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miércoles, 2 de octubre de 2013

Sacerdotes, hombres de esta cultura


En otro post comenté la falaz justificación de los abusos sexuales del clero católico como fruto del “clima de corrupción sexual” fomentado por los “promotores del libertinaje”, a la que recurrió Martín Santiváñez Vivanco, miembro de la criptocatólica Fundación Maiestas.

Para no alargar el tema me limité a explicar por qué esta excusa es vergonzosa y ridícula, sin mencionar que la misma no es nueva ni invención de este pobre vocero de la Iglesia. En efecto, hace tres años, en un momento de recrudecimiento del escándalo, los jerarcas se pusieron en fila para ofrecer esta explicación.

Probablemente azuzado por sus patrones, se hizo eco de estas ideas un anónimo comentarista de La Gaceta de Intereconomía, que descubrió que la culpa de las ganas de los sacerdotes de violar niños la tiene la izquierda freudiana, los verdes y Mayo del ’68.

No mucho después repetía la misma tontería la Conferencia Episcopal de Estados Unidos, basándose en un estudio encargado por ellos mismos, que les costó 1,8 millones de dólares y que dio resultados que no les gustaron mucho y prefirieron citar haciéndolos decir exactamente lo opuesto.

El asunto venía de antes, claro está: ya en 2002 lo explicó en estos términos (¡se ve que no hacía faltar encargar un estudio para saberlo!) el cardenal Darío Castrillón Hoyos, prefecto de la Congregación para el Clero, cuando la olla ya se había destapado pero aún no habíamos vislumbrado la terrible podredumbre en el fondo:
En el clima de pansexualismo y libertinaje sexual que se ha creado en el mundo, algunos sacerdotes, también hombres de esta cultura, han cometido el delito gravísimo de abuso sexual.
Llamativamente, parece que los católicos descubrieron que había una “epidemia global de pederastia” (causada por nuestro libertinaje sexual) más o menos en esa época, la misma en que nosotros descubrimos que había una epidemia de abusos sexuales del clero católico que había sido sistemáticamente ocultada por la jerarquía eclesiástica. Ésa fue también la época (principios del siglo XXI) en que la exposición mediática echó a rodar el proceso global de repudio y protesta que animaría a cientos de víctimas a acusar a la Iglesia, luego de años o décadas de sufrir en silencio.

La Iglesia Católica dice estar en contra del relativismo moral, que nos lleva a juzgar hechos del pasado o de otras culturas con estándares distintos a los actuales de nuestra propia sociedad. ¿No es hipócrita que expliquen, entonces, el comportamiento criminal de sus sacerdotes con la excusa de que sólo eran “hombres de esta cultura”? Mejor sería que alguna vez asuman la responsabilidad de vivir según su moral autoimpuesta e inflexible, que no da lugar a excusas patéticas como ésa, o de dejar de predicarla e imponerla al resto de nosotros y entregar a “sus” criminales a la justicia sin más dilaciones.

jueves, 21 de febrero de 2013

Falacias sobre la laicidad

Leo en InfoCatólica un artículo del sacerdote Pedro Trevijano Etcheverria que resulta destacable por su densidad de falacias y falsedades, incluso para un texto escrito por un engañabobos profesional. Es una de esas notas de donde brota fingida indignación, montada por gente que se llena la boca hablando de democracia y libertad pero que estaría (¡y ha estado!) perfectamente cómoda en la peor clase de dictadura.


Comienza mencionando a la asociación laicista Europa Laica, de la cual cita cinco demandas o peticiones bastante razonables apuntadas a la separación entre iglesia y estado. Trevijano defiende todas las cosas a las que se opone Europa Laica, incluyendo el adoctrinamiento religioso en las escuelas financiado con dinero del estado, al que otros parásitos como él simulan, al menos, oponerse (bien que sin hacer nada por que se derogue). Sus razones son primordialmente de leguleyo: que no se puede cambiar esto o lo otro porque hay una ley que lo exige o porque está en la Constitución; como si ignorase que las leyes y la Constitución de España (igual que las de la mayoría de sus ex-colonias) fueron redactadas por legisladores que eran o bien fanáticos religiosos, o bien a sueldo del Vaticano, o como mínimo presionados por la Iglesia Católica.

La primera de las peticiones laicistas es la derogación de los acuerdos entre el estado español y la Santa Sede. Estos acuerdos son pactos internacionales y romperlos unilateralmente pondría a los españoles “a la altura de la señora Kirchner”, a decir del “padre” Trevijano. La alusión argentina es impertinente, no porque la presidenta Cristina Fernández de Kirchner sea incapaz de romper leyes y contratos, sino porque CFK se ha cuidado muy bien de enemistarse con la Iglesia y tiene una excelente relación formal con sus jerarcas*; los privilegios que vergonzosamente el estado argentino otorga a la Iglesia Católica, concedidos en tiempos de dictadura y mantenidos por los gobiernos democráticos, kirchneristas incluidos, están totalmente a salvo, tanto como lo están en España bajo el gobierno del Partido Popular y antes del PSOE. Un pacto es la manifestación de un acuerdo o coincidencia; si las ideas ya no coinciden y el acuerdo se rompe, el pacto puede y debe deshacerse. Ninguna ley es inamovible.
* Ante los previsibles comentarios en relación al apoyo kirchnerista al matrimonio entre parejas del mismo sexo, me gustaría recordar que ni ese asunto ni otros de ese calibre han minado de forma visible la relación iglesia-estado en Argentina, que continúa bien aceitada. Las disputas siempre han sido confrontaciones de poder entre kirchnerismo y cúpula eclesiástica, y no han conformado una avanzada laicista. 
A Trevijano le llama la atención que Europa Laica afirme que “el laicismo [es] condición indispensable de cualquier verdadero sistema democrático” y concluye de esto que los laicistas excluyen del sistema democrático a los no-laicistas, transformándose así en un movimiento totalitario. La falacia está bien a la vista, pero recordemos que Trevijano cree que tres personas son una y que las mujeres pueden ser preñadas por Dios, así que su raciocinio está un poco nublado. El laicismo no demanda que todo el mundo sea laicista. En un estado laico se puede tener cualquier religión y creer que es la única verdadera y profesarlo; lo que no se puede hacer es obligar a otros a profesar esa misma religión, ni exigir de los contribuyentes que paguen por la difusión de esa religión. En otras palabras, uno tiene derecho a gritar, pero no a pedir que los demás lo escuchen o que el gobierno le compre un megáfono.

La desfachatez no termina.
El laicismo se basa en la creencia en la no existencia de Dios, lo que supone la no aceptación de la Verdad absoluta, porque al no existir Dios, la Verdad absoluta no existe o es inalcanzable, por lo menos a nivel objetivo.
Esto es aproximadamente igual que decir que la aeronáutica se basa en la creencia en la no existencia de Dios (¿por qué no decir “ateísmo” y listo? Debe ser para remarcar esa idea tan estúpida como extendida de que el ateísmo es una creencia…). Nada en la aeronáutica hace referencia a Dios. Un teólogo podría decir que Dios está en la aeronáutica porque es ciencia y creatividad humana y tanto el conocimiento como la facultad de crear vienen de Dios; fuera de esas vaguedades forzadas, creería que es bastante correcto decir que a nadie dedicado a la aeronáutica le importa la existencia de Dios en ese ámbito. Lo mismo con cualquier ciencia o disciplina fuera del sacerdocio o la teología o el arte sacro, probablemente.

El laicismo se basa en la idea de que es un derecho humano creer cualquier cosa, y que también es un derecho practicar cualquier religión, en tanto esto no infrinja los derechos de los demás y no ocasione daños a terceros. Si hay una creencia implícita aquí, es que los asuntos de una sociedad potencialmente diversa, con individuos autónomos, no pueden ser reglamentados en base a una doctrina religiosa, aun cuando se deje espacio a la reglamentación voluntaria de las vidas de los individuos en base a una fe religiosa dada. Para el creyente devoto y para el jerarca interesado en mantener poder y prestigio social, esto toma un aspecto amenazante porque el laicismo se transforma en una afirmación sobre su fe: los laicistas le estamos diciendo al creyente, al cura, al obispo, que hay límites que su dios no tiene permitido cruzar. Estamos negando la esencia de la religión organizada, que es la de mantener una hegemonía completa sobre los pensamientos y las acciones de la sociedad completa, de buen grado o por la fuerza. El catolicismo bien entendido es integrista, totalitario, al igual que el islam: sus doctrinas no permiten —de hecho explícitamente prohíben— la separación entre la esfera privada y la pública. No se puede dejar la fe en casa cuando uno sale a la calle o cuando se sienta en un escaño de legislador.

Trevijano concluye celebrando que al menos todavía haya elecciones libres, para que el totalitarismo laicista no pueda imponerse del todo. ¡Valientes palabras! El catolicismo español y latinoamericano nunca floreció tanto como bajo monarquías y dictaduras. Su adaptación a la democracia fue tardía, forzada, incómoda y visiblemente incompleta. ¡Pero que celebre el buen señor cura! Es el estado laico el que le garantiza a sus fieles libertad para creer las tonterías que dice y para ir a llenar su canasta de limosnas.

miércoles, 9 de enero de 2013

El privilegio de no tener que decir la verdad

Vía Jerry Coyne (de Why Evolution Is True), una cita del libro The Faith of a Heretic de Walter Kaufmann sobre la hipocresía y el privilegio de teólogos y predicadores:
“La religión es un campo tan privilegiado como la política o la publicidad. Se considera ampliamente que requiere tacto y no verdad. Se considera perfectamente correcto que los hombres de hábito o sotana se dediquen a simular que creen lo que realmente no creen; que den la impresión, hablando desde el púlpito, de que están convencidos de cosas que cuando hablan con filósofos son rápidos para negar que dijeron; que finjan completa seguridad sobre asuntos que en privado los perturban y les causan dudas incesantes. Uno ni siquiera reclama que un predicador sea al menos honesto consigo mismo y sepa precisamente qué cree y qué no, qué quiere decir y qué no quiere decir, qué cosas sabe con certidumbre y cuáles considera probables o meramente posibles. Uno no le exige nada tan estricto… ni se lo exige a uno mismo.”

lunes, 10 de septiembre de 2012

Circuncisión a debate (parte 4)

Hace un tiempo hablé del debate sobre la moralidad y legalidad de la circuncisión infantil. Un tribunal alemán recientemente prohibió la circuncisión infantil; a los que defienden la idea de que la circuncisión se hace por motivos higiénicos o de salud, le opuse la clarísima exposición de los motivos (originales) de la circuncisión según el rabino Maimónides; y finalmente traduje y comenté una diatriba del judío étnico y sacerdote anglicano Giles Fraser contra la crítica liberal de la circuncisión no consentida. Fraser no puede dejar de hablar del tema, aparentemente, porque luego de profesar su preferencia por la comunidad por sobre el individuo y declararse defensor de la imposición de valores y de pertenencia étnica literalmente a punta de cuchillo, escribe ahora un artículo aún más claramente antiliberal. A diferencia del anterior, con el que uno podía coincidir o discrepar según su ideología, en éste Fraser propone una analogía que hace objetivamente ridículo su argumento. El título ya es una declaración de guerra: Dígale hola a la retorcida ideología de la elección. Lo que sigue es un recorte:
Hace poco defendí la circuncisión en The Guardian y me inundaron de cartas diciéndome que era un abusador de niños y que la circuncisión masculina es como la mutilación genital femenina. Pero en general todos los argumentos hablaban de la elección.

Aparentemente sólo la posibilidad de elección hace correcto algo.

Así que quiero que imaginen un experimento liberal ridículo, inspirado por la idea filosófica de que los padres no deberían imponer su cosmovisión a su hijo. Imaginemos que unos padres locos decidieran no enseñarle a su hijo ningún idioma.

Después de todo, un idioma como el inglés está impregnado de un conjunto de valores y presunciones. ¿Por qué no, entonces, mantener apartado al niño de todo idioma, y cuando llegue a la adultez permitirle que elija por sí mismo?

¿Por qué es esto una locura? Porque aprender un idioma no cierra opciones. Al contrario, es la mismísima base sobre la cual se hacen posibles las elecciones. Es una precondición para la posibilidad de entendimiento.
En la antigüedad la cuestión de si el don del lenguaje era innato y si existía una lengua primitiva e instintiva era objeto de debate (Umberto Eco habla extensamente del tema en su genial La búsqueda de la lengua perfecta). Se dice, con verdad o no, que se hicieron experimentos con niños a los que se les cuidaba y alimentaba pero no se les hablaba jamás, para ver si las palabras les brotaban espontáneamente, quizá en latín, en griego, en hebreo o en la mítica lengua de Adán que se perdió en Babel. Hoy sabemos que un niño que no escucha palabras no aprende a hablar, y sería efectivamente una locura y una inmoralidad, un crimen espantoso, privar a un niño del habla de esa manera.

¿Qué tiene que ver esto con la mutilación del prepucio de los bebés? Absolutamente nada. La circuncisión no abre ninguna opción. Tampoco la cierra, excepto la opción de tener el pene intacto y ser libre de circuncidarse cuando uno lo desee. La mayoría de los varones a nivel mundial no estamos circuncidados y no sufrimos por ello, mientras que si nuestros padres nos hubieran negado el habla sí sufriríamos, y mucho. Si uno no está circuncidado, puede elegir circuncidarse cuando sea mayor; si uno no aprendió a hablar de chico, es neurológicamente imposible que lo aprenda de grande.

El argumento de Fraser para apoyar la circuncisión se basa en la pertenencia comunitaria: “Ser introducido a una comunidad de valores es una precondición para poder entender el mundo moralmente.” Es decir que si uno no recibe de sus padres los valores de la comunidad a los que pertenece, no podrá luego vivir en esa comunidad. Esto puede ser parcialmente correcto. De hecho lo es en las comunidades típicamente religiosas, conservadoras, cerradas y en general espantosas en las que Fraser evidentemente piensa como modelo, aunque probablemente él no viviría en ellas jamás. En una comunidad judía ultraortodoxa, imagino yo, un varón no puede no estar circuncidado (tampoco puede afeitarse la barba), de la misma manera que una mujer no puede vestirse como desee. En muchas comunidades (musulmanas y cristianas, africanas y asiáticas especialmente) una mujer no puede ser considerada respetable a menos que le corten el clítoris y le cosan los labios vaginales. Para Fraser esto debería ser correcto, más allá de la gravedad del daño infligido y de sus efectos, porque a fin de cuentas la posibilidad de elección individual tiene menos valor que la pertenencia a la comunidad: sería (en estos términos) perjudicial para la mujer tener su vagina y su clítoris intactos, porque no podría asumir los valores de su comunidad y su comunidad a su vez la repudiaría.

No sólo la analogía con el idioma falla, sino que además me es imposible entender cómo alguien puede creer que cortarle el prepucio a un bebé equivale a hacerlo miembro de una comunidad. Mucho menos, que una mutilación o una cicatriz o marca corporal sea una “precondición para la comprensión moral del mundo”. ¿Está diciendo que los padres judíos no pueden inculcar valores sin recurrir al cuchillo del mohel? Qué idiota.

miércoles, 22 de agosto de 2012

¿Qué clase de persona querría entrar a un seminario?

Como todos sabemos, uno de los mayores problemas que la Iglesia Católica ve en el mundo —mucho, mucho peor que la pobreza, las guerras y las catástrofes naturales— es que existen los homosexuales. El asunto es más peliagudo todavía cuando se constata que muchos de ellos son sacerdotes o están en el seminario. La postura tradicional de la Iglesia ha sido la misma que se empleó siempre con los sacerdotes que tienen mujeres e hijos, es decir, ocultarlo aunque todo el mundo lo sepa. Oficialmente, los homosexuales están “llamados a vivir en la castidad”, es decir, reprimirse; en el caso de los sacerdotes esta obligación queda subsumida en el voto de castidad que todos deben hacer.

De un tiempo a esta parte, sin embargo, a la Iglesia le viene preocupando marcar una posición más fuerte contra la homosexualidad, y han surgido voces sugiriendo que ningún homosexual, por muy reprimido que sea, debe entrar al seminario u ordenarse sacerdote. Pseudocientíficos y pseudoexpertos a sueldo de la Iglesia se han ocupado de vincular la homosexualidad con la pedofilia, para excusar a la jerarquía eclesiástica de los abusos sexuales a niños sistemáticamente ocultados. Dos pájaros de un tiro.

Leía hace un tiempo una entrevista hecha a un sacerdote gay que tocaba estos temas, y me llamó la atención la claridad con que explicaba ciertos mitos y a la vez la absoluta confusión de quien pertenece y sirve felizmente a una institución que lo considera perverso y abominable.
“Si les niegan a los hombres homosexuales la entrada al seminario, yo me cuestionaría qué clase de hombres heterosexuales estamos recibiendo. ¿Qué clase de persona querría entrar a una organización que tiene semejante prejuicio en contra de algunos de sus hermanos cristianos?
La Iglesia Católica ya no puede causar demasiado daño directo a los homosexuales. No puede obligar ya a la sociedad y a las leyes a tratar a los homosexuales como parias o perversos o criminales sexuales en potencia. Las leyes civiles —por las que hubo que batallar contra la religión y la tradición— los protegen, aun cuando esa protección sea burlada con frecuencia. El único lugar donde la Iglesia puede discriminar grosera y abiertamente es el seminario. Bien se lo pregunta este sacerdote, que da la entrevista bajo un pseudónimo: ¿quién podría desear entrar a una institución así? Es una lástima que la respuesta, que es obvia, todavía no se le haya ocurrido.

lunes, 9 de julio de 2012

De ateo a vendedor

Sólo una pequeña anécdota para hoy, que encontré comentada con gran entusiasmo en las páginas de la plataforma propagandista católica Religión en Libertad: la historia del “padre” Carlos Martins.
El padre Carlos Martins, de 37 años, forma parte de los Compañeros de la Cruz, una congregación muy joven, de corte carismático, que cumple ahora el cuarto de siglo y está constituida en torno a la misa y la eucaristía.

Pero lo último que pensaba el padre Martins hace no demasiados años es que iba a ser sacerdote y a recorrer Norteamerica predicando la devoción a las sagradas reliquias.
Sí, aunque ustedes no lo crean, antes de caer en las redes del catolicismo y transformarse en cura atraído por el entusiasmo bobalicón y los éxtasis y las palmas y los cantos y el baile de los carismáticos, ¡el padre Martins era ateo!


No sé por qué, pero yo tenía la idea de que estos sitios propagandísticos integristas eran más bien tradicionales y conservadores. El movimiento carismático es una creación nueva, o un revival como mucho, de una forma de show religioso que le ha traído mucho público y dinero a las iglesias evangélicas; los católicos viejos suelen denunciarlo como antilitúrgico o simplemente herético. Pero el padre Martins es también a su modo un tradicionalista: un hombre que recupera y revitaliza la tradición de burdo fraude piadoso que es la veneración de reliquias. Martins va por Estados Unidos, Canadá y México llevando consigo supuestos cachos de hueso, carne, pelos o ropas de santos, para que los crédulos paguen por verlos, les recen y les pidan cosas. Y no se queda con eso: ¡lleva incluso la más preciada de las reliquias, una astilla de la Cruz de Cristo!

El lignum crucis o madero de la Cruz es una de las reliquias falsas más comunes de todos los tiempos. A mediados del siglo XVI el teólogo protestante Juan Calvino ya decía que si se pudiesen reunir todos los supuestos pedazos de la Cruz, llenarían la bodega de un barco. Esto es claramente una exageración, pero lo cierto es que, en tiempos pasados, cada capillita, catedral, abadía y basílica de la Cristiandad que pudo pagarlo se hizo con reliquias (cosa fácil, dado que había artesanos especializados en fabricarlas) para atraer a los peregrinos. Así es como hay en circulación, todavía hoy, varias cabezas y manos derechas de Juan el Bautista, incontables dedos de santos menores, y por supuesto pedazos de madera de la Verdadera Cruz, que siguen atrayendo a miles o millones de peregrinos supersticiosos.


Los tours del padre Martins no son más que una versión móvil de estas exhibiciones, evidentemente mucho más rentables y más eficientes que esperar a los peregrinos. Parece ridículo que padezcamos a estos parásitos todavía, y que los propios promotores de la religión acepten supercherías tan obvias y superficiales…

lunes, 11 de junio de 2012

Pobrecito el cardenal

Pobreza franciscana, con perdón del pobrecillo de Asís, es la del cardenal arzobispo de Madrid, Antonio María Rouco Varela, quien ha revelado que sólo percibe un sueldo de 1160 euros al mes.

De ser cierto (¿y cómo dudarlo, viniendo de un hombre de Dios?) Rouco Varela estaría cobrando menos que un obispo argentino (al cambio actual), aunque en ambos casos se trata de un sueldo abonado por el estado nacional. Desconociendo el costo de vida en España, me da la impresión de que 1160 euros no son mucho dinero para una persona con tantas obligaciones como el cardenal, que tiene que dar misa (una hora de trabajo una vez por semana, aunque podrían ser dos o tres) y firmar muchos papeles, aunque la labor más cansadora debe ser arremeter contra ateos, homosexuales, feministas, mujeres que abortan y laicistas radicales que pretenden que la Iglesia pague impuestos. Y es que Dios lo ha llamado a odiar y denigrar a todas esas personas, y ¿qué puede hacer un hombre sino obedecer al llamado, incluso por un sueldo miserable a costa de los contribuyentes?

jueves, 17 de mayo de 2012

Vade retro, publicano

Dicen que es famoso; no me consta, pero el “padre” (no es padre de nadie, creo) José Antonio Fortea, cazafantasmas exorcista, ha aparecido últimamente en las noticias que la prensa católica genera para su consumo interno, protestando en tono apropiadamente solemne contra la terrible amenaza que se cierne sobre la Iglesia en España: la posibilidad de que los ayuntamientos de las ciudades comiencen a cobrarle a las cuantiosas propiedades de la Iglesia el Impuesto a los Bienes Inmuebles (IBI).

Este hombre que cree que expulsa demonios del cuerpo de otras personas a base de encantamientos en latín (o al menos ha hecho una carrera de armar un circo de eso) resulta ser por lo demás bastante práctico, por no decir pedestre, al defender los intereses de su grupo de pertenencia:
En declaraciones a ACI Prensa, el P. Fortea subrayó que los fieles “debemos defender a la Iglesia, como cualquier otro grupo defiende lo que ha conseguido”.
(Como cualquier otro grupo privado con subsidios estatales y que no paga impuestos, como por ejemplo… eh… estemmm…) Fortea, que es bien franquista como Dios manda, sabe que a estos rojos sodomitas no hay que cederles ni un centímetro de terreno:
[A]nte cualquier planteamiento de cobrar el IBI a la Iglesia, “hay que dejarles claro que vamos a usar todos los resortes de la presión social para defendernos. (…) Debemos ser duros. En la época de la Transición (tras el fin de la dictadura de Francisco Franco) no lo fuimos, y se nos comieron por los pies. Unos pocos homosexuales lograron tener más peso que toda la Iglesia Católica”.
La decisión del Ayuntamiento de Zamora de cobrarle a la Iglesia el IBI es una “catástrofe”, dijo, porque una vez que se siente precedente cada gobierno podría decidir ir tratando a la Iglesia cada vez como se trata a todos los demás, o peor, ya que como todos sabemos el gobierno (incluso el del PP) está en contra de la Iglesia y sólo quiere conquistar votos de los progres rojos sodomitas, y ¿qué mejor para destruir la Iglesia que cobrarle impuestos? Es fácil desangrar a la Iglesia por esa vía, dado que
La Iglesia posee con sus templos muchos metros cuadrados en el centro de las ciudades.
Por eso es urgente la creación de un partido político “que defienda el Reino de Dios” (la Iglesia Católica). Se lamenta porque parece que hoy “a la Iglesia hay que quitarle incluso lo poco que tiene. Poco, porque
nuestra economía es de mera subsistencia. 


viernes, 13 de abril de 2012

Dejada fuera

Teresa MacBain era pastora de una iglesia metodista en Florida, Estados Unidos. El 26 de marzo pasado “salió del closet” declarándose atea en una conferencia organizada por American Atheists. Fue la conclusión de un largo proceso de ocultamiento, como el que padecen muchos otros pastores y sacerdotes, algunos de ellos congregados para brindarse ayuda mutua en el Clergy Project, una comunidad de clérigos no creyentes que no pueden o no han logrado todavía “salir del closet” y asumir su pérdida de fe ante sus congregaciones (lo cual les puede significar mucho daño personal, social y económico). Lo que sigue es traducción de lo que MacBain escribió después, sobre las repercusiones de su “salida”, y que fue publicado en el sitio de la Fundación Richard Dawkins.
He servido como ministra de la iglesia durante muchos años. En esos años he buscado proclamar el mensaje de la Biblia con integridad y servir a las necesidades de mi congregación con amor y compasión. Incluso cuando mi fe empezó a tambalearse, seguí ministrando y predicando las doctrinas de la congregación a la que servía. Sentía que debía proclamar la teología con integridad, lo que significaba ser fiel a las enseñanzas de la Biblia en mis sermones. Y sin embargo, cuando las noticias de mi apartamiento de la fe llegaron a mi congregación, inmediatamente me cerraron la puerta de la iglesia. Creo que de todos los comentarios negativos y los mensajes de odio que recibí, ésta fue la acción que más me lastimó. ¿Qué pensaron que ocurriría ahora que yo había declarado que no creo más? Presumo, dadas las puertas cerradas con llave, que sintieron que todos los ateos debemos ser ladrones. La idea de que podría escabullirme por la noche, llegar a las puertas de la iglesia y salir corriendo con todos los objetos de valor que hay dentro es absolutamente reprobable. Si quisiera robarles todo, tuve más oportunidades mientras servía en la iglesia como su pastora. Podría fácilmente haber tomado algo por aquí y algo por allá cada día mientras trabajaba entre la gente.

Recuerden: éstas son las mismas personas con las que pasé horas en un hospital, en casas de retiro, o aconsejándoles en mi oficina en momentos de gran angustia… y ahora me dejan encerrada fuera como una criminal común. Quizá sintieron que sus hijos no estarían más seguros con esta infiel sin dios. Ahora entiendo cómo es que muchos que ya no creen pueden estar tan enojados con la religión. Hasta que salí del closet, entendía el enojo hasta un cierto punto, pero ahora yo siento el mismo enojo ante las acciones de aquéllos que afirman vivir una vida de “amor y gracia”. Las palabras de 1 Corintios 13 resuenan en mis oídos: “Ahora, pues, permanecen estas tres virtudes: la fe, la esperanza y el amor. Pero la más excelente de ellas es el amor.” Parada frente a las puertas cerradas de la iglesia, me doy cuenta de que son simples palabras desprovistas de significado. No me malentiendan: no odio a la gente, odio las acciones basadas en el prejuicio y la intolerancia. (…)

Dejada fuera por aquéllos que me llamaban amiga. Dejada fuera por aquéllos a quienes gentilmente ofrecí el mensaje del amor de Cristo en forma de perdón y misericordia. Dejada fuera, demonizada, odiada y vilipendiada por las mismas personas que se llaman a sí mismas creyentes en “el camino, la verdad y la vida”. Con todo lo que me preparé para las consecuencias de salir del closet, nunca esperé ver las cadenas del odio colgando de las puertas de la compasión.
Éste es el video de MacBain admitiendo su ateísmo:

sábado, 24 de marzo de 2012

Obviamente es el demonio

“Hay personas que muestran unos signos, que a cualquier persona que tenga sentido común le van a indicar que hay una presencia maléfica. Aunque uno no crea en el espíritu de forma directa, se percibe que la causalidad más razonable sería la de un espíritu maligno. Por supuesto que para los no creyentes o para aquellos que son ateos militantes esto queda descartado; entonces se le tiene que explicar todo por razones meramente de este mundo.”
— José Antonio Fortea, sacerdote, exorcista y teólogo católico  

lunes, 12 de marzo de 2012

No a la indoctrinación católica en Salta (parte 3)

Apenas se conoció el dictamen de la justicia provincial prohibiendo las prácticas católicas y el catecismo en las escuelas públicas de Salta comenzaron a aparecer voces (católicas) en contra. Ya desmenucé la justificación del adoctrinamiento que hizo solapadamente el salesiano Fernando Galván. Ahora le toca al sacerdote Carlos Carrasco, cura párroco de la localidad de Rosario de Lerma, que repite los tópicos habituales: el catolicismo es parte de la identidad cultural del pueblo, si no se enseña religión no se enseñan valores, ahora prohibimos rezar en la escuela y después nos prohibirán hacer procesiones, bla bla bla, etcétera.

Resulta difícil determinar si esta gente se cree lo que está diciendo o no, porque es tan transparentemente falaz que a priori uno sólo lo atribuiría a la hipocresía, o a esa forma particular de forzar un tema que en los foros angloparlantes llaman concern trolling: meterse en una discusión fingiendo que uno está sumamente preocupado por los supuestos corolarios de una idea, y que todos deberían detenerse a pensar, por el bien de la sociedad o los niños o los pobres. (Y para poder pensarlo bien hay que dejar todo como está, indefinidamente, ya que el statu quo ha funcionado hasta ahora.) La estrategia de Carrasco en la primera parte de su opinión es ésta. Según él, la discusión actual entre laicidad y confesionalidad es ideológica (dicho esto en tono peyorativo) y coyuntural, y olvida que las tradiciones de un pueblo no pueden abolirse, so pena de destruir la identidad que lo sostiene: “… [C]uando se niega el espíritu del hombre, ahí ya no tenemos cultura, entonces se niega todo valor humano.”

La segunda parte del discurso de Carrasco utiliza la falacia clásica de la “pendiente resbaladiza” en una forma casi de libro de texto:

  • “[A]l paso que seguimos, en poco tiempo vamos a tener que sacar las imágenes depositadas en las grutas de las escuelas del interior…”
  • “¿[Q]ué vamos a hacer con las escuelas que tienen nombre de santo? ¿O qué pasará con las fiestas patronales en nuestros pueblos? Al paso que vamos tampoco se podrán realizar.”
  • “Es preocupante este debate, porque puede terminar en exigencias nada gratas para la educación, por ejemplo, la subvención a los establecimientos católicos que brinda el Estado. Seguro que van a cortar estas ayudas.”

El dictamen judicial, recordemos, no menciona ni los nombres de las escuelas ni el financiamiento educativo ni mucho menos la práctica pública de la religión. Sólo indica que no se puede dar catecismo católico (ni de otra religión) como asignatura en clase en las escuelas públicas ni tampoco obligar a los alumnos a participar en procesiones o en fiestas religiosas. (Cuando digo “obligar” incluyo también a las actividades “optativas” organizadas por la escuela, y que en la práctica son forzadas sobre los alumnos por decisión de los padres y/o presión de los maestros o los directivos. Incluso si los padres pueden negarse, su asentimiento es tácito y constituye un elemento de coacción.) La preocupación de Carrasco es exagerada y él lo sabe. Quizá sí sea tiempo, por otra parte, de sacar de las escuelas, hospitales, tribunales y otros organismos públicos las imágenes sectarias. Y con seguridad es tiempo de pensar si queremos educación pública, laica y gratuita o educación privada, confesional y subsidiada por el Estado. Pero en este caso no se han tocado esos temas.


jueves, 9 de febrero de 2012

Mea culpa non est

La hipocresía y la desfachatez de los voceros de Dios no tiene límite.
En una entrevista esta semana con la Connecticut Magazine, el cardinal Edward Egan se retractó de la carta de disculpas que ofreció en 2002 por el manejo que la Iglesia hizo del escándalo de abusos sexuales, la cual fue entonces leída en todas las parroquias de New York.

Una década después de aquella carta, el ex arzobispo de New York y ex obispo de Bridgeport describe hoy su manejo de la crisis de abusos clericales, ocurridos mientras él estaba a cargo, como “increíblemente bueno”. De la carta dijo: “Nunca debería haber dicho eso”, agregando: “No creo que hayamos hecho nada mal”.
Egan no sólo no investigó ni castigó a los sacerdotes abusadores, sino que castigó a otros duramente por desobediencias litúrgicas. Ante esto quizá la mera duplicidad de discurso no sea más que un agregado menor.

miércoles, 14 de diciembre de 2011

Sacerdotes felices


En septiembre salió publicado en Forbes un estudio de la National Opinion Research Center (NORC, Centro Nacional de Investigación de Opinión) de la Universidad de Chicago —luego republicado en medios a nivel mundial— que entre otras cosas comparaba el nivel de satisfacción promedio de personas con distintos empleos, y encontraba que los sacerdotes o párrocos son los más felices (seguidos por bomberos y fisioterapeutas).

Es innecesario decir que los propagandistas religiosos se sintieron muy felices con este hallazgo. La interpretación del estudio sugiere que los trabajos en los que la gente se siente mejor son aquellos que se perciben como más útiles y en los que se puede ayudar a los demás. Si los sacerdotes son felices, debe ser porque saben que están dándole a los demás lo mejor que pueden darle a un ser humano, vale decir, el conocimiento de Dios. Su satisfacción sería entonces una recompensa.

(Supongo que si el estudio hubiera dado un resultado totalmente opuesto, los mismos propagandistas hubieran “explicado” que los sacerdotes son los más infelices porque su trabajo es una importancia gravísima y la responsabilidad de predicar a un mundo egoísta, pecaminoso, alejado de Dios, los agobia, aunque este sufrimiento terrenal desde luego les será devuelto al ciento por uno en beatitud en el cielo.)

En una nota publicada en el diario Cambio, de Salto (Uruguay), el obispo Pablo Galimberti aprovecha el hallazgo del estudio para hablar del fabulado “laicismo”. Dice el obispo que un vecino le contó que en una radio argentina, el periodista de origen uruguayo Víctor Hugo Morales leyó la noticia y luego se manifestó incrédulo, basado en supuestos prejuicios contra el estado sacerdotal (esto no me consta pero es lo que el obispo dice que le contaron). Del rol del sacerdote, Galimberti pasa tan rápida como forzadamente al rol de la religión en la sociedad y de allí a la laicidad del Estado.

Les dejo que lean ustedes mismos los zigzagueantes razonamientos de Galimberti en torno a la “laicidad positiva” de Sarkozy, el papel de la religión en el arte y el estudio del hecho religioso en las escuelas. Está claro que no ha entendido nada o prefiere ignorarlo. La “laicidad positiva” es un oxímoron; un estado es laico en tanto no se involucre con la religión, es decir, ni favorezca ni entorpezca la libertad de culto. Una política estatal positiva hacia la religión no es laicidad sino pluriconfesionalidad. La laicidad no implica el anticlericalismo ni un revisionismo histórico que borre el rol de la religión en el desarrollo de la sociedad. Un estado laico no prohíbe que una iglesia pague por una obra de arte religioso.

Un estado verdaderamente laico tampoco prohíbe a un periodista expresar sus opiniones, fundamentadas o no, sobre la felicidad de los sacerdotes. En Latinoamérica es frecuente, en cambio, que un estado prohíba o censure opiniones o expresiones contrarias a la religión mayoritaria. A la cabeza de los pedidos de censura siempre están obispos y sacerdotes. Quizá una de las razones de su felicidad en el trabajo sea la amplia libertad de la que gozan para decirles a los demás, quieran o no oírlo, cómo deberían comportarse, y las facilidades que el estado les da para obligarnos a esas conductas.

sábado, 26 de noviembre de 2011

¡Demonios!

Me causan mucha gracia los que se toman en serio a los personajes mitológicos. Soy un fan de El Señor de los Anillos, tengo simpatías por la fantasía épica/heroica (aunque casi toda es una mala copia de El Señor de los Anillos…), debo confesar incluso haber jugado rol por esos territorios de la imaginación, pero como la mayoría de los que alguna vez nos entretuvimos discutiendo sobre las virtudes o habilidades de tal o cuál personaje, sé que todo es un gran juego. La Biblia, la ficción más vendida de la historia, tiene bastante que ofrecer en esa misma vena, aunque está mezclado con tanta porquería de escasa calidad literaria y con tantos detalles sórdidos que en verdad no me resulta. Lo único que me impulsa a leerla alguna vez es saber que hay mucha gente que cree literalmente en lo que está escrito allí, e incluso ha creado sus propias elucubraciones montadas sobre esa infraestructura: lo que entre católicos se llama, con cierta reverencia y mayúsculas, la Tradición.


Gabriele Amorth es uno de esos fanboys de la Tradición y además es un experto en los tratos con una de las figuras más populares de la misma, el Enemigo conocido variadamente como Satán o Satanás (“el acusador”), el Demonio, el Diablo (que según algunos podría significar “el calumniador”) o Lucifer (“portador de luz”), amén de otras designaciones pintorescas. La entrevista a Amorth que reproduce Zenit no tiene desperdicio. Allí el exorcista expone todos sus “conocimientos” y es escuchado con gran interés mientras explica que el Diablo triunfa precisamente porque estamos convencidos de que no existe, y habla de los peligros del yoga o de leer los libros de Harry Potter.

Amorth cree que el Diablo y sus demonios menores aliados pueden poseer los cuerpos de las personas y que él (Amorth) puede hablarles y convencerlos, a veces, o bien obligarlos, a que abandonen esos cuerpos. Que existan esta clase de ideas (posesiones, exorcismos) tiene un cierto sentido en culturas primitivas, pero Amorth no es un brujo ni un chamán sino un sacerdote católico nacido en pleno siglo XX, y más aún, se lo conoce y reconoce como el mayor “experto” en expulsar demonios. La entrevista pinta a las claras la locura (una locura con método, como decía Shakespeare por boca de Polonio) en la que vive el creyente convencido: un mundo donde todo está involucrado en una lucha entre el bien y el mal. Como en la ficción heroica que tanto nos entretiene… pero de verdad.

martes, 6 de septiembre de 2011

Podcast, ep. 12: Irlanda vs. Vaticano, Vargas Llosa sobre la JMJ


En esta edición del podcast de Alerta Religión: el Vaticano asegura que cooperará con el gobierno de Irlanda en la investigación de la pederastia clerical, pero se lava las manos sutilmente y esquiva definiciones tajantes. Católicos se indignan de que el secreto de confesión corra riesgo de quedar sometido a las leyes terrenales. El agnóstico y liberal Mario Vargas Llosa habla sobre la Jornada Mundial de la Juventud poniéndose del lado de la religión y en contra del descontento y la anarquía.

martes, 9 de agosto de 2011

Apunten al pastor

La noticia en sí no es gran cosa: un pastor protestante holandés, el reverendo Klaas Hendrikse, afirma que no cree que Dios exista como persona sobrenatural, ni que Jesús haya sido el Hijo de Dios, ni que haya vida después de la muerte. Esta clase de religión abstracta en la cual todo es metáfora o símbolo está de moda tanto entre ateos que no se animan a ser ateos como entre creyentes que creen que así pueden zafar de las críticas racionales dirigidas a las creencias tradicionales.

Lo que llama la atención (aunque tampoco es para sorprenderse, la verdad, vista la cantidad de fanáticos que pululan) son las reacciones de los creyentes. Algunos comentarios selectos en la nota que cito arriba, a continuación.

Éste es toda una ternura con su banda rosa y su tiara:



A éste le causa gracia la “enfermedad” de pensar de manera distinta a su indoctrinamiento:



Éste es un bot:

Y éste, que tiene cara de tipo con el que te podrías encontrar de mochilero en cualquier parte y charlar de la vida, está sediento de sangre:

La incompetencia ortográfica y gramatical dan un poco de risa, pero yo creo que deberían causar más miedo que risa. Dejando aparte lo fácil que es para mí encontrar ejemplos risibles/temibles de intolerancia cristiana, cada uno de estos comentarios debería ser una razón más para luchar contra la propagación de esta religión funesta.

lunes, 18 de julio de 2011

Podcast, episodio 6

En esta edición del podcast de Alerta Religión: noticias de las Islas Británicas. En Inglaterra, el Rabino en Jefe (ortodoxo) denuncia que si el estado sigue imponiéndoles a las religiones dejar de discriminar y tratar a todos como iguales (mujeres, gays, etc.) van a terminar volviéndose a ir a Estados Unidos en un barco para poder tener “libertad religiosa”. Hace unos años había dicho que Europa se muere de vejez porque los ateos no tienen valores familiares, son egoístas y no quieren hijos. En Irlanda, el Ministro de Relaciones Exteriores llama al embajador de la Santa Sede para pedir explicaciones por el encubrimiento de abusos sexuales a niños, y los católicos rezongan porque se convertirá en delito no denunciar los abusos, incluso cuando hayan sido revelados en confesión: el secreto sacramental de la confesión “está por encima de todo” (la justicia, la decencia, la humanidad).

domingo, 17 de julio de 2011

Irlanda se planta frente al Vaticano


Ex-obispo John Magee
Noticias de Irlanda no suelen verse por este blog, pero hago una excepción porque me parece especialmente indignante lo que leo, y sólo se lo puede leer en inglés. No lo que ya sabemos casi todos: que en Irlanda hubo abusos y violaciones de niños por parte de sacerdotes católicos durante décadas, sin que la Iglesia hiciera nada por detenerlos. Tampoco el caso específico del encubrimiento de estos casos por parte del obispo John Magee, secretario privado de tres papas, que se vio obligado a abandonar su puesto en 2009. Y hasta la prensa católica se ha visto obligada a reconocer que el manejo de los casos de abuso en Irlanda fue pésimo.

Lo que no dice ningún medio de la Iglesia es que Magee actuaba dentro de la ley canónica y cumpliendo indicaciones emitidas directamente por el Vaticano. En efecto, la ley canónica dice que antes de reportar acusaciones de abuso por parte del clero a las autoridades civiles debe realizarse una investigación canónica interna. Repetidamente se ha visto que, cuando en esta investigación se encuentran delitos, se traslada al sacerdote a otra diócesis y se silencia a las víctimas con amenazas de excomunión u otros medios de presión, si es que ellas mismas no permanecen calladas por miedo o desconocimiento de sus derechos.

La gota que colma el vaso, en el caso irlandés, cayó cuando la investigación judicial determinó que la Congregación para el Clero había ordenado a los obispos irlandeses, en 1997, cumplir con la ley canónica y no intentar implementar un nuevo conjunto de reglas para lidiar con las acusaciones de abuso. Los obispos habían acordado un documento en el que se ordenaba a todos los clérigos reportar a la justicia civil las acusaciones. Desde el Vaticano se les avisó que esas reglas no serían convalidadas.

Lo que ocurrió hace unos pocos días en Irlanda es inédito y debería ocurrir en todos los países que tienen la desgracia de contar con cabezas de puente vaticanas en sus territorios: el Ministro de Relaciones Exteriores convocó al embajador de la Santa Sede para exigir explicaciones, entendiendo que la orden de no reportar los abusos equivale a una violación de la soberanía nacional. En efecto, se trató de un estado extranjero ordenando a ciudadanos irlandeses violar la ley de Irlanda.

(Una nota al margen. Cuando pasen por delante de una catedral u otra sede episcopal, observen las banderas que flamean frente a ella. La bandera blanca y amarilla del Vaticano siempre está allí, a la misma altura que la bandera del país. Es toda una señal de cómo las lealtades del clero católico, en cualquier punto del planeta, son como mínimo lealtades divididas.)

Esto quisiera escuchar yo alguna vez de boca de mis representantes, cara a cara con un embajador del pseudoestado vaticano:
“Hay una sola ley en este país y todos van a tener que aprender a cumplirla. El Vaticano va a tener que cumplir con la ley de este país. No vamos a dejar pasar esto. Queremos una respuesta del Vaticano a este reporte.”
Eso dijo Eamon Gilmore, Ministro de Relaciones Exteriores de Irlanda, a Giuseppe Leanza, el nuncio papal. No sabemos si Leanza se asustó o se ofendió, pero espero que algún efecto desagradable le haya provocado el súbito abandono de la deferencia con que desde hace añares, y sin justificación alguna, se viene tratando a los representantes de la teocracia más antigua del planeta.

(Y lo mejor de todo: el papa está pensando dos veces si visita Irlanda, como tenía planeado hacer el año que viene. Bastantes protestas ya se ha encontrado en todos los otros países donde fue.)

jueves, 10 de marzo de 2011

El crimen del padre Alessio (A228)

Como ya sabrán muchos de los lectores por la prensa, el sacerdote Nicolás Alessio, que había sido suspendido por el arzobispo Carlos Ñáñez en julio de 2010 mientras se le sometía a juicio canónico, acaba de ser separado definitivamente de sus funciones. ¿La razón? Haber apoyado públicamente la reforma del Código Civil que permitió el matrimonio entre personas del mismo sexo.

No escribí nada sobre este cura por entonces porque me cuesta asumir una postura justa o al menos coherente frente a quienes podríamos llamar progresistas o reformistas dentro de la Iglesia Católica (o de cualquier otra religión). Entiendo muy bien que todos tenemos limitaciones, y una de las mías es la incapacidad de comprender la forma de pensar de quien pertenece orgánicamente a la Iglesia pero rechaza sus dogmas y su autoritarismo. Supongo que es posible, con mucha fe, creer que uno está en lo correcto y que “Dios” (definido a gusto del hablante) está del lado de lo que consideramos correcto. A la vez percibo como una limitación de Nicolás Alessio —y de infinidad de otros sacerdotes y laicos— la incapacidad de dar un paso más y convencerse de que esa Iglesia a la que rechazan como corporación es también la Iglesia que cada día recicla el concepto de “Dios” para su uso propio, la Iglesia que (para todos los fines prácticos) inventó al dios que ellos adoran.

Es que, aunque intuitivamente resulte paradójico, es el sacerdote o el laico comprometido el mejor posicionado para descorrer el velo de la fe y enfrentar el vacío que hay detrás de él. Quien comercia diariamente con objetos preciosos es quien está mejor entrenado para detectar cuándo son falsificados. (La analogía falla, eso sí, porque no existen esos preciosos dioses genuinos: todos ellos son igualmente un fraude, aunque algunos son fraudes más evidentes que otros.)

De la Iglesia dice Alessio: “Es antidemocrática, autoritaria y se opone a todos los que piensen distinto.” ¿Y cómo podría ser de otra manera? La Verdad no puede someterse a votación, y siendo la Verdad lo más importante (más incluso que la propia vida, como bien sabían los inquisidores medievales), ¿cómo se le va a permitir a un pastor de almas llevarlas por el camino de la mentira? ¿Nicolás Alessio nunca supo antes cómo era la Iglesia a la que pertenece por propia voluntad?

Dije más arriba que me cuesta ser justo. No es fácil borrar décadas de adoctrinamiento y de autoengaño. Alessio es una víctima de su propia formación religiosa, igual que la mayoría de los creyentes. Su progresismo, su humanismo de base, es indiscutible, pero no se ha dado cuenta todavía de que no necesita la muleta de la religión para afianzar esa base. Es mil veces preferible una Iglesia incoherente con su doctrina, una Iglesia formada por gente como Alessio, que una Iglesia más “pura”, en la que todo lo que el Papa escribe y proclama se cumple al pie de la letra (tal Iglesia, obviamente, jamás ha existido, pero en otras épocas se le acercaba más que ahora). Eso no quita que uno pueda llegar a cansarse bastante cuando tanta gente se sorprende y se agita al comprobar que la Iglesia es como es. No se puede protestar contra el sistema y estar dentro del sistema. Si no hay peligro de sufrir consecuencias por protestar, la protesta se transforma en algo bastante fácil. Nicolás Alessio quiso seguir su propia brújula moral y al mismo tiempo seguir viviendo en la casa parroquial de la Iglesia a la que juró someterse.

La Iglesia es, en Argentina, la institución que más confianza suscita entre la gente (los políticos, los sindicatos y el sistema judicial están kilómetros por debajo en ese ranking). Esto explica, hasta cierto punto, por qué hay quienes sufren vahídos cuando la Iglesia actúa según su reglamento. Nicolás Alessio no merece ser sacerdote católico. Su doctrina no concuerda con la oficial y él ha sido desobediente. La Iglesia no es una democracia. La Iglesia no es una institución de bien público. A la Iglesia no le importan —prioritariamente— los derechos humanos ni la autonomía moral de las personas. La Iglesia no existe para mejorar la condición de los pobres o eliminar las discriminaciones. La Iglesia tiene en sus filas a muchas buenas personas, pero su misión no es de bondad sino de dominio. ¿Es tan difícil de entender?

viernes, 7 de enero de 2011

Antes muerto que descreído

Me topé con esto hace una semana y no tuve ocasión de comentarlo. Es una nota titulada “El aborto no es el mayor pecado”, escrita por José María Iraburu, un sacerdote católico español bastante furibundo, en un blog del portal integrista InfoCatólica, y su referencia (bastante oblicua) es al Día de los Inocentes.
El aborto no es actualmente el pecado más grave de la humanidad. Es, desde luego, uno de los mayores crímenes que pueden cometerse contra los seres humanos: matarlos, quitarles la vida. […]

Pero el pecado más grave del hombre es la infidelidad, no creer en Dios, y aún es peor la apostasía.
Es decir, para que quede claro: abandonar la religión católica es peor que cometer un asesinato. Y los castigos deberían ser proporcionales, uno esperaría (la Iglesia está en contra de la pena de muerte, pero no absolutamente; si en algunos lugares se mata a los asesinos, ¿qué hacer con los apóstatas?).
La apostasía es la forma extrema y absoluta de la infidelidad (STh 12,1 ad3m). No hay para un cristiano un mal mayor que abandonar la fe católica, apagar la luz y volver a las tinieblas, donde reina el diablo.
Dice también este degenerado (porque una persona que tiene las prioridades morales tan distorsionadas no es otra cosa que eso) que “Una sociedad apóstata es capaz de crímenes mayores que una sociedad pagana”. Es preferible, para él, una sociedad arcaica con dioses y creencias falsas, que mantengan al pueblo sencillo temeroso de cometer pecados y salvaguarden todos los prejuicios comunes (la misoginia, la homofobia, la visión de la mujer como un receptáculo para hijos, etc.), además de mantener bien alimentados a sus sacerdotes o chamanes, antes que una sociedad moderna secularizada, donde los hombres y las mujeres sean libres de elaborar y encontrar sus propias guías morales y éticas, y donde los autonombrados dueños de la verdad puedan ser criticados.