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martes, 18 de diciembre de 2012

Breves pre-navideñas

El tiempo es tirano y mi tiempo en particular ha sido un tirano despiadado durante estas últimas semanas, razón por la cual no he escrito mucho. De todas formas hay poco que contar, o mejor dicho, poco que sea sorpresa para alguien:
  • Un grupo armado, casi con seguridad talibanes, asesinó en Pakistán a seis trabajadores sanitarios que estaban vacunando a niños contra la poliomielitis. Unos cuantos predicadores musulmanes de la zona han estado propalando que la campaña de vacunación —con apoyo de las Naciones Unidas— es un plan de Occidente para esterilizar a los musulmanes. Esto no es noticia y ya había ocurrido en Nigeria, gracias, de nuevo, a predicadores musulmanes que alimentaron el mismo rumor. La poliomielitis no se erradicó, y millones de niños siguen en peligro de invalidez y muerte, gracias a estos “hombres de Dios”.
  • Después del caso de Savita Halappanavar, que no fue en modo alguno único sino simplemente la gota que derramó el vaso, el gobierno de Irlanda se comprometió finalmente a reglamentar explícitamente el aborto para los casos en que haya riesgo de vida cierto para la mujer. Es muy poco y muy tarde, pero es algo.*
  • El teólogo y monarca antes conocido como Joseph Ratzinger abrió, con bombos y platillos, una cuenta de Twitter, y luego de unos días destinados a crear expectativa en sus fans, procedió a emitir unos pocos mensajes a cual más anodino, que fueron festejados y repetidos por sus seguidores como si fuesen lo más inteligente desde Aristóteles, aun siendo apenas más profundos que el texto de la tarjeta navideña promedio. Esto tampoco es noticia, dado que el pontífice, como todos los teólogos, no se caracteriza por transmitir información útil para la vida real en ningún sentido.
Y eso es todo por ahora… pero sigan sintonizándonos.

* POSTDATA: Respecto del asunto del aborto en Irlanda, los obispos católicos han dejado en claro su altura moral. Por si alguien albergaba la sospecha de que pudiera haber algo de humanidad o decencia en esos marchitos corazones, han dicho que un cambio de la ley que permita el aborto equivaldría a cambiar “el cuidadoso equilibrio entre el derecho a la vida de una madre y de su hijo no nacido” y que tal cosa es injustificable. Injustificable: no importa que la mujer vaya a morir, no importa que el feto sea inviable. Si la vida de una mujer depende de abortar, la mujer debe ser dejada morir.

lunes, 3 de septiembre de 2012

Defensa equivocada

El caso de la niña pakistaní Rimsha Masih ya ha sido ampliamente difundido por la prensa, así que no daré detalles. Baste decir que tiene 13 años (al principio se dijo que eran 11), padece síndrome de Down, y el imán de su barrio, Khalid Jadoon, la acusó de haber quemado unas páginas de un libro que incluía partes del Corán, “crimen” para el cual la ley contra la blasfemia de Pakistán, inspirada en las bárbaras prescripciones de la sharia islámica, prevé la pena de muerte. (Hace unos días Jadoon fue arrestado bajo sospecha de haber arrojado él mismo hojas del Corán a la pila de papel que Rimsha había quemado.)

Pakistán es un ejemplo de cómo el islam envenena a una sociedad. El islam, a su vez, es para el cristianismo en particular un espejo donde contemplarse y reflexionar sobre los frutos de implementar leyes que castigan “crímenes” como la blasfemia. La Iglesia Católica viene pidiendo, por los canales políticos habituales, que se anule la ley anti-blasfemia pakistaní, que ya ha sido causante de persecución y muerte de muchos cristianos en ese país. Pero sus argumentos son huecos, porque no apuntan al corazón de la cuestión, que está cerca, demasiado cerca, del propio corazón de la intolerancia cristiana.


Rimsha Masih es hija de padres cristianos (siguiendo la atinada y repetida recomendación de Richard Dawkins, no diré que es cristiana: no lo es, no tiene edad para discernir eso; sólo pertenece a una familia cuyo padre se dice cristiano) y creo que no es muy cínico de mi parte suponer que es por eso que el cardenal Jean Louis Tauran, Presidente del Pontificio Consejo para el Diálogo Interreligioso, aparece en los medios defendiéndola. (Los musulmanes de distintas sectas suelen acusarse de blasfemia y matarse entre sí, o matar a hindúes o a judíos, pero ningún cardenal católico deplora esas muertes.) Pero Tauran yerra al blanco.

No es asunto de importancia que la niña tenga síndrome de Down o algún tipo de retraso madurativo o cognitivo. No es asunto de importancia que no sepa leer ni escribir. Tampoco es si quemó el Corán, si lo hizo a propósito, si quemó más o menos hojas. No hay necesidad de “comprobar los hechos” o de tener cuidado al afirmar que “un texto fue objeto de burla”. Aunque la niña hubiera usado el Corán para limpiarse el culo, la ley de un país civilizado no tendría nada que hacer al respecto.

Hay que decir que otros jerarcas católicos han pedido, en otras ocasiones, que se anule esta ley contra la blasfemia y otras similares, como la de Nigeria. Mientras tanto, sin embargo, también hacían lobby a favor de una ley antiblasfemia en Irlanda y de la aplicación de la ley de “ofensa a los sentimientos religiosos” a Javier Krahe por su “Cristo al horno”, lo cual debilita un tanto sus propios argumentos. Que una ley castigue la blasfemia o la profanación o la ofensa a las cosas sagradas con la muerte o con una multa es irrelevante en este punto.

“Parece imposible que la niña mostrara ningún desprecio por el libro sagrado del islam”, según Tauran. Pero ése no es el punto, cardenal. Podríamos creer que estas palabras son un intento honesto de encontrar un resquicio para que Rimsha se salve, si el Vaticano, para el cual trabaja el cardenal, no se aliara con las teocracias y dictaduras islámicas en los foros internacionales donde se discute la libertad de expresión y de religión. Desde aquí, la verdad, no se los ve muy honestos en su lucha por una verdadera libertad religiosa.

¡Recuerden que el 30 de septiembre es el Día de la Blasfemia!