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martes, 29 de enero de 2013

Lo sobrenatural, o no tanto

Cuando, recientemente, se estrenó en los cines argentinos Cloud Atlas, fui a verla sin demasiados prejuicios a pesar de haber oído lejanos rumores de cierto aire nuevaeriano. Al salir, encantado por el magistral tour de force que acababa de presenciar, busqué las críticas que no me había atrevido a leer antes. Muchas analizaban los paralelismos de las seis historias del film en términos de reencarnación, planes cósmicos divinos, karma y similares vaguedades.


(ATENCIÓN: TERRIBLES SPOILERS DE AQUÍ EN ADELANTE)

No diré que me sorprendí, porque esos conceptos sin base están ya firmemente arraigados en nuestra cultura. Pero lo cierto es que en ningún punto me pareció que Cloud Atlas cruzara la barrera que separa la ficción plausible de la fantasía. (Que una sacerdotisa tribal entre en trance y profetice una o dos cosas que luego se cumplen no es nada raro, especialmente si involucra situaciones perfectamente verosímiles, como escuchar venir a un enemigo mortal y salvarse escondiéndose bajo un puente; tales cosas ocurren todo el tiempo hoy mismo, siendo una de las bases del negocio de astrólogos, tarotistas y otros de la misma calaña.) Las coincidencias menos sutiles, como la marca en forma de cometa o estrella con cola en la piel de ciertas personas históricamente importantes, no pasan de ser, según lo veo, licencias artísticas.

Si pude disfrutar Cloud Atlas fue precisamente por eso; no es que sea imposible para mí disfrutar una película con elementos sobrenaturales, pero sí me resulta difícil pasar por alto aquellos elementos que requieren un esfuerzo extra del espectador para ser creíbles sin darle a éste, a cambio, nada que mejore su experiencia o ayude al argumento. En otras palabras, Cloud Atlas no sólo no necesita un fundamento sobrenatural (o preternatural): requerir que se la interprete así de hecho le quita fuerza, y en tanto se monta sobre mitos populares mal procesados, la vulgariza.

Algo similar me ocurrió al rever, después de un par de años, la totalidad de la “serie reimaginada” de Battlestar Galactica, una completa revisión de aquella entrañable serie de ciencia ficción del mismo nombre que muchos recordamos como una imagen de nuestra infancia en los años 1980. Mientras transcurrió, especialmente a partir de la tercera de sus cuatro temporadas, y luego de que concluyera, la BSG del tercer milenio fue terreno fértil para las especulaciones sobre qué o quién había estado moviendo los hilos de la historia. En un cierto momento las coincidencias mínimas o cósmicas parecen dejar de serlo sin lugar a dudas, incluso en la mente de los personajes más escépticos: las profecías se cumplen con exactitud, los sueños premonitorios se hacen realidad, los muertos vuelven a la vida (literalmente), el gran ciclo de la historia o del Destino se hace patente, y hacia el final, dos “ángeles” se manifiestan y una música misteriosa guía a los sobrevivientes de la humanidad pretérita y a sus aliados, los Cylons rebeldes, a la mítica Tierra, donde encuentran nada menos que a seres humanos primitivos. Uno de los presentes recalca  que las probabilidades de que otros seres humanos hayan evolucionado independientemente en un planeta distinto son astronómicamente pequeñas: un énfasis innecesario, dado que dicha probabilidad es cero.

¿Puede explicarse Battlestar Galactica sin recurrir a los elementos sobrenaturales que sus personajes, con cierta lógica, asumen que están en juego? Creo que sí, y por eso es que pude disfrutarla, como pude disfrutar Cloud Atlas. La pista crucial aparece cuando los dos “ángeles” conversan, en medio de una calle de la moderna New York, sobre la cuestión de si el ciclo que han observado tantas otras veces (seres inteligentes que crean sirvientes mecánicos que se rebelan contra ellos, los destruyen y toman su lugar) volverá a ocurrir en nuestra Tierra. Uno de ellos observa que, aunque ese eterno retorno parece inevitable, un sistema complejo siempre puede producir resultados nuevos y sorprendentes, y “eso también está en los planes de Dios”. Ante lo cual el otro “ángel”, muy serio, corta: “Sabes que a Ello [It] no le gusta ese nombre.” Con esas crípticas palabras se cierra la serie.

¿Por qué a “Dios” no le gusta ese nombre? Sus ángeles lo han usado con frecuencia al hablar con sus mortales elegidos. Pero quizá lo hayan hecho porque es la manera más sencilla de referirse a “Ello” sin dar más explicaciones, apelando a creencias previas. De la misma manera en que la puesta en escena de Cloud Atlas nos interpela utilizando categorías que parecen referir a conceptos conocidos, como la reencarnación o el orden cósmico; la diferencia es que en Battlestar Galactica son los protagonistas quienes observan atónitos y desconcertados, o con fe expectante, el desarrollo de su propia historia.

¿Pero cómo lo explicamos nosotros? En el universo de Battlestar Galactica hay escritores de novelas de viajes y policiales, pero no aparece ninguno que escriba ciencia ficción. Si lo hubiese, quizá habría inventado, mil quinientos siglos antes que Arthur C. Clarke, aquella famosa frase que dice que “Toda tecnología lo suficientemente avanzada es indistinguible de la magia”. Si somos seres naturales, ¿por qué nuestros sueños, nuestras premoniciones y hasta el fluir del tiempo físico, por no hablar de los meros objetos materiales, deberían estar exentos del posible control de una entidad también natural y material, pero mucho más antigua y poderosa y capaz de esconderse de nosotros hasta el punto de asimilarse a una fuerza universal?

En el prólogo a La línea de sombra (1917), Joseph Conrad escribió contra aquéllos que querían ver en su novela un relato basado en lo sobrenatural: “… mi conciencia de lo maravilloso es demasiado firme para que pueda dejarse nunca fascinar por el simple sobrenatural, que (…) no es sino un artículo de manufactura fabricado por espíritus insensibles a las secretas sutilezas de nuestras relaciones con los muertos y los vivos en su infinita muchedumbre: profanación de nuestros más tiernos recuerdos; ultraje a nuestra dignidad.” Se refería a la reacción de los lectores ante una aventura en el mar en la que la maldición de un capitán loco y moribundo (luego muerto) parece llevar a su barco a la ruina. No hay en toda la novela nada que no pueda ser explicado por una combinación de los caprichos del mar (que Conrad, marinero antes que escritor, conocía de primera mano) y una cierta dosis de —digamos informalmente— mala suerte.

Para Conrad era propio de ignorantes recurrir a artificios tan burdos y vulgares como fantasmas o maldiciones. Lo era, probablemente, también para H. P. Lovecraft, cuyas obras más conocidas, el corpus que conforma el mythos de Cthulhu y los otros dioses antiguos, están tan repletas de elementos esotéricos y ritualismo como vacías de cualquier concesión a las supersticiones familiares: los “dioses” son seres poderosos que viven en estrellas lejanas o en animación suspendida en el fondo del mar o en algún sitio en ángulos rectos a nuestro espacio tridimensional; los rituales con que se los invoca no son magia, sino la mera puesta en marcha de fenómenos físicos que aparecen al espectador como magia negra o anomalías sobrenaturales.

¿Es posible escribir hoy una buena historia o un buen guión de cine con elementos sobrenaturales típicos? ¿Es posible disfrutarlo? Quizá para algunos. Yo me quedo con la fría pero profunda visión materialista de Lovecraft, con las coincidencias esperanzadas de Cloud Atlas, con la silenciosa intervención del dios impersonal y natural de Battlestar Galactica —que no quiere ser llamado Dios—, o con el cosmos indiferente de Conrad, poblado por personas pequeñas, ocasionalmente valerosas, emotiva y naturalmente vivas.

lunes, 5 de septiembre de 2011

Reflexión sobre Vargas Llosa y la JMJ

Leo el artículo titulado “La fiesta y la cruzada”, que Mario Vargas Llosa publica en el diario español El País refiriendo con aprobación a la Jornada Mundial de la Juventud y que las agencias propagandistas católicas han citado con fruición, y me cuesta leer en él todo lo que los católicos quisieran. No es mi propósito defender ni atacar a Vargas Llosa. Sus palabras son bastante claras; yo me limito a añadir mis observaciones.

En la primera parte del artículo pondera el “bonito espectáculo” de la JMJ y la “paz, alegría y convivencia simpática” que se vivió en Madrid. Menciona brevemente “pequeñas manifestaciones de laicos, anarquistas, ateos y católicos insumisos” y se enfoca en el grotesco incidente de unos antipapistas que arrojaron condones a unas niñas que rezaban el rosario, como si ése fuera el resumen de toda la intención de los manifestantes. No hace mención —aquí la expresión “brilla por su ausencia” se queda corta— de las cargas policiales contra manifestantes no violentos y periodistas, mención que uno esperaría de un vocero del liberalismo, defensor de la libertad de expresión y opositor consecuente de la represión estatal del disenso como Vargas Llosa (al menos de palabra) siempre ha sido. Creo que hay más en lo que dice de crítica al movimiento del 15-M o de los indignados, que fueron parte importante pero no exclusiva de las manifestaciones laicas.

A continuación habla de las dos lecturas posibles de la JMJ: como evento de masas, superficial, dirigido a la cantidad y no a la calidad, y como muestra de la “pujanza y vitalidad” que la Iglesia Católica conserva. Sabiamente no descarta la primera; yo no descartaría la segunda, aunque tampoco la apoyaría tan entusiastamente como Vargas Llosa. Una célula que se divide aceleradamente puede ser el inicio de una vida o de un cáncer.

Sigue Vargas Llosa notando que España ya no era lo que era y que el Papa está preocupado (eso lo sabemos por él mismo). Habla de los encontronazos que ha tenido el gobierno de Rodríguez Zapatero con la Iglesia, encontronazos que a mi modo de ver fueron más bien ataques políticos de la jerarquía católica, coordinada con el PP, hacia el PSOE. Zapatero no ha tomado una sola medida que pueda llamarse de ruptura con la tradición de sometimiento a la Iglesia: una módica ampliación de la ley del aborto, la famosa asignatura de Educación para la Ciudadanía (cuyos contenidos no son del agrado de los obispos españoles, pero si fuéramos al caso, ningún material educativo apto para la Edad Moderna lo es).

El escritor pondera luego la trayectoria de Joseph Ratzinger, de teólogo reformista a guardián de la fe y al papa más conservador desde hace décadas. Opina (creo que acertadamente) que la Iglesia no puede democratizarse, como le reclaman algunos a Benedicto XVI, porque se diluiría. Esto ha ocurrido de hecho entre los fieles, en su mayoría mucho más atraídos por los postulados de la modernidad y el liberalismo (autodeterminación del individuo, derechos civiles, etc.) que por los opuestos que representa la Iglesia, donde el individuo ni siquiera es dueño de su propio cuerpo y está obligado a creer en proposiciones emanadas de líderes supuestos infalibles. Las comunidades católicas sólo se sostienen en el aislamiento: en pequeños pueblos o dentro de sectas como el Opus Dei o el Camino Neocatecumenal (los llamados kikos). En grupos más grandes es casi imposible vivir como católico consecuente.

Por eso entiendo que lo que dice Vargas Llosa, que “aunque pierda fieles y se encoja, el catolicismo está hoy día más unido, activo y beligerante que en los años en que parecía a punto de desgarrarse y dividirse por las luchas ideológicas internas”, es correcto. El mismo Benedicto XVI insinuó algo así en el pasado. Desde luego, la Iglesia no puede permitirse encogerse indefinidamente; pero si mientras se encoge, concentrándose el fanatismo de sus seguidores como se concentra la sal en un charco de agua de mar que se evapora, conserva firmes los tentáculos que hace siglos tiene proyectados hacia el interior de las esferas de poder político de los países donde alguna vez dominó, entonces no corre peligro de desaparecer. Puede transformarse, con el tiempo, en una “minoría intensa”, lo cual puede no ser mejor que su status actual; otro asunto es cómo manejarían esa situación ciertos pastores que dependen de la masividad de su rebaño.

Es tristemente cierto que ni los conocimientos científicos ni la cultura democrática han derribado y sustituido a la religión. Se han hecho avances, sin duda, y creo que Vargas Llosa no es justo con ellos: hace menos de tres siglos todavía era posible en Europa que una mujer fuera investigada como sospechosa de brujería, torturada y condenada por un tribunal sin opción real a defensa, mientras que hoy en día creer en la brujería se considera una superstición, la tortura es inadmisible y la defensa en juicio es un derecho que no se niega ni al peor de los criminales. Tampoco es admisible hoy discriminar a una persona por ser de una orientación sexual minoritaria, o considerarla poseída por un demonio por presentar trastornos psiquiátricos. En todos estos casos la postura más reaccionaria y barbárica provino de la religión tradicional, y fue vencida por la combinación de la ética moderna y de los conocimientos científicos. Pero por otra parte está claro que la superstición no ha sido vencida, y la población vive en gran parte aislada de los hallazgos científicos y sumida en un pensamiento mágico de un nivel promedio tan abismal que desespera.

La impresión que me deja el escrito de Vargas Llosa es la de un hombre viejo y cansado que ha perdido lo que (mal) llamamos la “fe en la humanidad”. Si la cultura sólo es “para pequeñas minorías, marginales al gran público” y nunca llegará a más, estamos ante una inversión total de las ideas decimonónicas de progreso indefinido, sostenida por los liberales de entonces: ideas que las guerras mundiales y la barbarie todavía reinante en gran parte del planeta han derribado, pero que no dejan de tener su encanto utópico y que deberían aunque más no sea servir de inspiración.

Vargas Llosa parece haberse puesto de parte de aquellos que, en vez de lamentar este tropezón, lo celebran (y de éstos hay tanto en la Iglesia Católica y otras religiones, esencialmente oscurantistas, como en tendencias políticas a las que Vargas Llosa nunca se acercaría). Si la cultura nunca será para todos, si la filosofía y el saber nunca aliviarán nuestros problemas y el conocimiento científico jamás derrotará a la superstición religiosa, entonces sólo nos queda sumergirnos en rituales mágicos, postrarnos ante ídolos y suplicar que algo fuera de nosotros venga a salvarnos. A lo sumo podremos (la minoría ilustrada) gobernar a los ignorantes, y cada tanto tiempo bajar de nuestras torres de marfil con nuestra escolta de seguridad y en un vehículo blindado, con unas palabras de carisma, algunos regalos de poco valor y un espectáculo de circo: algo como para que recuerden cuánto nos aman, para se lleven a su casa un poco de fervor que les dure hasta la próxima ocasión.

domingo, 27 de marzo de 2011

La burla no es intolerancia

El presente ensayo nació de un breve intercambio en Twitter con un “pensador libre” (así se describe él), @El_Cambumbo, o Ricky, que posteó lo siguiente:
#unsaludo a los #ateos q sienten la necesidad de burlarse de las creencia de los demas. No es lo mismo diferir q burlarse... #growup
Reconozco que algunas veces me he permitido burlarme de alguna creencia particularmente estúpida, aunque jamás he sentido la necesidad o compulsión de burlarme de las creencias de otra persona en su cara. Pero como sé muy bien de dónde viene esta clase de idea, decidí contestar.
@El_Cambumbo #ateos http://bit.ly/efnKa7 "Si no quieres que me burle de tus creencias, no creas cosas tan ridículas." O desagradables.
El vínculo al cual lo referí es una muy interesante nota en La tercera cultura, titulada “La perversión del respeto: las religiones a la búsqueda de la hegemonía cultural”, que había encontrado hacía unos días y que precisamente me proponía comentar aquí. Es la traducción de una charla dictada por Robert Rodeker, filósofo francés que en 2006, luego de una nota publicada por el diario conservador y secularista Le Figaro donde atacaba la figura de Mahoma, pasó a integrar el creciente contingente de críticos del islam amenazados de muerte por los fundamentalistas y abandonados cobardemente a su suerte por las autoridades, los medios y casi todos los autoproclamados amantes de la libertad de expresión por haber infringido los sagrados límites de la corrección política. Como a Salman Rushdie, se le reprochó haber insultado las sensibilidades de los musulmanes.

En este caso y muchos otros, la implicación parece ser que un acto verbal o escrito de crítica que apunte a un texto “sagrado” o a una figura reverenciada es equiparable a —y por tanto justifica— la amenaza cierta de violencia, incluso de muerte violenta. La crítica de Rodeker fue un ataque por vía de descripción: Mahoma, escribió, fue “un jefe guerrero sin misericordia, un saqueador, un asesino de judíos y un polígamo” (que se permitió incluir entre sus muchas esposas a una niña de nueve años). Esto, si uno cree en lo escrito en el Corán, es estrictamente cierto. La crítica de Rushdie ni siquiera fue concebida como tal, aunque es comprensible que así fuera entendida: se permitió mencionar la existencia de los versículos que según la tradición fueron suprimidos por el mismo Mahoma por considerar que eran un engaño, fruto de inspiración satánica. La mayoría de los que juraron vengarse de Rushdie por la ofensa nunca habían leído el libro, de la misma manera en que la mayoría de los que juraron matar a los dibujantes del diario danés Jyllands-Posten tampoco habían visto jamás los comics “blasfemos”.

En todos estos casos la opinión de los líderes religiosos, de los medios y (es de suponer) de gran parte de la opinión pública liberal, progresista, fue que ellos se lo habían buscado.

Ésta es exactamente la misma reacción de quienes, ante la violación de una mujer, justifican implícitamente al violador haciendo notar que la mujer vestía ropas demasiado reveladoras.

Decía Confucio que una de las condiciones para el correcto funcionamiento de la sociedad era la rectificación de los nombres, es decir, emplear las palabras de manera que se ajusten a lo que representan. La receta confuciana en realidad apuntaba a preservar los roles de una sociedad rígidamente jerárquica, en la cual cada uno supiera lo que era y lo que debía hacer, pero a un nivel superficial el principio es útil para nuestra discusión. ¿A qué vamos a llamar “intolerancia”? ¿Qué valor le vamos a dar a ese término tan cargado? ¿Puede una sociedad como la que queremos funcionar correctamente si “intolerancia” —la incapacidad de tolerarnos unos a otros, la incapacidad de aceptar lo diferente— se vuelve un sinónimo de la mera expresión del desacuerdo?

Cuando le respondí a Ricky, en Twitter, él me dijo que “los ateos que se mofan de las creencias de los demás son tan intolerantes como las religiones que critican”. Le dije que no me parecían comparables la burla, la ironía, el sarcasmo o incluso el ataque verbal con la persecución, la intimidación o el asesinato. La respuesta de Ricky fue: “La intolerancia es la causa de ambos casos. La diferencia es que ellos (religión) tienen el poder. Si el poder fuera del que se burla, lo más probable [es que éste] sería el perseguidor, intimidador y asesino”. Y luego:
@alertareligion ¿No apoyas la intolerancia y sin embargo le llamas ridiculo a las creencias de otr@s? La verdad; ¿Quién tiene la "verdad"? Ellos no, pero tampoco tu, entonces ¿Que te da el derecho de llamarle ridiculo? Por como te expresas, es obvio que eres inteligente, y sabes q con ataques no logras nada. Sólo satisfacer los deseos de venganza. "Si quieres cambio verdadero, pues camina distinto" @Calle13Oficial.
(Tengo una vaga idea de quiénes son Calle 13, pero dudo que sirva discutir con trozos de canciones. Ignoremos eso.) La noción de que llamar ridículas las opiniones ajenas es intolerante sigue ahí, al igual que el trillado recurso a la imposibilidad de tener la verdad. (Tengo la teoría de que la prédica religiosa constante contra el relativismo ha provocado una contrarreacción irracional, casi alérgica, de muchas personas que no adhieren al fanatismo religioso, volcándolas hacia un relativismo radical que se siente obligado a insistir en la equiparabilidad de todas las creencias. Que nadie tenga la verdad absoluta no implica que todos estemos igualmente lejos de ella. Si yo no creyera que estoy más cerca de la verdad que mi oponente, no me molestaría en debatir con él, ni en luchar contra la imposición de sus ideas, ni en buscar ningún tipo de cambio en la sociedad: todo me daría lo mismo. El relativismo radical es conformismo puro, es puro slogan, como “camina distinto”. No se puede caminar si no hay camino, el camino se hace convenciendo a otros de que cambien de ruta, lo cual requiere debate, confrontación, choque de ideas.) Enseguida, además del texto de Rodeker que cité, me vino a la mente la ya famosa exposición del astrónomo Phil Plait sobre el objetivo del escepticismo, cuyo título informal, Don’t Be a Dick, se ha transformado a su vez en un slogan.


El discurso de Plait tiene más que ver con la relación entre el pensamiento crítico y la pseudociencia, pero podemos extrapolar con facilidad a otros campos. Parece bastante claro que nadie va a decidir que su religión es falsa porque un ateo tras otro vaya y le grite (o le llene su muro de Facebook o su timeline de Twitter o lo que sea) que sus creencias son idiotas y que él es un retardado mental. Parece bastante claro que insultar o burlarse de las ideas del otro se puede interpretar como un insulto personal, y que como estrategia para “desconvertir” a un creyente, es generalmente inútil o incluso contraproducente. Está clarísimo, supongo, que nadie debería abogar por una prédica del ateísmo basada en ridiculizar al creyente. Don’t be a dick, es decir, no te comportes como un idiota, no seas un energúmeno asocial, no trates a los demás como si te las supieras todas y ellos fueran retrasados. No seas sobrador. No seas creído.

Todo esto no significa, no debe significar, que cada crítica a un pensamiento irracional debe ser una suave y pausada exposición marcada por el respeto a la exquisita sensibilidad del interlocutor. En muchos casos el interlocutor ni siquiera desea escucharnos. El interlocutor no tiene paciencia para nuestros argumentos razonados, porque no tiene ganas de razonar. En un mínimo de casos el interlocutor es realmente un idiota y está orgulloso de su ignorancia. En otros casos el interlocutor es una persona muy inteligente a su manera que cultiva la ignorancia en los demás para su beneficio. Los críticos del argumento de Plait (y hubo muchos apenas se conoció su exposición) señalaron, correctamente, que en los foros abiertos de hoy las discusiones suelen ser leídas y comentadas por muchas personas que no saben muy bien de qué lado están porque no tienen toda la información a mano, y que por eso no siempre (o casi nunca) discutimos para convencer al interlocutor: discutimos para que los expectadores conozcan las ideas del otro y vean cuán falsas o ridículas son en realidad; discutimos para exponer nuestras propias ideas con claridad a un público que quizá nunca las había escuchado, o sólo había tenido contacto con ellas a través de filtros o en forma distorsionada.

El ridículo, la ironía, el sarcasmo, incluso el lenguaje deliberamente fuerte, forman parte del arsenal retórico de la humanidad desde hace siglos. Los intentos de supresión de estos artificios argumentativos también tienen una larga historia. El carnaval fue prohibido y permitido intermitentemente en la cristiandad porque el espíritu del carnaval es la inversión de roles y la licencia para la burla a los superiores y los poderosos, carácter que conserva en algunos lugares (por ejemplo, en el caso latinoamericano, en Uruguay). El carnaval permite que personas comunes se disfracen de obispos o reyes, demostrando así por ostensión que los obispos y reyes no son más que personas comunes. La sátira, estrechamente unida al carnaval, también ha sido siempre un blanco del poder religioso y temporal, a pesar de lo cual surge y vuelve a surgir. Poner a los dueños autonombrados del poder y de la verdad en ridículo es un ejercicio sano de libertad de expresión.

Existe un límite al ridículo, difícil de trazar, que es la incitación a la violencia. Los poderosos suelen equiparar el desorden con la violencia. La burla trastoca las relaciones sociales, por lo tanto —así dicen— lleva al caos, a la sedición, a la desintegración. El castigo preventivo ante este improbable desenlace es la supresión de quien se burla, que las religiones (con apoyo del poder temporal) han practicado desde que existen: el exilio, la cárcel, el veneno, la lapidación o la horca. Todo esto parece bastante desproporcionado, y lo es. Cuando alguien me falta el respeto, se lo digo y me voy. Cuando a los intolerantes les faltan el respeto, suprimen a quien lo hizo, y eliminan también la oportunidad de otros de ver qué era aquello tan peligroso, tan subversivo, aquella burla tan desagradable que no podía ser tolerada.

La burla no es intolerancia. Intolerancia es obstruir los derechos del otro, es impedirle ser parte de la sociedad, es decidir que una idea no tiene derecho a existir. Ningún movimiento social progresista de nuestros tiempos se ha basado jamás en quitar derechos a una parte de la población: más bien al contrario, se trata de ampliar y equiparar los derechos de todos. La intolerancia de quien alega una creencia religiosa para imponer sus reglas a la sociedad no es comparable a la reacción de quien se burla de esas creencias, sea como forma oblicua de crítica o simplemente para desahogarse. El respeto absoluto a las creencias de todos, lo dije arriba y lo repito, es conformismo y es un abandono de nuestra responsabilidad social. La burla bien dirigida es, a veces, la única forma disponible para atacar creencias dañinas, venenosas, mortales.

Mi vecino, si sus creencias no hacen daño, no tiene que temer que me burle de ellas, por muy contrarias a las mías que sean. Y si lo hace, puede sentirse seguro, porque un sarcasmo demoledor es lo peor que puede esperar de mí. En manos de verdaderos intolerantes, no tendría esa suerte.

viernes, 8 de octubre de 2010

“Los ateos se suben al púlpito”

El sitio de “noticias” ForumLibertas publica un artículo de un tal Rosendo Melián Perera donde denuncia que los ateos nos hemos subido al púlpito, se pregunta socarronamente por qué la gente que no cree en Dios se la pasa hablando de Él, y se mofa de nuestro empeño por destruir al cristianismo, visto cómo éste ha sobrevivido tanto tiempo a pesar de las persecuciones. (Catholic.net se hace eco.) Cada uno de esos temas ameritaría un ensayo distinto, pero voy a tratar de condensar aquí una crítica breve.

Empezando por detrás: se puede aceptar que, efectivamente, el cristianismo en general y la Iglesia Católica en particular han sobrevivido a mucho, aunque en realidad su supervivencia nunca estuvo en peligro desde que Constantino decidió que su imperio seguiría la misma religión que la que él había elegido para usarla como instrumento político. Desde entonces la resistencia al poder eclesiástico ha sido muy limitada en la geografía y en el tiempo. Sólo en los totalitarismos comunistas ha encontrado rivales de importancia sobre territorios importantes. Cierto es que Francia y México tuvieron sus procesos de anticlericalismo feroz y laicidad estricta, pero la Iglesia no está hoy peor en Francia que en el resto de la secularizada Europa, y en México la laicidad estatal consagrada en la ley se mantiene como una isla solitaria en un mar de supersticiones católicas locales vigilado por una jerarquía de gran influencia sociopolítica que no muestra signos de debilitamiento. Cierto es también que la Iglesia sufrió persecución del bando republicano en España, pero luego se tomó venganza con creces, ayudada por el brazo secular de Franco, durante cuatro décadas de terror. La Iglesia Ortodoxa ha recuperado poder en Rusia, el catolicismo romano está ferozmente vivo en Polonia, y hasta en China sobrevive, estorbado en su difusión por su renuencia a hacer ciertos compromisos doctrinarios que en otros campos no le han movido un pelo a nadie. Los únicos lugares donde la Iglesia es perseguida seriamente hoy son aquellos donde compite con el islam.

Todo esto no significa que el cristianismo tenga garantizada la supervivencia durante dos mil años más. La amenaza que se cierne sobre él, y de la que el Papa ha tomado nota, es la progresiva expansión del relativismo cultural, de la globalización de las comunicaciones y del avance científico sobre áreas antes reservadas a la filosofía o la metafísica (y usurpadas por la teología). Este cóctel de conocimientos fácticos y ampliación de horizontes mentales no es letal ni contundente, sino sutil e insidioso. El anticlericalismo agresivo pasó de moda; ahora la Iglesia tiene que luchar contra un enemigo inocente, que ni siquiera se ha propuesto destruir la religión, sino que la ignora o la trata con indiferencia y descuido. La mayoría de los católicos ignora dogmas básicos de su propia religión, incumple distraídamente con las doctrinas que la jerarquía más machaca (¿cuántos se escandalizan hoy por el sexo prematrimonial o el uso de anticonceptivos?) y ni siquiera sigue las formas rituales.

En este contexto parecería inútil que los ateos, como quien dice, nos subiéramos al púlpito. Mi opinión es que, bien entendido lo que esto quiere decir, no está de más que sí lo hagamos. La figura del púlpito que emplea Melián Perera es de una cierta ironía: al burlarse de nosotros por proclamar con fuerza nuestras convicciones desde un sitio de superioridad moral, no parece darse cuenta de que es precisamente a ellos, los creyentes, a quienes les cabe la burla, por cuanto las convicciones religiosas se apoyan con frecuencia en hechos distorsionados o falsos sobre la naturaleza humana o el funcionamiento del universo, y esa apariencia de superioridad moral de los jerarcas y sus feligreses se desmorona al confrontarla con las atrocidades que su religión cobija y propicia. En efecto, es inmoral sugerir a un enfermo que abandone un remedio que funciona y adopte otro que no lo hace, es inmoral ocultar los crímenes cometidos por miembros de una organización para preservar la imagen de ésta, es inmoral tratar como pervertidos e inmorales a personas que simplemente tienen una orientación sexual diferente a la mayoritaria, es inmoral luchar contra la libertad de expresión y culto cuando uno es mayoría influyente mientras reclama esas mismas libertades donde está en minoría…

Los ateos no tenemos un púlpito. Si algún ateo se considera, sólo por serlo, moralmente superior a los creyentes y calificado para imponerles la misma infantilización, la misma supresión del pensamiento y de la crítica que el pastor cristiano impone sobre su rebaño, entonces ese ateo no ha aprendido la lección que todas las religiones nos ponen por delante. Es comprensible que muchos creyentes (y unos cuantos ateos también) vean chocante la forma de predicación de un Richard Dawkins o de un Christopher Hitchens. Estos mal llamados “nuevos ateos” están haciendo lo que antes casi nadie se había atrevido a hacer, que es tratar la religión como lo que es, un sistema de pensamiento más, una ideología, una mera opinión que no se hace automáticamente cierta ni más respetable por el hecho de ser sostenida por millones. Si creemos que existe la verdad objetiva y que podemos aproximarnos a ella, debemos cerrar los ojos a consideraciones sociopolíticas como la supuesta influencia beneficiosa de la religión en los pobres y desesperados, el respeto debido a las convicciones de millones de personas sencillas devotas, los siglos y siglos de tratados eruditos sobre Dios y demás cuestiones ajenas al asunto crucial, a lo que diferencia entre ateos y creyentes, que es la existencia de una divinidad de tales y cuales características que sustente y valide toda la estructura religiosa. Si Dios no existe, el poder de la religión sobre las mentes y cuerpos de sus fieles está basado en una mentira. No es tan difícil entender eso, ¿no?

Por otra parte la mayoría de los ateos estaríamos felices de dejar que los creyentes mantuvieran sus dioses, sus templos y su parafernalia ritual, siempre que no intentaran imponer sus ideas más desagradables al resto de la sociedad (y a sus propios hijos con ayuda del Estado). Desde este otro punto de vista, la cuestión de fondo (¿existe Dios y tiene un Plan para nosotros?) es irrelevante. Podemos ser agnósticos, podemos desentendernos de Dios y concentrarnos exclusivamente en mantener a raya a Sus seguidores más celosos, los que desean transformar doctrina en ley y dogma en verdad para todos.

Ahora bien, tanto si vamos al fondo del asunto teológico como si nos quedamos en las aguas superficiales de la correcta laicidad, tendremos que hablar de Dios, como ser hipótetico o como concepto, en un caso para destruir los cimientos de la religión y en el otro para plantear la inviabilidad de transformar la fe privada en guía para una sociedad plural. El estar en minoría nos obliga a ser reactivos. Y el ateo, el escéptico, la persona que no posee fe, ha estado en minoría por tanto tiempo que todo su discurso está impregnado, mal que le pese, de los conceptos del campo religioso. Tendríamos que reinventar la filosofía, reinventar nuestra lengua entera, para hablar contra el concepto de Dios sin hablar de Dios.

Un creyente que reconoce que los ateos damos a su dios la misma entidad que a los unicornios o al Yeti y se pregunta retóricamente por qué algunos le dedicamos nuestro tiempo a creencias que consideramos tan ridículas, no deja muchas alternativas: o es tonto, o cree que quien le lee es un tonto. El artículo que he criticado está casi vacío de argumentación, porque su autor la confunde con mera retórica. Si alguna vez llega el día en que la creencia masiva en animales mitológicos amenaza su libertad de pensamiento o expresión, espero verlo ahí junto a nosotros, los ateos, defendiendo la necesidad de criticar los sinsentidos de la fe y aislarlos en la esfera privada. Eso es todo lo que pedimos.

domingo, 22 de agosto de 2010

Objeción de conciencia o excusa para discriminar (A202)

Como sabemos, la Iglesia Católica se considera a sí misma por encima de la ley (Dios está por encima de los hombres, por lo tanto lo que Dios quiera vale más que lo que quieran los hombres; y como los únicos que saben lo que Dios quiere son ellos…). Ya no puede imponerse sobre el estado por la vía de la violencia, y la presión política directa está cada vez peor vista, así que ha intentado idear maneras de esquivar las leyes: sea llamando a la desobediencia civil o, en una forma más sutil, introduciendo la figura de la objeción de conciencia en donde no debe.

Así fue como, apenas derrotado el partido de Dios en la batalla legislativa por el matrimonio igualitario, surgieron voces pidiendo, no, exigiendo que se permitiera a los funcionarios públicos homofóbicos valerse de su pensamiento discriminatorio como escudo; un par de gobiernos provinciales fueron cómplices de esta estrategia, lo que les valió severas críticas. Lo mismo habían intentado hacer los seguidores del modelo patriarcal tradicional cuando se aprobó la ley de divorcio vincular (que, tal como denunció en su momento la Santa Madre Iglesia, desintegró completamente nuestra sociedad).

Los expertos dicen que no es válido para un funcionario público negarse a cumplir un deber administrativo aduciendo conflictos con sus convicciones o creencias. Por mi parte, como este tema es difícil y nuevo y yo realmente no sabía qué pensar, decidí documentarme un poco. Lo que saqué en claro fue:
  • La objeción de conciencia se refería originalmente al derecho de pedir ser exceptuado del servicio militar obligatorio, o conscripción, por razones éticas o religiosas.
  • La objeción de conciencia no es un derecho humano reconocido unánimemente. Está reglamentada en algunos países y para algunas cuestiones específicas, que varían de país a país y que suelen ser muy discutidas (por ejemplo, en algunos estados de Estados Unidos hay objeción de conciencia para los farmacéuticos que no quieren dispensar anticonceptivos).
  • Como corolario de la libertad de conciencia y religión, la objeción de conciencia aparece limitada por los derechos de terceros (ver análisis).
Los dos últimos puntos son de gran importancia. La objeción de conciencia no es una mágica libertad de desobedecer la ley que puede invocarse en cualquier situación, y antes de siquiera pensar en aplicarla se debe considerar el bienestar y los derechos de los demás. La objeción de conciencia ante un acto dado sólo puede concederse si se resguarda a las demás personas de los efectos de la negativa. En la práctica, esto significa que si la objeción de conciencia implica que alguien más será privado de algo que necesita, debe haber otra persona dispuesto a tomar el lugar del objetor. Por ejemplo, si un médico se niega a realizar un aborto por razones de conciencia, debe haber otro que lo reemplace; no es admisible que todos los médicos disponibles en el centro sanitario se nieguen.

La negativa de un funcionario público a realizar matrimonios entre personas del mismo sexo, además, es inadmisible porque el funcionario no es afectado personalmente por un contrato civil entre terceros y porque implica una discriminación penalizable por ley. La objeción de conciencia se acepta sólo para ciertas cuestiones precisamente porque su aplicación irrestricta daría lugar a discriminaciones de todo tipo: un juez podría negarse a casar a personas divorciadas, a personas de distinta etnia o religión, a personas que no sean vegetarianas… a cualquiera que su religión o fe íntima considere indignos.

La promoción y el recurso sistemático a la objeción de conciencia son un perverso modus operandi de la Iglesia. Con una legislación ambigua y jueces lentos o cómplices para decidir en estos casos, un pedido tras otro de excepción a la ley puede demorar, con gran daño, lo que debería ser un mero trámite. Y en los casos de localidades pequeñas o aisladas, un solo objetor de conciencia puede bloquear la aplicación de la ley indefinidamente: imaginemos que la única persona autorizada para realizar matrimonios civiles en un pueblo apartado tiene su reemplazo factible más cercano en una ciudad a cien kilómetros de distancia (situación no poco frecuente en un país como Argentina). Por eso tenemos el deber de estar informados: no existe ningún derecho a discriminar amparándose en las creencias o convicciones de nadie.

viernes, 19 de marzo de 2010

¿Ciencia ficción católica?

El cronista Antonio Gaspari se pregunta en una nota en la agencia católica Zenit si puede existir una ciencia ficción humanista y católica. Como fan de la ciencia ficción, al leer este titular reprimí mi impulso de contestar con un rotundo no y una carcajada a la pregunta, y seguí leyendo, aunque mi primera impresión seguía siendo que, de existir tal cosa, sería la ciencia ficción más aburrida y pueril que pudiera concebirse.

La nota contiene una breve pero alarmante introducción donde el cronista deja implícitamente en claro que, para él, toda producción cultural es propagandista o moralizante incluso si no lo parece; es decir, rebaja al nivel de apología religiosa o de sermón dominical todas las historias de ciencia ficción, juzgándolas por su intención, o por lo que muestran como presunto ejemplo o posibilidad. Luego sigue una entrevista con Antonio Sacco, autor del libro Ficción humanística y fundador de la revista de ciencia ficción católica Future Shock (es aparente que lo que es católico es la revista, no la ciencia ficción de la que habla). Como tanto el libro como el sitio web están en italiano, y de todas formas no tengo el libro, y el sitio además es una pesadilla de diseño kitsch e innavegable, me veo en la obligación de escribir sobre el comentario.

Para hablar con propiedad de este tema tendría que explayarme mucho, mucho más de lo que puedo en un post habitual (cosa que voy a hacer eventualmente). Por lo pronto voy a desmenuzar un poco la nota, que entre ciertas constataciones de hecho revela algunos puntos oscuros.

Dice Sacco:
Es fácil entonces comprender cómo la finalidad primaria de una obra de ciencia ficción sea la de discutir los problemas que resultan del impacto de la ciencia de nuestra sociedad, y de indicar así una posible solución.
Éste es Sacco proyectando su idea de las cosas sobre la realidad, y equivocándose. La ciencia ficción, en tanto literatura, no tiene (no debería tener, en principio) una finalidad exterior a sí misma. Imagino que quienes conozcan de arte, de la historia del arte y de las ideas, tendrán a su disposición variadas teorías y posiciones ideológicas sobre esto, pero a mí me suena llanamente a una equiparación de ciencia ficción con propaganda o con futurología. La ciencia ficción puede ser (no tiene por qué no ser) nihilista, como también puede ser utópica, o puramente especulativa. Considerarla como un mecanismo predictor o una forma de reflexión utilitaria le quita libertad; lo cual parece ser precisamente lo que la ciencia ficción “católica” de Sacco debería ser.

Como ejemplo de ciencia ficción humanista, Sacco menciona
… la novela de Isaac Asimov Lucky Starr y los océanos de Venus (Lucky Starr and the Oceans of Venus, 1954), cuyo protagonista [es] David Lucky Starr, una especie de científico – filósofo, rico en valentía, espíritu de aventura, rectitud moral, de humanidad y de amor por el conocimiento…
La serie de Lucky Starr (escrita, dicho sea de paso, por un ateo) consiste en seis libros de ficción de aventuras para adolescentes y jóvenes. Por mucho que se aprecie a Asimov, quienes lo hemos leído bastante sabemos que sus personajes suelen ser bidimensionales, o cuanto menos privados de esa ambigüedad moral que hace creíbles a los buenos personajes de toda ficción. Los héroes de tiempo completo no son verdaderamente humanos. David Lucky Starr no sólo es valiente y justo; también es casto y asexuado, y algo simplón en su rectitud y ecuanimidad. Que las historias juveniles y sin grandes dilemas de Lucky Starr sean un ejemplo de ficción favorecido por Sacco nos da una gran pista sobre la clase de contenido que su religión favorece.
La ciencia ficción, por su estrecho lazo con la ciencia y por tener la característica de explorar a todo campo el futuro de la humanidad, no podía eximirse de afrontar los temas de naturaleza espiritual y ética religiosa, planteados desde el advenimiento de la ciencia. Se destaca entre todas las teorías del origen del hombre, que la mayor parte de los autores de ciencia ficción, a causa de su formación propositiva, explica recurriendo al darwinismo, una teoría que estudios recientes demuestran privada de fundamento, más allá que la experiencia en el laboratorio.
De la teoría de la evolución hoy sólo se debaten detalles. El uso de la palabra darwinismo delata a Sacco como un negacionista, de los cuales parece haber en la Iglesia Católica muchos más de los que la ambigua adhesión de Juan Pablo II a la teoría evolutiva haría pensar. (Como ya he dicho alguna vez, no es cierto que la Iglesia Católica acepte la evolución. El catolicismo es tan creacionista como cualquier otra secta cristiana, sólo que disimula esa condición pour la galerie. La teología judeocristiana requiere a un Dios Creador que interfiera en la naturaleza humana, y otros puntos de detalle —como el monogenismo— que la ciencia bien puede mostrar como falsos un día de éstos). No hay tales “estudios”, recientes ni de otra clase, que demuestren problemas con la teoría de la evolución a grandes rasgos, o que pongan en duda el hecho de que los humanos somos primates evolucionados de la manera habitual a partir de un tronco común con los chimpancés. Sacco dice que habla de ciencia, pero no sabe nada de ciencia; de lo contrario se daría cuenta de que lo que dice es una estupidez.
Otro tema frecuentemente debatido en la ciencia ficción es la presencia del mal en el mundo, como lo demuestran las novelas Un caso de conciencia (A Case of Conscience, 1963) de James Blish y A Plague of Pythons (1965) de Frederick Pohl.
No me consta que el tema del mal (el mal metafísico/teológico) sea frecuente en la ciencia ficción, pero aceptémoslo. Acabo de leer A Case of Conscience y A Plague of Pythons. Ninguna de los dos habla específicamente del problema del mal, aunque A Case…, a través de un protagonista que es un sacerdote jesuita, introduce un punto teológico como eje. A Plague of Pythons no expresa posiciones religiosas ni dilemas teológicos: trata de un mundo donde se pone a prueba la conocida sentencia de Lord Acton sobre el poder absoluto.

De memoria sólo recuerdo una historia de ciencia ficción donde se trata del mal y del estado edénico en un planeta extraño: el cuento corto Father, de Philip José Farmer, publicado en su colección Strange Relations (1960). Como en la novela de Blish, el protagonista de Father es un sacerdote. Estoy seguro de que hay unos cuantos tratamientos del tema, aunque no tan específicamente como Sacco pretende. Eso no significa que la ciencia ficción tome en serio la doctrina católica; más bien se la utiliza como fuente de dilemas teológicos para los personajes que creen en ella.

Más adelante Sacco alaba a la Iglesia como “maestra de humanidad” y coloca a ciertas obras de ciencia ficción en la posición de afirmaciones intencionalmente apologéticas o blasfemas…
para demostrar y exaltar la racionalidad de la fe cristiana, como el cuento de Anthony Boucher En búsqueda san Aquinio (The Search for St.Aquin, 1951), o para denigrar la figura de su fundador, Jesucristo, como en la novela de Michael Moorcock INRI He aquí el hombre (Behold the Man, 1969).
Sacco parece no haber leído el cuento de Boucher (cuyo nombre correcto es The Quest for St. Aquin, en castellano En busca de San Aquino), donde, lejos de exaltarse la racionalidad de la fe, se revela la misma como una herramienta hipócrita, basada en el engaño, para la continuación de sí misma y de la estructura de poder que ésta sustenta. (Si el lector no piensa leerlo, puedo develar el secreto: el tal San Aquino es un robot; el peregrino que lo busca ocultará ese hecho y dejará que la veneración siga, para bien de la Iglesia.) De Behold the Man he leído la versión corta, que luego Moorcock amplió a novela; es una de tantas exploraciones del mito de Jesús, alucinada pero no menos plausible que la versión oficial (la resurrección de los muertos no es menos fantástica que el viaje en el tiempo), y que sólo puede parecer denigrante a quien considere a Jesús desde la ortodoxia cristiana. (El Jesús histórico es un retardado mental contrahecho; el “verdadero” Jesús es un psiquiatra amateur, masoquista, apasionado por la mística jungiana y con un complejo mesiánico, que viaja a Palestina del siglo I d.C. en una máquina del tiempo que no funciona del todo bien.) 

San Aquino es apenas una comedia de enredos un poco tonta; Behold the Man es profundo, es desgarrador, es ficción de la que mueve al pensamiento. San Aquino —el cuento que gusta a Sacco— es chocante pero no conmueve; el escenario post-apocalíptico y los robots con intelecto humano ya eran tópicos cuando se lo publicó. Behold the Man —el que Sacco denuesta— es uno de esos relatos que uno puede leer sabiendo lo que va a pasar sin que eso lo vuelva predecible.

En la tradición de esta literatura, San Aquino es ciencia ficción “dura”, Behold the Man es “blanda” y algunos quizá ni siquiera lo calificarían de ciencia ficción. Quizá Sacco prefiera más la ficción dura, con su carga cierta de cientismo positivista y de irreligión, que la ficción blanda, que se suele enfocar a lo psicológico y lo sociológico, porque la ficción dura puede ser “corregida” con cambios y reinterpretaciones de sus personajes generalmente planos o cuanto menos poco comprometidos, mientras que en la ficción blanda el foco no está en nuevas y deslumbrantes tecnologías sino en el tumulto al interior de una sociedad o de las mentes de los protagonistas, tumulto del que no suelen emerger santos ni modelos morales. En la saga adolescente de Lucky Starr no se habla de religión, pero el protagonista es un caballero cruzado y sus dudas nunca son existenciales, sino de procedimiento: sabe dónde está el Bien y sólo busca cómo llegar hasta él. En el cuento de Moorcock el protagonista apenas sabe quién es él mismo; sólo desea satisfacer su obsesión mística, y en el proceso (¡horror!) da origen al mito de Jesús.

La pregunta original permanece y es irresoluble, en primer lugar porque es doble: se pregunta por una ciencia ficción “humanista y católica”. ¿No hay un oxímoron allí? Ciertos puntos claves de la doctrina católica resultan incompatibles con lo que se llama tradicionalmente humanismo, y desde luego se oponen completamente al humanismo secular, que es de lo que hablamos generalmente hoy en día cuando decimos “humanismo”. El catolicismo propugna el sufrimiento y la privación como medios de purificación y acercamiento a Dios, mientras el humanismo apunta al gozo intelectual y al gozo sensual moderado por la razón, bebiendo de la fuente del epicureísmo; el catolicismo rechaza la autoría humana y la fuente natural de los sistemas morales y éticos, que el humanismo moderno reconoce y toma como punto de partida para la tolerancia. La moral y la ética cristianas se dirigen hacia afuera y arriba, hacia Dios que vigila para premiar o castigar; la moral humanista se centra en el hombre, y su ética en las relaciones entre los hombres, prescindiendo de referencias externas fijas e inapelables como la deidad.

¿Puede existir una ciencia ficción humanista? Sí. ¿Puede ser católica? Depende de lo que se pretenda. Llamar ciencia ficción católica a una ficción especulativa que no ataque ni ponga en duda los dogmas y doctrinas de la Iglesia parece un enfoque trivial. Quizá el calificativo se debería aplicar a las obras de ficción que tengan como propósito la transmisión de valores específicamente católicos (y no cuasi-universales o generales como la justicia o el amor por la verdad). Este segundo caso es perfectamente factible, pero en él la obra queda a medio camino entre literatura y propaganda.

Por último,  Sacco dice al pasar que “la ciencia ficción escrita está todavía hoy en crisis” en parte “por el hecho de ser homologada tout court como literatura de la transgresión, de la desacralización y del nihilismo.” No sé en qué se basa esta notable afirmación. Es posible que Sacco esté cayendo en su propia trampa al argumentar circularmente que la ciencia ficción es nihilista, excluyendo a la que no lo es. Quizá este término refiere a otras cosas, según el particular léxico católico.

Las obras de Greg Bear como Darwin's Radio (1999) y su secuela Darwin's Children (2003), pueden fácilmente resultar “nihilistas” para un creyente: tratan nada menos que de la maleabilidad biológica y psicológica de nuestra especie, sujeta a los azares de la mutación genética —igual que cualquier otro ser vivo— y de la futilidad de las posiciones esencialistas con respecto a la naturaleza humana. Lo cierto es que Bear no se aparta de los hallazgos científicos actuales, y si su visión del Homo sapiens como expresión de un genotipo salpicado de retazos de virus listos para reactivarse es “desacralizante”, es esa sacralidad la que debe caer, o bien reconstruirse sobre una base más amplia.

En efecto, lo que Sacco parece desear es que la ciencia ficción se adapte al catolicismo, más bien que lo contrario, es decir, que el catolicismo adapte algunas de sus doctrinas a (los nuevos paradigmas reflejados culturalmente por) la ciencia ficción moderna.
Con la idea de una “ciencia ficción humanista” he querido dejar un mensaje según el cual, para salir de la crisis actual, los escritores deben valorar la función más genuina de la ciencia ficción, que permita más construir que demoler, humanizar que envilecer, más a integrar que a dividir. Una ciencia ficción así de intensa me parece que puede tener todas las cartas en regla para poder entrar a hacer parte del proyecto cultural católico.
Naturalmente, uno no espera que la Iglesia cambie según el humor social. Pero el “proyecto cultural católico” está demostrando ser inviable para una gran porción de la sociedad, en todas partes. ¿Qué clase de literatura referida al progreso o a las inquietudes humanas sobre el futuro aceptaría formar parte de un programa que encasilla, reprime o excluye a casi todos los seres humanos de una forma u otra?

Construir más que demoler: desde luego un objetivo loable, pero a veces no se puede construir sin demoler lo previo (por ejemplo, el asunto de la sacralidad de la condición humana como se la entendió hasta ahora). Humanizar más que envilecer: pero ¿quién define lo que es humano y quién señala lo que es vil? Integrar más que dividir: pero ¿bajo qué principios? ¿Y hasta dónde integrar, y hasta dónde se puede integrar sin presionar, sin violar divisiones que existen realmente? Como para Sacco la Iglesia es “maestra de humanidad” —y la única, además— es obvio que un programa así sólo se puede entender como de cooptación de la literatura de ficción a un fin ideológico determinado por el Vaticano. Construir, humanizar e integrar: construir una sociedad donde los parámetros de la condición humana (y por exclusión lo que no pertenece a ella, lo que debe ser forzado a ella o expulsado de ella) sea definida por la Iglesia, cuya doctrina debe gobernar la vida de forma integral. Con matices, este es el “proyecto cultural católico”.

La ciencia ficción ha servido desde sus inicios como una avanzada hacia el futuro imaginado, como una alerta temprana de los temores y una expresión de las esperanzas humanas; también nos ha dado mundos distintos, escenarios en los que nuestras nostalgias y nuestros mitos pueden ser recorridos, re-pensados, destruidos y reconstruidos. Esperemos que siga siendo todo eso, una literatura de exploración como una incierta lámpara en la oscuridad que nos rodea, y que nunca se transforme en la luz fija y cegadora de una ideología cerrada o una religión.