
El viernes, el editor de creencias de Cif Andrew Brown escribió: "Es enteramente posible que el libro de Ariane Sherine sobre el disfrute de una Navidad atea se venda esta Navidad; pero llegado el año nuevo, no se lo encontrará en la repisa del baño sino en lavatorios amablemente calefaccionados por Agas." Su afirmación es que los ateos (o "nuevos ateos", como confusamente nos llama —¿somos los que nos negamos a quedarnos callados?—) son snobs "educados y profesionales", y que usamos nuestra falta de creencia como excusa para mirar desde arriba a la gente de clase trabajadora: "Obviamente, no se usa más denigrar a las clases trabajadoras por ser propensas al ocio, portarse como animales, oler mal o reproducirse demasiado. Pero es perfectamente correcto denigrar a los 'faithheads'* por todas estas cosas: eso demuestra que uno es ilustrado. Es pura coincidencia que los despreciables creyentes sean en su mayoría también de clase baja."Los lectores memoriosos quizá recuerden que se habló aquí brevemente del asunto relacionado de si el ateísmo es para privilegiados, como serpentinamente sugirió Raniero Cantalamessa, predicador vaticano, en una de sus homilías hace no mucho tiempo. La crítica de Andrew Brown es más directa. Efectivamente, para quien sigue el fenómeno del ateísmo militante por los medios globales más importantes, pareciera que los ateos son casi todos hombres blancos con estudios profesionales, de buen pasar económico y felizmente instalados en sociedades secularizadas. O al menos, que los ateos que no estamos en esa posición (ciertamente privilegiada) tenemos a esa clase de personas como referentes.
* faithhead: término coloquial derogatorio, con el significado 'creyente devoto' o 'adicto a la fe', por analogía con palabras como crackhead, 'persona adicta al crack'.Este pensamiento es desconcertante e incorrecto en todos los niveles. Los ateos que conozco tienen una sola cosa en común: no creemos en Dios. Más allá de eso se pueden hacer muy pocas generalizaciones; nuestra clase social, herencia étnica e ideología política son con frecuencia extremadamente distintas (aunque hay una correlación marcada entre el ateísmo y ser liberal, es decir, creer que todo el mundo tiene derecho a hacer y decir lo que le guste y expresarse como lo desee siempre y cuando sus acciones sean pacíficas y no dañen a nadie). […]
El libro que he editado y al que Andrew se refiere, The Atheist's Guide to Christmas ["La guía atea para la Navidad"], brinda un claro ejemplo de cuán diferentes pueden ser los ateos. Cuenta con la participación de 42 escritores librepensadores (28 hombres, 14 mujeres), de edades entre 26 y 79, muchos de los cuales tienen poco en común aparte de su amabilidad y generosidad de espíritu (cada uno de ellos ha contribuido gratis su tiempo y su talento). Con suerte neutralizará los estereotipos sobre la demografía de los ateos: 12 contribuyentes son de minorías étnicas, mientras que cuatro son de los mayormente religiosos Estados Unidos. Muchos de los estilos y visiones de los contribuyentes no podrían ser más distintos […].
Como dice Sherine en su refutación, esto es una falsedad que se demuestra fácilmente. Dejemos de lado la obvia cuestión de la definición de diccionario del ateo. Muchas personas que no creen en Dios, o que no saben muy bien en qué creen, no se llaman a sí mismas ateas. Descartemos los casos de rebeldía adolescente y similares, así como los casos de ateos “intuitivos” e indiferentistas (y ya estamos yendo demasiado lejos).

Si Richard Dawkins se autonombrara Papa del Ateísmo y proclamara que sólo pueden ser ateos quienes conozcan todos los recovecos de la teoría de la evolución y tengan un doctorado y tiempo libre suficiente para asistir a sus conferencias, todos los ateos del mundo se le reirían en la cara y procederían a ignorarlo.
El fenómeno mediático del “Nuevo Ateísmo” es sólo la punta del iceberg. A medida que las sociedades occidentales se secularizan y la información se globaliza, las nuevas generaciones crecen con más oportunidades de encontrar y adoptar alternativas a sus sistemas de creencias tradicionales. La desigualdad socioeconómica se manifiesta aquí, pero sólo hasta cierto punto. Hoy en día no hace falta ser rico para tener una conexión a internet y leer a los clásicos de la filosofía materialista y del librepensamiento, por no hablar de tener acceso a divulgadores como Dawkins. La pobreza no es obstáculo para ejercitar el sentido común que revela a los dioses como absurdos.
La idea de personas como Andrew Brown, de Raniero Cantalamessa y de muchos otros, ateos inclusive, sobre el “lujo” del ateísmo, esconde una condescendencia aún mayor que la que atribuyen a los supuestos “nuevos ateos”: en efecto, lo que dicen sin decirlo es que los pobres, los marginados, los sufridos, necesitan la muleta de la religión para seguir adelante con sus vidas.
Mi opinión personal es que no debemos caer en esa trampa. Aunque nunca he sido realmente pobre, sí he vivido malas épocas. El período de mi vida en que me libré de la religión fue el de mayor penuria material que recuerdo. Conozco, por otra parte, a personas que tienen dinero, una buena familia, un buen trabajo, una capacidad intelectual manifiesta, y no obstante profesan sin pestañear creencias de lo más patéticas y ridículas. La información que necesitan está ahí, pero no les interesa utilizarla.
El ateísmo no es elitista. Hoy en día no hay excusa para no plantearse las preguntas importantes, y responderlas.