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jueves, 24 de marzo de 2011

Dios sigue enviando señales (A229c)

Prof. Roberto De Mattei
Me gustaría prometer que éste va a ser el último post sobre los fanáticos religiosos que claman que el terremoto de Japón fue una señal de Dios, pero lo cierto es que los susodichos se siguen esforzando por mostrar su credulidad, su arrogancia y, sobre todo, su profunda falta de humanidad. El último de la lista —hasta ahora— es el historiador italiano Roberto De Mattei.

En una entrevista en Radio Maria, De Mattei se sintió autorizado para expresar su opinión sobre lo que Dios quiso decirnos con el terremoto, el tsunami y la crisis nuclear en Fukushima: dijo que el sismo había sido “un modo de purificar”. Y otras píldoras de sabiduría:
“Dios se sirve de las grandes catástrofes para alcanzar un alto objetivo de su justicia.” 
“Dios no puede hacer que el terremoto golpee a los culpables y preserve a los inocentes. Claro que a veces salva al inocente con un milagro, pero no es obligatorio.” 
“El culpable está, pues, en la misma condición que el inocente. Su muerte es la ejecución de un decreto de Aquél que es dueño de la vida y la muerte. ¿Por qué asombrarse al ver niños inocentes muriendo bajo los escombros?” 
“El terremoto es un bautismo de sufrimiento que ha limpiado sus almas, porque Dios los ha querido salvar de futuro sombrío.” 
“Las grandes catástrofes son una señal terrible pero paternal de la benevolencia de Dios, que nos recuerdan los límites últimos de nuestras vidas. Si la Tierra no ofreciera peligros, dolores o catástrofes, nos fascinaría… y olvidaríamos con facilidad que somos ciudadanos del cielo.” 
“A la culpa del pecado original se le añaden nuestros pecados personales y colectivos, y si bien Dios premia y castiga en la eternidad, es en la Tierra que premia y castiga a las naciones.”
El Profesor De Mattei no es sólo uno de esos académicos católicos que sólo sirven para alimentar a la comunidad cerrada de fanáticos que sólo leen libros con imprimatur y nihil obstat. Es un crítico del Concilio Vaticano II y de todo lo que suene a modernización o progresismo en la Iglesia, un furibundo apóstol contra el relativismo cultural y un reconocido antievolucionista. Preside la Fundación Lepanto, “dedicada a defender los principios e instituciones de la civilización occidental y cristiana” (si alguien no entiende la referencia, fíjese quién le ganó a quién en aquella famosa batalla). Desde 2002 a 2006 fue asesor de asuntos internacionales del gobierno italiano, así como miembro de la Sociedad Geográfica Italiana, y al día de hoy es el vicepresidente del Consejo Nacional de Investigación (CNR), la institución pública de fomento a la investigación científica más importante de Italia.

A causa de estas escandalosas declaraciones, ya hay gente pidiendo su inmediata dimisión del CNR. Incluso sin esto, por supuesto, ya era escandaloso que un cavernícola que todavía cree que Adán y Eva fueron personas reales tuviera un cargo, cualquiera, en cualquier tipo de institución con un estándar mínimo de compromiso con la ciencia.

Como en otros casos, aquí el problema no pasa por el derecho de nadie a creer estupideces o a expresar sus ideas religiosas, por más repugnantes que sean. Y no es un problema de los ateos o los no-católicos. Es un problema para los creyentes, porque una vez aceptada la existencia de Dios como premisa, no hay manera racional de oponerse a personas como De Mattei. No debemos esperar que ningún obispo, cardenal, vocero vaticano o teólogo papal lo refute convincentemente, porque es imposible: con un Dios mudo, tan impotente que sólo puede hablar a través de seres humanos, nunca se puede saber.

Por eso causa gracia escuchar a los que denuncian el relativismo, o proclaman que el orden impuesto por Dios al universo es el origen de la ciencia moderna, o citan a Dostoievski: “si Dios no existe todo está permitido”. Es justamente al revés: existiendo Dios, tal como ellos lo pintan, cualquier cosa está permitida para quien sepa moldear el concepto de Dios; existiendo Dios, nada está seguro, todo puede ser modificado, lo bueno puede volverse malo y lo malo bueno según los dictados de Dios —transmitidos siempre por sus voceros— lo manden; existiendo Dios, no hay orden, sólo hay una intencionalidad inescrutable, voluble, caprichosa, en el fondo de todo. Así un terremoto puede ser un aviso, una señal, un castigo, una prueba, o bien nada de eso o todo eso junto: un misterio más para los amantes del misterio y de la oscuridad.

domingo, 20 de marzo de 2011

Más voceros de Dios (A229b)

Ésta es una continuación del post anterior en el que hablé de los buitres que se aprovecharon del terremoto y el tsunami en Japón para llevar agua al molino de su dios. Para ser completo no quería dejar fuera a dos buitres notorios, uno bien conocido aquí en Argentina y otro que quizá les sea familiar a quienes sigan las andanzas de la ultraderecha norteamericana.

De Elisa “Lilita” Carrió, política, fundadora de múltiples partidos y especialista en profecías apocalípticas, tuvimos hace unos días el siguiente pronunciamiento:
Dios nos está diciendo que debemos cuidar el planeta, que no sigamos destruyendo la Tierra, que vivamos en la verdad, en la decencia, en la justicia, que no usemos la tecnología, aunque sea de manera pacífica. Hay que leer los signos de los tiempos.”
Con lo cual nos enteramos que no sólo es una fanática religiosa paranoide, sino que además es una particular especie de ludita.

Del otro extremo del continente vino la reflexión de Glenn Beck, uno de los comentaristas preferidos de la ultraderecha estadounidense:
“Yo no digo que Dios está causando los terremotos… bueno, tampoco estoy diciendo que no es así. Lo que haga Dios es cosa de Dios… Pero diré esto… Lo llames Gaia o lo llames Jesús, aquí se está enviando un mensaje, y el mensaje es ‘¿Ven lo que estamos haciendo? No está yendo muy bien eso. Quizá deberíamos dejar de hacerlo.’”
Beck dijo también, con el aire risueño de quien sabe mucho del tema, que nos espera “un viaje con muchas sacudidas”, y que deberíamos seguir los diez mandamientos.


Desde luego, Beck es sólo uno de los buitres más conocidos. Aquí hay otro, que afirma que profetizó en 2005 que habría un terremoto en Japón (¿cuándo? algún día…) porque en una misión apostólica enviada a Hokkaidō descubrió que era una “plaza fuerte del espiritismo”. El punto de la isla de Hokkaidō más cercano al epicentro del terremoto está a 400 km del mismo; la capital de la prefectura, a más de 500 km. Dios evidentemente no tiene buena puntería.

Muchas otras aves de carroña menos conocidas se han venido posando sobre la ruina en estos días. Una de ellas, Cindy Jacobs, afirma que ella profetizó que ocurrirían “explosiones volcánicas” en el llamado Cinturón de Fuego del Pacífico (qué difícil adivinar eso, ¿no?) y que Dios debe estar dolido por la muerte de tantas personas, no por el hecho en sí sino porque indudablemente muchas de ellas no tuvieron oportunidad de conocerlo (es decir, se han ido al infierno por ignorantes). A Japón le ha ido mal económicamente en los últimos tiempos porque ha vuelto a adorar a Amaterasu, la diosa solar, y además Dios le dijo a ella hace tiempo que Japón sería “la hoz en la mano del Señor”, cosa obvia cuando uno ve la forma curva, como una hoja afilada, del archipiélago. Por otra parte, también puede verse una forma como de dragón, con la isla de Hokkaidō como la cabeza. Los orientales han adorado al dragón (que es Satanás) hace milenios. Y el terremoto ocurrió en lo que sería el abdomen blando del dragón, su punto más vulnerable.
“Oremos para que la profunda idolatría y la adoración de centenares de ídolos bajo la guisa de shintoísmo o budismo y la pretensiones de ser ‘hijos del dragón’ sean quebradas, y para que miles se vuelvan hacia el Señor.”
Creyentes anónimos, en todas las redes sociales, han expresado pensamientos similares, variando entre lo repugnante y lo patéticamente crédulo. En el Twitter de Alerta Religión, por ejemplo, recibí esto:
Que nadie se deje engañar. Pongan Mateo 24 en Google y lean los signos que Jesús indica como previos a su 2da venida
El capítulo 24 del evangelio de Mateo es donde Jesús suelta una ristra de profecías bastante generales para dejar en ascuas a sus discípulos. Jesús acierta al predecir la destrucción del templo de Jerusalén, aunque su mérito queda bastante disminuido por el hecho de que Mateo escribió sobre esa predicción unos diez años después de la destrucción del templo. Lo único mínimamente relevante en esta lista de “signos de los tiempos” es el versículo 7: “Se levantará nación contra nación, y reino contra reino. Habrá hambres y terremotos por todas partes.” Por desgracia esto se puede aplicar a casi cualquier época de la historia humana.

Los ejemplos tomados de internet son innumerables. Para no agobiar al lector mencionaré uno más que, de paso, servirá para que los defensores del cristianismo con envidia de la fatwa no crean que sólo critico a su religión. En el blog del LA Times tenemos el comentario de un musulmán, aquí traducido de su inglés muy básico:
Japón fue primer país en prohibir hijaab islámico.
Primer país en detener enseñanza del sagrado Corán.
Primer país en romper páginas del Corán.
Japón es totalmente anti-musulmán.
Es el AZAAB de Alá en el día especial islámico "VIERNES"
Es una Lección al mundo entero. . . . . . . .
Las tres primeras acusaciones son, que yo sepa, falsas. Si alguien se pregunta qué es el AZAAB, todo indica que es عذاب ‘adhab, que significa “castigo” o “tortura”. El viernes es el día sagrado musulmán, como el sábado para los judíos y el domingo para los cristianos. Al menos el dios cristiano descansa en domingo; el dios musulmán se dedica a destruir países que no le caen bien.

viernes, 18 de marzo de 2011

Terremotos, tsunamis, religiones y otras catástrofes (A229)

Hoy se cumple una semana del gran terremoto de Tōhoku y el subsiguiente tsunami que barrió con las costas del noreste de Japón y causó, además de la muerte de miles de personas y el desplazamiento forzado de decenas de miles, una crisis —que en este momento está aún por resolverse— en la central nuclear Fukushima I.

A medida que pasaban las horas la información disponible se multiplicaba, y con ella el amarillismo y las opiniones catastrofistas. Yo seguí con avidez el desarrollo de los hechos, traté de llevar calma a mi pequeño rincón de la vida real y de las redes sociales, y me quedé esperando la segura aparición de los repartidores de culpas: esa gente de poco seso y menos empatía que es atraída por las tragedias porque éstas les dan la oportunidad de pontificar sobre lo que a ellos les interesa.


El primero de estos buitres que descendió sobre el desastre fue un pastor pentecostal coreano, Cho Yong-gi. En sus propias palabras: “Me temo que este desastre puede ser de las advertencias de Dios contra el ateísmo de los japoneses y el materialismo. Espero que esta serie de eventos conduzca a los japoneses a volver sus ojos hacia Dios.” Desde luego, no tardaron en aparecer quienes dijeron que Cho no es un verdadero cristiano, porque ningún cristiano diría algo tan horrible.

Poco después, buscando, llegué al nido de otro buitre, el sitio web pomposamente llamado “Embajada del Reino de los Cielos”, en el que compara la destrucción causada en Japón (y antes en Haití y otros lugares) con la leyenda bíblica de Sodoma y Gomorra, destruidas por Dios con una lluvia de fuego y azufre a causa de su inmoralidad. Japón fue castigado, dicen, por su nivel de prostitución, la pornografía infantil incluida en el manga, y la inmoralidad en los videojuegos. Lo mejor de todo está al final: una actualización del post aclara que “los primeros comentarios emitidos en este articulo son consecuencias del ataque de una pagina atea, anticristiana, intolerante, obtusa y cerrada no abierta a escuchar sino a encapricharse en sus razonamientos”. Espero que mis lectores sepan ganarse sus propios calificativos desagradables de parte de esta gente.

Un tercer buitre, nada menos que el gobernador de Tokyo, Shintarō Ishihara, hizo lo suyo afirmando en una conferencia de prensa que “la identidad del pueblo japonés es el egoísmo, y debe de aprovechar el tsunami como un medio de lavar su codicia… realmente creo que fue un castigo divino”. Tuvo que retractarse.

Buitres de una clase ligeramente diferente aprovecharon los despojos no para pontificar sobre la ira de Dios, sino —irónicamente— para hablar sobre su bondad, aunque con una sutil advertencia. Según algunos católicos, Dios preservó el lugar de una aparición de la Virgen de las consecuencias del terremoto:
El santuario de Akita, lugar de las apariciones de 1973 y cercano al epicentro, quedó a salvo
Allí la Virgen anunció a la religiosa Agnes Sasagawa grandes catástrofes si el mundo no hacía penitencia.
Según esta leyenda, la hermana Sasagawa recibió tres mensajes de la Virgen María mientras era postulante en el convento de las Siervas de la Eucaristía en Akita, en el norte de Japón. Los mensajes eran lugares comunes del misticismo católico: que la inmoralidad invadiría al mundo, que la Iglesia sería atacada, y que “si los hombres no se arrepienten y mejoran, Dios Padre aplicará un terrible castigo sobre toda la humanidad… mayor que el Diluvio bíblico… Caerá fuego del cielo y barrerá a gran parte de la humanidad, a los buenos tanto a como los malos…” (¡cuánta justicia!).

En la Catholic News Agency (contrapartida en inglés de nuestra familiar ACI) la noticia apareció como “Epicentro del terremoto japonés cerca de sitio de aparición mariana”. Parece probable que esta haya sido la fuente.

El único pequeño problema con esto es que Akita está a casi 250 km del epicentro y del otro lado de la isla de Honshū. El tsunami nunca llegó allí; el terremoto causó daños pero el terremoto no se sintió con toda su fuerza. Por otra parte, el territorio de la diócesis de Sendai, que comprende las prefecturas de Aomori, Iwate, Miyagi y Fukushima, recibió un castigo terrible. Nuestra Señora de Akita, como los dioses tribales y de las ciudades-estado de la Antigüedad, parece tener poder sólo a nivel local.

Para no darles espacio exclusivo a los buitres, quiero recordarles que podemos ayudar a Japón donando aunque sea un poco de dinero a través de la Cruz Roja o (si prefieren) a través de la iniciativa de la Fundación Richard Dawkins, Non-Believers Giving Aid (ir hasta el final de la página y elegir, da lo mismo una bandera que otra). No quedemos mal, que el Papa, tan sacrificado él, ha donado cien mil dólares. Habrá tenido que empeñar unos cuantos de esos cálices de oro de los que tanto le gusta beber…

sábado, 26 de febrero de 2011

Monseñor quiere dinero

Acabo de leer un artículo en Zenit que me resultó tan repulsivo que debo reproducirlo, aunque lo parafrasearé levemente: no puedo reproducirlo textualmente. Lo que sigue es mi paráfrasis del artículo original:

HAITÍ: “HABER SOBREVIVIDO ME DEMUESTRA QUE DIOS ME NECESITA ESPECIALMENTE, NO COMO A LOS DEMÁS QUE MURIERON”

El obispo de Jacmel quiere que le paguen por la reconstrucción de su palacio.

ROMA, viernes, 25 de febrero de 2011 (ZENIT.org).- Monseñor Launay Saturné quiere que le paguen por la reconstrucción de su palacio, la catedral de Jacmel, gravemente dañada por el terremoto de enero de 2010.

En su opinión, una diócesis no puede funcionar si el obispo no tiene palacio propio, que es simbólicamente importante para mostrar su poder a la congregación.

De momento, los creyentes, que acuden numerosos a misa, se reúnen en una tienda de campaña, lugar demasiado humilde, al que ni Jesús se hubiera dignado entrar. El obispo espera que a la Diócesis de Jacmel -la más afectada después de Puerto Príncipe- el gobierno o alguien le entregue pronto gratis un terreno, privilegio que la mayoría de los damnificados por el terremoto nunca tendrá. Además de la catedral, el terremoto también destruyó y dañó gravemente otras iglesias y edificios de la Iglesia.

El obispo, de 47 años de edad, que encabeza la diócesis desde mayo de 2010, también recalcó que no basta con la reconstrucción física de los edificios. Para él, "no existe la reconstrucción sin misión, sin evangelización, sin oración y sin el anuncio de la Palabra de Dios".

Monseñor Launay Saturné añade: "El hecho de haber sobrevivido el terremoto me demuestra que Dios me necesita especialmente, no como a los demás que murieron, y que tengo una misión, a diferencia de la mayoría de los haitianos, que del hambre que tienen no saben ni para qué levantarse mañana. Como comisario político de esta provincia del imperio vaticano, le digo a la gente que lo ha perdido todo: aunque todo haya desaparecido, Dios nos ha dejado la vida, y con ésta la obligación de trabajar en aras de un mundo más humano y reconciliado, y de un futuro mejor. O al menos, de seguir viniendo a misa y dejando algo en la bolsa de las limosnas".

El obispo subraya que el terremoto ha sido devastador, pero que también ha unido a los haitianos mediante una "hermandad y solidaridad" surgidas a raíz de él, y que no sería raro que Dios recurra a otros medios (epidemias, ciclones, hambrunas, etc.) para seguir promoviendo estos valores cristianos.

El terremoto ha afectado a todos: a católicos, protestantes y miembros de otras comunidades. La gente ha compartido lo que tenían y se han consolado los unos a los otros. No sólo los católicos gritaron "¡Jesús, Jesús, Jesús!" en los numerosos temblores. También lo hicieron algunos ateos, que como bien sabemos, se la dan de valientes hasta que Dios los castiga con una catástrofe natural o una enfermedad terminal.

Según el prelado, la desgracia ha acercado a Haití a Dios, demostrando que "Dios tiene fuerza para romper cualquier cosa, hasta una placa tectónica, y no le preocupa hacer alarde de ella". Ciertamente las cosas de este mundo son importantes, porque todos "tienen que ganarse el sustento y vivir en algún sitio, salvo yo, porque a mí me pagan todos los gastos y vivo en un palacio construido con el dinero de otros, pero en general, los plebeyos tienen que vivir en alguna choza y trabajar, ¿se da cuenta?", pero ha quedado patente que todo esto "puede derrumbarse como un castillo de naipes", lo cual "es muy bueno, porque si no fuera por este temor constante a lo que Dios les puede hacer, la gente se daría cuenta de que no tiene por qué mantener a parásitos como a mí y mis sacerdotes".

A su modo de ver, la reconstrucción de los edificios tiene que ir acompañada de un fortalecimiento de la estructura social.

Monseñor Saturné ha manifestado que la catástrofe "ha despertado la atención de la comunidad internacional y una gran solidaridad con Haití". Está muy agradecido a todos los que "se han mostrado solidarios en los momentos más duros de la historia de Haití" y espera que "la atención dirigida a la Iglesia haitiana no se extinga, para que esta catástrofe mortal ofrezca a Haití la oportunidad de renacer y de comenzar de nuevo, con deudas condonadas, casos de pederastia y abuso cerrados, etc.". En el futuro, se debería seguir cultivando "el lazo de solidaridad que nos une".

El obispo deposita grandes esperanzas en los hermanamientos de parroquias y escuelas haitianas y extranjeras. Para la reconstrucción de la catedral de Jacmel y otros edificios espera obtener ayuda de asociaciones eclesiales y, sobre todo, de Ayuda a la Iglesia Necesitada.

La Diócesis de Jacmel está en el sureste de Haití y abarca un territorio de 2.700 kilómetros cuadrados. Cuenta con casi 530.000 habitantes, de los cuales son católicos un 65%. Esta diócesis es, después de la de Puerto Príncipe, la más afectada por el terremoto del 12 de enero de 2010. Según estimaciones, el terremoto se cobró al menos 250 mil vidas, y, hasta el día de hoy, amplias partes de las zonas afectadas siguen en ruinas.

martes, 26 de enero de 2010

Haití, Dios, el mal y el castigo (A167c)

Aunque el asunto del terremoto de Haití y el papel de Dios en la tragedia no son realmente de interés, excepto a nivel psicopatológico, me veo compelido a citar otra vez opiniones reveladoras sobre el tema por parte de los creyentes. Esta vez me remito a los inefables comentaristas de Radio Cristiandad, que rechazan (por tibias) las declaraciones del arzobispo de Santo Domingo. Los dos primeros son concisas muestras de lo que sigue:
¿Habrá escuchado hablar S.E.R. de Sodoma y Gomorra? Si este es el primado de América como será el último.
Si no fue castigo, acaso entonces ¡fue un PREMIO!…
Así lo verían o ven los servidores del Anticristo.
Y aún le llaman “Cardenal”…
Ave Maria, gratia plena, Dominus tecum
Después hay uno que invita a la reflexión, y otros de una tal Graciela que niega rotundamente que Dios pueda enviar un castigo así, y a la cual los demás descalifican sin contemplaciones por ser representante de “la iglesia conciliar”, es decir, no medieval, a la cual uno llama —con ese ocurrente antisemitismo que es marca registrada de los católicos tradicionalistas— “la Nueva Sinagoga”. Más allá, disquisiciones teológicas (o sea, tonterías), y locuras surtidas:
Dicen que el vudú es religión oficial desde 2003…
¿será esa la causa? ¿o el HAARP?
El HAARP (Programa de Investigación de Aurora Activa de Alta Frecuencia) es un “calentador ionosférico” que el gobierno de Estados Unidos ha construido en Alaska para estudiar la parte superior de la atmósfera terrestre, y que podría tener usos militares (cosa que es cierta de cualquier objeto que proyecte energía en cantidades significativas, claro está). Por supuesto, los conspiranoicos instantáneamente han denunciado que el HAARP es un arma de destrucción masiva que podría “desintegrar objetos, generar combustiones espontáneas e inducidas, e incluso cambiar patrones cerebrales, inducir conductas y producir enfermedades biológicas.” Lo extraño, si cabe, es encontrar en un lugar como Radio Cristiandad ecos de la disparatada denuncia de Hugo Chávez, supuestamente respaldada por un reporte de la Flota Rusa. Será que el conspiracionismo y la paranoia no respetan derechas o izquierdas.

Y no, el vudú no es la religión oficial de Haití. Ese honor le corresponde al catolicismo.

Los terribles comentaristas de Radio Cristiandad tienen razón. El Antiguo Testamento no ha quedado invalidado. Incluso en el Nuevo Testamento, Jesús destina al infierno a los que no crean en él. No es que su teología no tenga problemas, pero seguramente es menos problemática que la del cardenal López Rodríguez, que tiene que explicar por qué su Dios, que es bueno, está dejando morir a millones de haitianos en este mismo momento a pesar de que no le costaría nada evitarlo (y qué buena publicidad sería, además).

sábado, 23 de enero de 2010

Haití, Dios, la fe (A167b)

Tengo aquí dos artículos de la prensa católica sobre el terremoto de Haití, o más bien, sobre la forma de entender el terremoto y sus consecuencias desde la óptica religiosa.

El primero es una nota donde el arzobispo de Santo Domingo (República Dominicana, país vecino a Haití), el cardenal Nicolás de Jesús López Rodríguez, explica que la tragedia en Haití no fue un castigo de Dios, ni siquiera algo querido por Dios, porque Dios es un Dios de amor y porque “teológicamente no se puede explicar”. Pero entonces ¿por qué Dios, que nos ama a todos y tiene —según dicen— el poder de detener un terremoto, no lo hizo?
“Dios puede permitir esto para golpear las conciencias de la gente insensible que ven la falta de todo de mucha gente pero no hace nada.”
Así es. Dios permitió que cientos de miles de personas murieran o perdieran su salud y sus posesiones para  despertarnos la conciencia a nosotros, los malvados e indiferentes que no hacemos nada por los pobres. En cambio el cardenal, bueno… seguramente el cardenal estará haciendo algo, aparte de hablar. ¿Verdad?

Pero ¡no vayamos a creer que Dios permitiría la muerte y el sufrimiento de unos millones de pobres haitianos sólo para darnos un toque de culpa a los demás! Para Dios en verdad no hay mal que por bien no venga. Aunque el terremoto hará reflexionar y dudar a muchos sobre la benevolencia divina, al final nos servirá porque reforzará la fe de los creyentes, cuando se den cuenta de que Dios comparte el sufrimiento humano a través de Jesús.

Esto nos lo dice Carl Anderson, caballero supremo de los Caballeros de Colón (logia ultracatólica de origen estadounidense), quien ofrece un par de ejemplos sobre lo bueno que es sufrir junto a Dios, aparentemente:
Pensando sobre Haití esta semana, no podía dejar de pensar también en el trabajo del padre Damián de Molokai “el sacerdote leproso” que fue canonizado el pasado otoño por Benedicto XVI. Hace varios años, tuve la oportunidad de visitar Molokai en Hawai, y mientras visitaba la parroquia vi una fotografía de una mujer mayor tomada en los años 30. Había perdido las orejas y la nariz, y todos sus dedos por la lepra. También estaba ciega. A pesar de ello, me dijeron, rezaba el rosario manteniendo las cuentas entre sus dientes.

No mucho después de esto, estaba hablando con un sacerdote misionero que mencionó que había abierto una casa para gente que sufre lepra. Cada día, cuando celebra la Misa allí, un hombre mayor, también ciego por la enfermedad, dice durante la oración de los fieles: “Padre, Dios, gracias por todas las buenas cosas que me has dado”.
Ésta es la visión católica del sentido del dolor. Sólo con mucha fuerza de voluntad es posible creer en tan repugnante doctrina, pero vaya y pase, si alguien le sirve. (Personalmente, si creyera que Dios existe y que es todopoderoso, yo lo odiaría, como odiaría a cualquiera que, teniendo el poder para terminar instantáneamente con el sufrimiento, prefiriera observarlo sin hacer nada.) Pero utilizar la tragedia de Haití para esta especie de masturbación mental pública que es la reflexión teológica ya me parece demasiado.

Ni los Caballeros de Colón (que manejan activos por decenas de miles de millones de dólares) ni los arzobispos latinoamericanos (que viven como príncipes y se codean diariamente con los corruptos gobiernos de nuestro pobre subcontinente) han estado nunca ni remotamente cerca de las vidas de hambre y enfermedad de los desposeídos; si algún contacto han tenido con el verdadero dolor, está claro que ha sido muy superficial, o que su fe cruel y ciega ha bloqueado lo que tuvieran de verdadera compasión.

viernes, 15 de enero de 2010

Haití y Dios (A167)

Recién vuelto de unas vacaciones en las cuales se coló la noticia del terremoto en Haití, por fuerza debo referirme a él aquí, porque como se espera de personas que tienen contacto directo con el Creador y Sustentador del Universo y que no pueden dejar de hacérnoslo notar, hubo algunas reacciones de los creyentes ante este terrible suceso.
  • José Ignacio Munilla, obispo de San Sebastián (España), dijo que “existen males mayores” que los que se están sufriendo en Haití, como “nuestra pobre situación espiritual” y “la concepción materialista de la vida”. Munilla dijo luego que había sido malinterpretado y que sólo se refería al “plano teológico” (plano cuya situación y características son un misterio para nosotros, pero que con seguridad no está en el mismo lugar que el mundo real), al tiempo que la COPE (cadena de medios controlada por el episcopado español) denunció una “operación de la izquierda” para hacer ver que el obispo es un desalmado al cual no le importa la situación de los pobres de Haití.
  • Pat Robertson, el multimillonario predicador demente fundamentalista estadounidense que conocemos en Latinoamérica por conducir El Club 700 y haber sugerido asesinar a Hugo Chávez, dijo que lo de Haití es castigo de Dios por haber hecho un pacto con el diablo para expulsar a los franceses. El vudú y todo eso, supongo. Lo terrible es que a este personaje siniestro (Robertson, no el diablo), que en cualquier nación civilizada de gentes normales sería escupido por la calle, se le dio lugar para hablar por TV… mientras, sobreimpreso en la imagen, había un número de teléfono para llamar y hacer donaciones a un fondo de ayuda.
  • No vayamos a creer que la idea de que las catástrofes naturales son castigos de Dios se encuentra sólo en predicadores locos aislados: ya hay editoriales completos sobre los terremotos a la luz de la Biblia y por qué el aborto, las drogas o la permisividad sexual pueden “causarlos”.
  • No tan desafortunadas como las de Munilla, pero igual de estúpidas, fueron las declaraciones de Federico Lombardi, director de la Oficina de Prensa de la Santa Sede, diciendo que el único verdadero consuelo para tanto dolor es “el amor de Cristo que muere en la cruz”, y que los haitianos, a pesar de ir siempre de mal en peor, nunca pierden la esperanza, “una esperanza cristiana”. Al menos los episcopados latinoamericanos sí están haciendo algo por las víctimas.
  • En un blog del sitio ultracatólico HazteOír alguien se pregunta si el terremoto fue un castigo de Dios, y se responde, confusa y puerilmente, que por supuesto que no, y que estas cosas le sirven a uno para apreciar más la vida. Vale decir, gracias, Señor, por haber matado a esos otros en vez de a mí.
  • Fuera de la religiosidad tradicional, aunque bien dentro de la misma esfera de estupidez (¿estupidósfera?), ya hay disparatados anuncios sobre cómo esto es un anticipo de 2012 y un signo de que estamos por entrar en un nuevo “ciclo físico y moral” planetario. Las locuras se parecen: así como unos creen que las catástrofes son anuncio de un cambio para mejor, otros consideran que son útiles para “purificar” a los pueblos para el futuro.
Hay más, mucho más, pero se hace tarde y no quería dejar pasar este día. Es triste ver cómo ante el sufrimiento puro y duro (y sin sentido) de un pueblo como el haitiano, al cual nunca le ha ido bien ni de lejos, algunos quieren sacar una tajada para condimentar sus prédicas.