Álvarez Valdés comienza planteando el dilema de Epicuro, que bien vale la pena repetir, sobre la existencia del mal en el mundo:
Epicuro decía: "Frente al mal que hay en el mundo existen dos respuestas: o Dios no puede evitarlo, o no quiere evitarlo. Si no puede, entonces no es omnipotente. Y si no quiere, entonces es un malvado". Cualquiera de las dos respuestas hacía trizas la imagen de la divinidad.El teólogo primero reconoce que el dilema no ha podido resolverse —¡pero dice que Epicuro no quería probar con él la inexistencia de Dios!— e inmediatamente después ofrece la solución que acaba de decir que no tenía, o más bien, una excusa. Pero antes aclara que “se debe evitar la tentación de atribuir el mal a Dios”. Esto a pesar de que Dios, en su versión bíblica, constantemente hace cosas horribles, y más aún, se arroga plenos poderes para ello. Hasta aquí hablamos de coherencia textual solamente (y ya sabemos que la Biblia es de todo menos coherente). En el mismo párrafo, sin embargo, Álvarez Valdés empieza a mostrar deshonestidad lisa y llana:
En efecto, por nuestra culpa muchos de los cataclismos naturales que padecemos afectan sobre todo a los más pobres. Porque donde ellos viven las casas están peor hechas, existen menos hospitales, hay menos médicos, menos bomberos, menos recursos, y menos prevención. Además, muchos terremotos, inundaciones y catástrofes tienen un origen en la irresponsable actitud del hombre, que viene destruyendo incesantemente la naturaleza. Por eso culpar a Dios de estos sucesos resulta insensato.Los cataclismos naturales afectan más a los más pobres (en general), es cierto. Pero ni la persona más rica del mundo está a salvo de un cataclismo natural suficientemente potente, o de cualquier otro tipo de muerte accidental, para el caso. La segunda parte de la excusa es de una ignorancia terrible, que remite a los pseudo-ecologistas y a los conspiranoicos del HAARP. Los terremotos no son causados por la “irresponsable actitud del hombre”. La única forma de inducir un terremoto es haciendo explotar una bomba termonuclear en medio de una falla geológica. No hay forma directa y actualmente factible de inducir un huracán, un deslizamiento de tierras o una erupción volcánica. Desde luego, había catástrofes naturales antes de que el hombre fuera la especie dominante del planeta, y mucho antes de que el hombre existiera.
Además, si hay algo que Jesús ha dejado en claro es que Dios no manda jamás los males al hombre. Ya en el primer sermón que pronunció en su vida, llamado el sermón de la montaña, enseñaba que Dios "hace salir el sol sobre buenos y malos, y llover sobre justos e injustos". Es decir, Él sólo manda el bien incluso a los pecadores.Esto significa lo que significa: no que Dios es bueno, sino que es indiferente. La maquinaria del mundo funciona independientemente de los aspectos morales.
Para enseñar esto adoptó una metodología muy eficaz: comenzó a curar a todos los enfermos que le traían, y les explicaba que lo hacía en nombre de Dios, porque Él no quiere la enfermedad de nadie. […] Incluso un día sus discípulos vieron a un ciego de nacimiento, y le preguntaron: "Maestro, ¿por qué este hombre nació ciego? ¿Por haber pecado él, o porque pecaron sus padres?" (Jn 9,1-3). Y Jesús les explicó que nunca las enfermedades son enviadas por Dios, ni son castigos por los pecados.Lo que Jesús dijo en esa ocasión fue: “Ni él pecó, ni sus padres, sino que esto sucedió para que la obra de Dios se hiciera evidente en su vida.” Es decir, Dios hizo (o permitió) que el hombre fuera ciego durante toda su vida hasta que Jesús lo encontró, para que Jesús pudiera entonces hacer un milagro. El ciego no fue castigado; fue sólo un instrumento, el conejo de la galera de Dios. Está bien claro y no hay teología que valga.
En otra oportunidad vinieron a contarle que se había derrumbado una torre en un barrio de Jerusalén y había aplastado a 18 personas. Y Jesús les aclaró que ese accidente no era querido por Dios, ni era castigo por los pecados de esas personas, sino que todos estamos expuestos a los accidentes y por eso debemos vivir preparados (Lc 13,4-5).Este pasaje no dice en realidad nada sobre lo que Dios quiere o la causa del derrumbre ni sobre la preparación que debemos tener. (Es decir, Álvarez Valdés miente, y miente literalmente sobre la Biblia.) El propósito de Jesús es hacer entender a sus discípulos que Dios no castiga en este mundo sino en el otro.
Y después viene el razonamiento más ridículamente, más obviamente falaz que he leído de la pluma de uno de estos pseudo-académicos que se hacen llamar estudiosos de Dios:
En realidad el enigma del filósofo griego está mal planteado. No podemos decir que "Dios no puede impedir" el mal que hay en el mundo. Lo correcto es decir que "es imposible que no haya mal". ¿Por qué? No porque sea un misterio, como se responde a veces cuando se quiere evadir la cuestión y dejarla en penumbra para evitar una supuesta crítica a la actuación divina. No. El mal no es un misterio. Es inevitable, sencillamente.O sea, el mal existe porque no puede no existir. Y no puede no existir porque… ¿por qué? Porque el mal es una imperfección. Si no hubiera mal, el mundo sería perfecto. Y lo único perfecto que existe es Dios. Dios no podría haber creado un mundo perfecto, libre de mal, porque… ¿por qué? Bueno, porque… porque… porque Dios lo creó así, y después no lo pudo cambiar, ¿cómo va a cambiar Dios su propia creación?
La cosa sigue y sigue así; es completamente coherente y completamente tautológica, circular, autorreferente y cerrada en sí misma; un “argumento” perfecto, incontaminado de realidad; como toda la teología, no necesita ser verificable ni sensata, porque le basta arrojar sobre la mesa al gran comodín, Dios, para que cualquier cosa pueda querer decir cualquier cosa, a gusto del argumentador.
¿Por qué me molesto en analizarlo? No sé. Será porque a veces cansa que los charlatanes tengan tanta prensa…
P.D. (15 de marzo): Ariel Álvarez Valdés acaba de dejar los hábitos, al no aceptar la censura que le había impuesto el obispo de Santiago del Estero.