cual realmente le hace a uno dudar de si está confundiendo Navidad con Carnaval.

A cuento de esto viene una de las siempre oportunas y ácidas notas de Christopher Hitchens sobre el tema de la representación de la Navidad, aparecida en el Star Tribune. Hitchens descuenta que no corresponde poner pesebres en las plazas, y mucho menos en la Casa Blanca, excepto en el sector privado donde reside la familia Obama, pero tangencialmente critica la ridiculez, la vacuidad, del pesebre como ícono cristiano, un ícono al cual los creyentes defienden como sagrado y que desearían colocar, parece, en cualquier lugar donde el hambriento “espíritu navideño” ansíe llegar:
Ninguno de los cuatro evangelios nos da idea alguna sobre la época del año en que la supuesta Natividad ocurrió. Sólo dos evangelios mencionan la virginidad de María, y sólo uno contiene mención de un “pesebre”. Reyes magos y pastores están repartidos de forma igualmente despareja a lo largo de estas narraciones discrepantes. Así que la colocación de un nacimiento rodeado por un grupo incongruente de humanos y animales no tiene más legitimación escritural que La vida de Brian. Más aún, esta puesta en escena al acercarse el fin de año es en realidad un ritual de aplacamiento de los antiguos dioses nórdicos del solsticio de invierno. […]

No me importa si los cristianos honran el momento montando escenas con, o cantando sobre, renos (una especie difícil de hallar en el área metropolitana de Jerusalén/Belén). Lo mismo vale para los pinos, que tampoco crecen en Palestina. Les deseo toda la diversión.

Pero a pocos minutos de donde viven la mayoría de los estadounidenses hay varias instituciones privadas y parcialmente exentas de impuestos. Se llaman “iglesias”, y si hacen sonar sus campanas tengo que oírlas, y si ponen marquesinas con mensajes inspiradores tengo que verlas. ¿Por qué eso no es suficiente?
Será que nunca es suficiente para algunos creyentes, sean los fundamentalistas comunes o los fanáticos de esa fiesta de comilonas y descuentos que es la Navidad.