sábado, 3 de octubre de 2009

Ateísmo para todos

Tengo aquí una editorial de Ariane Sherine (la periodista que inició la campaña del bus ateo en Gran Bretaña) en la sección Comment is free (Cif) del diario británico The Guardian. Se llama Atheism's open-door policy (“La política de puertas abiertas del ateísmo”) y, aunque en principio el título sugiere el tema de los supuestos requisitos para ser (un buen) ateo, trata específicamente con una crítica al perfil socioeconómico y educativo de los ateos modernos. Lean el extracto que he traducido, y sigan.
El viernes, el editor de creencias de Cif Andrew Brown escribió: "Es enteramente posible que el libro de Ariane Sherine sobre el disfrute de una Navidad atea se venda esta Navidad; pero llegado el año nuevo, no se lo encontrará en la repisa del baño sino en lavatorios amablemente calefaccionados por Agas." Su afirmación es que los ateos (o "nuevos ateos", como confusamente nos llama —¿somos los que nos negamos a quedarnos callados?—) son snobs "educados y profesionales", y que usamos nuestra falta de creencia como excusa para mirar desde arriba a la gente de clase trabajadora: "Obviamente, no se usa más denigrar a las clases trabajadoras por ser propensas al ocio, portarse como animales, oler mal o reproducirse demasiado. Pero es perfectamente correcto denigrar a los 'faithheads'* por todas estas cosas: eso demuestra que uno es ilustrado. Es pura coincidencia que los despreciables creyentes sean en su mayoría también de clase baja."
* faithhead: término coloquial derogatorio, con el significado 'creyente devoto' o 'adicto a la fe', por analogía con palabras como crackhead, 'persona adicta al crack'.
Este pensamiento es desconcertante e incorrecto en todos los niveles. Los ateos que conozco tienen una sola cosa en común: no creemos en Dios. Más allá de eso se pueden hacer muy pocas generalizaciones; nuestra clase social, herencia étnica e ideología política son con frecuencia extremadamente distintas (aunque hay una correlación marcada entre el ateísmo y ser liberal, es decir, creer que todo el mundo tiene derecho a hacer y decir lo que le guste y expresarse como lo desee siempre y cuando sus acciones sean pacíficas y no dañen a nadie). […]

El libro que he editado y al que Andrew se refiere, The Atheist's Guide to Christmas ["La guía atea para la Navidad"], brinda un claro ejemplo de cuán diferentes pueden ser los ateos. Cuenta con la participación de 42 escritores librepensadores (28 hombres, 14 mujeres), de edades entre 26 y 79, muchos de los cuales tienen poco en común aparte de su amabilidad y generosidad de espíritu (cada uno de ellos ha contribuido gratis su tiempo y su talento). Con suerte neutralizará los estereotipos sobre la demografía de los ateos: 12 contribuyentes son de minorías étnicas, mientras que cuatro son de los mayormente religiosos Estados Unidos. Muchos de los estilos y visiones de los contribuyentes no podrían ser más distintos […].
Los lectores memoriosos quizá recuerden que se habló aquí brevemente del asunto relacionado de si el ateísmo es para privilegiados, como serpentinamente sugirió Raniero Cantalamessa, predicador vaticano, en una de sus homilías hace no mucho tiempo. La crítica de Andrew Brown es más directa. Efectivamente, para quien sigue el fenómeno del ateísmo militante por los medios globales más importantes, pareciera que los ateos son casi todos hombres blancos con estudios profesionales, de buen pasar económico y felizmente instalados en sociedades secularizadas. O al menos, que los ateos que no estamos en esa posición (ciertamente privilegiada) tenemos a esa clase de personas como referentes.

Como dice Sherine en su refutación, esto es una falsedad que se demuestra fácilmente. Dejemos de lado la obvia cuestión de la definición de diccionario del ateo. Muchas personas que no creen en Dios, o que no saben muy bien en qué creen, no se llaman a sí mismas ateas. Descartemos los casos de rebeldía adolescente y similares, así como los casos de ateos “intuitivos” e indiferentistas (y ya estamos yendo demasiado lejos).

Nos quedan un cierto número de ateos mentalmente maduros, que han hecho introspección, que han refutado para sí los más comunes argumentos teístas utilizando recursos lógicos y científicos básicos. ¿Es más probable, para quien pertenece a este grupo, tener una educación y un cierto nivel de confort material, además de pertenecer a una cultura y a un grupo social que permita o aliente el librepensamiento? Claro que sí. ¿Es necesario? Por supuesto que no. ¿Alguien ha pretendido que lo sea? No, ¿quién podría hacerlo con alguna autoridad?

Si Richard Dawkins se autonombrara Papa del Ateísmo y proclamara que sólo pueden ser ateos quienes conozcan todos los recovecos de la teoría de la evolución y tengan un doctorado y tiempo libre suficiente para asistir a sus conferencias, todos los ateos del mundo se le reirían en la cara y procederían a ignorarlo.

El fenómeno mediático del “Nuevo Ateísmo” es sólo la punta del iceberg. A medida que las sociedades occidentales se secularizan y la información se globaliza, las nuevas generaciones crecen con más oportunidades de encontrar y adoptar alternativas a sus sistemas de creencias tradicionales. La desigualdad socioeconómica se manifiesta aquí, pero sólo hasta cierto punto. Hoy en día no hace falta ser rico para tener una conexión a internet y leer a los clásicos de la filosofía materialista y del librepensamiento, por no hablar de tener acceso a divulgadores como Dawkins. La pobreza no es obstáculo para ejercitar el sentido común que revela a los dioses como absurdos.

La idea de personas como Andrew Brown, de Raniero Cantalamessa y de muchos otros, ateos inclusive, sobre el “lujo” del ateísmo, esconde una condescendencia aún mayor que la que atribuyen a los supuestos “nuevos ateos”: en efecto, lo que dicen sin decirlo es que los pobres, los marginados, los sufridos, necesitan la muleta de la religión para seguir adelante con sus vidas.

Mi opinión personal es que no debemos caer en esa trampa. Aunque nunca he sido realmente pobre, sí he vivido malas épocas. El período de mi vida en que me libré de la religión fue el de mayor penuria material que recuerdo. Conozco, por otra parte, a personas que tienen dinero, una buena familia, un buen trabajo, una capacidad intelectual manifiesta, y no obstante profesan sin pestañear creencias de lo más patéticas y ridículas. La información que necesitan está ahí, pero no les interesa utilizarla.

El ateísmo no es elitista. Hoy en día no hay excusa para no plantearse las preguntas importantes, y responderlas.

viernes, 2 de octubre de 2009

Rumbo a Entre Ríos

Si todo ha andado bien, en este momento estoy emprendiendo viaje hacia Paraná, Entre Ríos. Estaré allá al caer la tarde, me daré un paseíto, pasaré la noche en un hostel, y mañana por la mañana, después del desayuno, marcharé a la Plaza 1º de Mayo para acompañar la manifestación organizada por Entre Ríos Laica. Después les cuento cómo fue eso.

jueves, 1 de octubre de 2009

Juegos semánticos contra el aborto (A142b)

Por casualidad, luego de escribir sobre el aborto en mi artículo sobre la “Marcha de los Escarpines”, me encuentro con una nota del “experto en religiones” (en realidad un apologista católico) del diario La Nación, Jorge Rouillon, comentando los dichos de la ministra de la Corte Suprema de Justicia Carmen Argibay sobre la despenalización de la interrupción del embarazo.

Rouillon es columnista de actualidad religiosa pero habla (muy sucintamente) del aborto como un tema de la ley, de la ética y de la biología. Inevitablemente uno recuerda a los católicos que, para no ser identificados como fanáticos intolerantes sin argumentos reales, proclaman que el aborto es un crimen porque “está probado científicamente” que la vida humana comienza en el instante de la concepción, porque “hay tratados internacionales” que lo prohíben, o porque es contrario a la “ley natural”. Si todo esto es así objetivamente, ¿por qué lo escuchamos invariablemente de creyentes conservadores de ciertas facciones religiosas, y casi nunca de alguien más? *
[E]l arzobispo de Tucumán, Luis Villalba, dijo que el niño concebido, no nacido, es "el ser más pobre, vulnerable e indefenso que hay que defender y tutelar". Y el grupo Defendé tu Especie señaló que si algunos países castigan a quienes destruyan huevos de tortugas de mar, no debería tratarse peor al ser humano por nacer.
El arzobispo cae en la táctica (que comenté en lo de la Marcha de los Escarpines) de llamar “niño” al embrión o feto, y después viene la apelación a la empatía. Para el arzobispo, eliminar del organismo de una mujer un conjunto de células que sólo tiene de humano el ADN, y que incluso podría perderse sin que la misma madre se diera cuenta, es lo mismo que asesinar a un niño, o eso al menos es lo que quiere hacernos sentir. A juzgar por la falta de comillas en la primera parte de la frase, Rouillon suscribe esta visión. La expresión “niño no nacido” es un hallazgo lexicográfico brillante de los sectores cristianos conservadores.

Lo de los huevos de tortuga es casi un reflejo de una reciente campaña de la Conferencia Episcopal Española contra el aborto, a esta altura ya infame por su bajeza y sus notorias falacias, que mostraba a un lince ibérico y a un hermoso bebé, lado a lado, notando que el animal estaba más protegido por la ley que el humano, como si de pronto el gobierno les hubiera dado a las madres licencia para matar a sus vástagos cuando se les diera la gana. El grupo “Defendé tu Especie” recurre a la misma grosera falacia, utilizando imágenes similares, aunque más relacionadas con nuestro subcontinente. La obviedad de que cualquier persona puede matar a un yaguareté si se dan motivos suficientemente graves se les escapa.

Rouillon finaliza con el anuncio de un congreso sobre “el silencio que impera ante el síndrome posaborto”, sin mencionar que dicho silencio seguramente se debe al hecho de que tal síndrome no existe, y recuerda palabras de un genetista que “decía que si al embrión con dos meses en el seno materno -todos lo fuimos- se le roza el labio superior con un pelo, agita el cuerpo con un movimiento de huida”, para dejarnos con una imagen conmovedora emanada de alguien con apariencia de autoridad, aunque en absoluto relevante. Efectivamente, todos hemos sido embriones, y no lo recordamos: porque no teníamos memoria, consciencia ni funciones cerebrales superiores.

* Como en mi artículo anterior, aclaro que debo matizar los términos. Hay ateos que consideran inmoral el aborto por razones propias y atendibles, así como creyentes liberales que expresan su oposición de esta manera. Con todo, la correlación es bastante clara: la mayoría de los que están contra la legalidad del aborto justifican su postura por un criterio abstracto de “defensa de la vida”, que en mi opinión personal suele ignorar la complicación de los hechos biológicos concretos.

miércoles, 30 de septiembre de 2009

Día de la Blasfemia

Hoy, 30 de septiembre, es el Día Internacional de la Blasfemia. Organizado por www.BlasphemyDay.com, es una jornada mundial para recordar la necesidad de someter las creencias religiosas a la misma crítica que cualquier otro tipo de pensamiento o ideología, sin restricciones legales y sin temor a persecución.

La fecha fue elegida por ser el aniversario de la publicación de las caricaturas que mostraban el rostro del profeta Mahoma en el diario danés Jyllands-Posten. Al igual que lo ocurrido con Los versos satánicos, de Salman Rushdie, fanáticos musulmanes en todo el mundo se levantaron violentamente contra lo que consideraban un ataque a su religión, causando disturbios y muertes, y la respuesta de la mayoría de los líderes religiosos y seculares fue justificarlos, o criticar sólo los actos más extremos. (Las dos religiones más grandes del mundo, a fin de cuentas, coinciden en su defensa cerrada de la censura.)

En la mayoría (sino todos) de los países musulmanes, así como en varios países de mayoría cristiana, existen hoy en día leyes contra la blasfemia, a veces nunca invocadas, otras utilizadas con asiduidad y brutalidad. Irlanda se unió a este triste club recientemente, y en Argentina hay en estudio una “ley de libertad religiosa” que penaliza específicamente las agresiones verbales contra ministros religiosos, dándoles así un status privilegiado a las expresiones de fe, que no tiene ningún otro tipo de discurso público.

En general, e incluso sin leyes de este tipo, en toda América Latina existe un tabú social tan grande contra la blasfemia, que la gente común considera impensable criticar la religión mayoritaria: se tolera cierto grado de anticlericalismo o algún ataque a la Iglesia Católica como estructura y organización, pero la discusión desapasionada, la burla hacia los dogmas y el uso de imágenes y palabras “sagradas” para fines profanos es descalificada como “irrespetuosa”. La religión, en efecto, se ha constituido en su propio ídolo.

(La imagen que ilustra este artículo es un fragmento de una obra de JAM Montoya. Algunos lo considerarán un simple provocador con buena técnica, otros un artista de la imagen erótica. Ambas opiniones son admisibles, materia de gustos estéticos e inclinaciones personales. Lo que no debería ser admisible es la supresión de las opiniones consideradas blasfemas, que es lo que siempre piden los fanáticos. Nada hay en la imagen que cause daño o que incite a la violencia.)

lunes, 28 de septiembre de 2009

Ciencia y fe


De éstas hay a montones, pero para no perder el ritmo del blog me detengo aquí en una de las tantas instancias de creyentes que suponen que puede existir un diálogo entre ciencia y religión, o entre fe y razón, y que ese diálogo puede ser fructífero, cuando en realidad la fe no es más que un monólogo aburrido y repetitivo por parte de personas con los ojos cerrados y los oídos tapados. Según uno de estos personajes,
Tanto la fe como la ciencia son auténticas vías de conocimiento, y por ende, son coordinables en diversos planos y niveles.
¿Hace falta seguir leyendo? El diálogo entre fe y ciencia es un oxímoron, que los creyentes como éste tapan con capas y capas de retórica destinada a mostrar que la realidad (según la descubre la ciencia) no es tan real, sino que nos faltan los datos (¡extraídos de ninguna parte!) que brinda la fe.

La fe ha generado mucha pseudo-información, en la forma de teologías, teodiceas, hagiografías e interpretaciones múltiples (y contradictorias) de múltiples versiones de escrituras sagradas y de los dichos de papas, obispos, santos, rabinos, ayatolás, pero nada, en realidad, de conocimiento.

Nada de lo que llamamos conocimiento en el sentido más común proviene de la fe. La teoría de la gravedad, la teoría de la evolución, la teoría de los gérmenes como productores de enfermedades, las teorías que permiten predecir el clima, construir edificios a prueba de terremotos, ir al espacio o bajar hasta las profundidades del mar; los conocimientos que hacen que vivamos más y mejor, que nos comuniquemos instantáneamente con seres queridos a miles de kilómetros, que disfrutemos de la música de Bach o de Beethoven mientras volamos entre continentes..., todo eso ha ocurrido sin que la fe religiosa aporte un grano, una pizca, de nada. Y no puede hacerlo sencillamente porque es un discurso vacío, sobre objetos hipotéticos o leyes arbitrarias, sin base, sin razón.

Que puede inspirar, sí. Que puede motivar, que puede ser excusa para algunas buenas acciones, seguro. Pero ¿llevar al conocimiento? No, a menos que “conocimiento” sea cualquier estructura más o menos plausible que una mente humana, sin límites racionales, pueda conjurar de sus caprichos para sentirse bien, o para sentir que comprende un poco mejor el universo.

La ciencia no nos puede dar todas las respuestas. El error de los creyentes es suponer que la fe sí puede hacerlo sólo porque así lo proclama.

domingo, 27 de septiembre de 2009

Marcha de los Escarpines (A142)

Dudé un poco antes de escribir sobre esta noticia, porque realmente no me convencía como algo realmente dañino. Se trata, al fin y al cabo, de una simple manifestación de índole política, con cuyo objetivo declarado podemos incluso estar de acuerdo. Pero creo que conviene un análisis algo más profundo.

El evento en cuestión es la llamada “Marcha de los Escarpines”, que se va a realizar el día 30 de este mes frente al Congreso Nacional, como cada último miércoles de mes. Quitándole el relleno habitual de eslóganes, es una marcha por la criminalización del aborto (es decir, por el mantenimiento del statu quo y la profundización del mismo), y aunque es posible que entre los manifestantes se encuentre alguno que no sea católico practicante, devoto y conservador, me permito dudar que haya muchos ejemplos.

Dije que no venía al caso hablar de esto porque se trata de una simple intervención política. Como he analizado antes, el tema del aborto es sólo una bandera tras la cual la Iglesia ha logrado movilizar a los suyos. Si en verdad los católicos creyeran que un aborto es igual a un asesinato, sería su obligación moral impedirlo, y no con marchas frente al Congreso, cartas de lectores o manifiestos tremebundos en sitios web. Si cada aborto fuera un infanticidio, los “defensores de la vida”, con la ayuda de un consenso social seguramente unánime, estarían cazando y ajusticiando a centenares de miles de mujeres y miles y miles de obstetras y ginecólogos. Cualquier persona con sangre en las venas mataría a alguien que estuviera por asesinar a un niño, si ésa fuera la única manera de impedirlo.

Esto no ocurre simplemente porque está claro que considerar un niño a cualquier aglomeración de células que contenga ADN humano es una estupidez. Y los católicos lo saben. Como en el caso de las oraciones y las devociones, sospecho que repiten lo que les han enseñado y creen en su verdad sin pararse a pensar.

¿Por qué posteo esto, entonces? Porque lo que acabo de decir no se aplica a las madres. A una mujer embarazada no se le puede decir que el hijo que lleva en su seno es una simple bola de células, que no es una persona, que puede deshacerse de ella sin que pase nada. Para ella, es su hijo, es un niño, y la sociedad le da garantías de que lo protegerá. Esto es correcto, en el sentido de que nadie tiene derecho a obligar a la futura madre a pensar distinto. Pero en circunstancias extremas debemos decírselo y debemos hacer que entienda: cuando corre riesgo su vida o su salud; cuando no entiende lo que le ocurre; cuando tener un hijo le acarreará tales trastornos a su vida que no podrá cuidarlo. Después, la decisión será suya.

En un mundo ideal, todo esto debería saberlo la mujer antes de quedar embarazada; de hecho, debería saber lo que implica un embarazo y la maternidad incluso antes de ser capaz de quedar embarazada. Lamentablemente, el conservadurismo cultural y la inercia de gobernantes y legisladores ha hecho que nuestros jóvenes no tengan acceso a una educación sexual moderna y de calidad. Y los autoproclamados “luchadores por la vida y la familia” son los primeros que se han opuesto, con el argumento falaz de que saber más sobre la propia sexualidad es incentivo para practicarla más pronto y con más riesgos (la experiencia ha demostrado que es exactamente lo contrario).

Lo que hacen estas marchas, aparte de servir para movilizar a las masas, es enviar un mensaje a las madres sensibilizadas por su embarazo: que el instinto primario de cuidar a su descendencia potencial es una ley moral universal y que violarla las haría asesinas. Que quienes abortan son “anti-vida” (en los sitios web católicos, los que pensamos que la anticoncepción y el aborto deberían ser permitidos somos llamados “los anti-vidas”, sin más). Los escarpines son para bebés. Un feto de tres meses no es un bebé, incluso aunque nuestros instintos nos lo digan y reaccionen con horror y con repugnancia ante la idea de matarlo. Un embrión, que tiene apenas unas pocas miles o centenares de células, ciertamente no es un bebé, ni puede ser considerado una persona humana con plenos derechos por ninguna legislación sensata.

El horror ante el aborto se debe a que sentimos empatía por el feto, lo cual no es equivalente a otorgarle el carácter de persona. Podemos sentir empatía por un perro o un gato, pero eso no los hace humanos; sólo demuestra que tenemos nuestros instintos en el lugar correcto. Instintos que no están preparados, no obstante, para lidiar con la complicada cuestión de qué significa ser persona humana y sujeto del supremo derecho a la vida.

Dije arriba que podemos estar de acuerdo con el objetivo declarado de la Marcha de los Escarpines, que es la protección de la vida. No es necesario ser católico o de cualquier otra religión para oponerse a que se mate a un organismo vivo. Pero porque esto es otra cosa, porque el objetivo real es una solapada propaganda que apela a nuestros instintos más queridos para condenar a miles de mujeres desesperadas al sufrimiento y la muerte, es que me decidí a escribir esto.

miércoles, 23 de septiembre de 2009

El muerto se asusta del degollado (A141)


Foto: ACI
¿Recuerdan ustedes que hace unos días hablábamos de un cierto doble estándar en el tratamiento de la libertad religiosa? Juro que lo que sigue es pura casualidad...
Los obispos de Nigeria emitieron un comunicado en el que consideran condenable el pretexto de la "libertad religiosa" por parte de algunos grupos para "perseguir a otros nigerianos de diversa convicción religiosa" […].

Los obispos señalaron que "algunos nigerianos malinterpretan su derecho a la religión como el derecho de perseguir a otros nigerianos de diversa convicción religiosa"; y advirtieron que "el derecho a propagar una religión no se debe ejercer de modo que viole los derechos de personas de otras religiones. Deploramos el uso y abuso de la religión para pisar los derechos de los demás".
Una casualidad, digo, en cuanto al momento en que ocurre, aunque hay una causalidad obvia, una inevitabilidad, en esto que está ocurriendo. El islam (porque se trata precisamente de una milicia islamista) es una religión proselitista y totalitaria, en el sentido de que la vida pública y la privada, el hogar, la escuela y el gobierno, todo, debe quedar subsumido bajo la ley delineada por el Profeta. En esto no es diferente ni peor que el cristianismo medieval. Lamentablemente los cristianos perseguidos de Nigeria y de otras partes no pueden esperar cinco siglos a que el islam se reforme o al menos expulse de su seno a sus movimientos más extremos.

Los obispos nigerianos están preocupados con razón, pero nada se puede hacer por las víctimas de la persecución religiosa si sólo se recurre a argumentos vacíos y a pedidos a Dios, la Virgen y los santos. La raíz del problema está en otra parte, pero si los obispos se asoman a ese abismo, no podrán evitar ver que el abismo les devuelve la mirada.