lunes, 4 de agosto de 2008

Alerta 30: Record de hijos, la meta del buen católico

Una reunión de hijos número 10: es como una broma cruel, pero el sentido del humor de los católicos devotos es así. Cuenta el artículo en ACI Prensa que el mes pasado se reunieron en Buenos Aires 41 personas que tienen el dudoso privilegio de ser los décimos hijos de sus respectivas familias.

Digo "dudoso privilegio" porque para estos fervorosos reproductores es de hecho algo intrínsecamente bueno echar al mundo estas inmensas camadas de seres humanos, mientras que el resto de nosotros miraremos con una sonrisa de costado y hasta un poco de horror el espectáculo de estas familias capaces de ocupar una fila entera en una sala de cine. Por supuesto, para la mayoría es un trabajo de locos que bien puede valer la pena (o no), pero para ellos es mucho más: "un poderoso mensaje de amor a la familia y a la vida".

Siguiendo este criterio, si pudiéramos criar conejos estrictamente monógamos y que fueran a misa los domingos, tendríamos católicos perfectos.

¿Y por qué es bueno tener una familia numerosa? Según dicen, porque "se aprende a compartir" (buena cosa sin duda), "a esperar" (probablemente útil), "a tolerar la frustración y postergar la gratificación". O sea, se aprende a aguantar cada día mientras mamá cambia, alimenta y sosiega a media docena de hermanitos menores, a no tener casi nada de ropa nueva, a no salir nunca con la familia en pleno al cine o a un restaurante, etc. Buen material para formar el carácter y/o para escribir una novela sobre la infancia de uno, pero yo me quedo con mi hermanito menor y nada más, gracias. A estos fanáticos del número, la familia tipo debe parecerles apenas un pobre remedo, y el hijo único les debe inspirar lástima y asco por partes iguales. ¿Cómo habremos crecido sanos nosotros, sin una madre cuyo útero estuviera perpetuamente ocupado proveyéndonos de hermanos?

Por supuesto, si los católicos quieren tener hijos a montones, está bien para ellos. Pero una pareja que elige tener diez hijos o más debe ser rica, o muy ignorante, o completamente irresponsable. Yo me permito suponer que los que concurrieron a la gran reunión de los décimos hijos pertenecían a la primera categoría. La mayoría de quienes engendran tal progenie pertenecen a las dos últimas, y casi siempre y lamentablemente no lo hacen por elección. Es fácil reírse de las peripecias de una infancia llena de hermanos cuando la madre de uno nunca tuvo que elegir a cuál darle de comer y cuál no.