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Ariel Álvarez Valdés |
Álvarez Valdés reapareció luego, la semana pasada, en un artículo en Clarín donde explicaba de forma algo heterodoxa y bastante torpe la no intervención de Dios en los terremotos de Haití y Chile. La noticia de su alejamiento del sacerdocio vino un par de días después. Con él se retira de la Iglesia Católica un divulgador bíblico respetado (entiéndase dentro de su propio círculo) y prolífico. ¿Qué ocurrió? Según el biblista, se retira para poder enseñar sobre la Biblia libremente.
Parece obvio, o parecería para un observador objetivo, que ninguna persona del siglo XXI que haya tenido acceso a la educación y a una crianza más o menos normal podría creer que realmente existieron el Arca de Noé y el Diluvio: un barco de madera, sin timón ni velas, construido por un pastor nómade de la Edad de Bronce (¡o de Piedra!), capaz de flotar sin hundirse en una inundación que cubrió hasta las montañas más altas de la Tierra y que mató a todos los seres humanos excepto a los pocos que viajaban en el susodicho barco, que además contenía parejas de cada especie animal del mundo. Hoy esta historia inverosímil se le enseña sólo a los niños, en general incapaces de pensamiento crítico, y luego se diluye para consumo de los adultos, reduciéndola a una metáfora o alegoría, aunque no se sabe bién de qué.
Lo mismo ocurre con la historia de Adán y Eva, que es la que ha llevado a A. A. V. a sus problemas, al negarse a enseñar que existieron realmente. Para una mente moderna no hay un problema obvio, como con el Arca de Noé, en pensar que toda la raza humana desciende de una pareja ancestral. Sin embargo, para una persona educada es claro que una pareja de seres humanos en el Medio Oriente difícilmente podría haber cubierto la Tierra de descendientes siguiendo la historia bíblica. La conocida pregunta sobre quién fue la esposa de Caín (cuando en la Tierra sólo existían sus dos hermanos varones —y luego uno— y sus padres, y si no se quiere recurrir al incesto) no se puede resolver manteniendo a Adán y Eva como padres de la raza humana y al mismo tiempo como ancestros de Jesús, separados por unas pocas decenas de generaciones.
En ambos casos se trata de historias que no pueden desecharse con facilidad, porque llegan al hilo central de la narración bíblica, y tampoco pueden diluirse llamándolas alegorías o cuentos ejemplificadores, en primer lugar por lo ya dicho y en segundo lugar porque las alegorías y ejemplos deben apuntar a algo cierto para ser en sí mismos valiosos. Si Adán y Eva no fueron los padres de toda la raza humana, entonces el pecado original (transmitido por ellos a sus descendientes) no pudo haber llegado a todos nosotros. Si Adán y Eva realmente refieren a la primera pareja humana, ¿qué clase de personas fueron? ¿Qué significa el estado edénico sin pecado? ¿Cómo se reconcilia el concepto de “primeros humanos” con el hecho de que la evolución de las especies es continua y no discreta? ¿En qué momento Adán y Eva pasaron de ser animales sin alma a humanos y por lo tanto responsables de sus actos ante Dios?
La historia del Diluvio tampoco es sencilla. Sabemos que nunca pudo ocurrir, pero suponiendo (como muchos hacen) una gran inundación a escala local entre los valles del Tigris y el Éufrates, ¿qué representa? ¿Qué valor tiene? Ahogar al 1% de la población mundial o al 90% es un asunto de grado, pero es cualitativamente distinto ahogar a toda la población menos un puñado escogido. Conceptualmente lo primero es un castigo, lo segundo es una refundación del mundo. ¿Qué significa todo el drama del Diluvio, y en qué quedan sus implicaciones y sus muchas resonancias posteriores, si resulta ser una simple inundación local, un acontecimiento que pasaría desapercibido a casi todo el resto del planeta?
Al contrario que en el caso de los literalistas bíblicos y fundamentalistas de toda clase, la actitud de la Iglesia ante las Escrituras es ambigua. Por un lado, la institución a nivel global se precia de contar con universidades, con institutos de investigación, con estudiosos serios en casi todos los campos de la ciencia. El catolicismo, como doctrina que se pretende universal, no tiene una postura abiertamente anticientífica. Los académicos católicos serios saben que la Biblia es en gran parte fantasía o elaboración de mitos. Lo que aparentemente no pueden hacer es, como Ariel Álvarez Valdés, divulgarlo a los cuatro vientos, acercarlo al feligrés común. Según el biblista, el Vaticano reconoció que sus posturas con respecto a la historicidad de Adán y Eva o del Diluvio eran correctas, pero que hacerlas públicas causaba “perplejidad” entre los fieles.
Desde los púlpitos se siguen escuchando las mismas historias que hace siglos, sin aclaraciones sobre su naturaleza alegórica, ni mucho menos una guía sobre cómo reconocer las partes que deben ser tratadas como mito. Más que de hipocresía, uno tiene que pensar en un pensamiento autocontradictorio o en una especie de bloqueo mental.
El caso de A. A. V. no es único y no será el último. El carácter reaccionario y oscurantista del pontificado de Benedicto XVI quizá sirva de catalítico para multiplicarlos. Los no creyentes no podemos ignorar que la Biblia es una fuente de inspiración para millones de personas, y eso no va a cambiar pronto. Aun cuando no nos afecte personalmente, la existencia de creyentes rebeldes de alto perfil y con una dosis —por muy pequeña que sea— de sensatez e integridad intelectual es un progreso para toda la sociedad.