
Así pues, el continente africano ha tenido la mala fortuna de quedar apuntado en la lista de prioridades de la multinacional católica, como nueva tierra de promisión para los vendedores de culpa y redención. Sus terribles condiciones materiales elevan su valor: “África representa un inmenso pulmón espiritual para una humanidad que parece estar en crisis de fe y de esperanza.” Esto nos trae los ecos de la Madre Teresa de Calcuta y su amor por los pobres y enfermos; tanto los amaba, que celebraba su existencia y su continuo sufrimiento. África es valiosa para el catolicismo porque sus habitantes, que sufren todo tipo de indignidades, se aferran por ello desesperadamente a Dios, y son blanco fácil de misioneros y de prédicas retrógradas. Qué bueno, piensa Benedicto, que el progreso material les es negado; si tuvieran sus necesidades materiales satisfechas, si tuvieran sociedades funcionales, con un mínimo de justicia, podrían olvidarse de obedecer a los sacerdotes...
Pero entonces, ¿cuáles son los problemas de África que sí preocupan a la Iglesia? Benedicto tiene la respuesta, que previsiblemente es la misma que siempre: África está amenazada primordialmente por dos “patologías”: el materialismo nihilista y relativista occidental y el fundamentalismo religioso. De lo segundo ya sabemos que es amenaza cuando es el fundamentalismo de los otros; el fundamentalismo católico, para Benedicto XVI, es simplemente la religión correcta cuando no hace compromisos con la modernidad.
Sobre el relativismo tenemos la idea (repetida insistentemente por el Papa y sus acólitos, y por tanto casi seguramente falsa) de que es una importación occidental, o más bien una imposición: “desechos tóxicos espirituales” que las naciones desarrolladas depositan en el prístino continente africano, condicionando ayudas monetarias a la aceptación de políticas ajenas a la cultura local. Los africanos, según esta tesis, no tienen capacidad para reflexionar, como han hecho otros pueblos, y decidir que la sumisión de las políticas de estado, de los derechos humanos, de la ciencia y de toda la cultura a una religión dogmática es una receta para el subdesarrollo, para la división y para la discriminación. Ni siquiera tienen la capacidad de mirar al resto del mundo y copiar lo que ven que funciona. Lo único que tienen (y lo único que tendrán si siguen los consejos de Benedicto) es fe. ¡Felices las víctimas, porque de ellas nos alimentaremos!