Hace casi un año me propuse reunir (algunas de) las crónicas y reflexiones acumuladas en este blog. El fruto de esa resolución está finalmente listo. El ebook de Alerta Religión está disponible en Amazon para quienes deseen leerlo; en los próximos días, me dice el editor, estaría disponible en otras plataformas. Se puede descargar de Amazon directamente a un Kindle o para leerlo en la PC con el programa provisto por Amazon o uno compatible.
El libro no es una recopilación de artículos de este blog; esa opción, a primera vista la más sencilla, la descarté apenas empezar, porque mi intención era integrar y organizar mis conceptos, no reproducir noticias viejas o divagaciones sin contexto. Alerta Religión está dividido en varias secciones, y éstas en bloques irregulares que a veces funcionan como pequeños ensayos y otras como diferentes enfoques conduciendo a una misma conclusión.
El precio de venta del e-book me parece razonable; a nadie culparé si decide compartirlo con alguien más. Como imaginará el lector, no espero ganar mucho dinero, pero incluso una cantidad simbólica no viene mal para el ego.
No presentaré aquí mis excusas por el aspecto desordenado del libro, por su escasez de fuentes académicas o por mi tratamiento forzosamente superficial de ciertos temas; eso ya lo hago en el libro. De más está decir que espero recibir críticas, que me gustaría fueran constructivas. El objetivo del libro no es convencer ni convertir sino exponer, y lo escribí tanto o más para mí como para los demás. Fue un inmenso placer hacerlo; espero que ese placer se extienda a ustedes.
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miércoles, 5 de junio de 2013
martes, 29 de enero de 2013
Lo sobrenatural, o no tanto
Cuando, recientemente, se estrenó en los cines argentinos Cloud Atlas, fui a verla sin demasiados prejuicios a pesar de haber oído lejanos rumores de cierto aire nuevaeriano. Al salir, encantado por el magistral tour de force que acababa de presenciar, busqué las críticas que no me había atrevido a leer antes. Muchas analizaban los paralelismos de las seis historias del film en términos de reencarnación, planes cósmicos divinos, karma y similares vaguedades.
No diré que me sorprendí, porque esos conceptos sin base están ya firmemente arraigados en nuestra cultura. Pero lo cierto es que en ningún punto me pareció que Cloud Atlas cruzara la barrera que separa la ficción plausible de la fantasía. (Que una sacerdotisa tribal entre en trance y profetice una o dos cosas que luego se cumplen no es nada raro, especialmente si involucra situaciones perfectamente verosímiles, como escuchar venir a un enemigo mortal y salvarse escondiéndose bajo un puente; tales cosas ocurren todo el tiempo hoy mismo, siendo una de las bases del negocio de astrólogos, tarotistas y otros de la misma calaña.) Las coincidencias menos sutiles, como la marca en forma de cometa o estrella con cola en la piel de ciertas personas históricamente importantes, no pasan de ser, según lo veo, licencias artísticas.
Si pude disfrutar Cloud Atlas fue precisamente por eso; no es que sea imposible para mí disfrutar una película con elementos sobrenaturales, pero sí me resulta difícil pasar por alto aquellos elementos que requieren un esfuerzo extra del espectador para ser creíbles sin darle a éste, a cambio, nada que mejore su experiencia o ayude al argumento. En otras palabras, Cloud Atlas no sólo no necesita un fundamento sobrenatural (o preternatural): requerir que se la interprete así de hecho le quita fuerza, y en tanto se monta sobre mitos populares mal procesados, la vulgariza.
Algo similar me ocurrió al rever, después de un par de años, la totalidad de la “serie reimaginada” de Battlestar Galactica, una completa revisión de aquella entrañable serie de ciencia ficción del mismo nombre que muchos recordamos como una imagen de nuestra infancia en los años 1980. Mientras transcurrió, especialmente a partir de la tercera de sus cuatro temporadas, y luego de que concluyera, la BSG del tercer milenio fue terreno fértil para las especulaciones sobre qué o quién había estado moviendo los hilos de la historia. En un cierto momento las coincidencias mínimas o cósmicas parecen dejar de serlo sin lugar a dudas, incluso en la mente de los personajes más escépticos: las profecías se cumplen con exactitud, los sueños premonitorios se hacen realidad, los muertos vuelven a la vida (literalmente), el gran ciclo de la historia o del Destino se hace patente, y hacia el final, dos “ángeles” se manifiestan y una música misteriosa guía a los sobrevivientes de la humanidad pretérita y a sus aliados, los Cylons rebeldes, a la mítica Tierra, donde encuentran nada menos que a seres humanos primitivos. Uno de los presentes recalca que las probabilidades de que otros seres humanos hayan evolucionado independientemente en un planeta distinto son astronómicamente pequeñas: un énfasis innecesario, dado que dicha probabilidad es cero.
¿Puede explicarse Battlestar Galactica sin recurrir a los elementos sobrenaturales que sus personajes, con cierta lógica, asumen que están en juego? Creo que sí, y por eso es que pude disfrutarla, como pude disfrutar Cloud Atlas. La pista crucial aparece cuando los dos “ángeles” conversan, en medio de una calle de la moderna New York, sobre la cuestión de si el ciclo que han observado tantas otras veces (seres inteligentes que crean sirvientes mecánicos que se rebelan contra ellos, los destruyen y toman su lugar) volverá a ocurrir en nuestra Tierra. Uno de ellos observa que, aunque ese eterno retorno parece inevitable, un sistema complejo siempre puede producir resultados nuevos y sorprendentes, y “eso también está en los planes de Dios”. Ante lo cual el otro “ángel”, muy serio, corta: “Sabes que a Ello [It] no le gusta ese nombre.” Con esas crípticas palabras se cierra la serie.
¿Por qué a “Dios” no le gusta ese nombre? Sus ángeles lo han usado con frecuencia al hablar con sus mortales elegidos. Pero quizá lo hayan hecho porque es la manera más sencilla de referirse a “Ello” sin dar más explicaciones, apelando a creencias previas. De la misma manera en que la puesta en escena de Cloud Atlas nos interpela utilizando categorías que parecen referir a conceptos conocidos, como la reencarnación o el orden cósmico; la diferencia es que en Battlestar Galactica son los protagonistas quienes observan atónitos y desconcertados, o con fe expectante, el desarrollo de su propia historia.
¿Pero cómo lo explicamos nosotros? En el universo de Battlestar Galactica hay escritores de novelas de viajes y policiales, pero no aparece ninguno que escriba ciencia ficción. Si lo hubiese, quizá habría inventado, mil quinientos siglos antes que Arthur C. Clarke, aquella famosa frase que dice que “Toda tecnología lo suficientemente avanzada es indistinguible de la magia”. Si somos seres naturales, ¿por qué nuestros sueños, nuestras premoniciones y hasta el fluir del tiempo físico, por no hablar de los meros objetos materiales, deberían estar exentos del posible control de una entidad también natural y material, pero mucho más antigua y poderosa y capaz de esconderse de nosotros hasta el punto de asimilarse a una fuerza universal?
En el prólogo a La línea de sombra (1917), Joseph Conrad escribió contra aquéllos que querían ver en su novela un relato basado en lo sobrenatural: “… mi conciencia de lo maravilloso es demasiado firme para que pueda dejarse nunca fascinar por el simple sobrenatural, que (…) no es sino un artículo de manufactura fabricado por espíritus insensibles a las secretas sutilezas de nuestras relaciones con los muertos y los vivos en su infinita muchedumbre: profanación de nuestros más tiernos recuerdos; ultraje a nuestra dignidad.” Se refería a la reacción de los lectores ante una aventura en el mar en la que la maldición de un capitán loco y moribundo (luego muerto) parece llevar a su barco a la ruina. No hay en toda la novela nada que no pueda ser explicado por una combinación de los caprichos del mar (que Conrad, marinero antes que escritor, conocía de primera mano) y una cierta dosis de —digamos informalmente— mala suerte.
Para Conrad era propio de ignorantes recurrir a artificios tan burdos y vulgares como fantasmas o maldiciones. Lo era, probablemente, también para H. P. Lovecraft, cuyas obras más conocidas, el corpus que conforma el mythos de Cthulhu y los otros dioses antiguos, están tan repletas de elementos esotéricos y ritualismo como vacías de cualquier concesión a las supersticiones familiares: los “dioses” son seres poderosos que viven en estrellas lejanas o en animación suspendida en el fondo del mar o en algún sitio en ángulos rectos a nuestro espacio tridimensional; los rituales con que se los invoca no son magia, sino la mera puesta en marcha de fenómenos físicos que aparecen al espectador como magia negra o anomalías sobrenaturales.
¿Es posible escribir hoy una buena historia o un buen guión de cine con elementos sobrenaturales típicos? ¿Es posible disfrutarlo? Quizá para algunos. Yo me quedo con la fría pero profunda visión materialista de Lovecraft, con las coincidencias esperanzadas de Cloud Atlas, con la silenciosa intervención del dios impersonal y natural de Battlestar Galactica —que no quiere ser llamado Dios—, o con el cosmos indiferente de Conrad, poblado por personas pequeñas, ocasionalmente valerosas, emotiva y naturalmente vivas.
(ATENCIÓN: TERRIBLES SPOILERS DE AQUÍ EN ADELANTE)
No diré que me sorprendí, porque esos conceptos sin base están ya firmemente arraigados en nuestra cultura. Pero lo cierto es que en ningún punto me pareció que Cloud Atlas cruzara la barrera que separa la ficción plausible de la fantasía. (Que una sacerdotisa tribal entre en trance y profetice una o dos cosas que luego se cumplen no es nada raro, especialmente si involucra situaciones perfectamente verosímiles, como escuchar venir a un enemigo mortal y salvarse escondiéndose bajo un puente; tales cosas ocurren todo el tiempo hoy mismo, siendo una de las bases del negocio de astrólogos, tarotistas y otros de la misma calaña.) Las coincidencias menos sutiles, como la marca en forma de cometa o estrella con cola en la piel de ciertas personas históricamente importantes, no pasan de ser, según lo veo, licencias artísticas.
Si pude disfrutar Cloud Atlas fue precisamente por eso; no es que sea imposible para mí disfrutar una película con elementos sobrenaturales, pero sí me resulta difícil pasar por alto aquellos elementos que requieren un esfuerzo extra del espectador para ser creíbles sin darle a éste, a cambio, nada que mejore su experiencia o ayude al argumento. En otras palabras, Cloud Atlas no sólo no necesita un fundamento sobrenatural (o preternatural): requerir que se la interprete así de hecho le quita fuerza, y en tanto se monta sobre mitos populares mal procesados, la vulgariza.
Algo similar me ocurrió al rever, después de un par de años, la totalidad de la “serie reimaginada” de Battlestar Galactica, una completa revisión de aquella entrañable serie de ciencia ficción del mismo nombre que muchos recordamos como una imagen de nuestra infancia en los años 1980. Mientras transcurrió, especialmente a partir de la tercera de sus cuatro temporadas, y luego de que concluyera, la BSG del tercer milenio fue terreno fértil para las especulaciones sobre qué o quién había estado moviendo los hilos de la historia. En un cierto momento las coincidencias mínimas o cósmicas parecen dejar de serlo sin lugar a dudas, incluso en la mente de los personajes más escépticos: las profecías se cumplen con exactitud, los sueños premonitorios se hacen realidad, los muertos vuelven a la vida (literalmente), el gran ciclo de la historia o del Destino se hace patente, y hacia el final, dos “ángeles” se manifiestan y una música misteriosa guía a los sobrevivientes de la humanidad pretérita y a sus aliados, los Cylons rebeldes, a la mítica Tierra, donde encuentran nada menos que a seres humanos primitivos. Uno de los presentes recalca que las probabilidades de que otros seres humanos hayan evolucionado independientemente en un planeta distinto son astronómicamente pequeñas: un énfasis innecesario, dado que dicha probabilidad es cero.
¿Puede explicarse Battlestar Galactica sin recurrir a los elementos sobrenaturales que sus personajes, con cierta lógica, asumen que están en juego? Creo que sí, y por eso es que pude disfrutarla, como pude disfrutar Cloud Atlas. La pista crucial aparece cuando los dos “ángeles” conversan, en medio de una calle de la moderna New York, sobre la cuestión de si el ciclo que han observado tantas otras veces (seres inteligentes que crean sirvientes mecánicos que se rebelan contra ellos, los destruyen y toman su lugar) volverá a ocurrir en nuestra Tierra. Uno de ellos observa que, aunque ese eterno retorno parece inevitable, un sistema complejo siempre puede producir resultados nuevos y sorprendentes, y “eso también está en los planes de Dios”. Ante lo cual el otro “ángel”, muy serio, corta: “Sabes que a Ello [It] no le gusta ese nombre.” Con esas crípticas palabras se cierra la serie.
¿Por qué a “Dios” no le gusta ese nombre? Sus ángeles lo han usado con frecuencia al hablar con sus mortales elegidos. Pero quizá lo hayan hecho porque es la manera más sencilla de referirse a “Ello” sin dar más explicaciones, apelando a creencias previas. De la misma manera en que la puesta en escena de Cloud Atlas nos interpela utilizando categorías que parecen referir a conceptos conocidos, como la reencarnación o el orden cósmico; la diferencia es que en Battlestar Galactica son los protagonistas quienes observan atónitos y desconcertados, o con fe expectante, el desarrollo de su propia historia.
¿Pero cómo lo explicamos nosotros? En el universo de Battlestar Galactica hay escritores de novelas de viajes y policiales, pero no aparece ninguno que escriba ciencia ficción. Si lo hubiese, quizá habría inventado, mil quinientos siglos antes que Arthur C. Clarke, aquella famosa frase que dice que “Toda tecnología lo suficientemente avanzada es indistinguible de la magia”. Si somos seres naturales, ¿por qué nuestros sueños, nuestras premoniciones y hasta el fluir del tiempo físico, por no hablar de los meros objetos materiales, deberían estar exentos del posible control de una entidad también natural y material, pero mucho más antigua y poderosa y capaz de esconderse de nosotros hasta el punto de asimilarse a una fuerza universal?
En el prólogo a La línea de sombra (1917), Joseph Conrad escribió contra aquéllos que querían ver en su novela un relato basado en lo sobrenatural: “… mi conciencia de lo maravilloso es demasiado firme para que pueda dejarse nunca fascinar por el simple sobrenatural, que (…) no es sino un artículo de manufactura fabricado por espíritus insensibles a las secretas sutilezas de nuestras relaciones con los muertos y los vivos en su infinita muchedumbre: profanación de nuestros más tiernos recuerdos; ultraje a nuestra dignidad.” Se refería a la reacción de los lectores ante una aventura en el mar en la que la maldición de un capitán loco y moribundo (luego muerto) parece llevar a su barco a la ruina. No hay en toda la novela nada que no pueda ser explicado por una combinación de los caprichos del mar (que Conrad, marinero antes que escritor, conocía de primera mano) y una cierta dosis de —digamos informalmente— mala suerte.
Para Conrad era propio de ignorantes recurrir a artificios tan burdos y vulgares como fantasmas o maldiciones. Lo era, probablemente, también para H. P. Lovecraft, cuyas obras más conocidas, el corpus que conforma el mythos de Cthulhu y los otros dioses antiguos, están tan repletas de elementos esotéricos y ritualismo como vacías de cualquier concesión a las supersticiones familiares: los “dioses” son seres poderosos que viven en estrellas lejanas o en animación suspendida en el fondo del mar o en algún sitio en ángulos rectos a nuestro espacio tridimensional; los rituales con que se los invoca no son magia, sino la mera puesta en marcha de fenómenos físicos que aparecen al espectador como magia negra o anomalías sobrenaturales.
¿Es posible escribir hoy una buena historia o un buen guión de cine con elementos sobrenaturales típicos? ¿Es posible disfrutarlo? Quizá para algunos. Yo me quedo con la fría pero profunda visión materialista de Lovecraft, con las coincidencias esperanzadas de Cloud Atlas, con la silenciosa intervención del dios impersonal y natural de Battlestar Galactica —que no quiere ser llamado Dios—, o con el cosmos indiferente de Conrad, poblado por personas pequeñas, ocasionalmente valerosas, emotiva y naturalmente vivas.
martes, 17 de abril de 2012
Ladislao Vadas en la Feria del Libro
Un lector y comentarista asiduo, Alejandro Paiz Meschler, me sugirió hace unas semanas escribir sobre Ladislao Vadas, uno de los pocos pensadores y escritores ateos y escépticos reconocidos en Argentina. Le confesé no haber leído nunca a Vadas y no estar por tanto capacitado para hablar de él. A mi pedido, Alejandro escribió algo por su cuenta y me lo envió para que lo publique, en vista de que Vadas a presentarse en la Feria del Libro este año en Buenos Aires.
Ladislao Vadas en la 38ª Feria del Libro
Autor de más de una veintena de obras (entre libros y ensayos) dedicados a la divulgación científica y la crítica de las pseudociencias, estará presentando sus dos últimos libros en la próxima edición de la Feria Internacional del Libro de Buenos Aires, en el stand de Editorial Dunken:
- El sábado 21 de Abril de 17 a 18 horas: “El Homo sublimis".
- El lunes 30 de Abril de 19 a 20 horas: "El temible sueño eterno".
Ladislao Vadas escribe hace más de 3 décadas. Para los que aún no conocen su obra, me gustaría recomendarles algunos de los títulos que más me han gustado.
Su primer libro “Naves extraterrestres y humanoides – Alegato contra su existencia” (uno de mis favoritos), escrito en 1978, expone ideas que todavía se mantienen vigentes, para refutar a aquellos que afirman que los extraterrestres nos han visitado (o lo hacen periódicamente).
“El origen de las creencias”, del año 1994, explica detalladamente la necesidad del ser humano de creer para poder manejarse en el mundo que lo rodea, desde las creencias primitivas (dioses, espíritus, hechiceros, etc.) hasta las más actuales (como son las naves extraterrestres), para finalizar apoyando a la ciencia empírica, como una creencia más sólida, desplazante, no ortodoxa, sujeta a cambios, que se aproxima a la realidad.
“El mundo ficticio – Pseudociencias, supersticiones, doctrinas extrañas y creencias inverosímiles”, del año 1996, es un libro recomendable para aquel que desee iniciarse en la lectura crítica hacia creencias como la telepatía, el espiritismo, la homeopatía, la astrología, las “flores de Bach”, entre otras. Se mencionan aquí también creencias socialmente más aceptadas, como los milagros religiosos, la vida después de la muerte, y demás.
“Razonamientos ateos – Una antiteología”, del año 2009, representa una minuciosa crítica a los argumentos teológicos más conocidos para la existencia de un dios, utilizando pruebas biológicas, geológicas, astronómicas y antimetafísicas para refutarlos. Y finalizando con una serie de reflexiones para una futura humanidad huérfana de todo dios.
Será una excelente oportunidad para encontrarse con un gran pensador argentino que no ha dejado de luchar contra las creencias irracionales, y ha apoyado el escepticismo y el escrutinio crítico de todo tipo de ideas. Y también, por qué no, para que los que somos seguidores de este tipo de escritos, tengamos una excusa para encontrarnos y saber que no somos los únicos que criticamos las ideas absurdas (originadas en la religión u en otros ámbitos).
Ladislao Vadas escribe semanalmente en el sitio Tribuna de Periodistas.
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miércoles, 4 de enero de 2012
La trampa de la intolerancia
No me resulta fácil citar con aprobación una fuente de la Iglesia Católica; reconocer que por una vez reportaron los hechos de una noticia sin demasiados retoques apologéticos ni distorsiones. Hace unos días DesInfoCatólica advirtió El lobby gay pretende que se vete un libro sobre la homosexualidad en El Corte Inglés, refiriéndose a Comprender y sanar la homosexualidad, del psicoterapeuta estadounidense Richard Cohen. Del título sólo se puede objetar en forma menor que el libro no es sobre la homosexualidad sino sobre la visión irreal y anticientífica que Cohen tiene de la misma; de la bajada de la noticia, que llame a Richard Cohen “psicoterapeuta” sin mencionar que en 2002 American Counseling Association le quitó su licencia debido a —entre otras cosas— “buscar satisfacer sus necesidades personales a expensas de los clientes, explotar la confianza y dependencia de los clientes, y requerir testimonios personales o promover productos en forma engañosa”.
Lamentablemente el grueso de la noticia era correcta; la Federación Andaluza de Asociaciones LGTB (el pomposamente llamado “lobby gay”) recolectó firmas para exigir que se retire de la venta el libro en la cadena española de almacenes por departamento El Corte Inglés, argumentando que promover una obra que califica a la homosexualidad como un trastorno psicológico es discriminatorio. La protesta, como suele ocurrir en estos casos, sólo contribuyó al éxito del libro, al pasarse la posta de la indignación los colectivos católicos antihomosexuales. Inútil es señalar las instancias recientes de pedidos de censura de esos fanáticos religiosos a publicidades, libros, obras de arte y otras producciones culturales de todo tipo, como así también sus intentos por suprimir de la educación toda ideología y toda ciencia que no concuerde con sus dogmas y doctrinas; inútil también recordarles su larga historia de prohibición y quema de libros (a veces acompañados de sus autores). Se trata de personas que se enorgullecen de ser intolerantes y para quienes esta táctica de la Federación LGTB vino como anillo al dedo para señalar “la intolerancia de los tolerantes” (dicha esta última palabra con tono de desprecio, el mismo que utilizan al hablar de los “progres”). Este orgulloso desprecio es el que les ayuda a ver inmensas vigas en los ojos ajenos sin notar ni una brizna de paja en el propio.
Tengo más para decir sobre Richard Cohen y sus ideas (El País le hizo una entrevista, por si alguien desea informarse, teniendo en cuenta que se trata casi seguramente de un aviso pagado), pero más que el contenido del libro me preocupa la reacción a él. Si exigimos que no se venda porque es científicamente y políticamente incorrecto, ¿con qué argumento no pedimos también que se quiten de circulación cientos, miles de otros libros de esta clase? En cualquier librería grande hay libros de autoayuda que transmiten una visión fantástica y potencialmente muy dañina del mundo y de los seres humanos. ¿Y qué pasará cuando otros pidan que se prohíban los libros que nos gustan? Podemos argumentar que no es lo mismo porque nosotros tenemos la razón (la ciencia, los derechos humanos, la modernidad) de nuestro lado. ¿Importa eso, en la práctica? Es obvio que no, que nunca ha importado, que lo que vale es el poder de lobby.
Quizá debamos pensar en una estrategia distinta. Quizá debamos pedir, como clientes y consumidores, que al lado de cada libro promoviendo una cura para la homosexualidad haya uno que promueva la autoaceptación de la sexualidad propia; que junto a cada panfleto apologético haya un estudio serio de los textos sagrados que demuestre su inspiración puramente humana; que junto a cada hagiografía complaciente haya una biografía. Más libros, no menos, jamás.
Lamentablemente el grueso de la noticia era correcta; la Federación Andaluza de Asociaciones LGTB (el pomposamente llamado “lobby gay”) recolectó firmas para exigir que se retire de la venta el libro en la cadena española de almacenes por departamento El Corte Inglés, argumentando que promover una obra que califica a la homosexualidad como un trastorno psicológico es discriminatorio. La protesta, como suele ocurrir en estos casos, sólo contribuyó al éxito del libro, al pasarse la posta de la indignación los colectivos católicos antihomosexuales. Inútil es señalar las instancias recientes de pedidos de censura de esos fanáticos religiosos a publicidades, libros, obras de arte y otras producciones culturales de todo tipo, como así también sus intentos por suprimir de la educación toda ideología y toda ciencia que no concuerde con sus dogmas y doctrinas; inútil también recordarles su larga historia de prohibición y quema de libros (a veces acompañados de sus autores). Se trata de personas que se enorgullecen de ser intolerantes y para quienes esta táctica de la Federación LGTB vino como anillo al dedo para señalar “la intolerancia de los tolerantes” (dicha esta última palabra con tono de desprecio, el mismo que utilizan al hablar de los “progres”). Este orgulloso desprecio es el que les ayuda a ver inmensas vigas en los ojos ajenos sin notar ni una brizna de paja en el propio.
Tengo más para decir sobre Richard Cohen y sus ideas (El País le hizo una entrevista, por si alguien desea informarse, teniendo en cuenta que se trata casi seguramente de un aviso pagado), pero más que el contenido del libro me preocupa la reacción a él. Si exigimos que no se venda porque es científicamente y políticamente incorrecto, ¿con qué argumento no pedimos también que se quiten de circulación cientos, miles de otros libros de esta clase? En cualquier librería grande hay libros de autoayuda que transmiten una visión fantástica y potencialmente muy dañina del mundo y de los seres humanos. ¿Y qué pasará cuando otros pidan que se prohíban los libros que nos gustan? Podemos argumentar que no es lo mismo porque nosotros tenemos la razón (la ciencia, los derechos humanos, la modernidad) de nuestro lado. ¿Importa eso, en la práctica? Es obvio que no, que nunca ha importado, que lo que vale es el poder de lobby.
Quizá debamos pensar en una estrategia distinta. Quizá debamos pedir, como clientes y consumidores, que al lado de cada libro promoviendo una cura para la homosexualidad haya uno que promueva la autoaceptación de la sexualidad propia; que junto a cada panfleto apologético haya un estudio serio de los textos sagrados que demuestre su inspiración puramente humana; que junto a cada hagiografía complaciente haya una biografía. Más libros, no menos, jamás.
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domingo, 11 de septiembre de 2011
Agustín Álvarez y su obra
Hace un tiempo encontré y me traje a casa un libro de Agustín Álvarez (1857–1914), sociólogo, educador y político argentino de fines del siglo XIX y principios del XX (les dejo a ustedes la tarea de leer su biografìa, que no es el tema principal de este artículo). Mi conocimiento de la historia argentina de esa época es anecdótico, por lo cual quizá poco de lo que diga será una sorpresa para los que están más enterados.
El libro es “La transformación de las razas en América” e incluye la edición de 1918 del trabajo del mismo nombre más varios ensayos y conferencias dictadas por Álvarez. El estilo es, naturalmente, arcaico, a veces un poco confuso, pero a fuerza de repetir con variaciones Álvarez logra delinear una visión clara de la historia de la humanidad, o más específicamente la historia del pensamiento y de las explicaciones de la naturaleza. Es florido pero no afectado: cada tanto sorprende con un coloquialismo o con un símil irreverente.
Álvarez entra dentro del común de los liberales argentinos de fines del siglo XIX (la llamada Generación del ’80): progresista, confiado en la capacidad humana, defensor de la libertad individual por sobre las imposiciones del estado, defensor también del estado democrático como promotor de la educación, de la ciencia, del progreso tecnológico; ácido enemigo del caudillismo, del oscurantismo, del clericalismo, de las supersticiones de todo tipo. Si algo nos puede sorprender de él en esta época es su vehemencia, que hoy habría sido casi seguramente un suicidio político; si algo nos decepciona, o nos provoca cierta pena, es su confianza sin medida en el avance del intelecto por sobre la irracionalidad, que como sabemos fue defraudada una y otra vez. Poco se puede comentar sobre su racismo o etnocentrismo, expresado no como desprecio sino como creencia en una escala de evolución mental de los pueblos, de los “salvajes” a los civilizados; esta visión, al igual que la relacionada creencia en una forma de lamarckismo biológico y mental, era común en esa época.
No digo más por ahora; les recomiendo leerlo. Cada tanto publicaré una cita o un fragmento significativo, para los que no se animen al libro entero.
* He querido publicar hoy este artículo, y no un día antes o después, porque hoy, 11 de septiembre, es precisamente el aniversario de la muerte de Sarmiento, que en Argentina conmemoramos como Día del Maestro. No es casualidad, tampoco, que se haya elegido este día para clausurar el III Congreso Nacional de Ateísmo, cuyo tema fue la recuperación del estado laico y al cual tuve el gusto de asistir. Estadistas y pensadores como Sarmiento, o como Álvarez en menor medida, fueron los que lograron y afianzaron esa conquista, que luego se diluyó, lamentablemente, hasta el punto en que hoy el Estado argentino paga los sueldos de miles de maestros que enseñan a los niños catecismo católico, mientras que las escuelas públicas laicas sufren por falta de presupuesto y de mantenimiento.
El libro es “La transformación de las razas en América” e incluye la edición de 1918 del trabajo del mismo nombre más varios ensayos y conferencias dictadas por Álvarez. El estilo es, naturalmente, arcaico, a veces un poco confuso, pero a fuerza de repetir con variaciones Álvarez logra delinear una visión clara de la historia de la humanidad, o más específicamente la historia del pensamiento y de las explicaciones de la naturaleza. Es florido pero no afectado: cada tanto sorprende con un coloquialismo o con un símil irreverente.
Álvarez entra dentro del común de los liberales argentinos de fines del siglo XIX (la llamada Generación del ’80): progresista, confiado en la capacidad humana, defensor de la libertad individual por sobre las imposiciones del estado, defensor también del estado democrático como promotor de la educación, de la ciencia, del progreso tecnológico; ácido enemigo del caudillismo, del oscurantismo, del clericalismo, de las supersticiones de todo tipo. Si algo nos puede sorprender de él en esta época es su vehemencia, que hoy habría sido casi seguramente un suicidio político; si algo nos decepciona, o nos provoca cierta pena, es su confianza sin medida en el avance del intelecto por sobre la irracionalidad, que como sabemos fue defraudada una y otra vez. Poco se puede comentar sobre su racismo o etnocentrismo, expresado no como desprecio sino como creencia en una escala de evolución mental de los pueblos, de los “salvajes” a los civilizados; esta visión, al igual que la relacionada creencia en una forma de lamarckismo biológico y mental, era común en esa época.
«En un principio, la Iglesia, por entonces omnipotente, luchando contra la incredulidad naciente, consigue mantener la integridad de su explicación-credo, destruyendo o aplastando a los que, desde el Renacimiento, empiezan a excederla en capacidad mental, pero éstos siguen brotando en todas partes y en tal progresión que la guerra, la excomunión, el tormento y la hoguera, funcionando en el máximum, no bastan, al fin, para extirparlos, y a su turno, ella también empieza a batirse en retirada, ante la marea creciente de los curiosos insatisfechos con la última explicación de lo natural por lo sobrenatural.»Digo que es decepcionante la creencia de Álvarez en el progreso porque nos retrotrae a los argentinos a tiempos, si no mejores, al menos más promisorios: tiempos en los que Domingo Faustino Sarmiento*, fundador de cientos de escuelas públicas, mandaba traer maestras de Estados Unidos para que dieran a todos los niños —sin distinción de nivel socioeconómico, de origen étnico o de religión— una educación liberal, laica y gratuita, que presumiblemente las maestras nativas no podían o no querían dar; tiempos en los que el estado, rico en recursos, construía ferrocarriles y fundaba pueblos a lo largo de las líneas, con tanta facilidad y rapidez que hoy parece irreal; tiempos en los que la Iglesia Católica, secular aliada de la monarquía colonial y luego de caudillos tiránicos, parecía lista para caer del todo y quedar impotente ante gobiernos más interesados en ganarse adeptos por el mero progreso material que por una apariencia de piedad.
No digo más por ahora; les recomiendo leerlo. Cada tanto publicaré una cita o un fragmento significativo, para los que no se animen al libro entero.
* He querido publicar hoy este artículo, y no un día antes o después, porque hoy, 11 de septiembre, es precisamente el aniversario de la muerte de Sarmiento, que en Argentina conmemoramos como Día del Maestro. No es casualidad, tampoco, que se haya elegido este día para clausurar el III Congreso Nacional de Ateísmo, cuyo tema fue la recuperación del estado laico y al cual tuve el gusto de asistir. Estadistas y pensadores como Sarmiento, o como Álvarez en menor medida, fueron los que lograron y afianzaron esa conquista, que luego se diluyó, lamentablemente, hasta el punto en que hoy el Estado argentino paga los sueldos de miles de maestros que enseñan a los niños catecismo católico, mientras que las escuelas públicas laicas sufren por falta de presupuesto y de mantenimiento.
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miércoles, 10 de noviembre de 2010
Los cátaros - La herejía perfecta (parte 3)
Termino aquí con la reseña del libro Los cátaros, de Stephen O’Shea.
La Inquisición, creada en 1184 antes para perseguir precisamente a cátaros, valdenses y otros herejes, no había sido eficaz bajo el control de los obispos, por desidia o connivencia de los mismos. En 1233 el Papa Gregorio IX tomó la trascendental decisión que hace aún más significativa la triste historia de los cátaros: recreó la Inquisición en la forma de un tribunal eclesiástico independiente, sólo responsable ante el pontífice, con amplios poderes. Los primeros tres inquisidores papales fueron enviados a Tolosa, Albi y Carcasona.
![]() |
| Gregorio IX |
O’Shea narra un grotesco episodio casi inaugural de la institución inquisitorial, en el cual una mujer moribunda pidió recibir la bendición de un perfecto y fue delatada a Raymond du Fauga, dominico y obispo de Tolosa, que acababa de decir misa. Era el 5 de agosto de 1234, precisamente fiesta de Santo Domingo. El obispo fue a la casa de la mujer, haciéndose pasar por hombre santo cátaro, y la incitó a confesar su fe, cosa que ésta, confundida, hizo sin dudar. Du Fauga la juzgó hereje y, como no podía caminar, la hizo atar a la cama; la llevaron frente a la catedral y de ahí fuera de la ciudad, donde la ataron a una estaca y la quemaron viva. Tras esto volvieron y, luego de dar gracias a Santo Domingo, almorzaron con ganas. (El cronista, para quien lo dude, era un monje dominico.)
Los inquisidores exigían que los acusados nombraran a su vez a una cierta cantidad de personas como cómplices. Cuando los herejes comenzaron a nombrar a correligionarios ya muertos, los inquisidores adoptaron la costumbre de desenterrar los cadáveres para quemarlos en público, y en ocasiones quemar la casa que había ocupado el muerto, incluso si estaba ocupada.
La confianza se quebró; no había nada más fácil para arruinar a un enemigo que acusarlo ante la Inquisición, cuyos representantes eran investigadores, jueces, fiscales y jurado a la vez, y que tenían incluso la facultad de confiscar bienes y desheredar a los parientes de los condenados. Había inquisidores más escrupulosos, que se preocupaban por no condenar a inocentes, pero el sistema fomentaba la corrupción y atraía, naturalmente, a psicópatas de toda calaña.
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| Monolito de Montségur |
El Languedoc nunca recobraría su prosperidad; arruinado por la guerra y el pillaje, se arruinó aún más por la destrucción de su trama social, y quedó manchado como nido de herejes. Su fiero independentismo dio paso al sometimiento; incluso la lengua occitana —parienta cercana del catalán y del provenzal— quedó desprestigiada y cedió ante el avance del francés de los cruzados.
La historia de los cátaros comienza su final con el sitio de la ciudadela montañesa de Montségur, donde se habían refugiado históricamente los líderes cátaros. El sitio duró meses, en medio de un invierno crudísimo. Cuando terminó, en marzo de 1244, ninguno de los doscientos perfectos que había allí aceptaron retractarse de sus creencias, y fueron quemados vivos, junto con veintiún conversos que habían pedido recibir el consolamentum a última hora.
A partir de allí todo fue cuesta abajo. Una bula papal de 1252 autorizó el uso de la tortura para obtener confesiones. La Inquisición se amplió y se reforzó en Italia, donde habían huido muchos cátaros y simpatizantes. Algunos perfectos se convirtieron al catolicismo y traicionaron a sus antiguos seguidores. El último perfecto conocido, un pintoresco personaje llamado Guillaume Bélibaste, fue quemado en 1321.
El libro de O’Shea cierra con un recorrido por “el país cátaro”, transformado en atracción turística y (gracias a malos historiadores y a la imaginación descontrolada) fuente de mitos absurdos, que recuerdan a las historias esotéricas sobre masones o caballeros templarios, y de emulaciones ridículas de parte de hippies y neopaganos. La contratapa de mi edición no se queda atrás, pintando a los cátaros como seres espirituales, feministas y partidarios del amor libre. O’Shea mismo es parcial a los cátaros, aunque no es difícil ser parcial hacia personas cuyo único crimen fue pensar distinto y cuyo castigo inmerecido fue la espada o la hoguera.
Pero O’Shea, a pesar de su toma de partido y su visión algo nostálgica, no se engaña ni nos engaña. Las fuentes están todas allí, las controversias están expuestas, los fallos y delitos plenamente humanos de herejes y ortodoxos no se excusan ni se disimulan. La herejía perfecta no cae nunca en las tentaciones de la novela histórica, y sin embargo, en virtud de su veracidad, logra ser apasionante.
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martes, 9 de noviembre de 2010
Los cátaros - La herejía perfecta (parte 2)
Continúo la reseña del libro Los cátaros, de Stephen O’Shea.
La historia de los cátaros es, sobre todo, la historia de su destrucción. A partir de las implicaciones de su doctrina uno podría imaginar por qué la Iglesia decidió terminar con ellos, sin tener que achacárselo exclusivamente a la intolerancia dogmática: los cátaros eran subversivos del orden establecido. No obstante, incluso este abogado del diablo tiene que atender razones. Un hilo conductor recorre la narración que hace O’Shea: una progresión casi constante que comienza con un territorio pacífico, próspero, orgulloso de sus raíces locales, diverso y tolerante, y termina con una tierra devastada, sometida a la indignidad, a un poder extranjero y a la intolerancia y el terror.
Este escenario principal es el Languedoc, región situada al suroeste de la actual Francia, limitada por el litoral mediterráneo, los Pirineos y la región de Provenza. Gobernado por una complicada red de señores feudales, el Languedoc tenía más lazos culturales con sus vecinos de Aragón y Cataluña que con el reino francés, gobernado por los Capetos y confinado más o menos a la moderna Île de France.
A fines del siglo XII los señores del Languedoc venían desoyendo desde hacía tiempo las admoniciones papales sobre los herejes (y provocaban escándalo también tolerando que los judíos tuvieran propiedades y emplearan a cristianos). El Papa Inocencio III resolvió hacer valer el poder de la Iglesia ante el avance de la sociedad burguesa y de los incipientes estados nacionales; entre muchas otras operaciones políticas, autorizó la prédica de Domingo de Guzmán (quien luego sería Santo Domingo) y envió legados (representantes plenipotenciarios) a los feudos del Languedoc para luchar dialécticamente contra los herejes y a la vez incentivar su persecución legal por parte de los señores locales. Pero ninguno de ellos, empezando por el más importante, el conde Raimundo VI de Tolosa, mostró interés. En 1208 fue asesinado uno de los legados, Pierre de Castelnau, en circunstancias dudosas. Inocencio III decretó entonces la llamada Cruzada Albigense (por el nombre de Albi, ciudad del Languedoc notoria por su tolerancia a los herejes).
La cruzada apenas merecía ese nombre: se trataba de nobles cristianos (mayormente vasallos de Felipe II de Francia) atacando el territorio de otros nobles cristianos, poblado en su inmensa mayoría por cristianos completamente ortodoxos. El primer gran enfrentamiento fue el infame asalto a la ciudad de Béziers. La tradición cuenta que, al preguntársele —antes de atacar— al legado papal Arnaud Amaury cómo diferenciar a los cristianos ortodoxos de los herejes, el mismo respondió “Mátenlos a todos. Dios reconocerá a los suyos.” La tremebunda frase ha sido puesta en duda por los apologistas católicos que achacan toda revelación de crueldad eclesiástica medieval a una “leyenda negra”, aunque es de notar que quien con toda probabilidad inventó la frase, un monje cisterciense, era un cronista favorable a la cruzada que nada tenía que ganar difamando a Amaury. En todo caso, como dijo O’Shea, el legado del Vicario de Cristo no hizo nada, que sepamos, para evitar la masacre que siguió, en la cual murieron entre quince y veinte mil personas, incluyendo unas mil que se habían refugiado aterrados en la iglesia de Santa María Magdalena. Los cruzados mataron indiscriminadamente (como el legado relató luego con aprobación al Papa en una carta) a jóvenes y ancianos, hombres, mujeres y niños, la mayoría católicos y por supuesto no combatientes, y luego saquearon e incendiaron la ciudad.
A continuación de Béziers siguió el sitio de Carcasona, ciudad fortificada bajo el gobierno del conde Raymond Roger de Trencavel. El rey Pedro II de Aragón, de quien Trencavel era vasallo, se hizo presente para negociar y se retiró con las manos vacías. Los habitantes de Carcasona tuvieron mejor suerte que los de Béziers: se los obligó a abandonar la ciudad, a pie y sin llevar nada encima excepto la ropa que tenían puesta. Otras ciudades fueron cayendo. En Bram, los cruzados aceptaron la rendición y luego le arrancaron los ojos y les cortaron las narices a sus cien defensores, a los que expulsaron al campo guiados por uno de ellos (al que sólo habían dejado tuerto). En Minerve, luego de un largo asedio, hicieron salir a los 140 perfectos cátaros que se habían refugiado allí y los quemaron vivos todos juntos. En Lavaur, frente a la ciudad derrotada, quemaron vivos a cuatrocientos cátaros mientras el obispo de Tolosa hacía cantar un Te Deum.
La cruzada continuó con idas y venidas, traiciones y ruindades, que no caben relatar aquí. Los condados del Languedoc fueron sometidos y liberados varias veces. En 1229 Raimundo VII, hijo del anterior conde, se vio obligado a firmar un tratado que ponía todas sus tierras en manos del rey de Francia y a humillarse siendo azotado públicamente en la recién construida catedral de Notre-Dame.
La historia de los cátaros es, sobre todo, la historia de su destrucción. A partir de las implicaciones de su doctrina uno podría imaginar por qué la Iglesia decidió terminar con ellos, sin tener que achacárselo exclusivamente a la intolerancia dogmática: los cátaros eran subversivos del orden establecido. No obstante, incluso este abogado del diablo tiene que atender razones. Un hilo conductor recorre la narración que hace O’Shea: una progresión casi constante que comienza con un territorio pacífico, próspero, orgulloso de sus raíces locales, diverso y tolerante, y termina con una tierra devastada, sometida a la indignidad, a un poder extranjero y a la intolerancia y el terror.
Este escenario principal es el Languedoc, región situada al suroeste de la actual Francia, limitada por el litoral mediterráneo, los Pirineos y la región de Provenza. Gobernado por una complicada red de señores feudales, el Languedoc tenía más lazos culturales con sus vecinos de Aragón y Cataluña que con el reino francés, gobernado por los Capetos y confinado más o menos a la moderna Île de France.
A fines del siglo XII los señores del Languedoc venían desoyendo desde hacía tiempo las admoniciones papales sobre los herejes (y provocaban escándalo también tolerando que los judíos tuvieran propiedades y emplearan a cristianos). El Papa Inocencio III resolvió hacer valer el poder de la Iglesia ante el avance de la sociedad burguesa y de los incipientes estados nacionales; entre muchas otras operaciones políticas, autorizó la prédica de Domingo de Guzmán (quien luego sería Santo Domingo) y envió legados (representantes plenipotenciarios) a los feudos del Languedoc para luchar dialécticamente contra los herejes y a la vez incentivar su persecución legal por parte de los señores locales. Pero ninguno de ellos, empezando por el más importante, el conde Raimundo VI de Tolosa, mostró interés. En 1208 fue asesinado uno de los legados, Pierre de Castelnau, en circunstancias dudosas. Inocencio III decretó entonces la llamada Cruzada Albigense (por el nombre de Albi, ciudad del Languedoc notoria por su tolerancia a los herejes).
La cruzada apenas merecía ese nombre: se trataba de nobles cristianos (mayormente vasallos de Felipe II de Francia) atacando el territorio de otros nobles cristianos, poblado en su inmensa mayoría por cristianos completamente ortodoxos. El primer gran enfrentamiento fue el infame asalto a la ciudad de Béziers. La tradición cuenta que, al preguntársele —antes de atacar— al legado papal Arnaud Amaury cómo diferenciar a los cristianos ortodoxos de los herejes, el mismo respondió “Mátenlos a todos. Dios reconocerá a los suyos.” La tremebunda frase ha sido puesta en duda por los apologistas católicos que achacan toda revelación de crueldad eclesiástica medieval a una “leyenda negra”, aunque es de notar que quien con toda probabilidad inventó la frase, un monje cisterciense, era un cronista favorable a la cruzada que nada tenía que ganar difamando a Amaury. En todo caso, como dijo O’Shea, el legado del Vicario de Cristo no hizo nada, que sepamos, para evitar la masacre que siguió, en la cual murieron entre quince y veinte mil personas, incluyendo unas mil que se habían refugiado aterrados en la iglesia de Santa María Magdalena. Los cruzados mataron indiscriminadamente (como el legado relató luego con aprobación al Papa en una carta) a jóvenes y ancianos, hombres, mujeres y niños, la mayoría católicos y por supuesto no combatientes, y luego saquearon e incendiaron la ciudad.
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| Béziers |
A continuación de Béziers siguió el sitio de Carcasona, ciudad fortificada bajo el gobierno del conde Raymond Roger de Trencavel. El rey Pedro II de Aragón, de quien Trencavel era vasallo, se hizo presente para negociar y se retiró con las manos vacías. Los habitantes de Carcasona tuvieron mejor suerte que los de Béziers: se los obligó a abandonar la ciudad, a pie y sin llevar nada encima excepto la ropa que tenían puesta. Otras ciudades fueron cayendo. En Bram, los cruzados aceptaron la rendición y luego le arrancaron los ojos y les cortaron las narices a sus cien defensores, a los que expulsaron al campo guiados por uno de ellos (al que sólo habían dejado tuerto). En Minerve, luego de un largo asedio, hicieron salir a los 140 perfectos cátaros que se habían refugiado allí y los quemaron vivos todos juntos. En Lavaur, frente a la ciudad derrotada, quemaron vivos a cuatrocientos cátaros mientras el obispo de Tolosa hacía cantar un Te Deum.
La cruzada continuó con idas y venidas, traiciones y ruindades, que no caben relatar aquí. Los condados del Languedoc fueron sometidos y liberados varias veces. En 1229 Raimundo VII, hijo del anterior conde, se vio obligado a firmar un tratado que ponía todas sus tierras en manos del rey de Francia y a humillarse siendo azotado públicamente en la recién construida catedral de Notre-Dame.
Continuará…
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lunes, 8 de noviembre de 2010
Los cátaros - La herejía perfecta (parte 1)
Los cátaros, de Stephen O’Shea, es un librito fascinante sobre la creencia dualista que floreció en el suroeste de Francia en la segunda mitad del siglo XII y el comienzo del siglo XIII.
El subtítulo (La herejía perfecta) refiere al título con que sus enemigos designaron a los creyentes más comprometidos; no significa aquí inmejorable o infinitamente bueno, sino completo, terminado (en el mismo sentido técnico en que se usa al decir “pretérito perfecto” para designar una acción finalizada). Perfectos eran aquellos cátaros que habían recibido de algún otro el consolamentum, especie de sacramento, y que habían adoptado la forma de vida cátara en su plenitud, comprometiéndose a ayunar con frecuencia y privándose voluntariamente de consumir carne y de tener relaciones sexuales, entre otras formas de ascesis. Para los encargados de juzgar y condenar la herejía, eran “herejes perfectos”, completos, a los que no les cabía la misericordia que se podía conceder a los meros simpatizantes. Estos últimos, los credentes, eran mucho más numerosos.
Ni perfecti ni credentes utilizaban esos nombres para referirse a sí mismos, ni tampoco la denominación de “cátaros”, que según la etimología tradicional proviene del griego καθαρός (katharós), “puro”, aunque es plausible que se relacione con el latín cattus “gato” o alguno de sus derivados romances; a los cátaros, como a las brujas, se los asociaba con el gato como símbolo del demonio o como parte de ceremonias obscenas.
En algún sentido se puede especular que la herejía cátara en realidad no era tal, puesto que se alejaba tanto de la ortodoxia que en realidad podría ser una religión distinta. Los cátaros creían que el mundo material había sido creado por un demiurgo o dios malvado; la Tierra era así el único verdadero infierno. El Dios bueno habitaba en el cielo, al que sólo podían llegar los espíritus de los hombres que lograran desprenderse de los deseos carnales. Los perfectos, si mantenían ese estado, podrían al morir evadirse de la prisión del cuerpo y del mundo material; los demás estaban condenados a reencarnarse una y otra vez. El dualismo o maniqueísmo (creer en dos dioses opuestos) era tan herético como la creencia en la reencarnación, pero además los cátaros consideraban:
El subtítulo (La herejía perfecta) refiere al título con que sus enemigos designaron a los creyentes más comprometidos; no significa aquí inmejorable o infinitamente bueno, sino completo, terminado (en el mismo sentido técnico en que se usa al decir “pretérito perfecto” para designar una acción finalizada). Perfectos eran aquellos cátaros que habían recibido de algún otro el consolamentum, especie de sacramento, y que habían adoptado la forma de vida cátara en su plenitud, comprometiéndose a ayunar con frecuencia y privándose voluntariamente de consumir carne y de tener relaciones sexuales, entre otras formas de ascesis. Para los encargados de juzgar y condenar la herejía, eran “herejes perfectos”, completos, a los que no les cabía la misericordia que se podía conceder a los meros simpatizantes. Estos últimos, los credentes, eran mucho más numerosos.
Ni perfecti ni credentes utilizaban esos nombres para referirse a sí mismos, ni tampoco la denominación de “cátaros”, que según la etimología tradicional proviene del griego καθαρός (katharós), “puro”, aunque es plausible que se relacione con el latín cattus “gato” o alguno de sus derivados romances; a los cátaros, como a las brujas, se los asociaba con el gato como símbolo del demonio o como parte de ceremonias obscenas.
En algún sentido se puede especular que la herejía cátara en realidad no era tal, puesto que se alejaba tanto de la ortodoxia que en realidad podría ser una religión distinta. Los cátaros creían que el mundo material había sido creado por un demiurgo o dios malvado; la Tierra era así el único verdadero infierno. El Dios bueno habitaba en el cielo, al que sólo podían llegar los espíritus de los hombres que lograran desprenderse de los deseos carnales. Los perfectos, si mantenían ese estado, podrían al morir evadirse de la prisión del cuerpo y del mundo material; los demás estaban condenados a reencarnarse una y otra vez. El dualismo o maniqueísmo (creer en dos dioses opuestos) era tan herético como la creencia en la reencarnación, pero además los cátaros consideraban:
- Que el consolamentum (que transmitía el estado de perfección) sólo valía en tanto el perfecto que lo administrara fuera moralmente correcto (donatismo);
- Que el cuerpo de Jesús crucificado no había sido real, sino una mera apariencia o ilusión (docetismo);
- Que Cristo era un espíritu puro sin cuerpo, de naturaleza exclusivamente divina y no una unión de humana y divina (monofisismo).
La influencia donatista era especialmente alarmante para la Iglesia Católica. La mayoría de los sacerdotes, y más aún los obispos, llevaban una vida obscenamente disoluta a la vista de los fieles; la idea de que la inmoralidad conllevaba la pérdida del poder sacramental era una amenaza al orden social. La amenaza del dualismo era más insidiosa. Aunque la Iglesia se la pasa advirtiendo a los pobres y crédulos sobre el poder del demonio y la necesidad de no aferrarse a las cosas de este mundo, el cristianismo considera que Dios creó el mundo y que todo lo creado era originalmente bueno (y puede servir para un buen fin). Para los cátaros, todo lo creado por el Demiurgo es malo y debe ser rechazado: el dinero, la comida, el lujo de cualquier clase, el sexo, el poder terrenal. Cosas que sus enemigos disfrutaban y a las cuales no estaban dispuestos a renunciar. Más subversivo todavía era que los cátaros respetaban al pie de la letra la advertencia de Jesús sobre los juramentos, y sin estas promesas de lealtad divinamente sancionadas se derrumbaba la estructura de vasallaje que mantenía precariamente unida la sociedad feudal.
Continuará…
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miércoles, 31 de marzo de 2010
La Biblia desenterrada (Finkelstein y Silberman)
La Biblia desenterrada es un libro de los investigadores Israel Finkelstein y Neil Asher Silberman dedicado a desentrañar la historia del antiguo pueblo israelita, contrastando las historias del Antiguo Testamento con los descubrimientos arqueólogicos modernos. Antes de cualquier objeción en ese sentido es necesario aclarar que no se trata de un libro antirreligioso o una denuncia de las falsedades de la Biblia. No obstante, es previsible que los creyentes menos sofisticados o más habituados a la interpretación literal de la Biblia resulten sorprendidos o afectados negativamente.Los autores se esfuerzan a cada paso en destacar el valor de la Biblia como documentación, no necesariamente de la historia, sino de las condiciones políticas y las inquietudes sociológicas de los habitantes de los territorios que se engloban en los libros bíblicos bajo la denominación de “Israel”, y que estuvieron en realidad muy lejos de la epopeya fundacional de Moisés, de la fulgurante conquista de Canaán y del legendario poder de la dinastía davídica o del rey Salomón.
No se trata simplemente, como se suele creer, de que ciertos pasajes del Antiguo Testamento sean exagerados o contengan episodios mitificados. Más bien nos encontramos con que tramos enteros de la historia del antiguo Israel están inventados, y otros están basados muy libremente en desarrollos históricos paralelos. Los estudiosos están de acuerdo, por ejemplo, en que la historia de la esclavitud en Egipto es completamente ficticia, aunque pudo inspirarse en el hecho de que los egipcios empleaban a muchos obreros inmigrantes del Sinaí en sus obras públicas. El Éxodo tampoco parece tener base histórica alguna, resultando particularmente inviable una huida masiva de esclavos a causa del férreo dominio que Egipto ejercía sobre el actual Israel.
El ciclo de sangrientas batallas que (según la Biblia) llevaron a la conquista de Canaán por los israelitas no tiene correlato arqueológico, excepto la destrucción de las ciudades-estado litorales por parte de un adversario desconocido, quizá los enigmáticos “Pueblos del Mar”, y luego de una corta renovación posterior, la nueva y definitiva devastación llevada a cabo por el faraón egipcio Shoshenk (llamado Sisac en la Biblia). Lo que ocurrió entre los supuestos “israelitas” y los cananeos es en realidad un reflejo de varias olas de colonización y abandono de las tierras al oeste del Jordán por parte de pueblos nómades, y un recuerdo de tensiones habituales entre los pastores nómades y los agricultores sedentarios. La auto-identificación étnica de los israelitas como pueblo fue posterior.
La gesta de David contra los filisteos es también inverosímil, por cuanto el reino de Judá era pobrísimo en hombres, en recursos y en cultura material; de la misma manera, el esplendor de Salomón no condice con la constatación de que la Jerusalén de esa época era apenas un pueblito serrano, sin fortificaciones ni grandes templos. Los numerosísimos ejércitos bíblicos no hubieran podido formarse ni mantenerse. Buena parte de toda esta historia fue escrita siglos después, para legitimar la unificación sociopolítica e ideológico-religiosa del reino, que buscaba subsumir a las tribus del norte (Israel propiamente dicho) y las del sur (el reino de Judá), con su capital y su Templo al único Dios situados en la sureña Jerusalén. Las profecías que se refieren a la suerte de Judá y de Israel representan intentos a posteriori de conciliar las supuestas promesas divinas de reinado eterno y unificado con la amarga separación y enemistad entre los reinos y con la inexplicable prosperidad de un Israel que se había rebelado contra Dios.
De hecho, el reino del norte (Israel) es consistentemente vituperado en la Biblia. El pecado de Israel fue precisamente su apertura a los cultos de otros dioses y la disposición de sus reyes a tomar esposas extranjeras, como la infame Jezabel, reina de origen fenicio, desposada con el rey Ajab. Por este y otros pecados, los descendientes de Ajab murieron uno tras otro de formas horribles. En realidad, esta historia (narrada en el libro de los Reyes) es casi totalmente ficticia. Israel bajo la dinastía omrita fue un reino fuerte y próspero, siendo el primero que amerita mención en documentos de otros pueblos de Medio Oriente, en momentos en que Judá era apenas un conjunto de aldeas escasamente pobladas. Sólo cuando el imperio asirio devastó Israel tuvo Judá la oportunidad de transformarse en un estado, y el rey Josías pudo usar los textos sagrados para legitimar su ocupación de las tierras del norte, su poder sobre todas las tribus, y la centralización forzada del culto a Yahvé en Jerusalén.
La Biblia desenterrada es un recurso valiosísimo para quien debata sobre la historicidad de la Biblia. Inevitablemente, el libro es algo denso, ya que cuenta con un gran nivel de detalle y suele revisitar los hechos desde varios puntos de vista, pero leerlo brinda el placer de encontrarse con un trabajo arqueológico de primera clase, donde las certidumbres y las dudas de los investigadores están honestamente delineadas. Debe tenerse muy en cuenta que el libro no es una crítica a la Biblia: no busca desmontarla ni ridiculizarla, sino mostrarla como una epopeya nacional y un cuerpo de leyendas inspiradoras para un pueblo que ha persistido, reinterpretándola y adecuándola a sucesos cambiantes, durante milenios, a pesar de exilios y persecuciones que lo han llevado a todos los rincones del mundo.
Aunque la verdadera historia no está en la Biblia, tampoco corre paralela a ella, sino que la toca y la moldea, mediada por la teología y la política, por las tradiciones literarias y las expectativas del pueblo al que fue destinada. Que tantas veces haya sido impuesta por unos a otros, que tanto tiempo haya sido afirmada dogmáticamente como verdad fáctica y no aceptada como mito, no es culpa del libro ni de sus antiguos autores, sino fruto de esa terrible cerrazón que es el fundamentalismo religioso y de la ignorancia de los literalistas.
Links de interés:
- La Biblia desenterrada en Wikipedia (y The Bible Unearthed en inglés).
- Para leer online (versión parcial): La Biblia desenterrada en Google Libros.
- Para descargar en PDF: La Biblia desenterrada en 4shared.
- Serie de videos sobre el libro, en Google: La Biblia desenterrada.
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miércoles, 10 de febrero de 2010
Conspiracionismo ¿auspiciado por la Iglesia Católica? (A173)
En mi habitual recorrida distraída por los órganos de prensa de la caverna católica me encontré con uno de esos títulos tremebundos a los cuales ya nos tienen acostumbrados y decidí echarle una ojeada al contenido, sin esperar sorpresas. Al fin y al cabo, Eugenesia y eutanasia. La conjura contra la vida (subtitulado) Un libro de Guillermo Buhigas contra la cultura de la muerte no evoca más que los tópicos habituales. Pero no.Los católicos devotos creen, si es que han prestado atención a sus pastores, que hay una gran conjura mundial contra “la vida”, entendiéndose por ello la procreación indiscriminada e incesante de la raza humana y el mantenimiento de las funciones orgánicas de cualquier cosa que tenga ADN humano hasta donde la ciencia lo permita y en tanto un comité de bioética formado por ultracatólicos no autorice otra cosa. Creen que la ONU y las ONG que difunden programas de salud sexual y reproductiva o de control demográfico, las que impulsan leyes sobre aborto y muerte digna, etc., junto con gobiernos y movimientos políticos afines, se coordinan hábilmente para ir creando un mundo donde rija la “cultura de la muerte”, y logran hacer ver que lo que buscan es deseado por la población, científicamente sensato y moralmente correcto.
Hasta ahí la visión usual. Pero Guillermo Buhigas Arizcun, el autor del libro mencionado, no es uno más del rebaño. Y por eso es que llama la atención que su libro esté recibiendo publicidad de parte de un portal católico que, al margen de otras consideraciones, siempre ha estado en línea con la doctrina oficial.
Eugenesia y eutanasia… no es un libro católico sobre la fascinante historia del movimiento eugenésico o sobre el debate de la eutanasia. Por lo que se ve (no lo he leído), es una ficción alucinada y conspirativa que atribuye a Darwin y a la teoría de la evolución la culpa original por esterilizaciones masivas y genocidios: “el darwinismo [es la] base conceptual de toda la barbarie sufrida por la humanidad en los últimos doscientos años”, en palabras del autor. En su descripción detallada en el sitio de la editorial Sekotia [PDF] se dice que
… El libro desmitifica la teoría evolucionista e inexiste del dogma naturalista formulado por Charles Darwin. La hipótesis darwinista ha sido rebatida del todo por la ciencia, pero impuesta en la “cultura”…… lo cual no sólo es una burrada de proporciones sino que confunde varias categorías (dogma con teoría, teoría con hipótesis, darwinismo social con selección natural darwiniana, etc.) y remite, en lo religioso, no a la prudentemente ambigua doctrina católica sobre la evolución sino más bien a las manifestaciones más vulgares del cristianismo evangélico, o como mucho, a las ideas medievales de los católicos antimodernistas.
¿De dónde sale este Buhigas? Escritor no es: su minibiografía dice que es “productor, realizador, guionista y empresario”, es decir, a todas luces, un tipo con dinero para pagarse un lugar en radio o TV y decir tonterías de esta clase, y a quien alguien le dio la idea de hacer más dinero con un libro que terminará en la estantería de Esoterismo y de ahí a la mesa de saldos. No es su primer libro. La misma editorial le ha publicado uno llamado Los Protocolos (¡qué título!) donde explica (según un crítico que trata con todas sus fuerzas de no ser muy crítico) que
… La cábala y el gnosticismo redivivos han dado lugar a la masonería y a la nueva era, a la educación ilustrada para una determinada ciudadanía y al esoterismo, al desbocado ecologismo y a la no menos desbocada revolución sexual, tratando siempre de aniquilar lo religioso, entiéndase lo religioso católico.Y la cosa va para más, porque Los Protocolos es apenas la primera parte de “una trilogía analítica sobre el proyecto iluminista para apoderarse del poder mundial.” Las palabras sobran.
Me cuesta entender cómo un sitio web católico puede publicar algo elogioso sobre un libro plagado de teorías alucinadas y groseras falsedades (teorías y falsedades que no tienen sustento en el Catecismo, quiero decir — porque de las que sí están defendidas allí, obviamente, viven muchos escritores católicos de doctrina ortodoxa). ¿Se habrá dejado llevar Zenit por el título, o por los sonoros golpes de pecho de Buhigas proclamándose luchador por la vida y desenmascarador de los conspiradores de la muerte? Ni en los propios censores puede confiar uno ya para buscar libros que adhieran a la Verdadera Fe…
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jueves, 21 de enero de 2010
La Iglesia en tiempos de Kirchner
Un tema bastante amplio es lo que sugiere el título de Religión, política y sociedad, libro del filósofo y teólogo José Pablo Martín publicado en septiembre de 2009 y que todavía no he leído, pero del que me enteré por un artículo aparecido en Crítica en el cual se trata de la relación del gobierno argentino con la Iglesia en tiempos recientes.*El artículo es una entrevista a Juan Cruz Esquivel, uno de cuyos trabajos (sobre el gobierno de Carlos Menem) está incluido en el libro. Esquivel es sociólogo e investigador del CONICET, especializado en asuntos como la relación iglesia-estado y la laicidad; fue el coordinador de la primera encuesta sobre actitudes y creencias religiosas en Argentina. Su opinión es que, por más que el kirchnerismo haya sostenido conflictos puntuales con la Iglesia Católica (como el caso Baseotto o la controversia por la propuesta del divorciado Alberto Iribarne como embajador), no se ha avanzado en lo esencial:
Con el gobierno de Néstor Kirchner hubo un punto de inflexión que desplazó a la Iglesia católica de ese lugar de interlocutor privilegiado al momento de definir políticas de sensibilidad eclesiástica. Sin embargo, el matrimonio no avanzó en aspectos legislativos que rubriquen esta nueva modalidad de la relación. […] [H]ay una batería de leyes que datan de la dictadura o antes que reflejan la posición privilegiada del cristianismo en relación con otros cultos. […] Un nuevo gobierno que quiera reestablecer el vínculo simbiótico tradicional no va a necesitar sancionar ninguna legislación, tiene los recursos jurídicos para hacerlo.En otras palabras: se ha tratado de tironeos de poder y peleas verbales entre los Kirchner y el Episcopado, pero no de una verdadera ofensiva contra los privilegios de la Iglesia, que es lo que muchos esperábamos hace casi siete años, cuando Néstor Kirchner asumió el poder.
Hace menos de dos años Esquivel se lamentaba de que el gobierno de Cristina Fernández de Kirchner no hubiera seguido adelante con la proyectada cancelación del Te Deum tradicional que se celebra en cada aniversario de la Revolución de Mayo, y su reemplazo planeado por una ceremonia interreligiosa, que pusiera en pie de igualdad a todas las creencias que cohabitan en Argentina (¡era mucho pedir que se tuviera en cuenta también a los no creyentes!). No se trata simplemente de una cuestión de laicidad sino del simbolismo de poner a los representantes máximos electos del pueblo bajo el púlpito, sometidos a la mirada y la crítica de funcionarios de una facción religiosa particular, como si los gobiernos necesitaran la legitimación de la Iglesia.
Unos meses antes Esquivel había marcado el mismo punto en un artículo, La Iglesia católica y sus tensiones, preguntándose:
¿En qué fuentes deben buscar su legitimidad los funcionarios de un gobierno y los demás actores del sistema político en el marco de un régimen democrático?Queremos creer que una mayoría de la gente respondería a esta pregunta diciendo: la legitimidad viene del pueblo, y también viene de los principios tomados como universales por casi todos los pueblos, lo que llamamos “derechos humanos”. Pero a juzgar por los estudios que se han hecho, resulta que está naturalizado el que un gobernante pida consejo, si no (extraoficialmente) permiso a las autoridades de la religión mayoritaria, antes de tomar medidas controvertidas; y esto a pesar de que se ha mostrado claramente que la gran mayoría de los creyentes de esa religión lo son apenas de nombre, o no están de acuerdo con ninguna de las doctrinas represivas que su cúpula defiende e impone donde puede.
Para los argentinos, que estamos viviendo una transición política complicada luego de las últimas elecciones legislativas, es importante pensar en lo que Esquivel señala sobre el kirchnerismo, movimiento que se autotitula progresista:
El Frente para la Victoria es un espacio diverso […]. El peronismo tradicionalmente está vinculado al catolicismo y el kirchnerismo es una expresión del peronismo. Muchos de sus dirigentes fueron peronistas antes de Kirchner y lo serán después del kirchnerismo, por lo que sus vínculos con la Iglesia van más allá del actual gobierno.En este marco es fácil entender la reticencia de los legisladores kirchneristas a dar quorum para el tratamiento del proyecto de ley que permitiría los matrimonios entre personas del mismo sexo, reticencia que enfureció comprensiblemente a los activistas en favor de la igualdad de derechos tanto o más que el paso en falso del Jefe de Gobierno de Buenos Aires, Mauricio Macri, que primero sorprendió a todos (especialmente a sus seguidores en la derecha dura) negándose a obstaculizar el matrimonio civil entre dos hombres, y luego permitió que un juez (ilegalmente) lo suspendiera.
Nadie quiere pelearse con la Iglesia, sobreestimando quizá el poder real de la misma. El argentino promedio no está pendiente de la religiosidad (o falta de ella) de sus políticos, y no condiciona absolutamente su voto a profesiones de fe o bendiciones episcopales. Y sin embargo, siente —porque así se lo han inculcado— un respeto inexplicable por la Iglesia.
Me he ido por las ramas, con lo cual debe notarse que el tema me apasiona. Ya lo seguiremos otro día.
* El diario Crítica de la Argentina dejó de publicarse el 30 de abril de 2010 y su versión online desapareció poco después. No conseguí encontrar la nota de referencia en la Wayback Machine, por lo cual he usado una copia de la misma encontrada en otro sitio web.
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domingo, 13 de diciembre de 2009
Todo lo que usted siempre quiso saber sobre sexo pero no se atrevía a preguntarle a su sacerdote (A159)
No es ya noticia pero vale al menos para algunas sonrisas (o para rascarse la cabeza de pura perplejidad): un manual sobre sexo para católicos, que los medios, con gran injusticia para la gran obra clásica india, han dado en llamar “el Kamasutra católico”, cuyo autor es Ksawery Knotz, un cura franciscano capuchino polaco.
El libro parece ser todo un ejemplo de lo que representa el sexo para las parejas devotas. Desde la contratapa el autor se ve obligado a advertir que “no hay nada malo en una buena vida sexual”, aunque la definición de lo que constituye una buena vida, sexual o no, es bastante discutible. Para la Iglesia todo sexo es pecaminoso excepto si lo realizan dos personas de diferente sexo, casadas por iglesia, y pensando únicamente en hacer un bebé. Es sexo simplificado, de libro de biología, o como el sexo de las tomas eléctricas: el elemento macho se inserta en el elemento hembra, como Dios lo quiso y lo diseñó, y eso debe ser todo (aunque hay espacio para castas caricias y cartitas de amor durante la abstinencia que los esposos deben guardar si no desean concebir un hijo).
Además de todas estas doctrinas represivas que todos los católicos conocen y que casi ninguno cumple, hay una mención de la fertilización artificial que llama la atención por lo acientífica, por lo sentimentaloide, por lo superficial y estúpida:
El misterio de la vida es algo mucho más profundo que no saber si algún espermatozoide alcanzó al óvulo y ponerse a imaginar que Dios está decidiendo si sacar de la galera un alma nueva o no.
El libro parece ser todo un ejemplo de lo que representa el sexo para las parejas devotas. Desde la contratapa el autor se ve obligado a advertir que “no hay nada malo en una buena vida sexual”, aunque la definición de lo que constituye una buena vida, sexual o no, es bastante discutible. Para la Iglesia todo sexo es pecaminoso excepto si lo realizan dos personas de diferente sexo, casadas por iglesia, y pensando únicamente en hacer un bebé. Es sexo simplificado, de libro de biología, o como el sexo de las tomas eléctricas: el elemento macho se inserta en el elemento hembra, como Dios lo quiso y lo diseñó, y eso debe ser todo (aunque hay espacio para castas caricias y cartitas de amor durante la abstinencia que los esposos deben guardar si no desean concebir un hijo).
Además de todas estas doctrinas represivas que todos los católicos conocen y que casi ninguno cumple, hay una mención de la fertilización artificial que llama la atención por lo acientífica, por lo sentimentaloide, por lo superficial y estúpida:
“El método in Vitro permite la concepción de un niño fuera del cuerpo humano, convirtiendo el misterio de la vida en un simple proceso de producción”.¿Cuál es el misterio de la vida? El embrión (que no es “un niño”) es concebido cuando un espermatozoide fecunda un óvulo. Esto puede ocurrir o no, fuera o dentro del cuerpo femenino, según un montón de factores físico-químicos que no son en absoluto misteriosos, aunque no sean fáciles de discernir o de predecir. Este curita es un tonto, pero además es un bruto, porque está diciendo que las personas que nacieron a partir de la fertilización in vitro son meros productos, y sus padres, simples imitadores baratos de Dios —mientras que esa minoría importante de personas que nacieron sin ser deseados, porque sus padres no tenían idea de cómo protegerse o se olvidaron de tomar las precauciones necesarias, son verdaderos regalos de Dios.
El misterio de la vida es algo mucho más profundo que no saber si algún espermatozoide alcanzó al óvulo y ponerse a imaginar que Dios está decidiendo si sacar de la galera un alma nueva o no.
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viernes, 20 de noviembre de 2009
Propensión
“El exceso de población es el motivo por el cual estoy a favor de la homosexualidad y el celibato del clero. La idea del celibato de los clérigos me parece especialmente buena porque tiende a eliminar cualquier propensión hereditaria al fanatismo.”
— Eleanor Arroway, protagonista de Contacto, de Carl Sagan
miércoles, 21 de octubre de 2009
Saramago sí entiende la Biblia
Los cortesanos de Dios están indignados con José Saramago, clamando que que sus “ofensas” muestran su ignorancia sobre la Biblia. Los autoproclamados expertos, que con incomparable humildad pretenden interpretar la palabra del mismísimo creador del universo, acusan a Saramago de falta de rigor y de “ingenuidad sentimental”. Todo porque el Premio Nobel de Literatura dijo, mientras promocionaba su novela Caín, que la humanidad estaría mejor sin la influencia que ha tenido la Biblia sobre ella.La verdad es que la mayoría de las personas, incluyendo muchos de los creyentes más devotos, no han leído jamás la Biblia, o no han ido más allá de algunos pasajes seleccionados por el cura o pastor. Como obra literaria, la Biblia es de una calidad muy variable. El Antiguo Testamento comienza con un menjunje de mitos orientales mal coordinados, prosigue con una historia casi totalmente ficticia sobre el pueblo hebreo, y prodiga incestos, violaciones, pillajes y genocidios sin medias tintas, entremezclándolos con leyes bárbaras y sacrificios sangrientos que asquearían a cualquier persona civilizada moderna, y con listas aburridísimas de antepasados y descendientes. En pocos y decisivos capítulos, condena a la mujer a ser la causa del pecado y de la separación entre el hombre y Dios, y maldice a toda la raza humana por el pecado de la pareja original; comanda el exterminio de pueblos enteros, de infieles y herejes, de adúlteras y de homosexuales.
Llega Jesús, que a base de una profecía y una palabra dudosas termina siendo hijo de Dios y de una virgen. Este Jesús tan pronto perdona a una prostituta como mata una higuera por no dar fruto; justifica departir con recaudadores de impuestos pero no muestra tolerancia por los humildes mercachifles del Templo; manda el amor a todo el mundo y después ordena a sus discípulos rechazar a sus mismas madres y hermanos... Mateo y Juan se las arreglan para justificar dos milenios de antisemitismo por el cargo de “deicidio”. Entra en escena Saulo de Tarso, y con el furor de los conversos edifica una religión que llama a sus seguidores a permanecer castos a la espera del fin del mundo, inaugurando una cultura de represión sexual que aun no se ha extinguido.
Llegamos al final, literalmente, con el Apocalipsis, que bajo algo que parece un viaje de LSD oculta una masa de simbolismos que ya no nos dicen nada, aunque eran comunes en boca de los predicadores fanáticos de la época, y que todavía inspiran a algunos peligrosos locos de hoy.
Yo creo que Saramago sí entiende la Biblia, y que no está haciendo más ni menos que otros de sus intérpretes, con la crucial diferencia de que él no la considera una guía moral, ni inspirada por una inteligencia superior, sino meramente una obra de hombres, con todo lo que eso pueda significar. Saramago es un teólogo y un exégeta sui generis. Espero poder leer y disfrutar pronto Caín, como disfruté El Evangelio según Jesucristo.
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miércoles, 5 de agosto de 2009
Michel Onfray
El filósofo francés Michel Onfray es uno de los pensadores que ha entrado últimamente en mi espacio de lectura. Onfray lo tiene todo para causar el escándalo de clérigos y laicos fanáticos, pero también de la posmodernidad conformista, de los tolerantes a prueba de todo y de la progresía tibia: es y no deja de mostrarse como ateo esencial y militante, ferozmente anticlerical, nietzscheano y post-nietzscheano, hedonista y antiacademicista.Hace poco terminé de leer Cinismos - Retrato de los filósofos llamados perros, que trata de la escuela de los cínicos, pensadores de la antigua Grecia que se ganaron la mala fama y la connotación peyorativa de su nombre por vivir de acuerdo a reglas propias en vez de someterse a las imposiciones comunitarias, y por cuestionar con pretendida ingenuidad y molesta agudeza los tabúes sociales. Antes de eso me deleité con el Tratado de ateología, en el que Onfray comienza por desmantelar tópicos ateos sobre el ateísmo, constata que la moral cristiana es peor que inútil, concluye que el ateísmo esencial*, verdadero, todavía no ha llegado ni llegará hasta que desmontemos el andamiaje cultural del cristianismo, y propone una filosofía de la moral y la ética sin Dios. (En Scribd se pueden encontrar online y —previa registración— bajarse en PDF el Tratado de ateología y Cinismos, aunque no sé por cuánto tiempo.)
Ambos libros están plagados y preñados de ideas que florecen con intensidad en un párrafo o dos y se dispersan y se cruzan explosivamente con otras, a párrafos o capítulos de distancia. Cinismos es más descriptivo y quizá por eso más legible; el Tratado es densamente combativo. Por eso ninguno es fácil de comentar o resumir; ni siquiera es sencillo recortar prolijamente de su texto (como me gusta hacer aquí de cuando en cuando) citas memorables y autoconsistentes. Onfray se lee de corrido y se asimila como se digiere un plato complicado; no se presta al consumo discreto ni al análisis a vuelo de pájaro.
Buscando información y comentario sobre Onfray encontré que el diario Clarín le había dedicado unas cuantas notas, de calidad variable. Aquí las dejo, para referencia de los lectores:
- Michel Onfray, el filósofo francés que desafía a los círculos académicos
- La filosofía sana y salva (¿cura y redime?)
- El ladrido de Diógenes
- Michel Onfray, el líder de la "ateología"
- "No hay por qué pagar la religión privada con dinero público"
*Ateísmo esencial es la postura filosófica de que la misma idea de Dios es inexistente porque es contradictoria, imposible, inconcebible. Gustavo Bueno la compara con la frase "decaedro regular", que aunque suena perfectamente clara y correcta, no designa a ningún objeto real ni posible, ya que geométricamente un poliedro de diez caras no puede ser regular. Esta idea se opone al ateísmo existencial, que asume a Dios como concepto lógicamente posible y sólo busca refutar su existencia.
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martes, 28 de julio de 2009
¿Dios existe? Ratzinger vs. Flores d’Arcais
Acabo de terminar de leer ¿Dios existe?, un librito (133 páginas) que en realidad trata periféricamente de este tema, y se adentra en otros más, digamos, prácticos. Publicado en 2008, su contenido recopilado data no obstante del año 2000. Tiene una estructura especial: comienza con un escrito de Joseph Ratzinger, entonces cardenal de la Iglesia Católica; continúa con un diálogo público entre Ratzinger y el filósofo ateo Paolo Flores d’Arcais, y cierra con un texto de Flores d’Arcais.
La apertura de Ratzinger se titula "La pretensión de la verdad puesta en duda", y lleva el subtítulo "La crisis del cristianismo en los comienzos del tercer milenio". Trata del relativismo con respecto al conocimiento, del agnosticismo total, del "fin de la metafísica", y de la imposibilidad social de que una religión hoy en día se proclame verdadera. Una vez constatado este hecho innegable, procede a defender la idea de que el cristianismo es de raíz racionalista y que constituyó un triunfo de la desmitologización sobre las religiones antiguas, invenciones ad hoc para explicar aspectos parciales del mundo. Termina, después de grandes devaneos, con una descalificación de la evolución vista como filosofía universal.
El centro del libro es un diálogo/debate moderado por el periodista italiano Gad Lerner, en el teatro Quirino de Roma, ante una audiencia multitudinaria. Allí Ratzinger y Flores d’Arcais se cruzan, a veces algo desordenadamente, pero con amabilidad, en muchos temas. Personalmente me interesó el ida y vuelta de cuestionamientos sobre los derechos humanos y la ley natural. Ratzinger reclama que debe aceptarse una "ley natural" para garantizar la inviolabilidad de ciertos derechos que ninguna consideración humana, incluso si es por mayoría democrática, puede decidir anular, y justifica esto apelando a la supuesta racionalidad inscripta en el ser y en la naturaleza. Flores d’Arcais mantiene que los derechos humanos deberían llamarse "derechos cívicos", puesto que la raza humana sólo los ha considerado suyos, y luego de una larga lucha que todavía no termina, a partir del progreso de la civilización, por lo cual pensar que tales derechos están inscriptos en el cosmos es "des-responsabilizante": nos corresponde a nosotros ser intransigentes para mantenerlos.
Flores d’Arcais cierra el libro con un texto de unas 40 páginas titulado "Ateísmo y verdad", dividido en pequeñas secciones donde va desmenuzando el abandono de la pretensión de verdad de la Iglesia Católica en favor de un rol de la fe como consuelo y de la creencia como reguladora de la sociedad. Los viejos argumentos escépticos y ateos contra la existencia de Dios nunca han sido respondidos, dice, y la Iglesia ya no se ocupa de ellos: ha caído en la trampa de buscar el poder mundano, que se alcanza no por medio de la verdad (que la religión evidentemente no puede demostrar) sino por involucramiento en la política y dándole a la sociedad un refugio ante la obvia injusticia de la vida terrenal. Flores d’Arcais llama a la generación actual, que ha perdido la fe, "la sociedad del desencanto". Hemos constatado, dice, que el cosmos no tiene orden moral, que la naturaleza no nos da ningún mensaje, que los responsables de las normas que consideramos sagradas somos nosotros y no Dios. El filósofo exhorta a los creyentes a abandonar la pretensión de verdad, a asumir, como lo llamaba el apóstol Pablo, la "locura" de la fe, rechazar la tentación de imponer esa fe a los demás como si fuera fruto de la razón, y desde allí buscar un terreno común con los ateos, que también debemos aceptar nuestra "locura", la locura de decidir como decisión pura, sin buscar una razón en la naturaleza, en favor de la caridad y del otro.
De cómo llegó a mis manos este libro puedo decir que la historia es curiosa. Los escritos de filósofos no me atraen, menos aún los de teólogos, y confieso que me apunté a Flores d’Arcais por curiosidad debida a la trivialidad de que su nombre es casi idéntico al mío (quitándole el segundo apellido francés). Conseguí el libro prestado sólo por un fin de semana, y estoy escribiendo sobre él una mañana de domingo sólo porque ayer, sábado, estuve en casa convaleciente de una enfermedad, y lo leí completo casi de un tirón durante el día. Hubiera querido tener más tiempo para tomar notas y más paciencia para reseñarlo. Desde luego, me he quedado con mucho para decir y quizá haya entendido o resumido incorrectamente lo que leí.
En todo caso, recomiendo ampliamente este libro, y si alguien más lo ha leído, los aliento a comentar.
De la contratapa de ¿Dios existe?:
Temas tan controvertidos como el conflicto entre fe y razón, los valores comunes entre cristianos y ateos, el aborto, el papado de Juan Pablo II, la caída del comunismo, los derechos humanos, la naturaleza, la solidaridad o la autocrítica de la Iglesia fueron motivo del debate que en 2000 mantuvieron en Roma el entonces cardenal Joseph Ratzinger, hoy Benedicto XVI, y el filósofo ateo Paolo Flores d'Arcais desde posiciones claramente contrapuestas. El núcleo central de este libro -vivo, intenso, vibrante, en el que se habla con claridad y de manera directa de cuestiones de actualidad- es ese diálogo, al que acompaña un texto de cada participante. El de Joseph Ratzinger se centra en la crisis del cristianismo; el de Paolo Flores rebate sus tesis, sostiene la idea de que la Iglesia rechaza el diálogo y destaca las contradicciones en que incurre esta institución.La apertura de Ratzinger se titula "La pretensión de la verdad puesta en duda", y lleva el subtítulo "La crisis del cristianismo en los comienzos del tercer milenio". Trata del relativismo con respecto al conocimiento, del agnosticismo total, del "fin de la metafísica", y de la imposibilidad social de que una religión hoy en día se proclame verdadera. Una vez constatado este hecho innegable, procede a defender la idea de que el cristianismo es de raíz racionalista y que constituyó un triunfo de la desmitologización sobre las religiones antiguas, invenciones ad hoc para explicar aspectos parciales del mundo. Termina, después de grandes devaneos, con una descalificación de la evolución vista como filosofía universal.
El centro del libro es un diálogo/debate moderado por el periodista italiano Gad Lerner, en el teatro Quirino de Roma, ante una audiencia multitudinaria. Allí Ratzinger y Flores d’Arcais se cruzan, a veces algo desordenadamente, pero con amabilidad, en muchos temas. Personalmente me interesó el ida y vuelta de cuestionamientos sobre los derechos humanos y la ley natural. Ratzinger reclama que debe aceptarse una "ley natural" para garantizar la inviolabilidad de ciertos derechos que ninguna consideración humana, incluso si es por mayoría democrática, puede decidir anular, y justifica esto apelando a la supuesta racionalidad inscripta en el ser y en la naturaleza. Flores d’Arcais mantiene que los derechos humanos deberían llamarse "derechos cívicos", puesto que la raza humana sólo los ha considerado suyos, y luego de una larga lucha que todavía no termina, a partir del progreso de la civilización, por lo cual pensar que tales derechos están inscriptos en el cosmos es "des-responsabilizante": nos corresponde a nosotros ser intransigentes para mantenerlos.
Flores d’Arcais cierra el libro con un texto de unas 40 páginas titulado "Ateísmo y verdad", dividido en pequeñas secciones donde va desmenuzando el abandono de la pretensión de verdad de la Iglesia Católica en favor de un rol de la fe como consuelo y de la creencia como reguladora de la sociedad. Los viejos argumentos escépticos y ateos contra la existencia de Dios nunca han sido respondidos, dice, y la Iglesia ya no se ocupa de ellos: ha caído en la trampa de buscar el poder mundano, que se alcanza no por medio de la verdad (que la religión evidentemente no puede demostrar) sino por involucramiento en la política y dándole a la sociedad un refugio ante la obvia injusticia de la vida terrenal. Flores d’Arcais llama a la generación actual, que ha perdido la fe, "la sociedad del desencanto". Hemos constatado, dice, que el cosmos no tiene orden moral, que la naturaleza no nos da ningún mensaje, que los responsables de las normas que consideramos sagradas somos nosotros y no Dios. El filósofo exhorta a los creyentes a abandonar la pretensión de verdad, a asumir, como lo llamaba el apóstol Pablo, la "locura" de la fe, rechazar la tentación de imponer esa fe a los demás como si fuera fruto de la razón, y desde allí buscar un terreno común con los ateos, que también debemos aceptar nuestra "locura", la locura de decidir como decisión pura, sin buscar una razón en la naturaleza, en favor de la caridad y del otro.
De cómo llegó a mis manos este libro puedo decir que la historia es curiosa. Los escritos de filósofos no me atraen, menos aún los de teólogos, y confieso que me apunté a Flores d’Arcais por curiosidad debida a la trivialidad de que su nombre es casi idéntico al mío (quitándole el segundo apellido francés). Conseguí el libro prestado sólo por un fin de semana, y estoy escribiendo sobre él una mañana de domingo sólo porque ayer, sábado, estuve en casa convaleciente de una enfermedad, y lo leí completo casi de un tirón durante el día. Hubiera querido tener más tiempo para tomar notas y más paciencia para reseñarlo. Desde luego, me he quedado con mucho para decir y quizá haya entendido o resumido incorrectamente lo que leí.
En todo caso, recomiendo ampliamente este libro, y si alguien más lo ha leído, los aliento a comentar.
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jueves, 2 de julio de 2009
Si Dios existe, todo está permitido
“Si la existencia de Dios, más allá de su forma judía, cristiana o musulmana, impidiera, por poco que fuera, el odio, la mentira, la violación, el saqueo, la inmoralidad, la malversación, el perjurio, la violencia, el desprecio, la maldad, el crimen, la corrupción, la pillería, el falso testimonio, la depravación, la pedofilia, el infanticidio, la canallada, la perversión, habríamos visto […] a los rabinos, curas, papas, obispos, pastores, imanes, y con ellos a sus fieles […] practicar el bien, sobresalir en la virtud, predicar con el ejemplo y demostrarle al perverso sin Dios que la moralidad se encuentra de su lado: que respetan punto por punto los Diez Mandamientos y obedecen los mandatos de los suras elegidos, y por lo tanto no mienten ni saquean, no roban ni violan, no levantan falsos testimonios ni matan — mucho menos fomentan atentados terroristas contra Manhattan o expediciones punitivas en la franja de Gaza y no ocultan las prácticas de sus curas pedófilos.”— Michel Onfray, Tratado de ateología
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lunes, 8 de junio de 2009
A105: Ateos, al closet
¿Llegó la hora de los no creyentes? Así se pregunta Guillermo Melguizo, funcionario católico y vicerrector del Instituto Teológico para América Latina, en una reflexión para el rebaño sobre la aparición de lo que se ha dado en llamar el Nuevo Ateísmo. Aunque quienes lo publican se ufanan en destacar gravemente su capacidad de autocrítica, el escrito está lleno de la exageración, distorsión y autovictimización que se han hecho típicas en la Iglesia Católica desde que perdió la mayor parte de su poder secular:
¿Es una moda el ateísmo? ¿Importa? Yo pienso que la Iglesia sabe que no es una moda, y ahí radica su preocupación. Las modas son por definición pasajeras, efímeras. Pero la secularización de la sociedad no es una moda, sino que viene avanzando hace tiempo en casi todo el mundo y en América Latina. La secularización debilita a la Iglesia, pero no lleva necesariamente al ateísmo, porque se puede ser creyente devoto en privado, sin necesidad de imponer esa creencia a la sociedad secular.
Por otra parte, a la Iglesia no le preocupa el ateísmo inconfesado de los indiferentes y los apáticos. Le basta con continuar confortablemente enquistada en ciertos puntos estratégicos (escuelas y universidades de prestigio, instituciones con influencia política, los medios conservadores) porque no depende realmente de los aportes de sus fieles. La Iglesia puede funcionar perfectamente en una sociedad donde el 80 o 90% de la población es atea práctica durante casi todo el tiempo, como es el caso de Argentina. El problema, otra vez, son los disidentes activos, los militantes, los que convocan publicidad, los que se quejan, los que desafían.
De todas formas, todos sabemos que no hay "ateos agresivos" suficientemente visibles en América Latina, y que no hay "una campaña ampliamente orquestada, directamente contra Dios y contra la religión". Esta autovictimización sólo funciona con los creyentes, siempre preparados para el papel de mártires, pero no tiene relación con la realidad. Si algo de eso hay, se trata de las evidencias, supongo que muy poco tranquilizadoras para los clérigos, de que el Zeitgeist está cambiando, aunque más no sea porque ahora se permite a los no creyentes criticar la religión, en general, sin temor inmediato a consecuencias legales o a represalias violentas. Generalmente. Y no en todas partes. Y ciertamente no con la misma libertad y facilidad con que se permite a los líderes religiosos proferir todo tipo de expresiones barbáricas en nombre de sus intocables creencias.
Hasta hace muy poco asistíamos al fenómeno de que los ateos agresivos o habían desaparecido, o habían escondido sus armas… [N]o se atacaba directamente a Dios, no se lo negaba, simplemente se prescindía de Él… Pero ahora se está organizando una campaña ampliamente orquestada, directamente contra Dios y contra la religión, cualquiera que ella sea.Al parecer lo ha motivado especialmente la publicación del Manual de Ateología en Colombia, en el que 16 personalidades de diferentes campos confiesan su ateísmo o su agnosticismo. El tratamiento que Melguizo le da es despreciativo:
Ya apareció entre nosotros el "Manual de ateología". Se había demorado. ¿Cómo no vamos a estar a la moda? […] El subtítulo del libro no es menos sugestivo y original: "16 personalidades colombianas explican por qué no creen en Dios". Y al hablar de personalidades, no será mucho decir?. La mayoría de los autores son ilustres desconocidos, y claro que hay tres o cuatro rescatables.Como de costumbre hace su aparición también esa negación del ateísmo que uno sólo puede atribuir a la represión mental para no verse obligado a creer en la mentira burda y deliberada.
Estoy seguro de que muchos no son realmente ateos. Su problema no es con Dios, es contra la o las religiones, particularmente contra la católica. Lo cierto del caso es que estas cruces no siempre son inmerecidas.Al párrafo no lo salva la autocrítica que con él comienza, y que se reduce a una enumeración genérica de las barbaridades que todas las religiones, incluyendo la cristiana, han volcado sobre la raza humana. El texto termina con un codazo dialéctico que rebaja aún más, si es posible, la calidad de quien escribe:
Pero claro que nosotros también podríamos elaborar otra lista, también de "personalidades", tal vez más numerosas y valiosas humana e intelectualmente, que nos podrían decir "por qué sí creen en Dios".¿Importa para el argumento teísmo vs. ateísmo si el creyente es una "personalidad" o no? ¿Qué es esto, un concurso de popularidad? Yo no conozco a ninguno de los colombianos que escribieron el dichoso Manual de Ateología, pero yo no soy colombiano ni frecuento círculos académicos o políticos latinoamericanos. ¿Importa para la difusión del hecho del ateísmo, para la salida del closet del ateísmo, que los no creyentes que exponen sus ideas sean sabios reconocidos o figuras populares? Sólo en lo que se refiere a la publicidad. ¿Importa que los ateos que quieren difundir su visión del mundo sean intelectual o humanamente valorados? Se puede ser ateo y ser un idiota, sin duda, como se puede ser ateo y mala persona, y además un desconocido. Se puede también ser un Premio Nobel o un benefactor de la humanidad y ser ateo. Es más fácil defender (y utilizar publicitariamente) a estos que a aquellos. Ése no es el tema. El tema es el ateísmo público y desvergonzado. Lo que no tolera la Iglesia es la expresión pública y la defensa activa del derecho a no creer y a no verse sujeto a leyes inspiradas por la doctrina religiosa.
¿Es una moda el ateísmo? ¿Importa? Yo pienso que la Iglesia sabe que no es una moda, y ahí radica su preocupación. Las modas son por definición pasajeras, efímeras. Pero la secularización de la sociedad no es una moda, sino que viene avanzando hace tiempo en casi todo el mundo y en América Latina. La secularización debilita a la Iglesia, pero no lleva necesariamente al ateísmo, porque se puede ser creyente devoto en privado, sin necesidad de imponer esa creencia a la sociedad secular.
Por otra parte, a la Iglesia no le preocupa el ateísmo inconfesado de los indiferentes y los apáticos. Le basta con continuar confortablemente enquistada en ciertos puntos estratégicos (escuelas y universidades de prestigio, instituciones con influencia política, los medios conservadores) porque no depende realmente de los aportes de sus fieles. La Iglesia puede funcionar perfectamente en una sociedad donde el 80 o 90% de la población es atea práctica durante casi todo el tiempo, como es el caso de Argentina. El problema, otra vez, son los disidentes activos, los militantes, los que convocan publicidad, los que se quejan, los que desafían.
De todas formas, todos sabemos que no hay "ateos agresivos" suficientemente visibles en América Latina, y que no hay "una campaña ampliamente orquestada, directamente contra Dios y contra la religión". Esta autovictimización sólo funciona con los creyentes, siempre preparados para el papel de mártires, pero no tiene relación con la realidad. Si algo de eso hay, se trata de las evidencias, supongo que muy poco tranquilizadoras para los clérigos, de que el Zeitgeist está cambiando, aunque más no sea porque ahora se permite a los no creyentes criticar la religión, en general, sin temor inmediato a consecuencias legales o a represalias violentas. Generalmente. Y no en todas partes. Y ciertamente no con la misma libertad y facilidad con que se permite a los líderes religiosos proferir todo tipo de expresiones barbáricas en nombre de sus intocables creencias.
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