Rouillon es columnista de actualidad religiosa pero habla (muy sucintamente) del aborto como un tema de la ley, de la ética y de la biología. Inevitablemente uno recuerda a los católicos que, para no ser identificados como fanáticos intolerantes sin argumentos reales, proclaman que el aborto es un crimen porque “está probado científicamente” que la vida humana comienza en el instante de la concepción, porque “hay tratados internacionales” que lo prohíben, o porque es contrario a la “ley natural”. Si todo esto es así objetivamente, ¿por qué lo escuchamos invariablemente de creyentes conservadores de ciertas facciones religiosas, y casi nunca de alguien más? *
[E]l arzobispo de Tucumán, Luis Villalba, dijo que el niño concebido, no nacido, es "el ser más pobre, vulnerable e indefenso que hay que defender y tutelar". Y el grupo Defendé tu Especie señaló que si algunos países castigan a quienes destruyan huevos de tortugas de mar, no debería tratarse peor al ser humano por nacer.El arzobispo cae en la táctica (que comenté en lo de la Marcha de los Escarpines) de llamar “niño” al embrión o feto, y después viene la apelación a la empatía. Para el arzobispo, eliminar del organismo de una mujer un conjunto de células que sólo tiene de humano el ADN, y que incluso podría perderse sin que la misma madre se diera cuenta, es lo mismo que asesinar a un niño, o eso al menos es lo que quiere hacernos sentir. A juzgar por la falta de comillas en la primera parte de la frase, Rouillon suscribe esta visión. La expresión “niño no nacido” es un hallazgo lexicográfico brillante de los sectores cristianos conservadores.
Lo de los huevos de tortuga es casi un reflejo de una reciente campaña de la Conferencia Episcopal Española contra el aborto, a esta altura ya infame por su bajeza y sus notorias falacias, que mostraba a un lince ibérico y a un hermoso bebé, lado a lado, notando que el animal estaba más protegido por la ley que el humano, como si de pronto el gobierno les hubiera dado a las madres licencia para matar a sus vástagos cuando se les diera la gana. El grupo “Defendé tu Especie” recurre a la misma grosera falacia, utilizando imágenes similares, aunque más relacionadas con nuestro subcontinente. La obviedad de que cualquier persona puede matar a un yaguareté si se dan motivos suficientemente graves se les escapa.
Rouillon finaliza con el anuncio de un congreso sobre “el silencio que impera ante el síndrome posaborto”, sin mencionar que dicho silencio seguramente se debe al hecho de que tal síndrome no existe, y recuerda palabras de un genetista que “decía que si al embrión con dos meses en el seno materno -todos lo fuimos- se le roza el labio superior con un pelo, agita el cuerpo con un movimiento de huida”, para dejarnos con una imagen conmovedora emanada de alguien con apariencia de autoridad, aunque en absoluto relevante. Efectivamente, todos hemos sido embriones, y no lo recordamos: porque no teníamos memoria, consciencia ni funciones cerebrales superiores.
* Como en mi artículo anterior, aclaro que debo matizar los términos. Hay ateos que consideran inmoral el aborto por razones propias y atendibles, así como creyentes liberales que expresan su oposición de esta manera. Con todo, la correlación es bastante clara: la mayoría de los que están contra la legalidad del aborto justifican su postura por un criterio abstracto de “defensa de la vida”, que en mi opinión personal suele ignorar la complicación de los hechos biológicos concretos.