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sábado, 24 de agosto de 2013

Para no ver el drama del aborto ilegal ni en fotos


La organización anti-derechos ArgentinosAlerta ha convocado para hoy una protesta contra la exposición fotográfica 11 semanas, 23 horas, 59 minutos, que Amnistía Internacional organiza en el Palais de Glace en Buenos Aires como una manera de visibilizar el problema de los abortos ilegales. Lo reporta ACI Prensa, que llama a AI “organización abortista” (ignorando el inmenso trabajo por los derechos humanos que Amnistía realiza) y que a su vez no menciona que ArgentinosAlerta es de hecho y muy obviamente una fachada de la Iglesia Católica, de tinte nacionalista y reaccionario (coloquialmente se diría que son un grupo de fachos, pero este blog es muy serio, ojo).

ACI también hace notar que “el Palais de Glace es un museo que depende de la Secretaría de Cultura de la Nación” y “admitió anteriormente la exposición anti católica de León Ferrari” (aquí se omite nuevamente mencionar el ataque de un grupo de católicos, instigados por el arzobispo de Buenos Aires Jorge Bergoglio, a una exposición de Ferrari, en la que los fanáticos agredieron al público y destruyeron varias obras).

La convocatoria es a llevar “pancartas y cacerolas”. Sería interesante, en vista de que esta gente tiende a ponerse violenta (y más cuando están envalentonados, como ahora, por la reciente apoteosis de uno de los suyos), que hubiese un cordón policial o algún tipo de seguridad especialmente destinada al evento. Bien sabemos que la defensa de la vida de los embriones y los fetos inviables contra la voluntad de sus malvadas madres es una causa que inflama pasiones.

Más seriamente: yo no puedo ir a esta muestra, pero sería bueno que quienes puedan lo hagan, especialmente hoy sábado por la tarde, para mostrar a la falange misógina que se congregará frente al Palais de Glace que son una minoría repudiada por la gente decente y pensante. Sería mucho pedir, supongo, que alguno deje su pancarta o cacerola, entre a ver la muestra y comprenda el mensaje:
Que existan mujeres que mueren o se enferman gravemente por temor a acudir a servicios de salud tras haberse sometido a un aborto en condiciones inseguras y clandestinas obliga a repensar la política que queremos para la Argentina. Las mujeres jamás deben ser sometidas a procesos penales ni obligadas a poner en riesgo su vida o su salud, cuando necesiten interrumpir su embarazo.
Pienso que un motivo profundo de estas protestas organizadas es precisamente la supresión de las ideas (en este caso, traducidas en imágenes) que puedan resultar subversivas para las frágiles creencias de los fanáticos. No es extraño que mucha gente que no sale de un círculo social pequeño y autocomplaciente, como una parroquia o una ONG católica, sólo sepa repetir consignas antiabortistas, ignorando el rostro humano sufriente de las mujeres que abortan en condiciones inseguras porque no les queda otra alternativa. Pero ver ese rostro y esas condiciones hace más difícil seguir repitiendo sin pensar. El primer objetivo de una protesta como ésta es que sus participantes, con su fervor reafirmado y vigilado por sus correligionarios, no cedan a la tentación de entrar y ver. Contra eso no cabe más que mostrarles que la amenaza aparente no es tal, y que sólo sus odios pueden resultar dañados.

viernes, 19 de marzo de 2010

¿Ciencia ficción católica?

El cronista Antonio Gaspari se pregunta en una nota en la agencia católica Zenit si puede existir una ciencia ficción humanista y católica. Como fan de la ciencia ficción, al leer este titular reprimí mi impulso de contestar con un rotundo no y una carcajada a la pregunta, y seguí leyendo, aunque mi primera impresión seguía siendo que, de existir tal cosa, sería la ciencia ficción más aburrida y pueril que pudiera concebirse.

La nota contiene una breve pero alarmante introducción donde el cronista deja implícitamente en claro que, para él, toda producción cultural es propagandista o moralizante incluso si no lo parece; es decir, rebaja al nivel de apología religiosa o de sermón dominical todas las historias de ciencia ficción, juzgándolas por su intención, o por lo que muestran como presunto ejemplo o posibilidad. Luego sigue una entrevista con Antonio Sacco, autor del libro Ficción humanística y fundador de la revista de ciencia ficción católica Future Shock (es aparente que lo que es católico es la revista, no la ciencia ficción de la que habla). Como tanto el libro como el sitio web están en italiano, y de todas formas no tengo el libro, y el sitio además es una pesadilla de diseño kitsch e innavegable, me veo en la obligación de escribir sobre el comentario.

Para hablar con propiedad de este tema tendría que explayarme mucho, mucho más de lo que puedo en un post habitual (cosa que voy a hacer eventualmente). Por lo pronto voy a desmenuzar un poco la nota, que entre ciertas constataciones de hecho revela algunos puntos oscuros.

Dice Sacco:
Es fácil entonces comprender cómo la finalidad primaria de una obra de ciencia ficción sea la de discutir los problemas que resultan del impacto de la ciencia de nuestra sociedad, y de indicar así una posible solución.
Éste es Sacco proyectando su idea de las cosas sobre la realidad, y equivocándose. La ciencia ficción, en tanto literatura, no tiene (no debería tener, en principio) una finalidad exterior a sí misma. Imagino que quienes conozcan de arte, de la historia del arte y de las ideas, tendrán a su disposición variadas teorías y posiciones ideológicas sobre esto, pero a mí me suena llanamente a una equiparación de ciencia ficción con propaganda o con futurología. La ciencia ficción puede ser (no tiene por qué no ser) nihilista, como también puede ser utópica, o puramente especulativa. Considerarla como un mecanismo predictor o una forma de reflexión utilitaria le quita libertad; lo cual parece ser precisamente lo que la ciencia ficción “católica” de Sacco debería ser.

Como ejemplo de ciencia ficción humanista, Sacco menciona
… la novela de Isaac Asimov Lucky Starr y los océanos de Venus (Lucky Starr and the Oceans of Venus, 1954), cuyo protagonista [es] David Lucky Starr, una especie de científico – filósofo, rico en valentía, espíritu de aventura, rectitud moral, de humanidad y de amor por el conocimiento…
La serie de Lucky Starr (escrita, dicho sea de paso, por un ateo) consiste en seis libros de ficción de aventuras para adolescentes y jóvenes. Por mucho que se aprecie a Asimov, quienes lo hemos leído bastante sabemos que sus personajes suelen ser bidimensionales, o cuanto menos privados de esa ambigüedad moral que hace creíbles a los buenos personajes de toda ficción. Los héroes de tiempo completo no son verdaderamente humanos. David Lucky Starr no sólo es valiente y justo; también es casto y asexuado, y algo simplón en su rectitud y ecuanimidad. Que las historias juveniles y sin grandes dilemas de Lucky Starr sean un ejemplo de ficción favorecido por Sacco nos da una gran pista sobre la clase de contenido que su religión favorece.
La ciencia ficción, por su estrecho lazo con la ciencia y por tener la característica de explorar a todo campo el futuro de la humanidad, no podía eximirse de afrontar los temas de naturaleza espiritual y ética religiosa, planteados desde el advenimiento de la ciencia. Se destaca entre todas las teorías del origen del hombre, que la mayor parte de los autores de ciencia ficción, a causa de su formación propositiva, explica recurriendo al darwinismo, una teoría que estudios recientes demuestran privada de fundamento, más allá que la experiencia en el laboratorio.
De la teoría de la evolución hoy sólo se debaten detalles. El uso de la palabra darwinismo delata a Sacco como un negacionista, de los cuales parece haber en la Iglesia Católica muchos más de los que la ambigua adhesión de Juan Pablo II a la teoría evolutiva haría pensar. (Como ya he dicho alguna vez, no es cierto que la Iglesia Católica acepte la evolución. El catolicismo es tan creacionista como cualquier otra secta cristiana, sólo que disimula esa condición pour la galerie. La teología judeocristiana requiere a un Dios Creador que interfiera en la naturaleza humana, y otros puntos de detalle —como el monogenismo— que la ciencia bien puede mostrar como falsos un día de éstos). No hay tales “estudios”, recientes ni de otra clase, que demuestren problemas con la teoría de la evolución a grandes rasgos, o que pongan en duda el hecho de que los humanos somos primates evolucionados de la manera habitual a partir de un tronco común con los chimpancés. Sacco dice que habla de ciencia, pero no sabe nada de ciencia; de lo contrario se daría cuenta de que lo que dice es una estupidez.
Otro tema frecuentemente debatido en la ciencia ficción es la presencia del mal en el mundo, como lo demuestran las novelas Un caso de conciencia (A Case of Conscience, 1963) de James Blish y A Plague of Pythons (1965) de Frederick Pohl.
No me consta que el tema del mal (el mal metafísico/teológico) sea frecuente en la ciencia ficción, pero aceptémoslo. Acabo de leer A Case of Conscience y A Plague of Pythons. Ninguna de los dos habla específicamente del problema del mal, aunque A Case…, a través de un protagonista que es un sacerdote jesuita, introduce un punto teológico como eje. A Plague of Pythons no expresa posiciones religiosas ni dilemas teológicos: trata de un mundo donde se pone a prueba la conocida sentencia de Lord Acton sobre el poder absoluto.

De memoria sólo recuerdo una historia de ciencia ficción donde se trata del mal y del estado edénico en un planeta extraño: el cuento corto Father, de Philip José Farmer, publicado en su colección Strange Relations (1960). Como en la novela de Blish, el protagonista de Father es un sacerdote. Estoy seguro de que hay unos cuantos tratamientos del tema, aunque no tan específicamente como Sacco pretende. Eso no significa que la ciencia ficción tome en serio la doctrina católica; más bien se la utiliza como fuente de dilemas teológicos para los personajes que creen en ella.

Más adelante Sacco alaba a la Iglesia como “maestra de humanidad” y coloca a ciertas obras de ciencia ficción en la posición de afirmaciones intencionalmente apologéticas o blasfemas…
para demostrar y exaltar la racionalidad de la fe cristiana, como el cuento de Anthony Boucher En búsqueda san Aquinio (The Search for St.Aquin, 1951), o para denigrar la figura de su fundador, Jesucristo, como en la novela de Michael Moorcock INRI He aquí el hombre (Behold the Man, 1969).
Sacco parece no haber leído el cuento de Boucher (cuyo nombre correcto es The Quest for St. Aquin, en castellano En busca de San Aquino), donde, lejos de exaltarse la racionalidad de la fe, se revela la misma como una herramienta hipócrita, basada en el engaño, para la continuación de sí misma y de la estructura de poder que ésta sustenta. (Si el lector no piensa leerlo, puedo develar el secreto: el tal San Aquino es un robot; el peregrino que lo busca ocultará ese hecho y dejará que la veneración siga, para bien de la Iglesia.) De Behold the Man he leído la versión corta, que luego Moorcock amplió a novela; es una de tantas exploraciones del mito de Jesús, alucinada pero no menos plausible que la versión oficial (la resurrección de los muertos no es menos fantástica que el viaje en el tiempo), y que sólo puede parecer denigrante a quien considere a Jesús desde la ortodoxia cristiana. (El Jesús histórico es un retardado mental contrahecho; el “verdadero” Jesús es un psiquiatra amateur, masoquista, apasionado por la mística jungiana y con un complejo mesiánico, que viaja a Palestina del siglo I d.C. en una máquina del tiempo que no funciona del todo bien.) 

San Aquino es apenas una comedia de enredos un poco tonta; Behold the Man es profundo, es desgarrador, es ficción de la que mueve al pensamiento. San Aquino —el cuento que gusta a Sacco— es chocante pero no conmueve; el escenario post-apocalíptico y los robots con intelecto humano ya eran tópicos cuando se lo publicó. Behold the Man —el que Sacco denuesta— es uno de esos relatos que uno puede leer sabiendo lo que va a pasar sin que eso lo vuelva predecible.

En la tradición de esta literatura, San Aquino es ciencia ficción “dura”, Behold the Man es “blanda” y algunos quizá ni siquiera lo calificarían de ciencia ficción. Quizá Sacco prefiera más la ficción dura, con su carga cierta de cientismo positivista y de irreligión, que la ficción blanda, que se suele enfocar a lo psicológico y lo sociológico, porque la ficción dura puede ser “corregida” con cambios y reinterpretaciones de sus personajes generalmente planos o cuanto menos poco comprometidos, mientras que en la ficción blanda el foco no está en nuevas y deslumbrantes tecnologías sino en el tumulto al interior de una sociedad o de las mentes de los protagonistas, tumulto del que no suelen emerger santos ni modelos morales. En la saga adolescente de Lucky Starr no se habla de religión, pero el protagonista es un caballero cruzado y sus dudas nunca son existenciales, sino de procedimiento: sabe dónde está el Bien y sólo busca cómo llegar hasta él. En el cuento de Moorcock el protagonista apenas sabe quién es él mismo; sólo desea satisfacer su obsesión mística, y en el proceso (¡horror!) da origen al mito de Jesús.

La pregunta original permanece y es irresoluble, en primer lugar porque es doble: se pregunta por una ciencia ficción “humanista y católica”. ¿No hay un oxímoron allí? Ciertos puntos claves de la doctrina católica resultan incompatibles con lo que se llama tradicionalmente humanismo, y desde luego se oponen completamente al humanismo secular, que es de lo que hablamos generalmente hoy en día cuando decimos “humanismo”. El catolicismo propugna el sufrimiento y la privación como medios de purificación y acercamiento a Dios, mientras el humanismo apunta al gozo intelectual y al gozo sensual moderado por la razón, bebiendo de la fuente del epicureísmo; el catolicismo rechaza la autoría humana y la fuente natural de los sistemas morales y éticos, que el humanismo moderno reconoce y toma como punto de partida para la tolerancia. La moral y la ética cristianas se dirigen hacia afuera y arriba, hacia Dios que vigila para premiar o castigar; la moral humanista se centra en el hombre, y su ética en las relaciones entre los hombres, prescindiendo de referencias externas fijas e inapelables como la deidad.

¿Puede existir una ciencia ficción humanista? Sí. ¿Puede ser católica? Depende de lo que se pretenda. Llamar ciencia ficción católica a una ficción especulativa que no ataque ni ponga en duda los dogmas y doctrinas de la Iglesia parece un enfoque trivial. Quizá el calificativo se debería aplicar a las obras de ficción que tengan como propósito la transmisión de valores específicamente católicos (y no cuasi-universales o generales como la justicia o el amor por la verdad). Este segundo caso es perfectamente factible, pero en él la obra queda a medio camino entre literatura y propaganda.

Por último,  Sacco dice al pasar que “la ciencia ficción escrita está todavía hoy en crisis” en parte “por el hecho de ser homologada tout court como literatura de la transgresión, de la desacralización y del nihilismo.” No sé en qué se basa esta notable afirmación. Es posible que Sacco esté cayendo en su propia trampa al argumentar circularmente que la ciencia ficción es nihilista, excluyendo a la que no lo es. Quizá este término refiere a otras cosas, según el particular léxico católico.

Las obras de Greg Bear como Darwin's Radio (1999) y su secuela Darwin's Children (2003), pueden fácilmente resultar “nihilistas” para un creyente: tratan nada menos que de la maleabilidad biológica y psicológica de nuestra especie, sujeta a los azares de la mutación genética —igual que cualquier otro ser vivo— y de la futilidad de las posiciones esencialistas con respecto a la naturaleza humana. Lo cierto es que Bear no se aparta de los hallazgos científicos actuales, y si su visión del Homo sapiens como expresión de un genotipo salpicado de retazos de virus listos para reactivarse es “desacralizante”, es esa sacralidad la que debe caer, o bien reconstruirse sobre una base más amplia.

En efecto, lo que Sacco parece desear es que la ciencia ficción se adapte al catolicismo, más bien que lo contrario, es decir, que el catolicismo adapte algunas de sus doctrinas a (los nuevos paradigmas reflejados culturalmente por) la ciencia ficción moderna.
Con la idea de una “ciencia ficción humanista” he querido dejar un mensaje según el cual, para salir de la crisis actual, los escritores deben valorar la función más genuina de la ciencia ficción, que permita más construir que demoler, humanizar que envilecer, más a integrar que a dividir. Una ciencia ficción así de intensa me parece que puede tener todas las cartas en regla para poder entrar a hacer parte del proyecto cultural católico.
Naturalmente, uno no espera que la Iglesia cambie según el humor social. Pero el “proyecto cultural católico” está demostrando ser inviable para una gran porción de la sociedad, en todas partes. ¿Qué clase de literatura referida al progreso o a las inquietudes humanas sobre el futuro aceptaría formar parte de un programa que encasilla, reprime o excluye a casi todos los seres humanos de una forma u otra?

Construir más que demoler: desde luego un objetivo loable, pero a veces no se puede construir sin demoler lo previo (por ejemplo, el asunto de la sacralidad de la condición humana como se la entendió hasta ahora). Humanizar más que envilecer: pero ¿quién define lo que es humano y quién señala lo que es vil? Integrar más que dividir: pero ¿bajo qué principios? ¿Y hasta dónde integrar, y hasta dónde se puede integrar sin presionar, sin violar divisiones que existen realmente? Como para Sacco la Iglesia es “maestra de humanidad” —y la única, además— es obvio que un programa así sólo se puede entender como de cooptación de la literatura de ficción a un fin ideológico determinado por el Vaticano. Construir, humanizar e integrar: construir una sociedad donde los parámetros de la condición humana (y por exclusión lo que no pertenece a ella, lo que debe ser forzado a ella o expulsado de ella) sea definida por la Iglesia, cuya doctrina debe gobernar la vida de forma integral. Con matices, este es el “proyecto cultural católico”.

La ciencia ficción ha servido desde sus inicios como una avanzada hacia el futuro imaginado, como una alerta temprana de los temores y una expresión de las esperanzas humanas; también nos ha dado mundos distintos, escenarios en los que nuestras nostalgias y nuestros mitos pueden ser recorridos, re-pensados, destruidos y reconstruidos. Esperemos que siga siendo todo eso, una literatura de exploración como una incierta lámpara en la oscuridad que nos rodea, y que nunca se transforme en la luz fija y cegadora de una ideología cerrada o una religión.

sábado, 24 de octubre de 2009

Carta contra la censura, publicada en La Capital

Mi carta sobre la pretendida censura a León Ferrari fue publicada hoy (sábado 24 de octubre) en la edición impresa de La Capital, como “destacada” (según me cuentan), con el título de "Ofensa" religiosa (comillas en el original). En cuanto consiga el ejemplar en papel lo escanearé y lo pondré aquí como modesto trofeo. Por el momento,  He aquí la captura de pantalla de la edición online:


Y la noticia escaneada de la edición de papel:




Como el diario publicó mi e-mail, esperaba algún mensaje. No fui defraudado: recibí uno de un creyente ofendido (no aquél a quien respondí) que planteaba todo tipo de cuestiones ajenas al tema, como de costumbre (que si Dios existe, que nadie ha podido probar que no existe, que Jesús no es un mito, que el cristianismo es una religión que trae paz y amor...). Si obtengo permiso publicaré ese e-mail y mi respuesta.

En este momento hay cinco comentarios en la versión online. Los dos primeros son algo incoherentes; luego hay uno de un tal gabrielc que por lo que he visto es un habitué del diario, creyente recalcitrante y pedestre, y después un par de lo que parecen ser ateos (el n° 5: “Cristo debe estar revolviendose en su tumba…”).

No estaría mal un poco de ayuda con el puntaje, y linkear la página de la carta desde blogs, Facebook, etc. Se trata a fin de cuentas de un diario de circulación regional considerable. Ejem.

martes, 20 de octubre de 2009

Derecho a censurar

Lo que sigue es una carta que envié al diario La Capital de Rosario en respuesta a la misiva de un ciudadano que quiere censurar la obra de León FerrariLa civilización occidental y cristiana, expuesta actualmente en el Museo Municipal J. B. Castagnino (de Ferrari y la intolerancia ya escribí hace poco). Ignoro si será publicada.
Con referencia a la carta del Sr. Edgardo Glavinich, "Lifschitz, no ofenda a los cristianos", publicada el lunes 19 de octubre, quiero aportar mis ideas.

Primero, el Sr. Glavinich generaliza diciendo que la imagen de Cristo crucificado sobre un avión de combate, de León Ferrari, es "desagradable y repudiable para todo cristiano". Siendo que las guerras han causado la muerte y llevado la miseria a tantas personas (y lo siguen haciendo), no me cabe duda de que esta versión modernizada de Jesús es muy apropiada para representar el sufrimiento de la humanidad, por el que Cristo vino al mundo, según el mito cristiano.

Segundo, desconozco las creencias del Sr. Glavinich, pero entiendo que es un creyente que cree en la laicidad del estado ("siguiendo con los postulados que dictan mis creencias, le solicito al señor intendente que tenga a bien conservar dichas expresiones artísticas en el espacio privado"). Siendo coherente, debería pedir también la abolición de las procesiones, el retiro de las vírgenes y crucifijos que abundan en plazas, hospitales y otros lugares públicos. Estoy seguro de que el Sr. Glavinich no estaría de acuerdo con esto, como tampoco la mayoría de los creyentes de Rosario.

Tercero, el Sr. Glavinich tiene todo derecho a sentirse ofendido, a protestar y a expresarse públicamente en contra de lo que le desagrada, pero no tiene derecho a pedir que se suprima aquello que lo ofende. Tal derecho, si existiera, vaciaría de contenido el "respeto de las diferencias" que él sugiere al intendente. Obligar a alguien a salir de mi vista para existir no es respeto.
La lectura atenta de la carta de Glavinich revela un fondo más profundo que el simple escándalo del creyente devoto ante una imagen no autorizada de su dios. Aquí hay cuestiones políticas claras (el hombre se dirige directamente al intendente Miguel Lifschitz, no a las autoridades del museo ni a la administración municipal en general) y otras más oscuras (su referencia al "enfrentamiento de los ciudadanos" es un tópico de la derecha actual y además remite a cuestiones más antiguas que nos son familiares a los argentinos; es una contrapartida de los pedidos de "reconciliación nacional" de la Iglesia Católica, que se traducen como indulto a los criminales de la dictadura de 1976–1983 que ellos apoyaron).

A estos temas no respondí por razones de brevedad, pero cabe aclarar que el gobierno socialista de Rosario nunca ha tenido enfrentamientos graves con las comunidades religiosas, y de hecho el ex-intendente Hermes Binner (actualmente gobernador de Santa Fe) y el actual, Miguel Lifschitz, nunca han roto con la tradición colonial de acompañar las ceremonias católicas y de dar espacio a la jerarquía eclesiástica en las fiestas cívicas, aun siendo ellos (se presume) no creyentes. No obstante, los creyentes conservadores no perdonan el compromiso de la administración con las políticas de género, de derechos humanos, y de derechos sexuales y reproductivos, que ven como una avanzada del progresismo sobre la represión impuesta por el catolicismo.

martes, 13 de octubre de 2009

León Ferrari y la intolerancia

El nombre del artista plástico León Ferrari suele aparecer unido a esa palabrota, “intolerancia”, de la que se abusa con facilidad. En el caso de Ferrari, no obstante, es difícil decir que no esté bien empleada, por cuanto sus obras han sufrido la intolerancia de los creyentes (católicos, sobre todo) casi en cada ocasión en que han sido expuestas. Resulta desconcertante verla aplicada al mismo Ferrari, como en esta carta de lectores al diario La Capital, aparecida el pasado día 6 de octubre:
León Ferrari, en un diálogo que mantuvo antes de su muestra inaugural en el museo Juan B. Castagnino, declaró: "La religión cristiana es de una intolerancia terrible porque quienes no piensan como los cristianos van a ser castigados con torturas terribles y que Cristo significa la crueldad de la religión". Entiendo que don León quedó anclado en los años 80 con sus ilustraciones del Nunca Más; además del respeto que me merecen sus 89 años de edad.
Quien escribe la carta (un señor de nombre Enzo Diamelio) dice mucho más de lo que dicen sus palabras: su aparatosamente mala redacción apuntaría a que Ferrari es incoherente; su mención del respeto que le merecen sus años implica que es un viejo gagá; su presunción de que Ferrari ha quedado anclado en los 80 lo muestra como perteneciente a esa clase despreciable de creyentes cobardes que miraron para otro lado mientras los militares y la policía torturaban y asesinaban a miles y luego pasaban por la iglesia y salían perdonados del confesionario.

El estilo discursivo y artístico de Ferrari puede ser radical e intolerante, pero esta falta de tolerancia de un hombre que ha visto mucho mal, hacia quienes lo cometieron y lo defienden todavía hoy, no pasa de notas periodísticas y de sus montajes e instalaciones. Sus detractores no han sido tan amables: además de las campañas furibundas pidiendo su censura, en el año 2000 un grupo religioso arrojó granadas lacrimógenas y basura al interior de una galería donde se exponía su muestra Infiernos e idolatrías; en 2002, la municipalidad de Rosario censuró otra muestra de Ferrari para evitar episodios de violencia como los ocurridos tres años antes cuando una fanática religiosa destruyó una obra “obscena”; en 2004, en el Centro Cultural Recoleta, un par de católicos causaron disturbios y derribaron una estatua de Ferrari, y otros fueron detenidos por destruir una instalación artística al grito de “¡Viva Cristo Rey!”.

Mientras transcurrían estos incidentes, Ferrari fue denunciado penalmente por la Mesa Ampliada de Diálogo Argentino (compuesta por representantes de la Iglesia Católica, de las iglesias evangélicas, del judaísmo y del Islam) y por el Centro Islámico, por “discriminación religiosa e incitación al odio religioso”. Todo esto en medio de acusaciones de blasfemia y de ofensa a los sentimientos religiosos del pueblo argentino, dos cosas que (afortunadamente) no son delito ni pueden serlo jamás en una legislación seria, pero que lanzadas al aire por líderes religiosos pueden ciertamente incitar a los violentos.

domingo, 19 de octubre de 2008

Alerta 50: Católico ofendido pide que Jesús y Superman vuelvan al closet

En el Museo Castagnino de la ciudad de Rosario hay una fotografía del artista local Mauro Guzmán que representa a Jesucristo y Superman besándose. A Guillermo Grisolía, un abogado católico de 33 años que vio la obra expuesta, no le gustó, y por lo tanto no quiere que nadie más la vea. La obra, dijo el Secretario de Cultura de la Municipalidad de Rosario, Fernando Farina, no será retirada.

La foto se titula "La historia de amor más grande y más bella y más heroica de todos los tiempos", ganó un premio en la feria ArteBA este año, y muestra a un Cristo con corona de espinas y a un Superman con su traje, uno en brazos del otro y trabados en un beso apasionado. Guzmán (que es Jesús en la foto) dice que sólo quiso mostrar "dos íconos de poder".

Hay que ver cómo ciertos católicos muy devotos, con abundantes recursos económicos y tiempo libre, no se escandalizan ni hacen nada por los pobres que mendigan frente a las iglesias, por la corrupción de los políticos que comparten mesa con los obispos, o por la manera sistemática en que la Iglesia defiende y esconde a los curas abusadores de niños, pero tienen una exquisita sensibilidad a estas estupideces, que (hay que decirlo) el 99% de la gente normal, incluidos creyentes, ve y deja pasar a lo sumo con una sonrisa nerviosa o una mínima indignación, que se guardan (como corresponde) para sí.

Si Guillermo Grisolía no quiere ver esta obra que tanto lo perturba, no tiene más que no ir al museo. Si no quiere que la vean los demás, puede hablarles mal de ella a sus conocidos (aunque esto suele producir el efecto contrario). Puede escribir cartas de lectores en los diarios, o un artículo en un diario que quiera publicarlo, o crear un blog para protestar. Eso es todo. No es delito ofender la sensibilidad religiosa, y nadie tiene derecho a suprimir obras de arte provocativas o chocantes. Yo le recomendaría a este tipo que siga con su vida, que no moleste al prójimo, y que vaya a ver a un psicólogo a ver por qué la visión de dos figuras masculinas mitológicas besándose le produce tal rechazo.

miércoles, 7 de mayo de 2008

León Ferrari expone

Anoche fui a ver una muestra retrospectiva del artista plástico León Ferrari [ver también León Ferrari en Wikipedia]. Era el día de la inauguración y el Museo de Bellas Artes Juan B. Castagnino estaba repleto. Ferrari, que tiene 88 años, estaba enfermo y no pudo asistir.

Ferrari es por sobre todo un polemista. Fieramente antirreligioso, sus exposiciones suelen provocar revuelo entre los hipersensibles fundamentalistas que conforman una mínima parte de los católicos argentinos pero que tienen una voz desproporcionadamente potente dentro de la Iglesia (hace unos años, unos energúmenos rompieron algunas de sus obras en un museo al grito de "Cristo vence").

Ferrari es impiadoso y superficialmente infantil en sus críticas. La más famosa de sus obras y la primera que causó polémica es un Cristo crucificado sobre un modelo de avión caza norteamericano. Otras combinan vírgenes (Marías) y preservativos (condones), o yuxtaponen fotos de obispos y cardenales con imaginería nazi. Digo "superficialmente", no obstante, porque en el fondo hay algo más. Ferrari no es solamente un anticatólico, anticristiano, o un ateo furioso. El hombre sabe de qué está hablando.

Ante un pedido de censura de una de sus obras antibélicas, proferido por un cronista de un diario conservador, Ferrari contestó en una larga carta donde defendía al arte como creador de polémica. Si no causara nada en el que lo viese, dijo, si no tuviera el potencial de ofender, el arte se reduciría a producir "adornos para generales". Y si lo polémico y contestatario no puede ser arte, si va a ser censurado por querer ser arte, entonces, dijo, le quito esa etiqueta y lo llamo de otra forma.

Aquella muestra del año 1965 se llamaba "Civilización Occidental y Cristiana". Ferrari atacaba allí la hipocresía de una cultura que se dice avanzada, iluminada, con valores surgidos de una religión basada en el amor, y que sin embargo es profundamente desigual, injusta por donde se la mire, y adicta a la peor violencia: la guerra, que desde hace medio siglo es de ricos contra pobres, de países poderosos contra países débiles, de generales con tecnología contra campesinos con palos y piedras.

Otra parte de la muestra original de Ferrari consistía en una gallina viva en una jaula, que dejaba caer sus excrementos sobre un cuadro representando una ilustración clásica del infierno, o del Apocalipsis. La Sociedad Protectora de Animales se quejó, como suele suceder, por la presencia de la gallina. Ferrari contestó que en todo caso él podía devolver la gallina a donde la encontró, donde viviría en una jaula mucho más pequeña y a la espera de que algún otro viniera, la comprara y se la llevara para matarla y comérsela, y reprochó a los que, como esta persona de la SPA, protestan contra la exposición pública de las cosas desagradables pero no hacen nada contra la existencia de esas cosas.

Otras obras enfatizan la duplicidad del discurso cristiano, que es el discurso con el que nuestra cultura fue criada, utilizando titulares de L'Osservatore Romano (el órgano de prensa oficial del Vaticano) combinados con los magistrales dibujos de escenas de la Biblia de Doré; por ejemplo, el Papa habla de los niños y la familia, y bajo el titular aparece la ilustración de la escena del Antiguo Testamento donde unos niños son destrozados por unos osos enviados por Jehová por burlarse de un profeta que predicaba por el camino.

La reflexión más profunda de León Ferrari sobre nuestra civilización es la forma en que desde el discurso del cristianismo planteamos la historia como un interludio "entre dos episodios judiciales": el primero, el castigo y expulsión del Paraíso por desobedecer al celoso y arbitrario Dios del Antiguo Testamento; y el segundo, el Juicio Final, donde Dios permitirá horribles sufrimientos a sus hijos, luego Jesús vendrá a salvar a unos pocos, y el resto iremos al infierno para ser, nuevamente, castigados, esta vez por toda la eternidad.

A un lado de esta nota explicatoria, sobre un cuadro clásico que representa este horrendo ciclo, Ferrari pone una jaula con tres pequeños pajaritos, que expresan por él su opinión... cagándose en los mitos judeocristianos.

Creo que merece un aplauso.