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lunes, 25 de noviembre de 2013

Lo que implica la “persona humana desde la concepción”

Hace unos días, la mayoría legislativa kirchnerista entregó la cabeza del nuevo Código Civil argentino en una bandeja a la Iglesia Católica, en la persona de su campeona “pro vida” la senadora Liliana Negre de Alonso, como expliqué en mi artículo anterior.

Comencé entonces diciendo que el proyecto de ley de Código Civil implicaba un retroceso específicamente en los derechos de las mujeres, aunque no me explayé demasiado sobre el tema. Debería ser obvio que reafirmar que “la persona humana existe desde la concepción” es un ataque contra las mujeres, pero quizá no lo sea para todos o no se comprendan en plenitud los efectos de una declaración legal de esa naturaleza.

La postura cristiana conservadora frente al aborto siempre me ha parecido un fingimiento. Oponerse al aborto, como oponerse a la homosexualidad o a los anticonceptivos, puede transformarse fácilmente en una consigna, una bandera ideológica y una marca identitaria: el santo y seña por el cual los conservadores se reconocen y el grito con el cual marchan juntos a la batalla más allá de (y sin tener que pensar en) diferencias de detalle que los separen. Pero imaginemos, por un momento, que hay personas que realmente creen que “la persona humana comienza con la concepción”, que esa “persona” recién concebida es tan persona como ella misma y que están dispuestos a seguir esa idea hasta sus últimas consecuencias.

Y ahora imaginemos que la persona-desde-la-concepción es ley, y que uno de esos creyentes consecuentes es el encargado de hacer cumplir la ley.


De pronto, cada cosa que pueda poner en peligro a un óvulo fecundado es una amenaza contra una persona. Un cigoto es una cosa muy frágil; de hecho, diferentes estimaciones dicen que entre un 30% y un 70% de los cigotos son abortados espontáneamente, muchos antes de implantarse en el útero y casi siempre sin que la mujer siquiera lo note, por cosas tan sencillas como un cachito de cromosoma de más o de menos. Pero eso es “natural”, así que no cuenta, nos dicen los “pro vidas”. Tal criterio es ilógico, como el lector podrá comprobar si reflexiona unos segundos: en nuestra sociedad no sólo hay leyes contra el asesinato sino también leyes que obligan a colocar pararrayos en los edificios altos, leyes que nos fuerzan a vacunar a nuestros hijos y campañas para incentivarnos a comer comida sana; presiones e influencias, en fin, que buscan protegernos de la “naturaleza”. Si la naturaleza aborta a la mitad de los embriones, estamos ante un nivel de letalidad que deja chiquitas a la viruela, la polio, el sarampión, la difteria y el tétanos; y sin embargo, no vemos a ningún “pro vida” haciendo campaña desesperadamente en favor de la investigación científica que permita salvar a esas millones de personas. Si un cigoto es una persona, en el tiempo que te llevó leer este párrafo han muerto miles de personas indefensas y a nadie le importa.

En el anteproyecto de Código Civil había una previsión específica para la fecundación asistida. Esa previsión se quitó a instancias de la Iglesia, incorporándose en cambio una promesa de reglamentar la “protección del embrión no implantado” por medio de una ley especial. Este cambio, aplicado como un parche entre gallos y medianoche, motivó la indignación de más de uno:
“Es gravísimo —alertó el jefe del bloque de diputados radicales Ricardo Gil Lavedra—. ¿Qué significa esto? ¿Que al que se le cae por error una probeta incurre en aborto? No tenemos sancionado nada serio sobre preservación de los embriones y estamos diciendo que son personas”, exclamó.
Gil Lavedra no se equivoca, aunque tampoco lo ve muy claro. En la práctica, cumplir el Código Civil tal como se lo propone implica el fin de la fecundación asistida legal, ya que incluso las técnicas más modernas implican la producción y manipulación de embriones.

En nuestro ordenamiento legal, si uno causa daño a otra persona por negligencia, le caben penas menores que si lo hace buscando causar daño adrede, pero penas al fin. Una mujer embarazada que no busca abortar pero que se comporta de manera que podría dañar al nascituro, ¿no entra en la misma categoría?

De pronto, una mujer que pierde su embarazo en un accidente automovilístico causado por su mala conducción es penada de la misma manera que si en ese accidente hubiese muerto su hijo de cinco años sentado en el asiento del acompañante sin arnés ni cinturón de seguridad (y es penada incluso aunque ella misma no supiese aún que estaba embarazada). Una mujer que llega a la guardia de un hospital con un aborto espontáneo en curso es acusada de haber intentado un aborto provocado. Una mujer que fuma o bebe alcohol queda embarazada y su esposo o un juez la hace internar en una clínica de rehabilitación hasta el final de la gestión, para que no consuma drogas que pueden dañar al nascituro (con el mismo criterio con que la justicia le impide a los padres darle drogas adictivas a sus hijos menores de edad).

¡Y hay más! Un trabajador en una clínica de fertilidad, como imaginaba el diputado, deja caer una probeta con un embrión que iba a ser implantado, y la receptora frustrada lo acusa de homicidio. En esa misma clínica de fertilidad, un corte de energía generalizado y prolongado hace que se descongelen y malogren miles de embriones preservados en frío: ¡una masacre causada por no contar con generadores de energía autónomos y redundantes!

Estos casos no son totalmente hipotéticos. Ya existe en Argentina un precedente de acusación de “doble homicidio” por el asesinato de una mujer embarazada. Si parece que nadie presta atención al Código Civil es porque de hecho en Argentina son muy pocas las leyes que verdaderamente se cumplen (aunque en este caso deberíamos dar gracias). En un próximo artículo les voy a contar sobre lo que ocurre en Estados Unidos, donde hace tiempo que, siendo legal el aborto, existen sin embargo muchos casos donde las leyes impulsadas por conservadores religiosos, y hechas cumplir al pie de la letra, han quitado derechos a las mujeres para concedérselos a los nascituros.

sábado, 23 de noviembre de 2013

El Código Civil argentino, entregado a la Iglesia Católica

Argentina tendrá pronto un nuevo Código Civil y todo indica que, en varios sentidos, el mismo implicará un retroceso, específicamente en los derechos de las mujeres.

El Código Civil que tenemos data de fines del siglo XIX y ha tenido modificaciones pero no, hasta ahora, de manera integral. El presidente de la Corte Suprema, Ricardo Lorenzetti, propuso hace años hacerla, y desde entonces el gobierno, la oposición, los jueces, expertos independientes y muchas organizaciones no gubernamentales han estado debatiendo. El proyecto de Lorenzetti enriquecido con estas deliberaciones incluía legislar sobre fertilización asistida y maternidad subrogada (“alquiler de vientres”), entre otros temas que encendieron las alertas de ciertos entrometidos profesionales cuya ocupación habitual es decirle a los demás cómo su dios quiere que nos reproduzcamos.

Aunque nunca se habló del derecho al aborto como algo que podría incluirse en el nuevo Código (al menos, nunca pasó de un reclamo de algunas organizaciones), la Iglesia Católica hizo un gran escándalo con lo demás, intentando mostrarlo como un primer paso en esa nefanda dirección. En realidad no fue más que un marcado de territorio, habitual en estos casos.

La senadora Liliana Negre de Alonso y el presidente
de la Cámara de Diputados, Julián Domínguez
El artículo 19 del viejo Código Civil ya consideraba que la persona humana comenzaba su existencia “con la concepción en el seno materno”. El kirchnerismo (mayoría absoluta en el Congreso) quería darle lugar al reclamo de cierta minoría intensa a favor de la fecundación asistida, que tiene el inconveniente (técnico) de que produce embriones de sobra, que luego hay que desechar o bien conservar sine die. La lógica y la jurisprudencia dictaban que había que eliminar la arcaica e inutilizable definición de “persona desde la concepción”; la política cortoplacista, acomodaticia y chapucera determinó que se quitara lo del “seno materno” y se agregara una frase a los efectos de que, sólo en el caso de tratarse de un embrión producido por fertilización asistida, la existencia de la persona comenzaría no con la concepción sino con la implantación en el útero. Este artículo esquizofrénico, conteniendo dos definiciones mutuamente contradictorias de “persona”, hubiera terminado infamando el nuevo Código Civil si no hubiera sido porque la Iglesia Católica redobló la apuesta y, a través de uno de sus legisladores a control remoto más confiables (la senadora Liliana Negre de Alonso), interpuso una queja en favor de los pobres e indefensos embriones, condenados a vivir en peligro hasta haber logrado parasitar exitosamente a un contenedor femenino.

Negre de Alonso pertenece al sector habitualmente caracterizado como de derecha o conservador dentro del peronismo. El kirchnerismo está mayormente formado, en teoría, por el ala opuesta. Sin embargo, como bien sabemos los argentinos e infructuosamente hemos tratado de explicar durante décadas, el peronismo es una religión plagada de misterios, a los cuales habrá que sumar, en los libros de historia del futuro, el que el kirchnerista presidente de la Cámara de Diputados, Julián Domínguez, acordase con Negre de Alonso (en representación del fascismo católico) modificar nuevamente el artículo 19 de manera de quitar la definición de “persona desde la implantación” y asegurar la “protección del embrión no implantado”.

Si el artículo 19 original, como otras disposiciones arcaicas del Código, no se cumplía en la práctica excepto en lo que se refiere a la prohibición del aborto, este nuevo énfasis parece orientado a que sí se cumpla, con lo cual podría ocurrir, como planteó el diputado radical Ricardo Gil Lavedra, que dejar caer una probeta con un embrión sea penado como un aborto provocado. (No es absurdo que esto pueda ocurrir, como mostraré en un artículo por venir.)

Mientras se realizaban estas componendas, la sanción del Código seguía en sus idas y vueltas. El Frente para la Victoria (kirchnerismo) decidió primero y de pronto que el Código debía estar aprobado antes de la renovación parlamentaria del 10 de diciembre, le gustase o no a la oposición; luego de la concesión a la Iglesia, de manera igualmente sorpresiva se comunicó que buscarían darle media sanción en el Senado pero dejar el resto del trámite para el año que viene. Negre de Alonso volvió sobre sus pasos y dijo que el proyecto “no conforma a ninguno”, cosa que probablemente es cierta; el kirchnerismo cuenta con un elemento progresista (con puntos de contacto con feministas y anticlericales) que no está muy feliz con lo ocurrido, y a la oposición —dejando de lado a los chupacirios y empleados del episcopado— le molestan otros elementos preocupantes, aunque no, desgraciadamente, la permanencia sin cambios de los artículos que dan a la Iglesia privilegios como el de ser considerada “persona jurídica pública”, es decir, una institución a la par de organismos estatales y de los países extranjeros, condición que no comparte con ninguna otra religión.

Los ciudadanos seguimos esperando que nuestros representantes, o al menos la mayoría de ellos, encuentren la independencia mental y la valentía necesaria para volverse hacia los lobbistas de Dios y comunicarles que sus reclamos y opiniones ya no van a ser considerados.

lunes, 15 de noviembre de 2010

Embriones: ¿productos o personas? (A213)

Una pareja peruana va a demandar a una clínica de fertilidad asistida porque la mujer fue madre de una niña con síndrome de Down y una serie de otros desórdenes genéticos que, en teoría, deberían haber sido detectados antes de implantarle el embrión en cuestión. El padre justificó la demanda ante la prensa clamando: “¿Cómo se sentiría si le dieran un producto fallado?”.

La desafortunada frase cayó como anillo al dedo para las agencias de desinformación católica ansiosas por demostrar que la fecundación in vitro es inmoral, no sólo porque involucra seleccionar y desechar embriones, sino porque transforma al ser humano en un producto. Gloria Adaniya, de la organización “pro-vida y familia” CEPROFARENA, dijo:
“Nadie puede diseñar un tipo de bebé porque no se está hablando de objetos sino de vidas humanas. El ser humano, es un regalo de Dios y es un regalo del matrimonio, y no estamos en condiciones de estar eligiendo cómo debe ser.”
(Les dejo un momento para leer y saborear bien el oscurantismo fanático de esta contundente declaración, que tira por la borda siglos de medicina y ética en favor de un fetichismo salvaje como lo es la teología.)

La frase sobre el “producto fallado” se le puede perdonar al padre por tratarse de un momento de ofuscación, pero queda la pregunta. ¿Un ser humano puede ser tratado como un producto? La respuesta no se puede dar si no nos paramos antes a definir términos y marcar límites.

Hay una postura esencialista, generalmente proveniente de dogmas religiosos pero también posible fuera de ellos, que mantiene que hay una esencia abstracta, una humanidad, que se encuentra en cada uno de nosotros y que preexiste a la autoconsciencia y a la formación del cuerpo físico. Para los cristianos, la persona existe desde la concepción —obviando la dificultad de decidir cuándo es eso, ya que se trata de un proceso y no de un instante discreto— y además es querida por Dios desde el principio. Hay una postura contraria, a la que suscribo y que es probablemente la de la mayoría de los no creyentes, que mantiene que no hay tal esencia humana abstracta sino que la persona se va construyendo gradualmente según las leyes conocidas de la física y la química y los procesos habituales, complicados pero más o menos bien descriptos, de la biología. En general los defensores de esta postura creemos que un embrión humano no es una persona y puede ser manipulado y destruido como casi cualquier otro conjunto de células; la personalidad, la humanidad, está en él sólo en potencia y no preexiste a la formación de un cuerpo humano viable y de la autoconsciencia que nos distingue del resto del reino animal.

La postura esencialista es una creencia incomprobada e incomprobable. La otra postura no es su opuesta sino más bien su antecesora prudente. Es sencillo comprobar que un embrión no tiene ninguna de las características que asignamos (y por las que distinguimos) a las personas. No tiene sentidos ni consciencia de sí, no tiene órganos diferenciados, no tiene un cerebro desarrollado y en funciones, no tiene voluntad. Tiene un determinado ADN y una tendencia fisicoquímica a determinados cambios que, con cierta probabilidad, lo llevarán en un futuro a transformarse en una persona. Esta última característica (su orientación hacia un “objetivo” final identificable como una persona humana) es condición necesaria, aunque de ninguna manera suficiente, para que la idea esencialista pueda plantearse. Si un embrión “humano” pudiera transformarse en cualquier cosa, la idea de que un embrión es (esencialmente o metafísicamente) una persona desde la concepción sería ridícula.

Pero lo cierto es que un embrión sí puede transformarse en cualquier cosa, y de hecho lo hace: se transforma en seres humanos completamente distintos uno de otro (o bien, con frecuencia, muere antes). No hay una manera “científica” de determinar si un organismo dado es un ser humano; no hay un molde fijo, no hay un “ADN humano”. Cada uno de nosotros es distinto de los demás a nivel genético. Nos reconocemos unos a otros como personas por aproximación, no por el vislumbre de una esencia —no quiero decir alma— innata a la humanidad. Nuestro ADN es similar, no igual, al de nuestros congéneres, pero también es similar al de los chimpancés, el de los gorilas, el de los orangutanes y el de los lirios del campo y el de las sanguijuelas, si bien en distinto grado; nuestra autoidentificación como especie es difusa, de índole estadística. Sólo el Homo sapiens ha sobrevivido en la Tierra de las muchas razas de homínidos que la han surcado incluso hasta tiempos geológicamente recientes; si hubieran sobrevivido, este fácil esencialismo no las tendría tan fáciles.

Todo lo anterior es, desde luego, una blasfemia del más alto orden contra la doctrina judeocristiana de la Creación, y una de las razones por las cuales se puede argumentar que la teoría de la evolución no es aceptada, no puede ser aceptada plenamente por ningún creyente de esa doctrina. Si el hombre no es especial y distinto esencialmente  —no por la mera contingencia biológica— entonces Dios sólo ha elegido a un animal inteligente para Su Plan.

Esto viene a cuento de que el padre ofuscado porque su bebé nació con síndrome de Down no está equivocado. El “producto fallado” que le dieron no es el bebé, sino el embrión del cual se originó. Y es un producto porque no es esencialmente distinto (ni morfológicamente muy distinto, al microscopio) del embrión creado por fecundación artificial de un caballo o de una rana. Es un producto porque no es una persona, excepto para aquellos que definen persona como cualquier cosa que surja de la unión de un óvulo y un espermatozoide humanos. Deja de ser un producto cuando podemos reconocerlo como uno de nosotros, incluso aunque no esté del todo desarrollado. Un chimpancé adulto tiene muchas más características de persona humana que un embrión humano; recurrir, como hacen los pseudocientíficos católicos, a la semejanza del ADN, los hace culpables del reduccionismo vulgar que ellos mismos suelen denunciar. Una persona no lo es porque su ADN sea parecido al de las otras personas (y pasemos por alto la definición circular inherente aquí) sino por otros rasgos, más variados y más flexibles, que lo hacen similar a nosotros, a los que ya sabemos que somos personas. Con la paradójica postura esencialista-reduccionista de los católicos, llegamos al absurdo de que se considere una persona de pleno derecho a un organismo que no tiene cerebro ni sentidos funcionales, mientras que un organismo con la inteligencia de un niño de tres años, clara voluntad propia y muy posiblemente una autoconsciencia queda en pie de igualdad, a nivel legal y ético, con un mosquito.

Los padres de la niña a los que hace referencia la nota no pretenden que ella sea menos que una persona, o una persona fallada. Lo que dicen es que la clínica de fertilidad les dio un embrión con fallas en sus genes, entendiéndose por fallas a desviaciones de la norma que entran en el terreno de lo patológico, y que podrían haber sido previstas. (La clínica dice que se les ofrecieron los tests de rutina y no los aceptaron; la madre dice que nunca les ofrecieron nada: una disputa legal que no vamos a dilucidar aquí.) En nuestra sociedad consideramos personas de pleno derecho, a priori, a quienes tienen síndrome de Down (si su condición no les permite manejarse solos, tendrán un tutor, igual que cualquier otra persona en esa situación). No consideramos personas a los embriones en ningún sentido excepto —en casi toda América Latina— por la prohibición de destruir un embrión ya implantado en el útero. Equiparar una cosa con otra es un engaño y una apelación emocional de lo más ruin, y usarlo como propaganda para una visión del mundo oscurantista y antihumana es quizá la peor falta de respeto a la verdadera dignidad de la persona.