Quiero recomendarles ver The Magdalene Sisters (“Las hermanas de la Magdalena”), un film de 2002 del que escuché hablar hace poco. Se trata de un drama basado en hechos reales: un trozo de la infame historia de las “lavanderías” que las monjas de varias órdenes religiosas regentearon en las Islas Británicas y en Norteamérica durante siglos, contada a través de la vida de varias internas en uno de estos establecimientos, en la Irlanda de los años 1960.
Las monjas proveían, como ha hecho históricamente la Iglesia Católica, un servicio a la sociedad que la misma Iglesia había ayudado a crear: apartar y contener a las mujeres consideradas de mala vida o sexualmente problemáticas. Las lavanderías servían para mostrar a la sociedad una fachada que justificara lo que se hacía a las internas: allí las prostitutas, las chicas fáciles y otros peligros morales realizaban un trabajo duro pero digno, lavando sus pecados junto con las ropas de las monjas, de los sacerdotes que les daban misa y de las buenas gentes.
En la práctica, sin embargo, los “asilos” de las Magdalenas eran centros de trabajos forzados. Las lavanderías eran una fuente de ingresos segura para las monjas, tanto más cuanto las mujeres forzadas a trabajar en ellas no recibían sueldo, no podían irse ni tenían ningún tipo de seguridad social, ni licencias, ni nadie a quién reclamar si las condiciones eran inhumanas. Los castigos corporales y las medidas disciplinarias destinadas a la degradación de las internas eran comunes.
El prólogo del film consta de tres breves historias de mujeres jóvenes llevadas por la fuerza a una lavandería: la primera, por haber denunciado ante su familia, durante una fiesta de boda, que un primo suyo acababa de violarla; la segunda, una huérfana, por permitirse coquetear con los muchachos que la llaman desde el otro lado de las rejas del orfanato; la tercera, por haber tenido un hijo fuera del matrimonio. Los tres casos conforman una vista panorámica y desoladora a una cultura profundamente católica, tóxica, donde las mujeres, para ser consideradas morales, sólo pueden habitar tres ambientes bajo estricta supervisión, sometidas a una autoridad ajena y con su sexo anulado o severamente restringido: la casa paterna, la casa del esposo, y el convento.
En efecto, en las historias que The Magdalene Sisters cuenta, son las propias familias —o el estado encargado de suplir la custodia familiar– las que abandonan a sus hijas en los hogares de las monjas y les dan la espalda. La autoridad de las monjas se entiende simbólicamente como absoluta en función de la altura moral y el respeto social que automáticamente ganan aquéllos que se consagran a Dios, pero es de hecho una autoridad delegada: las familias de las internas pueden venir a sacarlas en cuanto lo deseen. Sin embargo, muchas de ellas permanecen en las lavanderías hasta morir. Las monjas contaron con la total colaboración del Estado para hacer la vista gorda y para enviarles mujeres sin recursos a través del sistema judicial.
Las víctimas de la esclavitud de las Magdalenas finalmente comenzaron a encontrarse y contar sus historias al final del siglo pasado, luego de que estallara un escándalo al descubrirse decenas de cadáveres de internas enterradas en tumbas anónimas en terrenos de un convento. Una investigación reveló el nivel de los abusos llevados a cabo en los asilos, que (sólo desde los años 1920 y sólo en Irlanda) afectaron a unas treinta mil mujeres.
Más recientemente el gobierno de Irlanda, después de dilatarlo todo lo posible, decidió reconocer su parte en el asunto y ofrecer atención y compensación monetaria a las sobrevivientes. El gobierno también solicitó a las cuatro órdenes religiosas responsables de las lavanderias que, pese a no haberse dado un proceso penal, hicieran el gesto de reconocer los abusos cometidos y aportaran fondos. Las monjas se negaron unánime y categóricamente. Así queda, sin castigo, uno de los grandes crímenes de la Iglesia Católica en el siglo XX.
(El film está subido a YouTube íntegro, en inglés original sin subtítulos.)
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viernes, 1 de noviembre de 2013
Las hermanas de la Magdalena
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Publicado por
Pablo
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7:31
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martes, 29 de enero de 2013
Lo sobrenatural, o no tanto
Cuando, recientemente, se estrenó en los cines argentinos Cloud Atlas, fui a verla sin demasiados prejuicios a pesar de haber oído lejanos rumores de cierto aire nuevaeriano. Al salir, encantado por el magistral tour de force que acababa de presenciar, busqué las críticas que no me había atrevido a leer antes. Muchas analizaban los paralelismos de las seis historias del film en términos de reencarnación, planes cósmicos divinos, karma y similares vaguedades.
No diré que me sorprendí, porque esos conceptos sin base están ya firmemente arraigados en nuestra cultura. Pero lo cierto es que en ningún punto me pareció que Cloud Atlas cruzara la barrera que separa la ficción plausible de la fantasía. (Que una sacerdotisa tribal entre en trance y profetice una o dos cosas que luego se cumplen no es nada raro, especialmente si involucra situaciones perfectamente verosímiles, como escuchar venir a un enemigo mortal y salvarse escondiéndose bajo un puente; tales cosas ocurren todo el tiempo hoy mismo, siendo una de las bases del negocio de astrólogos, tarotistas y otros de la misma calaña.) Las coincidencias menos sutiles, como la marca en forma de cometa o estrella con cola en la piel de ciertas personas históricamente importantes, no pasan de ser, según lo veo, licencias artísticas.
Si pude disfrutar Cloud Atlas fue precisamente por eso; no es que sea imposible para mí disfrutar una película con elementos sobrenaturales, pero sí me resulta difícil pasar por alto aquellos elementos que requieren un esfuerzo extra del espectador para ser creíbles sin darle a éste, a cambio, nada que mejore su experiencia o ayude al argumento. En otras palabras, Cloud Atlas no sólo no necesita un fundamento sobrenatural (o preternatural): requerir que se la interprete así de hecho le quita fuerza, y en tanto se monta sobre mitos populares mal procesados, la vulgariza.
Algo similar me ocurrió al rever, después de un par de años, la totalidad de la “serie reimaginada” de Battlestar Galactica, una completa revisión de aquella entrañable serie de ciencia ficción del mismo nombre que muchos recordamos como una imagen de nuestra infancia en los años 1980. Mientras transcurrió, especialmente a partir de la tercera de sus cuatro temporadas, y luego de que concluyera, la BSG del tercer milenio fue terreno fértil para las especulaciones sobre qué o quién había estado moviendo los hilos de la historia. En un cierto momento las coincidencias mínimas o cósmicas parecen dejar de serlo sin lugar a dudas, incluso en la mente de los personajes más escépticos: las profecías se cumplen con exactitud, los sueños premonitorios se hacen realidad, los muertos vuelven a la vida (literalmente), el gran ciclo de la historia o del Destino se hace patente, y hacia el final, dos “ángeles” se manifiestan y una música misteriosa guía a los sobrevivientes de la humanidad pretérita y a sus aliados, los Cylons rebeldes, a la mítica Tierra, donde encuentran nada menos que a seres humanos primitivos. Uno de los presentes recalca que las probabilidades de que otros seres humanos hayan evolucionado independientemente en un planeta distinto son astronómicamente pequeñas: un énfasis innecesario, dado que dicha probabilidad es cero.
¿Puede explicarse Battlestar Galactica sin recurrir a los elementos sobrenaturales que sus personajes, con cierta lógica, asumen que están en juego? Creo que sí, y por eso es que pude disfrutarla, como pude disfrutar Cloud Atlas. La pista crucial aparece cuando los dos “ángeles” conversan, en medio de una calle de la moderna New York, sobre la cuestión de si el ciclo que han observado tantas otras veces (seres inteligentes que crean sirvientes mecánicos que se rebelan contra ellos, los destruyen y toman su lugar) volverá a ocurrir en nuestra Tierra. Uno de ellos observa que, aunque ese eterno retorno parece inevitable, un sistema complejo siempre puede producir resultados nuevos y sorprendentes, y “eso también está en los planes de Dios”. Ante lo cual el otro “ángel”, muy serio, corta: “Sabes que a Ello [It] no le gusta ese nombre.” Con esas crípticas palabras se cierra la serie.
¿Por qué a “Dios” no le gusta ese nombre? Sus ángeles lo han usado con frecuencia al hablar con sus mortales elegidos. Pero quizá lo hayan hecho porque es la manera más sencilla de referirse a “Ello” sin dar más explicaciones, apelando a creencias previas. De la misma manera en que la puesta en escena de Cloud Atlas nos interpela utilizando categorías que parecen referir a conceptos conocidos, como la reencarnación o el orden cósmico; la diferencia es que en Battlestar Galactica son los protagonistas quienes observan atónitos y desconcertados, o con fe expectante, el desarrollo de su propia historia.
¿Pero cómo lo explicamos nosotros? En el universo de Battlestar Galactica hay escritores de novelas de viajes y policiales, pero no aparece ninguno que escriba ciencia ficción. Si lo hubiese, quizá habría inventado, mil quinientos siglos antes que Arthur C. Clarke, aquella famosa frase que dice que “Toda tecnología lo suficientemente avanzada es indistinguible de la magia”. Si somos seres naturales, ¿por qué nuestros sueños, nuestras premoniciones y hasta el fluir del tiempo físico, por no hablar de los meros objetos materiales, deberían estar exentos del posible control de una entidad también natural y material, pero mucho más antigua y poderosa y capaz de esconderse de nosotros hasta el punto de asimilarse a una fuerza universal?
En el prólogo a La línea de sombra (1917), Joseph Conrad escribió contra aquéllos que querían ver en su novela un relato basado en lo sobrenatural: “… mi conciencia de lo maravilloso es demasiado firme para que pueda dejarse nunca fascinar por el simple sobrenatural, que (…) no es sino un artículo de manufactura fabricado por espíritus insensibles a las secretas sutilezas de nuestras relaciones con los muertos y los vivos en su infinita muchedumbre: profanación de nuestros más tiernos recuerdos; ultraje a nuestra dignidad.” Se refería a la reacción de los lectores ante una aventura en el mar en la que la maldición de un capitán loco y moribundo (luego muerto) parece llevar a su barco a la ruina. No hay en toda la novela nada que no pueda ser explicado por una combinación de los caprichos del mar (que Conrad, marinero antes que escritor, conocía de primera mano) y una cierta dosis de —digamos informalmente— mala suerte.
Para Conrad era propio de ignorantes recurrir a artificios tan burdos y vulgares como fantasmas o maldiciones. Lo era, probablemente, también para H. P. Lovecraft, cuyas obras más conocidas, el corpus que conforma el mythos de Cthulhu y los otros dioses antiguos, están tan repletas de elementos esotéricos y ritualismo como vacías de cualquier concesión a las supersticiones familiares: los “dioses” son seres poderosos que viven en estrellas lejanas o en animación suspendida en el fondo del mar o en algún sitio en ángulos rectos a nuestro espacio tridimensional; los rituales con que se los invoca no son magia, sino la mera puesta en marcha de fenómenos físicos que aparecen al espectador como magia negra o anomalías sobrenaturales.
¿Es posible escribir hoy una buena historia o un buen guión de cine con elementos sobrenaturales típicos? ¿Es posible disfrutarlo? Quizá para algunos. Yo me quedo con la fría pero profunda visión materialista de Lovecraft, con las coincidencias esperanzadas de Cloud Atlas, con la silenciosa intervención del dios impersonal y natural de Battlestar Galactica —que no quiere ser llamado Dios—, o con el cosmos indiferente de Conrad, poblado por personas pequeñas, ocasionalmente valerosas, emotiva y naturalmente vivas.
(ATENCIÓN: TERRIBLES SPOILERS DE AQUÍ EN ADELANTE)
No diré que me sorprendí, porque esos conceptos sin base están ya firmemente arraigados en nuestra cultura. Pero lo cierto es que en ningún punto me pareció que Cloud Atlas cruzara la barrera que separa la ficción plausible de la fantasía. (Que una sacerdotisa tribal entre en trance y profetice una o dos cosas que luego se cumplen no es nada raro, especialmente si involucra situaciones perfectamente verosímiles, como escuchar venir a un enemigo mortal y salvarse escondiéndose bajo un puente; tales cosas ocurren todo el tiempo hoy mismo, siendo una de las bases del negocio de astrólogos, tarotistas y otros de la misma calaña.) Las coincidencias menos sutiles, como la marca en forma de cometa o estrella con cola en la piel de ciertas personas históricamente importantes, no pasan de ser, según lo veo, licencias artísticas.
Si pude disfrutar Cloud Atlas fue precisamente por eso; no es que sea imposible para mí disfrutar una película con elementos sobrenaturales, pero sí me resulta difícil pasar por alto aquellos elementos que requieren un esfuerzo extra del espectador para ser creíbles sin darle a éste, a cambio, nada que mejore su experiencia o ayude al argumento. En otras palabras, Cloud Atlas no sólo no necesita un fundamento sobrenatural (o preternatural): requerir que se la interprete así de hecho le quita fuerza, y en tanto se monta sobre mitos populares mal procesados, la vulgariza.
Algo similar me ocurrió al rever, después de un par de años, la totalidad de la “serie reimaginada” de Battlestar Galactica, una completa revisión de aquella entrañable serie de ciencia ficción del mismo nombre que muchos recordamos como una imagen de nuestra infancia en los años 1980. Mientras transcurrió, especialmente a partir de la tercera de sus cuatro temporadas, y luego de que concluyera, la BSG del tercer milenio fue terreno fértil para las especulaciones sobre qué o quién había estado moviendo los hilos de la historia. En un cierto momento las coincidencias mínimas o cósmicas parecen dejar de serlo sin lugar a dudas, incluso en la mente de los personajes más escépticos: las profecías se cumplen con exactitud, los sueños premonitorios se hacen realidad, los muertos vuelven a la vida (literalmente), el gran ciclo de la historia o del Destino se hace patente, y hacia el final, dos “ángeles” se manifiestan y una música misteriosa guía a los sobrevivientes de la humanidad pretérita y a sus aliados, los Cylons rebeldes, a la mítica Tierra, donde encuentran nada menos que a seres humanos primitivos. Uno de los presentes recalca que las probabilidades de que otros seres humanos hayan evolucionado independientemente en un planeta distinto son astronómicamente pequeñas: un énfasis innecesario, dado que dicha probabilidad es cero.
¿Puede explicarse Battlestar Galactica sin recurrir a los elementos sobrenaturales que sus personajes, con cierta lógica, asumen que están en juego? Creo que sí, y por eso es que pude disfrutarla, como pude disfrutar Cloud Atlas. La pista crucial aparece cuando los dos “ángeles” conversan, en medio de una calle de la moderna New York, sobre la cuestión de si el ciclo que han observado tantas otras veces (seres inteligentes que crean sirvientes mecánicos que se rebelan contra ellos, los destruyen y toman su lugar) volverá a ocurrir en nuestra Tierra. Uno de ellos observa que, aunque ese eterno retorno parece inevitable, un sistema complejo siempre puede producir resultados nuevos y sorprendentes, y “eso también está en los planes de Dios”. Ante lo cual el otro “ángel”, muy serio, corta: “Sabes que a Ello [It] no le gusta ese nombre.” Con esas crípticas palabras se cierra la serie.
¿Por qué a “Dios” no le gusta ese nombre? Sus ángeles lo han usado con frecuencia al hablar con sus mortales elegidos. Pero quizá lo hayan hecho porque es la manera más sencilla de referirse a “Ello” sin dar más explicaciones, apelando a creencias previas. De la misma manera en que la puesta en escena de Cloud Atlas nos interpela utilizando categorías que parecen referir a conceptos conocidos, como la reencarnación o el orden cósmico; la diferencia es que en Battlestar Galactica son los protagonistas quienes observan atónitos y desconcertados, o con fe expectante, el desarrollo de su propia historia.
¿Pero cómo lo explicamos nosotros? En el universo de Battlestar Galactica hay escritores de novelas de viajes y policiales, pero no aparece ninguno que escriba ciencia ficción. Si lo hubiese, quizá habría inventado, mil quinientos siglos antes que Arthur C. Clarke, aquella famosa frase que dice que “Toda tecnología lo suficientemente avanzada es indistinguible de la magia”. Si somos seres naturales, ¿por qué nuestros sueños, nuestras premoniciones y hasta el fluir del tiempo físico, por no hablar de los meros objetos materiales, deberían estar exentos del posible control de una entidad también natural y material, pero mucho más antigua y poderosa y capaz de esconderse de nosotros hasta el punto de asimilarse a una fuerza universal?
En el prólogo a La línea de sombra (1917), Joseph Conrad escribió contra aquéllos que querían ver en su novela un relato basado en lo sobrenatural: “… mi conciencia de lo maravilloso es demasiado firme para que pueda dejarse nunca fascinar por el simple sobrenatural, que (…) no es sino un artículo de manufactura fabricado por espíritus insensibles a las secretas sutilezas de nuestras relaciones con los muertos y los vivos en su infinita muchedumbre: profanación de nuestros más tiernos recuerdos; ultraje a nuestra dignidad.” Se refería a la reacción de los lectores ante una aventura en el mar en la que la maldición de un capitán loco y moribundo (luego muerto) parece llevar a su barco a la ruina. No hay en toda la novela nada que no pueda ser explicado por una combinación de los caprichos del mar (que Conrad, marinero antes que escritor, conocía de primera mano) y una cierta dosis de —digamos informalmente— mala suerte.
Para Conrad era propio de ignorantes recurrir a artificios tan burdos y vulgares como fantasmas o maldiciones. Lo era, probablemente, también para H. P. Lovecraft, cuyas obras más conocidas, el corpus que conforma el mythos de Cthulhu y los otros dioses antiguos, están tan repletas de elementos esotéricos y ritualismo como vacías de cualquier concesión a las supersticiones familiares: los “dioses” son seres poderosos que viven en estrellas lejanas o en animación suspendida en el fondo del mar o en algún sitio en ángulos rectos a nuestro espacio tridimensional; los rituales con que se los invoca no son magia, sino la mera puesta en marcha de fenómenos físicos que aparecen al espectador como magia negra o anomalías sobrenaturales.
¿Es posible escribir hoy una buena historia o un buen guión de cine con elementos sobrenaturales típicos? ¿Es posible disfrutarlo? Quizá para algunos. Yo me quedo con la fría pero profunda visión materialista de Lovecraft, con las coincidencias esperanzadas de Cloud Atlas, con la silenciosa intervención del dios impersonal y natural de Battlestar Galactica —que no quiere ser llamado Dios—, o con el cosmos indiferente de Conrad, poblado por personas pequeñas, ocasionalmente valerosas, emotiva y naturalmente vivas.
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