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domingo, 16 de noviembre de 2008

Alerta 56: Religiones del mundo, uníos

Los peores violadores del derecho a la libertad de culto organizan una conferencia en las Naciones Unidas para impulsar la armonía y el respeto entre todas las religiones, y el sacerdote que preside la Asamblea General de la ONU se alía con ellos para promover una ley internacional contra la difamación religiosa y la blasfemia. Todo indica que se van a salir con la suya. ¿El mundo está loco o qué? No me digan, ya lo sé.

Para los que no entienden, traduzco de la fuente (los énfasis son míos):
Líderes mundiales congregados en las Naciones Unidas esta semana para una sesión especial de la Asamblea General para el avance del diálogo interreligioso no deberían albergar ilusiones de que sus esfuerzos milagrosamente promuevan el respeto mutuo entre comunidades religiosas o acaben con los abusos contra la libertad religiosa.

El rey Abdullah de Arabia Saudita, que inició la sesión especial de esta semana, está enlistando silenciosamente el apoyo de estos líderes a una ley mundial contra la blasfemia, una campaña que llevan adelante los 56 miembros de la Organización de la Conferencia Islámica y que pone los derechos de las religiones por delante de los derechos individuales.

Si la campaña tiene éxito, los estados que afirmen hablar en nombre de la religión podrán aplastar la libertad religiosa no sólo en su propio país sino también en el extranjero.

La sesión de la ONU está diseñada para dar apoyo a un encuentro de líderes religiosos que se realizó en España el verano pasado, a partir de una idea del rey Abdullah, y que fue organizado por la Liga Musulmana Mundial. El encuentro produjo un documento aconsejando la promoción del "respeto por las religiones, sus lugares de culto y sus símbolos… preservando así de la ridiculización aquello que la gente considera sagrado".

Esto que tan elevado suena en principio es de hecho una vía astutamente codificada para conceder a los líderes religiosos el derecho a criminalizar los discursos y actividades que ellos consideren insultantes a la religión. En vez de promover la armonía, sin embargo, este esfuerzo exacerbará las divisiones e intensificará la represión religiosa.

Tales prohibiciones ya han sido usadas en algunos países para restringuir debates sobre la libertad de los individuos con respecto al estado, para sofocar la crítica hacia figuras o partidos políticos, para acallar el disenso sobre ideas y creencias dominantes, y hasta para incitar y justificar la violencia. Socavan los estándares codificados en la Declaración Universal de los Derechos Humanos, la piedra angular de las Naciones Unidas, al conceder mayores derechos a las religiones que a los individuos, incluyendo a aquellos que eligen no seguir ninguna fe, o a quienes deseen convertirse a otra.

Sobresale otra cruda ironía en la sesión especial de la ONU de esta semana. Arabia Saudita es uno de los peores violadores de la libertad religiosa en el mundo, un hecho reconocido por la administración Bush cuando lo llamó "un país que preocupa especialmente" en el contexto del Acta Internacional sobre la Libertad Religiosa, en 2004. El rey no podría realizar una conferencia de este tipo en su país, donde los clérigos conservadores sin duda eliminarían de la lista de invitados a los judíos israelíes, los seguidores de la fe bahá'i y los ahmadía.
Cuando el monarca vitalicio de una dictadura teocrática que prohíbe y castiga hasta con la muerte la expresión pública de una religión distinta a la suya habla de "respeto y armonía entre religiones", la reacción correcta del resto de los países del mundo sería reírse a carcajadas, darse vueltas y cerrarle la puerta en la cara. Pero en la era de la corrección política, de la dependencia del petróleo y del terror abyecto a ofender a los musulmanes, el rey Abdullah, de Arabia Saudita, es escuchado con atención y aprobación no sólo por los líderes dictatoriales de los otros países islámicos, sino por todos.

No debería llamar la atención, por otra parte, que el diálogo con el Islam esté en la agenda del otro gran monarca absolutista teocrático del mundo, Joseph Ratzinger alias Benedicto XVI. Musulmanes y católicos se han estado haciendo cariños desde hace un tiempo, emergiendo de variados encuentros con un guión unificado donde se proclama que las religiones son todas pacíficas y compatibles entre ellas.

En cuanto a lo otro, resulta que el actual presidente de la Asamblea General de las Naciones Unidas, Miguel d'Escoto Brockmann, es un sacerdote católico nicaragüense. A pesar de haber simpatizado con los postulados eminentemente inclusivos de la teología de la liberación, parece que la intolerancia ha ganado la batalla en su visión del mundo.
"Sí, yo creo que la difamación de la religión debería ser prohibida", dijo en respuesta a una pregunta en una conferencia de prensa destinada a destacar la conferencia interreligiosa en la sede de la ONU. Nadie debería tratar de difamar al Islam o a cualquier otra religión, dijo, añadiendo: "Deberíamos respetar a todas las religiones".
Lo que este buen hombre no entiende es que el respeto no se puede imponer por ley y que en todo caso no corresponde pedirlo para ideas abstractas, sino para personas. La Declaración Universal de los Derechos Humanos habla de libertad individual de culto y de expresión religiosa. Las religiones, como las filosofías o las ideologías, no tienen derechos. Cuando se trata de proteger a una idea, lo que se hace en realidad es darle poder de represión a quienes se titulan voceros de esa idea.

En el caso de las grandes religiones, donde los líderes son típicamente personas con poder político, a quienes nadie ha elegido y que no deben responder a nadie por encima de ellos, la prohibición de insultar o criticar se traduce en prohibición de estar en desacuerdo con los líderes religiosos, y frecuentemente equivale a una prohibición del disenso político. Ya es bastante grave que uno no tenga derecho a blasfemar; pero si "blasfemia" se define como cualquier crítica a un pronunciamiento religioso, esto anula automáticamente el derecho a la libre expresión, especialmente en muchos países donde lo religioso está absolutamente infiltrado en todas las esferas.

Repito lo que he dicho otras veces. No existe ni debe existir jamás un "derecho a no ser ofendido". Ninguna ideología, filosofía, religión u opinión debe ser considerada "sagrada", no importa cuántas personas crean fervorosamente en ella. En el momento en que consentimos en que se obligue a callar a los críticos de nuestras ideas por un principio como éste, nos tendemos una trampa; algún día el péndulo oscilará para otro lado y nos veremos del lado de los oprimidos. Los que tienen poder para imponer qué es correcto decir y qué no lo es siempre decidirán en su propio favor.

A nadie le gusta que se insulten sus ideas, pero nadie ha muerto de ser insultado. Por el contrario, muchos han sufrido o muerto (y siguen haciéndolo) a manos de quienes no toleran que otra gente piense distinto.

domingo, 21 de septiembre de 2008

Sobre fanáticos y moderados (cont.)

Termino con mi pequeño ensayo sobre cómo los elementos moderados de la religión funcionan como sustento y dan legitimidad a los fanáticos.

Decía que los creyentes moderados pueden apoyar implícitamente a los fanáticos por omisión (dejar hacer sin enterarse o sin protestar) o a causa de una identificación con los fanáticos, generalmente alentada por la autovictimización de los mismos.

La respuesta tiene que apuntar a ambas formas de legitimación. Los moderados que se identifican con los radicales en ciertas ocasiones son probablemente una minoría poco informada, aunque visible. Son los que se pliegan a las campañas de indignación y desinformación, los que envían cartas de lectores a los diarios, los que quizá se acerquen a participar de una manifestación. Es difícil convencer a una persona creyente y crédula con un umbral de indignación bajo y mucho tiempo libre de que esta clase de apoyo a los fanáticos no es justificable, pero al menos hay que tratar de que vean las cosas desde un punto de vista distinto y entiendan que hay una gran desproporción entre, por ejemplo, una burla grosera contra el Papa y una paliza propinada al burlón. Por algo la ley, en los países civilizados, permite lo primero y castiga lo segundo.

Contra los moderados que callan la estrategia se presenta más complicada, porque éstos son una mayoría que suele ser completamente ajena a las controversias religiosas a menos que salgan en primera plana de los diarios, y a veces ni siquiera eso. Aquí los medios masivos de comunicación tienen un rol que cumplir, exponiendo los hechos como son y llamando las cosas por su nombre.

Lamentablemente, en estos días el ejercicio del periodismo consiste en simplificar, exagerar y cubrir las cuestiones espinosas con eufemismos, y más aun en la TV, que es el medio más popular. En la TV ya casi no hay periodismo de opinión, ni se contrastan hechos, ni se recurre a los archivos; sólo se proyectan imágenes acompañadas de descripciones obvias, y ocasionalmente se crea una apariencia de debate llamando a las partes en controversia por separado para que digan algo en dos minutos. (Esto dificulta que el público en general debata sobre todos los temas, no sólo los religiosos.) Un debate con un oponente sensato es una buena forma de hacer emerger lo peor de los fanáticos, pero para eso debe haber un foro suficientemente abierto y un moderador que no tenga miedo de, por ejemplo, permitir hablar a un secularista y a un obispo de igual a igual, sin títulos honoríficos ni deferencias especiales.

En último término, los "moderados" deben reconocer que tienen una responsabilidad y que deben protestar en voz alta contra los abusos de los fanáticos de su misma religión. Cuando un fanático viola la ley, el sistema puede actuar; pero para todo lo demás nos queda sólo la presión social. Los elementos radicales de todas las religiones deberían sentir la presión y el cuestionamiento de sus respectivas comunidades. No basta con pronunciamientos a posteriori, ambiguos o matizados, por parte de líderes religiosos que quieren salvar su imagen; las masas de creyentes son las que deben trazar la línea y dejar a los fanáticos afuera.

viernes, 19 de septiembre de 2008

Sobre fanáticos y moderados

—¿Usted… no establece diferencias entre musulmanes radicales y musulmanes moderados?

No. Ésa no es mi tarea, ése es el trabajo de los propios musulmanes. Al final unos apoyan a los otros. Yo no he visto a ningún imam criticar abiertamente la quema de sinagogas o la quema de templos cristianos por parte de los musulmanes radicales.


Entrevista a Christopher Hitchens, revista snc, 12 de agosto de 2006.


Más de una vez, con más de una persona, he discutido corta o largamente sobre el tema de las religiones, de sus interpretaciones liberales y más estrictas, de los moderados y los radicales, de los practicantes pacíficos y los fanáticos violentos. Me resulta difícil dar a entender mi postura, que yo considero sencilla y defendible, de que los moderados de hecho y por omisión sirven de defensa a los fanáticos. Hitchens le añade este toque al tema, un toque magistral en mi opinión.

Quiero pasar por alto algo que yo tiendo a repetir y que otros han afirmado, el que desde un punto de vista lógico el fundamentalista religioso es más "honesto" que el moderado, que suele soslayar los aspectos más desagradables de su propia religión. Los fanáticos (en general) tienen así más sustento doctrinario que los moderados. Pero ése no es el tema de este corto artículo.

Lo que quiero decir aquí tiene que ver con la legitimación real de los fundamentalistas, especialmente los violentos, los que llamamos radicales o fanáticos (podría argumentar que los fundamentalismos, es decir, las interpretaciones estrictas de las tradiciones, escrituras o dogmas religiosos, son siempre violentos en un sentido u otro, pero eso es tema para otro ensayo, y posiblemente para otro autor mejor preparado). Mi postura es que, más allá de lo que digan las palabras del libro sagrado o de la autoridad religiosa oficial, los fanáticos de todas las grandes religiones obtienen sustento y legitimidad de la comunidad de creyentes que los rodea, creyentes que en su gran mayoría se calificarían como buenas personas, moderados, o incluso "liberales".

La forma más directa de legitimación de los radicales por parte de los moderados suele ser por omisión. A los radicales se les permite hablar en nombre de una religión, usar sus símbolos, e incluso dictaminar (más allá de si se los obedece o no) los modos de vida de los demás creyentes. Estos últimos permanecen en silencio, o protestan muy levemente o sólo en privado. En algunos casos (casi todos los países islámicos, por ejemplo) cualquier protesta contra los elementos radicales resulta peligrosa, pero por supuesto eso es precisamente con lo que cuentan los fanáticos. Si una masa crítica de creyentes moderados dejara de tolerar a los radicales violentos y hablara en contra, suprimir su opinión por medio de la violencia sólo sería viable en casos extremos (como la férrea dictadura teocrática de Arabia Saudita).

La resistencia pasiva es una opción. La otra es su contraria. Se cuenta que cuando los nazis tomaron control de Dinamarca durante la Segunda Guerra Mundial ordenaron que los judíos daneses usaran en un lugar visible una estrella de David amarilla para poder identificarlos y apartarlos para ser eliminados. Según esta historia, el rey de Dinamarca proclamó "Yo soy el primer judío de mi país" y al otro día todos los ciudadanos daneses, sin distinción de religión, aparecieron con estrellas de David amarillas cosidas a la ropa. Esto es sólo una leyenda, inspirada en el comportamiento ejemplar que el gobierno y el pueblo de Dinamarca tuvo para con sus ciudadanos judíos, pero tiene su fuerza. Si en verdad son mayoría los moderados y no violentos del Islam, del cristianismo y del judaísmo, y realmente no quieren que los fanáticos hablen por ellos, ¿por qué no hay un movimiento masivo en su contra, por qué cuándo un disidente es atacado, encarcelado o condenado a muerte por blasfemia no aparecen centenares o miles proclamando las mismas críticas, en su defensa?

Cuando Salman Rushdie fue mandado matar por una autoridad religiosa islámica, los musulmanes "moderados" no lo defendieron, aunque todos siguieron proclamando que el Islam es una religión pacífica. Lo mismo cuando las caricaturas de Mahoma causaron varias muertes. Los cristianos, que dicen adorar al mismo Dios que los musulmanes, tampoco hicieron nada; de hecho, varios líderes europeos, incluyendo el monarca vaticano Joseph Ratzinger, disculparon a los fanáticos porque las caricaturas eran "ofensivas", "irresponsables", "una provocación", y "un incentivo al odio". Aparentemente emitir una fatwa homicida no es "incentivo al odio".

En mucha menor escala, cuando ocurrió lo de la hostia secuestrada, el autor del "secuestro" recibió amenazas y por poco debió de dejar sus estudios, y otra persona, por el hecho de burlarse de estos fanáticos y tirar una hostia a la basura en repudio, recibió una inundación de mails con amenazas de muerte, y se inició una campaña para que lo despidieran de la universidad donde trabaja. Incluso unos cuantos ateos y muchos creyentes liberales consideraron que estas dos personas habían cometido una imperdonable ofensa y una provocación (otra vez esas palabritas), y matizaron su repudio a las amenazas con cobardes "peros". Ninguna autoridad religiosa católica salió al cruce de los fanáticos, y los católicos "moderados" que supuestamente son mayoría y que deploran estas cosas permanecieron, como grupo, en total silencio.

Cuando los moderados no acallan a los fanáticos, no queda más que suponer que son cobardes. Cobardes porque tienen miedo de denunciar la barbarie que surge de su propia fe, o cobardes porque quisieran ser ellos los que amenazan y atacan, pero no se animan. En este sentido, llama la atención lo que PZ Myers, el autor de la profanación de la hostia a la que me refería arriba, llama fatwa envy o "envidia de la fatwa", por analogía con el concepto psicoanalítico de la "envidia del pene": cuando un caso como éste trasciende, los católicos hablan de "persecución a la Iglesia", murmuran algo sobre lo cansados que están de "poner la otra mejilla", y luego rencorosamente añaden: "Si esto se lo hubieran hecho a los musulmanes, ya les habrían puesto una bomba". Lo que esto sugiere es algo ambiguo pero sin duda alarmante, especialmente si consideramos que hace apenas unos pocos siglos que las iglesias cristianas dejaron de encarcelar, torturar y matar personas por supuestos crímenes contra la religión.

Las doctrinas que les permitieron justificar estas cosas a los cristianos siguen siendo válidas, en el sentido de que las partes más bárbaras de las Sagradas Escrituras no han sido repudiadas. Basta con que la marea cambie, como si dijéramos, para que las interpretaciones escriturales liberales de hoy den paso a otras más estrictas y mucho más agresivas. En un panel de discusión Hitchens hizo una vez una referencia a La Peste, de Camus, donde la plaga finalmente se termina, pero queda claro que las ratas infectadas por la enfermedad siguen viviendo en las alcantarillas, y la peste eventualmente emergerá de nuevo.

Fundamentalismo deriva de fundamento, que equivale a cimiento, base, sustento (al-Qa'ida significa precisamente "la Base"). El sustento es típicamente una escritura sagrada, sobre la que se funda una tradición religiosa. El fundamentalismo es reaccionario, un "volver a las fuentes", y esas fuentes son justamente las escrituras en su interpretación más estricta. En tanto los fundamentos estén presentes, el edificio de la barbarie puede ser demolido, pero siempre puede ser reconstruido. Cuando los "moderados" evitan criticar los fundamentos de su propia religión, lo que hacen es preservar la base para su uso presente y futuro por parte de los radicales.

La otra forma en la que los creyentes moderados ayudan a los fanáticos es identificándose con ellos por motivos corporativos. Es bien sabido que no hay nada mejor para unir un grupo disperso o insatisfecho con sus autoridades que una amenaza externa. Se han declarado guerras con esa excusa. Una caricatura de Mahoma o una rana de juguete crucificada no hacen daño a nadie, pero si un fanático tiene suficiente acceso a los medios, no le será difícil presentar estas tonterías como ofensas terribles a la fe y llamar a una reacción masiva.

En estos años se ha promovido entre las dos más grandes religiones monoteístas la idea de que su fe está bajo ataque y que la modernidad y el secularismo buscan ridiculizar a las religiones; en este contexto, los fanáticos siempre encontrarán a unos cuantos idiotas útiles dispuestos a gritar por ellos. Cuando las aguas se calman, lo que queda es que hubo un gran tumulto y que muchos creyentes moderados, en su mayoría personas pacíficas, terminaron tan indignados como insatisfechos, mientras que los fanáticos obtuvieron una victoria simbólica y su postura fue reivindicada.

En una próxima entrega escribo sobre la respuesta a los moderados. Continuará...

sábado, 13 de septiembre de 2008

Imagine No Religion, por Richard Dawkins

Lo que sigue es una traducción (apenas libre) de un artículo escrito por Richard Dawkins en abril de 2006; se titula Imagine No Religion, como la canción de John Lennon.

Imagina, cantó John Lennon, un mundo sin religión. Imaginemos [un mundo] sin atacantes suicidas, sin un 11 de Septiembre, sin un 7 de Julio, sin Cruzadas, sin cazas de brujas, sin la Conspiración de la Pólvora, sin disputa sobre Cachemira, sin la partición India/Pakistán, sin guerras palestino-isralíes, sin masacres serbo-croata-musulmanas, sin los "Problemas" en Irlanda del Norte. Imaginemos que no existen talibanes que hacen volar estatuas antiguas, que dan latigazos a las mujeres por mostrar dos centímetros de piel desnuda, o que decapitan públicamente a blasfemos y apóstatas. Imaginemos [un mundo] sin persecuciones a los judíos; de hecho, sin judíos a quienes perseguir, puesto que sin religión hace tiempo que se hubieran fundido por vía de matrimonio con los pueblos que los rodean.

Por supuesto que las matanzas y persecuciones religiosas de hoy no están motivadas por disputas teológicas. Los pistoleros del IRA no matan protestantes (o viceversa) por desacuerdos sobre la transustanciación. El motivo más probable es venganza tribal. Fue uno de "ellos" quien mató a uno de "nosotros". "Ellos" expulsarion a "nuestros" tatarabuelos de nuestras tierras ancestrales. Los resentimientos son económicos y políticos, no religiosos, y las vendettas vienen de largo tiempo atrás.

Pero aunque los desacuerdos tribales en sí no tienen nada que ver con la religión, el hecho mismo de que haya dos tribus tiene todo que ver. Hay indudablemente distinciones tribales de origen genético o lingüístico, pero en Irlanda del Norte, ¿qué es lo que hay, sino religión? Lo mismo se aplica a India y Pakistán, Serbia y Croacia, y variadas regiones de Indonesia y África. La religión es la etiqueta de identidad y hostilidad de grupo más divisiva del mundo. Si un ingeniero social se propusiera crear un sistema para perpetuar las más bárbaras enemistades de hoy, no podría lograr una mejor fórmula que la educación sectaria. Escuelas religiosas que enseñaran cursos comparados de todas las religiones podrían hacer algún bien. Pero la misma razón de las escuelas religiosas es que los niños de "nuestra" tribu deben ser educados en su "propia" religión. Dado que a los niños de la otra tribu les están simultáneamente enseñando la religión rival, junto con (por supuesto) la versión rival de la historia dividida por vendettas, el resultado final es fácil de predecir.

¿Qué puede significar hablar de la religión de un niño? Imaginemos un mundo en el cual fuera normal hablar de un niño keynesiano, un niño hayekiano o un niño marxista. O imaginemos una propuesta para que el gobierno dé fondos a escuelas primarias separadas para niños laboristas, niños del Partido Conservador Tory, niños liberal-demócratas y niños del Monster Raving Loony Party? Todo el mundo concuerda en que los niños pequeños son demasiado jóvenes para saber si son keynesianos o monetaristas, laboristas o Tory; demasiado jóvenes para soportar la carga de tales designaciones. ¿Por qué, entonces, nuestra sociedad entera parece feliz de estamparle a un niño pequeño una etiqueta como católico o protestante, musulmán o judío? ¿No es eso, pensándolo bien, una forma de abuso psicológico infantil?

Presenté una vez este preciso punto de vista en un debate televisado con una vocera de la Iglesia Católica Romana. Se me ha olvidado su nombre, pero era probablemente una especie de consejera de gente en problemas, una incondicional de Thought for the Day. Cuando yo dije que un niño de escuela primaria era demasiado joven para saber si era un niño católico o un niño protestante, ella reaccionó: "¡Venga y hable con algunos de los niños de nuestra escuela católica local! Le puedo asegurar que ellos saben muy bien que son niños católicos." Por supuesto que sí; no tengo más remedio que creerlo. El orgulloso lema de los Jesuitas ("Dame al niño durante sus siete primeros años, y yo te daré el hombre") no es menos siniestro por el hecho de haberse vuelto familiar hasta el punto de convertirse en cliché.

Aun así, puede Ud. preguntar, ¿qué pasa si la religión es verdadera? (¿Qué pasa si mi religión particular es verdadera, debería Ud. decir, porque creencias mutuamente contradictorias no pueden ser todas verdaderas.) Seguro que la indoctrinación sectaria no sería abuso infantil si salvara el alma inmortal del niño, ¿no? A pesar de la complaciente presuntuosidad de esta afirmación, puedo entender que Ud. la adopte si cree sinceramente que tiene la verdad revelada por Dios. Permítame, por lo tanto, ser ambicioso si no es que presuntuoso, e intentar convencerlo a Ud. de que no tiene la verdad. ¡Su confianza en Dios es simplemente incorrecta!

¿Por qué cree Ud. en su Dios? ¿Porque le habla dentro de su cabeza? No me diga que eso es un argumento confiable. Los asesinatos del Destripador de Yorkshire le fueron ordenados por la voz de Jesús percibida en su cabeza. El cerebro humano es un alucinador consumado, y las alucinaciones no son buena base para creencias sobre el mundo real. Quizá Ud. cree en Dios porque la vida le sería intolerable sin él. Ése es un argumento aún más débil. Quizá la vida sea intolerable. ¡Mala suerte! Toda clase de cosas son intolerables, pero eso no las hace falsas. Puede ser intolerable estar muriéndose de hambre, pero uno no puede hacer comestible una roca creyendo, por más apasionada y sinceramente que sea, que la roca está hecha de queso.

De lejos la razón favorita para creer en Dios es el argumento de la improbabilidad. Nuestros ojos y esqueletos, corazones y neuronas, son demasiado improbables para haber surgido por casualidad. Las máquinas hechas por el hombre también son improbables, y son diseñadas por ingenieros para un propósito. Seguramente cualquier tonto puede ver que los riñones y las alas, los oídos y las células sanguíneas, deben estar diseñados para un propósito, por un supremo Ingeniero, ¿no? Bien, quizá cualquier tonto pueda verlo, pero dejemos de jugar a los tontos y crezcamos. Hace 146 años desde que Charles Darwin nos dio lo que es quizá la idea más inteligente que se le ocurriera a una mente humana. Nos demostró que hay un proceso por el cual las fuerzas naturales, sin ninguna planificación previa, pueden generar por pasos lentos y graduales una elegante ilusión de diseño, hasta niveles casi ilimitados de complejidad.

He escrito libros sobre este tema y obviamente no puedo repetir toda la argumentación en un artículo corto. Permítanme ofrecer sólo dos guías para el entendimiento. Primero, la falacia más común sobre la selección natural es que es una teoría de la casualidad. Si la selección natural fuera realmente un proceso casual, es totalmente obvio que no podría explicar la ilusión de diseño. Pero la selección natural, bien entendida, es la antítesis de la casualidad. Segundo, se dice con frecuencia que la selección natural hace innecesario a Dios, pero deja completamente abierta la posibilidad de su existencia. Creo que podemos ir más lejos. El argumento de la improbabilidad, que tradicionalmente se utiliza en favor de Dios, resulta ser, cuando se lo considera con cuidado, el más fuerte argumento en su contra.

La belleza de la evolución darwiniana es que explica lo muy improbable por pasos graduales. Parte de una simplicidad primordial (relativamente fácil de entender) y trepa por escalones plausiblemente bajos hasta entidades complejas que, por procesos no graduales, serían demasiado improbables para ser consideradas. El diseño es una alternativa real, pero sólo si el diseñador es en sí mismo el producto de un proceso de escalamiento tal como la evolución por selección natural, en este planeta o en otro. Podría haber formas de vida extraterrestres tan avanzadas que las adoraríamos como a dioses. Pero ellas también deben ser en última instancia explicadas por un progreso gradual. Dioses existentes ab initio quedan excluidos en virtud del argumento de la improbabilidad, con más seguridad que la aparición espontánea de ojos o de articulaciones del codo.

La fe religiosa no es sólo una gran fuerza para el mal en el mundo. Sus mismos fundamentos son destruidos y negados por la lógica científica. Imaginemos un mundo donde nadie tiene miedo de seguir tales pensamientos, a dondequiera que puedan llevar.
Aquí termina la traducción, que espero no les resulte muy torpe (a veces ciertas referencias son difíciles de transmitir). El artículo no me parece demasiado bien escrito como un todo; va de aquí para allá sin redondear, pero Dawkins se las arregla para introducir y vincular varios asuntos que le interesan, especialmente el del abuso que se le hace a los niños al indoctrinarlos y asignarles una etiqueta étnico-religiosa que los separa de los demás.

El lector pro-religión poco atento podría quejarse de que Dawkins divaga largamente sobre la evolución y la selección natural y que eso no tiene nada que ver con terroristas que estrellan aviones. Pero la línea de argumentación es clara: la teoría de la evolución demolió la última gran razón por la que muchos justificaban creer en Dios; así pues, antes de rendirse ante esta creencia y todo lo que implica, hay que considerar que Dios, como idea para explicar nuestra existencia, ya es innecesario.

viernes, 11 de abril de 2008

Alerta 12: Declaración de Montserrat

Nos cuenta ACI Prensa que en una declaración firmada en el monasterio benedictino de Montserrat (España) "Líderes religiosos y civiles internacionales invitan a no relacionar religión con violencia". Dicha sugerencia está precedida y seguida de las acostumbradas buenas intenciones insustanciales y las referencias sentimentales a los valores supuestamente compartidos por todas las religiones. La idea parece resumirse en que las religiones (sin importar los detalles doctrinarios) hablan de cosas positivas como la fraternidad y la solidaridad, y eso es lo que verdaderamente importa.

Esto viene a cuento porque constituye una de esas tibiezas a las que el multiculturalismo y la postmodernidad nos han acostumbrado, y que se han transformado en obligación social especialmente en Europa. Estas concesiones políticamente correctas terminan enfureciendo tanto a los creyentes fanáticos de una religión como a los que no creemos en ninguna de ellas, porque desde luego, es falso que todas las religiones compartan valores básicos, o bien, las formas en que los expresan son absolutamente incongruentes.

Otro debate pasa por considerar una religión como un conjunto de reglas o normas abstractas, una filosofía que flota impoluta sobre la realidad concreta. Aquí los apologistas de la religión (de la fe religiosa en general) siempre tratan de quedarse con lo mejor. En un caso, lo malo que hagan las personas religiosas se les adscribe a los defectos individuales excluyendo toda influencia de sus creencias, que se suponen siempre "buenas". Por ejemplo, cuando un terrorista musulmán se hace volar en medio de una calle israelí, es porque estaba enfermo de odio o por venganza, no porque haya seguido la doctrina coránica sobre el martirio; ya que "el Islam es una religión de paz". O bien, cuando un sacerdote católico abusa sexualmente o simplemente viola a docenas de niños durante años sin ser castigado, nada tienen que ver el la abstinencia forzosa y la presión para reprimir los impulsos y pensamientos sexuales que le impone la Iglesia, porque "la Iglesia es santa aunque sus miembros sean pecadores". Por el contrario, cuando una persona con conocida pertenencia religiosa, o por motivos que pretenden ser de fe, hace una buena acción, entonces los defensores de la religión salen en hordas a reclamar el mérito.

Así, cuando estos formadores de opinión se salen con la suya, la religión siempre gana: lo bueno es "gracias a", lo malo es "a pesar de". (Esto me recuerda a la adoración que los argentinos profesan por ciertos jugadores de fútbol, a los que se les atribuye el triunfo cuando ocurre, y se les rescata por su esfuerzo cuando el equipo sufre una derrota. Pensándolo bien, el fútbol es la verdadera religión nacional argentina. Pregúntenle a Diego Maradona si no: un ídolo que se creyó tanto esta esquizofrénica admiración, que terminó por caerse muy duro de su pedestal.)

La realidad es que, por mucho que se esfuercen estos líderes religiosos, los que tenemos un cierto nivel de información sabemos hasta qué punto la religión fomenta, justifica, tolera o como mínimo se muestra ambigua ante la terrorífica violencia que vive nuestro mundo todos los días. Fomenta la violencia cuando predica doctrinas que ponen la pertenencia a una comunidad religiosa/étnica por encima de la vida misma; justifica la violencia cuando habla de guerras justas, cuando da la razón a los que responden a la crítica con amenazas de muerte y destrucción; tolera la violencia
cuando calla ante los poderosos que la ordenan; y se muestra ambigua cuando un día habla de paz, amor, reconciliación y fraternidad, y al otro manda a sus ministros a bendecir las armas.

Que no vengan a decir que la religión no se relaciona con la violencia. En el mejor de los casos, es indiferente. En muchos otros, su influencia es determinante y letal.

domingo, 2 de marzo de 2008

Alerta: Introducción

¿Alguna vez te has sentido indignado o furioso por un acto de intolerancia religiosa? ¿No te has quedado nunca sorprendido, perplejo, por la increíble estupidez de ciertas personas que se escudan en su fe? ¿Jamás te ha dado verdadera lástima el desperdicio de vidas y de oportunidades de quienes se encierran en una visión fundamentalista de las cosas? Casi seguro que sí, ¿verdad?

Este blog es para los que están cansados, o alguna vez se han sentido cansados, por esa clase de fe religiosa que provoca rechazos y odios sin sentido, que impulsa a los demás a perder su tiempo, su dinero y hasta su salud persiguiendo quimeras, coleccionando amuletos, o peor, inmiscuyéndose en las vidas de los que no piensan como ellos para obligarlos a seguir sus reglas. Para los que no entienden cómo personas normales, sanas, se vuelven idiotas insensatos cuando algo se cruza con su religión.
La religión es un insulto a la dignidad humana. Con o sin religión siempre habrá buena gente que hace cosas buenas y mala gente que hace cosas malas. Pero hace falta religión para que la buena gente haga cosas malas.
— Steven Weinberg, Premio Nobel de Física 1979
Para los que no me conocen: soy argentino. Vivo en Rosario, una ciudad de un millón de habitantes en el sur de la provincia de Santa Fe, junto al río Paraná, 300 km aguas arriba de Buenos Aires. Desde aquí escribo hace casi dos años un blog en inglés, D for Disorientation, en parte para que nos conozcan en el resto del mundo, en parte para practicar mi segundo idioma.

En D… suelo escribir sobre religión, o más bien, sobre las malas cosas que surgen de la religión en la práctica: fanatismo, intolerancia, y esa omnipresente e indebida interferencia de la religión en las vidas de millones de argentinos. Generalmente lo hago cuando algún escándalo salta a las tapas de los diarios, como cuando Argentina ratificó el Protocolo de la Convención sobre la eliminación de las todas las formas de discriminación de la mujer (CEDAW) y ciertos legisladores ultracatólicos se negaron a votar a favor por ser "abortista". También hay casos más leves, como las expresiones de indignación por alguna muestra de arte o libro o programa de TV, y más ridículos, como la histeria de masas que ocasiona un tronco de árbol que se parece a la Virgen María.

Con este blog, que provisionalmente llamo Alerta Religión, doy un paso más y empiezo a escribir en mi lengua natal de lo que salta a las noticias.

El objetivo es que las noticias que muestran la cara fea de la religión no se pierdan, se exhiban, sean motivo de vergüenza (¡para mostrar la cara bonita de la religión ya hay montada una estructura publicitaria mucho más grande!). No es mi intención atacar a nadie por su fe, pero no voy a privarme de atacar las ideas de la fe y la religión en sí mismas. No veo distinción significativa entre la pseudociencia, la superstición, las ideas místicas individuales y la religión organizada de masas. Todas son en último término dañinas para la mente humana, porque parten de dogmas sin fundamento o de simples falsedades. Y ninguna tiene por qué quedar excluida de la crítica.

Y así concluye este post "número cero". Mañana o pasado, la primera alerta.