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jueves, 19 de julio de 2012

Mercedes Rovira no es anómala

La Universidad de Montevideo (UM) es una institución de altos estudios a la que el estado uruguayo le ha concedido el derecho de emitir títulos profesionales habilitantes, es decir, de llamarse propiamente universidad. La UM es una institución católica que responde a los mandos del Opus Dei y cuyos profesores y directivos —en principio— deben vivir y enseñar lo que el Opus Dei y la Iglesia Católica mandan. Supongo que algunos lectores podrán entender por qué las dos situaciones antedichas son incompatibles entre sí.

Mercedes Rovira fue designada como rectora de la UM y ya antes de asumir cometió un error: habló como devota católica en vez de como una catedrática y dirigente de una institución abierta al público en un país laico.
En una entrevista concedida al semanario Búsqueda (…) el periodista le preguntó sobre cuál sería la decisión de la UM si un docente declara públicamente su homosexualidad como hizo Anderson Cooper, periodista de la CNN.

"Que haya anomalías, las hay. También hay tréboles de cuatro hojas", respondió. Y admitió que la condición de homosexual se tiene en cuenta a la hora de contratar a un profesor.
La agencia católica ACI Prensa se extiende más, como para demostrar su absoluto alineamiento editorial con la visión oficial acerca de las susodichas “anomalías”:
La catedrática señaló que en la universidad "somos bien claros en lo que buscamos. El respeto a la persona no va reñido a que consideramos que la verdad es lo que propone la naturaleza humana. La naturaleza humana somos hombres y mujeres, y la diferenciación de sexos es de la naturaleza, biológica y determinante. (…) Asimismo, ante la pregunta de si la homosexualidad "juega a la hora de designar docentes", Rovira afirmó que "obvio que juega. Porque si estamos diciendo que el docente no solamente tiene que enseñar en el aula, sino que es un referente. (…)".
Los medios católicos suelen aplaudir estas exhibiciones de discriminación y de ignorancia grosera en sus fieles, pero en esta ocasión no pudieron hacerlo demasiado. Rovira se retractó, aunque renunció de todas formas, probablemente al darse cuenta de que ni ella misma se creía sus disculpas. Dijo estar “muy triste con la lamentable interpretación de mis palabras”, entendió que “no fue adecuado hablar de anomalía”, aseguró que en 17 años de entrevistar profesores nunca había insinuado preguntas sobre orientación sexual, y por supuesto, recordó que tiene amigos homosexuales (que vienen a ser la versión católica del amigo judío que cada antisemita tiene a mano para demostrar que no lo es).

Rovira está ahora bajo investigación por sus dichos discriminatorios. El colectivo Ovejas Negras había presentado una denuncia pero la retiró al enterarse de que renunciaba; sin embargo, un fiscal solicitó que se abriera un expediente. Claramente la Dra. Rovira debe tener derecho a decir lo que quiera sobre los homosexuales; pero no puede ser autoridad de selección de personal de una universidad (ni de un almacén, si vamos al caso) si específicamente afirma que discrimina y va a seguir discriminando a los postulantes.

La Asociación Civil 20 de Setiembre solicitó al estado “controlar mejor la aplicación de la laicidad en los centros de estudios confesionales”, lo cual parece algo realmente complicado: más fácil conceptualmente, aunque mucho menos práctico y político, sería dejar de permitir que cualquier culto o secta religiosa con dinero e influencia pueda abrir una casa de estudios con aval estatal. Rovira sí que no es una anomalía: su actitud es la que debe tener cualquier católico que respete la doctrina a la que dice suscribir, y es lógico suponer a priori que todo el personal jerárquico de una universidad católica piensa igual, aunque tenga la precaución de no mencionarlo.

martes, 31 de enero de 2012

Derecho al aborto en Uruguay: otra vez en la lucha

He tenido la suerte de poder tomarme unas cortas vacaciones de verano. Las pasé en Montevideo, Uruguay, donde por pura casualidad me crucé con un recordatorio de la lucha por el derecho al aborto, aunque por el lado de la negativa. Un inmenso cartel en un edificio céntrico proclamaba ABORTO = MUERTE y NO AL ASESINATO, consignas que resumen la posición de la Iglesia Católica y de los sectores políticos conservadores.


El 27 de diciembre de 2011, el Senado uruguayo dio media sanción al proyecto de ley que legaliza el aborto sin restricciones hasta la 12ª semana de gestación. A diferencia de lo que ocurrió en 2008, cuando el entonces presidente Tabaré Vázquez vetó un proyecto similar, el presidente José “Pepe” Mujica ha afirmado que promulgará la ley si la Cámara de Diputados la aprueba. La Iglesia Católica uruguaya está movilizada, como en todas partes, contra el derecho de las mujeres a decidir; también como en otras ocasiones, los obispos han empleado el recurso emotivo de comparar el aborto con la matanza de los Santos Inocentes: el mito de la masacre de niños supuestamente ordenada por el rey Herodes en Belén. No hay el menor indicio de que tal cosa haya ocurrido, pero la verdad histórica jamás ha detenido a ningún líder religioso.

Contra el aborto los voceros de Dios en la Tierra también han esgrimido la idea conspirativa de que hay presiones externas para aprobarlo como sea, que es todo una operación de las multinacionales abortistas y feministas, y que Uruguay “no necesita” el aborto sino “que se haga respetar las leyes que ya existen”: vale decir, que ante una mujer pobre y desesperada que llega a un hospital con un aborto provocado en condiciones inseguras y antisépticas se la trate como a una criminal y se la condene hasta a tres años y medio de cárcel.

miércoles, 14 de diciembre de 2011

Sacerdotes felices


En septiembre salió publicado en Forbes un estudio de la National Opinion Research Center (NORC, Centro Nacional de Investigación de Opinión) de la Universidad de Chicago —luego republicado en medios a nivel mundial— que entre otras cosas comparaba el nivel de satisfacción promedio de personas con distintos empleos, y encontraba que los sacerdotes o párrocos son los más felices (seguidos por bomberos y fisioterapeutas).

Es innecesario decir que los propagandistas religiosos se sintieron muy felices con este hallazgo. La interpretación del estudio sugiere que los trabajos en los que la gente se siente mejor son aquellos que se perciben como más útiles y en los que se puede ayudar a los demás. Si los sacerdotes son felices, debe ser porque saben que están dándole a los demás lo mejor que pueden darle a un ser humano, vale decir, el conocimiento de Dios. Su satisfacción sería entonces una recompensa.

(Supongo que si el estudio hubiera dado un resultado totalmente opuesto, los mismos propagandistas hubieran “explicado” que los sacerdotes son los más infelices porque su trabajo es una importancia gravísima y la responsabilidad de predicar a un mundo egoísta, pecaminoso, alejado de Dios, los agobia, aunque este sufrimiento terrenal desde luego les será devuelto al ciento por uno en beatitud en el cielo.)

En una nota publicada en el diario Cambio, de Salto (Uruguay), el obispo Pablo Galimberti aprovecha el hallazgo del estudio para hablar del fabulado “laicismo”. Dice el obispo que un vecino le contó que en una radio argentina, el periodista de origen uruguayo Víctor Hugo Morales leyó la noticia y luego se manifestó incrédulo, basado en supuestos prejuicios contra el estado sacerdotal (esto no me consta pero es lo que el obispo dice que le contaron). Del rol del sacerdote, Galimberti pasa tan rápida como forzadamente al rol de la religión en la sociedad y de allí a la laicidad del Estado.

Les dejo que lean ustedes mismos los zigzagueantes razonamientos de Galimberti en torno a la “laicidad positiva” de Sarkozy, el papel de la religión en el arte y el estudio del hecho religioso en las escuelas. Está claro que no ha entendido nada o prefiere ignorarlo. La “laicidad positiva” es un oxímoron; un estado es laico en tanto no se involucre con la religión, es decir, ni favorezca ni entorpezca la libertad de culto. Una política estatal positiva hacia la religión no es laicidad sino pluriconfesionalidad. La laicidad no implica el anticlericalismo ni un revisionismo histórico que borre el rol de la religión en el desarrollo de la sociedad. Un estado laico no prohíbe que una iglesia pague por una obra de arte religioso.

Un estado verdaderamente laico tampoco prohíbe a un periodista expresar sus opiniones, fundamentadas o no, sobre la felicidad de los sacerdotes. En Latinoamérica es frecuente, en cambio, que un estado prohíba o censure opiniones o expresiones contrarias a la religión mayoritaria. A la cabeza de los pedidos de censura siempre están obispos y sacerdotes. Quizá una de las razones de su felicidad en el trabajo sea la amplia libertad de la que gozan para decirles a los demás, quieran o no oírlo, cómo deberían comportarse, y las facilidades que el estado les da para obligarnos a esas conductas.

miércoles, 7 de diciembre de 2011

Uruguay: el aborto y los sospechosos de siempre

El Parlamento de Uruguay tendrá ante sí, el año próximo, la tarea de votar un proyecto de despenalización del aborto, síntesis de dos proyectos presentados a principios de 2011 por una senadora y un diputado.

(Si recordamos, hace tres años se había aprobado un proyecto similar, pero el presidente Tabaré Vázquez lo vetó.) Ante la posibilidad de este terrible retroceso en el status tradicional de las mujeres como obedientes incubadoras ambulantes, la Iglesia ya ha comenzado a dar señales de incomodidad y a lanzar advertencias, como la que la semana pasada comunicaron dos miembros laicos de la Conferencia Episcopal Uruguaya a la Comisión de Salud Pública del Senado:
“Ahora le tocó el turno a Uruguay. Lamentablemente este tipo de proyectos no son una iniciativa local de algunos legisladores sino una de las estrategias internacionalmente promovidas por instituciones que pretenden engañar a los pueblos y a los legisladores, y hacerlos aprobar una cosa pensando que aprueban otra.”
El tema del conspiracionismo cristiano no me es ajeno: lo mencioné cuando en octubre de 2010 Héctor Aguer, el arzobispo de La Plata (Argentina), advirtió que “Hay una conspiración tendiente a homogeneizar el pensamiento y la conducta en el mundo entero y esto procede de los centros de poder mundial.” (En este caso se trata de católicos, pero digo “cristiano” porque muchos evangélicos tienen lo suyo.) Lo levemente curioso del caso uruguayo es que la advertencia no proviene un lunático antimodernista, ultraconservador y paranoico antimarxista como Aguer en su papel de defensor de la cultura occidental y cristiana contra la globalización compulsiva impulsada por las Naciones Unidas, sino de personas a primera vista preocupadas por una especie de colonialismo encubierto efectuado a través de un lavado de cerebro a los legisladores pagado por empresas multinacionales basadas en los países centrales. El discurso casi podría venir de una facción particularmente idiota de la izquierda (el de Aguer provendría del extremo opuesto), pero no hay tanta diferencia: donde estos lacayos de los obispos temen que el derecho al aborto logre “debilitar la propia base popular”, Aguer teme por el debilitamiento y degeneración de la Nación. En el fondo todos esos términos significan lo mismo: un pueblo cuyas mujeres pueden decidir sobre su reproducción sin intervención de los hombres y sin referencia a las tradiciones cristianas podría terminar perdiendo el respeto a sus líderes espirituales no electos y progresar. ¡El horror!

Estas ideas alucinadas e insultantes para la inteligencia no merecen más comentario, salvo el que sigue. Tan naturalizada está la presencia de la Iglesia Católica como actor supra-político que a casi nadie se le ocurre bajarla del pedestal y plantearle por qué, si la influencia de las Naciones Unidas o de los programas auspiciados por la Fundación Rockefeller es inadmisible y atenta contra los pueblos de los países en vías de desarrollo, la influencia del Vaticano (el único estado absolutista y teocrático del Primer Mundo) no puede ser considerada igualmente indeseable. A fin de cuentas, ¿qué son los obispos sino agentes de un gobierno extranjero, con políticas en muchos casos diametralmente opuestas a los derechos humanos y al bienestar general tal como lo entendemos hoy, incluso en nuestra pobre y postergada Latinoamérica?

miércoles, 9 de septiembre de 2009

Escuela de discriminación (A138)

Los obispos uruguayos han pedido a las escuelas católicas que no contraten maestros homosexuales o divorciados, por medio de un documento de la Conferencia Episcopal titulado “Criterios orientadores para la pastoral educativa en Uruguay”. O al menos, eso ha interpretado la Asociación Uruguaya de Educación Católica (Audec), cuyo presidente ha dicho que “No sería saludable y además no es lo que los padres buscan” el tener a esta clase de parias personas al frente de una clase.
El presidente de la Conferencia Episcopal, Carlos Colazzi, apuntó que el documento no hace mención específica a la homosexualidad, si bien en ningún momento corrigió la interpretación hecha por la Audec y aclaró que los colegios tienen que hacer las contrataciones convenientes dentro de su dimensión evangelizadora.
No he podido acceder en ninguna parte a los susodichos criterios orientadores, por lo cual deberé confiar en la palabra de los obispos.

Como en otros casos similares, lejos de mí estaría pedir un cambio de políticas a las escuelas católicas. En virtud de las leyes que permiten la creación de escuelas privadas confesionales, y sobre todo, del trasfondo cultural que sustenta su existencia, esta discriminación no me parece incorrecta. Vale decir, una sociedad que acepta la existencia de instituciones donde un dogma religioso tiene precedencia sobre las normas éticas comunes (tales como la tolerancia de la diversidad), y que acepta además que existe un derecho a pagarle a los maestros para que no expongan a sus alumnos a visiones del mundo diferentes a las preferidas por los padres, no puede negarse por principio a la discriminación por orientación sexual o por condición civil. Una sociedad que no se rebela ante la existencia de escuelas privadas confesionales no puede quejarse por las reglas absurdas y arbitrarias que esas instituciones impongan.

Pienso que toda educación debería ser pública, gratuita y laica. Aquí reconozco que no estoy siendo pragmático, que estoy siendo extremo e idealista. Pero es que no veo otra forma. Si uno acepta que la Iglesia Católica (o quien sea) tiene una moral superior que enseñar, esa moral no tiene por qué respetar mi sentido de justicia meramente humano. Si deseo un trato justo, según mis parámetros, para todos los que la Iglesia discrimina, entonces debo quitarle a la Iglesia la posibilidad de sustraerse a esos parámetros. No hay una solución de compromiso aceptable.

Como ejercicio especulativo, me gustaría saber hasta dónde se pueden llevar estos criterios. Los homosexuales y los divorciados son blancos notorios de la discriminación eclesiástica, pero ¿y los maestros que usan preservativos regularmente? ¿Y las maestras que toman anticonceptivos orales? ¿Y los que están en pareja y no están casados? Todos ellos están en pecado mortal y recurrente. Los maestros que no van a misa todos los domingos, igual; ¿se les tomará asistencia en las parroquias?

Y lo más importante: ¿cuántos maestros y profesores verdaderamente católicos quedarán en las escuelas cuando termine la limpieza moral de los obispos?

Si todo esto parece un poco ridículo, recordemos que existe porque le hemos dado a una institución medieval un sitio de privilegio como custodio de la moral pública. Es ridículo porque la mayoría de nosotros sabemos que todas esas personas que la Iglesia Católica ha designado como inmorales, pecadoras contumaces, apartadas del Bien, son en su mayoría gente común y corriente, con las mismas fallas que cualquiera... y sin embargo seguimos tolerando que los príncipes mitrados hablen como desde un pedestal.

martes, 25 de agosto de 2009

Adopción para parejas homosexuales en Uruguay (A133)

El arzobispo de Montevideo, Nicolás Cotugno, está preocupado porque un proyecto de ley a punto de ser aprobado en Uruguay permitiría la adopción de niños por parte de parejas homosexuales.
El tema de la adopción de niños por parte de uniones homosexuales no es un tema de religión, de filosofía o de sociología. Es algo que refiere esencialmente al respeto de la misma naturaleza humana. Aceptar la adopción de niños por parejas homosexuales es ir contra la misma naturaleza humana, y consiguientemente es ir contra los derechos fundamentales del ser humano en cuanto persona.
Como de costumbre, cualquier intento de conceder a los homosexuales y otras minorías despreciadas por la Iglesia los derechos que tenemos los demás es rechazado con el argumento de que “hay que pensar en los niños” y con esa pseudo-antropología que se resume en “hombre tiene pene, mujer tiene vagina, hombre sólo va con mujer, amén”.

Como ya explicamos en otra ocasión, para el catolicismo la “naturaleza humana” es algo distinto a lo que la mayoría de nosotros, gente más o menos pensante, creemos que es. La naturaleza humana es definida por los criterios antiquísimos de filósofos muertos hace milenios, más las contribuciones hechas a esa tradición por los jerarcas eclesiásticos y sus escribas desde la Edad Media a esta parte; todo eso se consagra como doctrina invariable y como Verdad (con mayúsculas), y ahí termina la posibilidad de discusión. Cotugno lo dice claramente: la Verdad que él defiende no tiene punto de contacto con la religión (entendida como actividad humana, libre), con la filosofía (que es sobre todo reflexión y búsqueda, no fijación de verdades), ni con la sociología (que es ciencia, autocrítica y en busca de la objetividad). La realidad está excluida.

De más está decir que los formadores de esta Verdad católica son y han sido siempre hombres, heterosexuales (u homosexuales severamente reprimidos), machistas, misóginos, y con criterios que, de no verse legitimados por el título de filósofos o santificados por su pertenencia a una religión popular, consideraríamos absolutamente bárbaros y atrasados. Si los filósofos que alimentaron al cristianismo fueran los dictadores de nuestra sociedad, la esclavitud estaría permitida; nobles y plebeyos estarían separados por ley; las mujeres vivirían segregadas de los hombres; no tendríamos gobiernos democráticos, ni igualdad de sexos, ni libertad religiosa o de conciencia, ni ninguno de los derechos de que hoy disfrutamos (hasta cierto punto) en Occidente.

Poco puede decirse que no haya dicho ya, salvo algo que Cotugno mismo nos señala:
En definitiva, los niños no pueden ser utilizados como instrumento para la reivindicación de derechos de unas personas, de un grupo; ni la adopción es una institución que pueda regirse por criterios de conveniencia política.
Habla el representante de una institución que, con el pretexto de proteger a los niños y a la familia, los utiliza en campañas políticas muy sucias, plagadas de prejuicios y de desinformación, para mantener un statu quo injusto.

Otra vez mis felicitaciones a los uruguayos, los más laicos de América, que hace poco concedieron a todas las parejas la posibilidad de la unión civil y comenzaron a legislar el uso de células madre embrionarias, todo ello contra la oposición de una Iglesia retardataria y (esperemos) en retirada.

sábado, 25 de julio de 2009

A124: Células madre embrionarias en Uruguay: ciencia vs. religión

Un proyecto de ley para regular la donación, preservación y utilización de tejidos humanos, incluyendo células madre, fue aprobado por unanimidad por el Senado de Uruguay, y debe pasar por el mismo trámite en la Cámara de Diputados. Como era de esperarse, la Iglesia Católica se opone, llamando al uso de células madre embrionarias "un atentado a la vida". En esto la postura de la institución contra el avance científico ha sido coherente a lo largo de los años: incluso antes de conocerse los "riesgos morales" de este campo relativamente nuevo de la ciencia con precisión, ya estaban condenando esta técnica, que podría llevar alivio y curación a millones de personas si se le permitiera desarrollarse.

Según el Instituto Arquidiocesano de Bioética "Juan Pablo II", que responde a la Arquidiócesis de Montevideo, el proyecto de ley es "un nuevo y grave atentado a la dignidad humana". La frasecita sobre la dignidad se les cae de la boca con gran facilidad a los activistas católicos, lo cual hace sospechar que no es mucho más que un slogan. Ocurre que los "nuevos" supuestos atentados contra la dignidad humana les preocupan mucho más que los viejos (y mucho más terribles) conocidos: la pobreza con la que conviven felizmente los sacerdotes mantenidos por su comunidad, la marginalidad y la desigualdad social que dejan ignorar a sus feligreses de clase media a cambio de limosnas y rosarios, la corrupción de los políticos que comparten mesas y podios con los obispos...


Embrión humano concebido in vitro, 3 días después de la concepción, momento usual para la transferencia al útero.
De nada sirve argumentar que un embrión no es un ser humano sino sólo una masa de células indiferenciadas con ADN humano, ya que cuando uno tiene la Verdad de su lado, ninguna argumentación (biológica, filosófica, ética o moral) tiene sentido. Según estos iluminados creyentes, en algún momento de la fusión entre óvulo y espermatozoide, una entidad sobrenatural invisible crea e inserta un espíritu (también invisible e indetectable) en la nueva célula, y eso basta para que tenga tanta humanidad como el lector, como yo o como Benedicto XVI, hasta el punto en que sacrificar esa entidad microscópica para salvar a un ser humano adulto o a un niño de la diabetes o de un cáncer es asesinato y un "atentado a la dignidad humana". Es duro, pero cuando uno sabe que tiene la Verdad Absoluta y al mismísimo Creador del Universo de su lado, no puede transigir, sin importar cuántos tengan que morir, ¿no?

Espero que Uruguay, que en otros aspectos ha sido y sigue siendo el país más laico y progresista de este pobre subcontinente nuestro, le muestre a la Iglesia que sus leyes van a discutirse y definirse en términos objetivos, y no en base a mitologías y caprichos.


(Invito a los lectores a leer sobre células madre en Internet. La Wikipedia es un buen comienzo, no porque sea siempre factualmente correcta, sino porque suele serlo en un panorama general, y contiene enlaces a documentos donde se pueden ahondar detalles. La investigación con células madre es un campo relativamente nuevo en la ciencia, y ahora mismo se están produciendo progresos. Este blog no adopta la posición de que la destrucción de embriones humanos sea deseable o la mejor forma de obtener células madre. Quizá dentro de una década veamos esta técnica como burda y problemática, y tendremos a nuestra disposición una mejor, que no ocasione debates dilatorios con los fanáticos religiosos. Lo último que queremos es perder el tiempo mientras muere gente.)

lunes, 3 de noviembre de 2008

Alerta 54: Excomunión: una idea para la Iglesia

Una nota en El País, de Montevideo, advierte que la Iglesia podría excomulgar a los legisladores que voten sí a la ley de despenalización del aborto, que está en la Cámara de Diputados y de donde saldrá casi con seguridad aprobada mañana, aunque el presidente Tabaré Vázquez ha dicho que la vetaría.

El arzobispo de Montevideo, Nicolás Cotugno, aclara que la excomunión de los diputados que voten afirmativamente será latae sententiae, automática e ipso facto: por su sola acción ya son separados de la Iglesia y no pueden recibir los sacramentos (ni siquiera la confesión) hasta que un clérigo autorizado levante la pena. Él apoyaría además una condena explícita, la excomunión canónica, que implica algo semejante a un juicio.

¿Qué quieren que les diga? Me parece muy bien. La Iglesia tendría que explicitar estas cosas más claramente, y aplicarlas con firmeza. Nuestra Santa Madre debería excomulgar, o al menos negarles la Eucaristía, a quienes cometen regularmente, con conocimiento y con toda alevosía, pecados mortales, o que por sus ideas se ponen tenazmente en contra de la doctrina. Bastaría con dedicarle un minuto o dos durante la misa a un mensaje grabado por el sacerdote, algo así:

No son bienvenidos a recibir la Eucaristía, y deben quedarse en sus asientos en silencio humilde, las siguientes personas:
  • Todos los que usen regularmente preservativo en sus relaciones sexuales.
  • Todas las que tomen anticonceptivos o utilicen DIU, diafragma, etc.
  • Todos y todas los que practiquen sexo de manera distinta al coito vaginal.
  • Todos los que defiendan vehementemente la idea de que los homosexuales no son perversos y anormales.
  • Todos los que se masturben regularmente, aunque se confiesen después, porque la idea es que dejen de hacerlo alguna vez.
  • Todos los que hagan cosas sexuales de cualquier tipo excepto con el propósito de propagar la especie y en el seno del sagrado matrimonio.
  • Todos los que regularmente profesen creer en la reencarnación, el espiritismo, la astrología, la medicina tradicional china, el reiki o los chakras.
  • Todos los que duden seriamente de que el Papa es infalible a voluntad.
  • Todos los que hayan disfrutado con o recomendado libros o películas anticatólicos, desde La última tentación de Cristo a los de Harry Potter.
Repetimos: en nombre de la Santa Iglesia se les conmina a estos pecadores a arrepentirse y cesar en sus ideas y acciones desencaminadas, o de lo contrario, abstenerse de participar de la Eucaristía y los demás sacramentos. Ustedes tienen el alma sucia. Avergüéncense, humíllense e imploren perdón. En el nombre de Jesucristo, Nuestro Señor, amén.
Eso pondría a su lugar a los pecadores, ¿no? La bolsa de las limosnas adelgazaría bastante, pero ya dice San Pablo que no hay que aceptar el dinero de los paganos. ¿Por qué será que la Iglesia no dice claramente que ciertas personas no pueden entrar como si nada a misa? Debe ser esa famosa caridad cristiana que los apóstatas no entendemos.