miércoles, 5 de mayo de 2010

Matrimonio gay: media sanción (A184)

Ayer fue un mal día para el fundamentalismo religioso en Argentina. A pesar de cadenas de oración y renovado ayuno de los grupos evangélicos conservadores, a pesar de severas advertencias episcopales y de reuniones de lobby de la Iglesia con algunos legisladores, esta madrugada se dio media sanción en la Cámara de Diputados al proyecto de modificación del Código Civil que permitirá el matrimonio entre personas del mismo sexo, con 125 votos a favor, 109 en contra y 6 abstenciones.

Ahora falta el paso por el Senado, que promete ser más difícil debido a la correlación de fuerzas entre conservadores y progresistas, aunque es posible que la derrota numérica y moral de anoche hayan mellado las fuerzas de la homofobia organizada.

Escribo que el proyecto permitirá el matrimonio homosexual, en futuro y no en potencial, porque entiendo que —no mediando una catástrofe sociopolítica— este derecho será garantizado tarde o temprano, por la aprobación de este proyecto de ley o de uno idéntico, si es que la Corte Suprema no decide antes declarar la inconstitucionalidad de los artículos discriminatorios del Código Civil, tema con el que ya está tratando.

Y hablo de la derrota moral de la oposición homofóbica en el Congreso porque, a partir de los discursos que escuché, quedó claro que de ese lado no hay argumentos de sustancia.

El conservadurismo comenzó ya un paso atrás: casi todos los diputados que iban a votar contra el dictamen de mayoría (el de la eliminación total de las referencias a la heterosexualidad del matrimonio) se sintieron obligados a proclamar una y otra vez que no eran discriminadores, que los homosexuales tienen derecho a vivir en pareja y ser reconocidos, que nadie más que ellos querían la igualdad entre todos, etc. etc. La mayoría de estos diputados expresó su adhesión al dictamen de minoría, que era la alternativa de crear una unión o enlace civil para parejas, con menos derechos que el matrimonio.

El tema del derecho a la adopción de niños fue usado hasta el hartazgo, al igual que los remanidos asuntos del matrimonio como célula básica de la sociedad “con la cual no podemos ponernos a hacer experimentos”, y el matrimonio concebido como mecanismo de procreación para la supervivencia de la raza humana.

El debate comenzó a las dos de la tarde y terminó más de doce horas después, a la madrugada. Obviamente no pude seguirlo todo, ni seguirlo con atención; en distintos medios están siendo publicados resúmenes, transcripciones y videos de las intervenciones de distintos legisladores, que dejo al lector buscar por su cuenta.

El diputado Ledesma, con bastante mala dicción, comenzó su alocución citando la creación del hombre y la mujer en el Génesis, y afirmando su fe y el carácter católico de la sociedad argentina. La diputada Carrió solicitó una interrupción para pedirle, con su habitual tono mesurado pero demoledor, que hablase por su propia fe, porque otros que también leen la Biblia y son católicos consideran que “la primera Ley es el Amor”. Carrió, un misterio (o una esquizofrénica, según unos cuantos), argumentó luego —dicen— muy bien en favor del matrimonio homosexual, pero terminó absteniéndose en la votación final.

La diputada Hotton dio un discurso que versaba en primer lugar sobre sí misma, víctima (según dijo) de amenazas de muerte por los grupos pro-gay, y dijo que ella no iba a cambiar su voto negativo porque representaba a “millones y millones y millones” (sic) de personas que la votaron. Dijo que había habido “cierta presión” sobre el Congreso para tratar el tema, y después recitó, con dicción de maestra de escuela preocupada, la vieja retahíla sobre el derecho de los niños a tener papá y mamá. Fue con mucho el peor discurso de los que escuché, inarticulado, lleno de clichés y voluntarismo.

La diputada Castaldo aclaró que tenía amigos gays y que eran buenas personas, luego de dedicarle diez minutos a un argumento contra ellos (causa gracia porque al menos en Argentina la muletilla de “yo tengo amigos judíos” es el proverbial preámbulo de los antisemitas no asumidos; lo de los amigos gays va camino de convertirse en un tópico similar). Se detuvo en el tema de los niños, reflexionando que las familias con padres homosexuales siempre serán una minoría, y que como ocurre con las minorías, los niños adoptados por ellas serán discriminados; ergo, no debemos permitir que adopten. Lo obtuso de este argumento, construido a partir de una profecía autocumplida y de un conformismo incompatible con la función del legislador, se le escapó.

La falacia de la pendiente resbaladiza también asomó su fea cabeza, cuando un diputado cuyo nombre no recuerdo reclamó saber con qué fundamento, si dejamos que los homosexuales se casen, le íbamos a negar el matrimonio a grupos de personas, a hermanos entre sí, o a personas con animales. (La diputada Hotton también tocó ese fondo.) El diputado Carlotto denunció esta idiotez por lo que era.

Como cosa aparte y menor, o quizá no, debo decir que la mayoría de las intervenciones de los legisladores anti-MH resultaron de muy baja calidad discursiva y argumental. En particular, muchos de ellos parecían estar leyendo un guión escrito por alguien más y no ensayado, y unos cuantos hubieran merecido un aplazo en lectura. El diputado Fortuna, por ejemplo, perdió por el camino casi todas las eses de fin de sílaba, pronunció todas las equis como eses (¡lo matrimonio ’mosesuale!), y tardó cinco intentos en leer de corrido la palabra “complementariedad”. Lejos de mí discriminar a una persona común por no haber tenido una educación de calidad o por hablar con algún acento no estándar; pero Fortuna no tenía esas excusas.

Del otro lado, algunas intervenciones del bando positivo fueron brillantes; algunos, desde la sociología y la jurisprudencia, enhebraron argumentos abstractos muy buenos; otros, desde lo anecdótico, le dieron vida a un debate que los opositores trataban de despersonalizar. La sorpresa, para mí, fueron los cambios de última hora. Aunque no estoy seguro de cuántos fueron, y cuántos fueron fruto de una verdadera convicción, fui al menos testigo de uno de ellos, cuando la diputada Risko dijo en su alocución que, aunque su postura había sido de duda, escuchar a los que hablaban en contra del proyecto la había convencido de votar a favor. La abstención de Carrió, aunque desilusionó, fue también resonante, ya que al comienzo del debate todos contaban con que iba a votar negativamente, y terminó prometiendo que votaría a favor si su voto fuera crucial.

Éste es un blog sobre religión, tema que jugó muy fuerte tanto explícita como implícitamente en el debate, pero que no fue su objeto principal. Me encuentro de pronto disculpándome con ustedes por escribir tanto sobre un tema que no es el de Alerta Religión. No obstante, creo que tiene su justificación, y esta resistencia inconsciente mía a escribir más es un indicador certero: el matrimonio no se trata de religión, pero el matrimonio como lo hemos conocido hasta ahora giró siempre en torno a la religión en el imaginario social, y las facciones más retrógradas de cada religión han aprovechado el matrimonio, fruto del amor de las parejas y de la necesidad humana de vivir en compañía, para predicar un mensaje de exclusión, de sometimiento de la mujer al hombre y de los niños a los padres, de exaltación de la natalidad y degradación de la infertilidad. Es el Génesis el que en unas pocas frases nos separa en hombres y mujeres, culpa a la mujer de la lujuria del hombre, carga a la mujer con la obligación de parir y sufrir y al hombre con la de trabajar bajo el sol, y nos comanda a ambos a someter por la fuerza del número a las otras formas de vida.

Los derechos de los homosexuales no son el tema de este blog sobre religión, pero la religión ha invadido ese terreno, como una mala hierba de insidiosos rizomas subterráneos, desde siempre. Ella se ha buscado este lugar, de donde ahora hay que expulsarla. El matrimonio, en Argentina y a partir de anoche, ya no se trata tanto de todo esto; las cadenas de la vieja religión se han aflojado un poco.