El diario publica hoy una nota titulada En Roma reniegan de la Justicia en el caso del cura rosarino acosador, que incluye en un apartado una carta del abad general de los Canónicos Regulares de Letrán, Bruno Giuliani (el jefe de la orden a la que pertenece Narvais) a una de sus víctimas, un ex profesor de la escuela parroquial conocido por su inicial “G”, a quien la orden pagó 200.000 pesos en 2008 a cambio de no denunciar al cura por acoso sexual en el lugar de trabajo. Esta misma carta y su evaluación fueron publicadas en el sitio católico de noticias Religión Digital.
La carta no es precisamente explosiva, pero reafirma lo que pensamos y percibimos de la jerarquía eclesiástica en relación a los crímenes de sus miembros:
En las dos visitas a Argentina que he realizado recientemente, y a continuación de las investigaciones realizadas para establecer la verdad de los hechos, no he constatado ningún elemento que pueda declararte culpable de corresponsabilidad. Es por esto que te escribo esta carta, antes de volver a Italia: para pedirte una vez más disculpas, y para exhortarte a superar con serenidad las consecuencias de este triste episodio. Como padre de familia, y como líder en la comunidad cristiana donde vives y actúas, debes mirar a Jesús, que se hizo pecado para rescatar a los pecadores. Quien nos juzga es Dios: no debemos tener miedo del juicio de los hombres, siempre limitado y, a veces, falso.Este descarado, que ha tenido que desembolsar decenas de miles de euros para hacer callar a una víctima de acoso, primero insinúa que investigó a la víctima para ver si podía encontrarse “corresponsabilidad” —eufemismo por “te la buscaste”—, después le pide “serenidad”, es decir silencio, y al final se coloca, junto con su Iglesia, por encima del juicio humano.
Recordemos que éste es el caso menos grave: se trata de una persona adulta y parece ser que involucra acoso y presiones laborales, no abuso sexual. Las otras denuncias incluyen el abuso de un menor de edad con una discapacidad mental. El proceso canónico está en marcha pero la Iglesia nunca trasladó las denuncias, que el propio arzobispo de Rosario aseguró haber escuchado de boca de los feligreses, a la Justicia penal. Para que eso ocurriera tuvo que intervenir de oficio una fiscal.
En el mismo diario de hoy vemos publicada una carta de un lector que firma “Aníbal Cuevas”, y que es reproducción verbatim de un escrito del apologista católico español de ese nombre, titulado Tantos sacerdotes fieles, que reitera el cansadísimo —e irrelevante— argumento de que hay muchos más curas buenos que abusadores sexuales, con un prefacio repugnante:
Es lamentable pero muy humano no ser consciente de lo hermoso; convivimos entre cosas grandes pero no las apreciamos. Y sin embargo, ¡qué fácil resulta caer en el morbo y revolcarse en el barro! No voy a escribir hoy sobre los repugnantes hechos que ocurrieron en la Iglesia de Irlanda, sobre las culpas y silencios.¿No va a escribir sobre el hecho más importante para la Iglesia de hoy? ¿No va a escribir sobre la espiral de desprestigio en que su amada Iglesia está cayendo sin control, no por culpa del morbo ajeno sino por su propia incapacidad de autocorrección y su cultura del ocultamiento? No, va a mencionar sólo a los sacerdotes buenos, que “han dejado todo para servir a los demás”, aunque ese servicio no incluye denunciar a sus colegas cuando abusan de niños, parece.
Este meloso texto no es un episodio aislado; Cuevas mismo escribió hace un par de días una carta sentimentaloide invitando a descansar sobre su hombro al pobre Joseph Ratzinger, que a los 83 años se ve obligado a “pasar un calvario” a causa del asalto de “una minoría de enfermos de odio, rencor y, en muchos casos, eso quiero creer, ignorancia”, vale decir, los que insistimos en que no puede escapar de su responsabilidad mediata o inmediata en el encubrimiento de miles de casos de abusos sexuales.
La impresión que todo esto deja es que la Iglesia, a un cierto nivel, no lo entiende. No entiende que ninguna sanción canónica es sustituto del castigo penal. No entiende que las buenas obras no cancelan las malas, y que la falibilidad humana no excusa los crímenes. No entiende que toda su autoasumida santidad no basta para impresionarnos. No entiende que la forma de contestar a sus detractores es limpiarse de verdad y con decisión de sus lacras más profundas. No entiende que nadie cree ya en su fingimiento.
A esta altura ya no esperamos honestidad del Papa ni de ninguno de sus subordinados inmediatos, pero de los que no cobran sueldo gracias al Vaticano, al menos, ¿es mucho pedir un mínimo de decencia, un poco de esa humildad que siempre tienen en la boca?