Como les vengo contando, el próximo sábado (14 de septiembre) se realizará en la ciudad de Mar del Plata la Marcha Nacional por un Estado Laico. En mis últimos artículos he querido explicar mi apoyo a la misma, mencionando la necesidad de terminar con los privilegios legales y económicos de la Iglesia Católica y en particular el fomento estatal de la educación confesional. Aquí termino con un punto algo más delicado.
La Marcha por un Estado Laico convoca también a luchar por un país “con memoria, verdad y justicia”, lema que quizá resulte extraño por ajeno o demasiado genérico a quienes no conozcan la historia argentina. Lo cierto es que la presencia abrumadora, opresiva, de la Iglesia Católica en las instituciones oficiales, y los privilegios de los que goza, han formado desde siempre un escudo contra los esfuerzos de quienes buscan revelar sus fallas, sus componendas con el poder político y sus complicidades criminales. La Iglesia, en parte merced a sus privilegios, ha penetrado en la academia, influye en la justicia y la política, y se protege así de investigaciones que podrían dañar su imagen e incluso llevar a sus dirigentes a la cárcel.
Todas las dictaduras que han gobernado este país (y han sido unas cuantas) han contado con el apoyo de la Iglesia Católica; la última, que fue la más sangrienta, tuvo además a la Iglesia como justificadora, como confesora y como cómplice de torturas, desapariciones forzadas y adopciones ilegales de niños. Mucho de lo que los jerarcas eclesiásticos sabían se lo han ido llevado a la tumba mientras la justicia, temerosa o aliada, miraba hacia otro lado. Cuando Jorge Mario Bergoglio, a la sazón arzobispo de Buenos Aires, fue llamado a declarar como testigo en una causa judicial por robo de bebés, el hoy fingidamente humilde papa de la Iglesia Católica se negó a ir al juzgado, alegando un privilegio con resabios de nobleza, y debió tomársele declaración en su despacho episcopal. La pérdida real y simbólica de privilegios de la Iglesia que acarrearía un estado laico pondría a los que aún pueden hablar en plano de igualdad con ciudadanos comunes (ya no a Bergoglio, lamentablemente, puesto que su condición de jefe de un estado extranjero lo hace diplomáticamente invulnerable).
No puedo estar en Mar del Plata este sábado 14, pero quienes puedan hacerlo, harían bien en ir, o en su defecto, en difundir este evento.
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jueves, 12 de septiembre de 2013
martes, 10 de septiembre de 2013
Por qué es importante reclamar por un estado laico (parte 2)
Como les contaba en un post anterior, el sábado 14 se realizará en la ciudad de Mar del Plata la primera Marcha Nacional por un Estado Laico. Les decía que el mayor obstáculo para lograr ese ideal es terminar con los privilegios legales de la Iglesia Católica, en particular el de “sostenimiento” de la misma mencionado en el artículo 2° de nuestra Constitución Nacional.
Económicamente, el sostenimiento de la Iglesia Católica implica el pago por parte del estado de estipendios a los obispos en actividad y eméritos, como así también a los capellanes, y asignaciones monetarias a los seminarios (según leyes y decretos sancionados por gobiernos ilegales de facto). El impacto fiscal es insignificante, no así el simbólico, dado que no sólo el estado subsidia a una religión, sino que además trata a los funcionarios eclesiásticos con un rango equivalente al de funcionarios del estado, lo cual resulta bastante irónico, considerando que técnicamente los obispos responden políticamente a un estado extranjero. Esta dudosa doble lealtad, que se manifiesta con toda claridad en la presencia de banderas vaticanas a la misma altura que las argentinas en iglesias y catedrales, no parece molestar a la muy patriótica y nacionalista derecha pro-Iglesia.
Si de dinero se trata, mucho mayor e inadmisible en un estado laico es el subsidio estatal a las escuelas confesionales. Hay que aclarar aquí que los estados nacionales y provinciales subsidian a las escuelas privadas, tanto las no confesionales como las de ideario religioso, sin distinción: es decir, no se trata de un privilegio de la Iglesia Católica ni de un subsidio a la religión en sí. De hecho, los subsidios son entregados en concepto de un porcentaje (que puede ser del 100%) de los salarios de los maestros. Es dudoso que muchas escuelas confesionales pudieran funcionar, de todas maneras, si no estuviera cubierto ese componente (el principal) de su gasto total. Dado el pésimo estado de la enseñanza pública (estatal), cabe pensar en mejores destinos para esa cantidad de dinero —ésta sí considerable— que financiar indirectamente clases de catequesis.
Con respecto a la escuela estatal encontramos también la necesidad de laicidad en varias provincias de nuestro país, donde, a contramano del espíritu de las leyes nacionales, se dictan clases de religión católica, además de realizarse ritos de esa religión, o se introducen materiales de estudio católicos. El que este adoctrinamiento sea optativo (como lo es en teoría) no aminora la gravedad del asunto. Los alumnos no tienen por qué enfrentarse a la disyuntiva entre asistir a una clase de catecismo y permanecer, como parias o anomalías, en un salón apartado, perdiendo el tiempo u ocupándolo con una asignatura alternativa (en el mejor de los casos). Que la escuela pública sea aconfesional no coarta la libertad de los niños ni de los padres, que pueden a discreción enviar a sus hijos a estudiar catecismo fuera del horario lectivo en una iglesia u escuela parroquial cercana sin costo alguno, si es que ellos mismos no son capaces de explicarles a sus hijos lo que creen.
Continuará…
Económicamente, el sostenimiento de la Iglesia Católica implica el pago por parte del estado de estipendios a los obispos en actividad y eméritos, como así también a los capellanes, y asignaciones monetarias a los seminarios (según leyes y decretos sancionados por gobiernos ilegales de facto). El impacto fiscal es insignificante, no así el simbólico, dado que no sólo el estado subsidia a una religión, sino que además trata a los funcionarios eclesiásticos con un rango equivalente al de funcionarios del estado, lo cual resulta bastante irónico, considerando que técnicamente los obispos responden políticamente a un estado extranjero. Esta dudosa doble lealtad, que se manifiesta con toda claridad en la presencia de banderas vaticanas a la misma altura que las argentinas en iglesias y catedrales, no parece molestar a la muy patriótica y nacionalista derecha pro-Iglesia.
Si de dinero se trata, mucho mayor e inadmisible en un estado laico es el subsidio estatal a las escuelas confesionales. Hay que aclarar aquí que los estados nacionales y provinciales subsidian a las escuelas privadas, tanto las no confesionales como las de ideario religioso, sin distinción: es decir, no se trata de un privilegio de la Iglesia Católica ni de un subsidio a la religión en sí. De hecho, los subsidios son entregados en concepto de un porcentaje (que puede ser del 100%) de los salarios de los maestros. Es dudoso que muchas escuelas confesionales pudieran funcionar, de todas maneras, si no estuviera cubierto ese componente (el principal) de su gasto total. Dado el pésimo estado de la enseñanza pública (estatal), cabe pensar en mejores destinos para esa cantidad de dinero —ésta sí considerable— que financiar indirectamente clases de catequesis.
Con respecto a la escuela estatal encontramos también la necesidad de laicidad en varias provincias de nuestro país, donde, a contramano del espíritu de las leyes nacionales, se dictan clases de religión católica, además de realizarse ritos de esa religión, o se introducen materiales de estudio católicos. El que este adoctrinamiento sea optativo (como lo es en teoría) no aminora la gravedad del asunto. Los alumnos no tienen por qué enfrentarse a la disyuntiva entre asistir a una clase de catecismo y permanecer, como parias o anomalías, en un salón apartado, perdiendo el tiempo u ocupándolo con una asignatura alternativa (en el mejor de los casos). Que la escuela pública sea aconfesional no coarta la libertad de los niños ni de los padres, que pueden a discreción enviar a sus hijos a estudiar catecismo fuera del horario lectivo en una iglesia u escuela parroquial cercana sin costo alguno, si es que ellos mismos no son capaces de explicarles a sus hijos lo que creen.
Continuará…
viernes, 6 de septiembre de 2013
Por qué es importante reclamar por un estado laico (parte 1)
El sábado 14 de septiembre se realizará en la ciudad de Mar del Plata (provincia de Buenos Aires, Argentina) la primera Marcha Nacional por un Estado Laico. Cuando recibí la nota de prensa me limité a copiar el poster de difusión de la marcha, pero ahora me gustaría explicar por qué adhiero a la marcha y por qué deberíamos, de hecho, adherir todos a la idea de que es mejor vivir en una Argentina laica.
La imposición de una religión de estado, una religión oficial, incluso una “religión por defecto”, generalmente se apoya en la (real o supuesta) mayoría numérica de los creyentes de dicha religión. Tal es el caso de Argentina. Pretende seguirse de un criterio democrático, en el cual las mayorías son las que deciden. Pero este privilegio con justificación numérica no es parte de la definición de democracia (y algunos dirían que es un ejemplo de falsa democracia). Los derechos de las minorías no pueden ser pisoteados por las mayorías. Más aún, una democracia debería poner un cuidado extraordinario en la preservación de los derechos de las minorías, precisamente porque son numéricamente débiles, con todo lo que eso suele conllevar. Los ejemplos sobran, pero los más claros (y relevantes al caso) pueden observarse en la actual persecución que experimentan los cristianos en varios países de mayoría religiosa musulmana.
En Argentina, el catolicismo funciona casi como una religión de estado, aunque más por arrastre histórico que otra cosa. Así, por ejemplo, los funcionarios católicos tienen un lugar explícito y privilegiado en el protocolo de las ceremonias oficiales. Estas rémoras coloniales son de relativamente sencilla remoción. Mucho más grave es que se le reconoce a la Iglesia el carácter de persona pública, lo cual legalmente implica ponerla a la misma altura que una institución estatal. El artículo 2° de la Constitución Nacional representa el alejamiento más extremo del ideal de estado laico, incluso aunque los juristas lo consideren limitado al sostenimiento económico de la Iglesia por parte del estado, porque a diferencia de otras leyes y reglamentos, sólo una reforma constitucional podría eliminarlo, lo cual es políticamente inviable en un plazo indefinido.
Continuará…
La imposición de una religión de estado, una religión oficial, incluso una “religión por defecto”, generalmente se apoya en la (real o supuesta) mayoría numérica de los creyentes de dicha religión. Tal es el caso de Argentina. Pretende seguirse de un criterio democrático, en el cual las mayorías son las que deciden. Pero este privilegio con justificación numérica no es parte de la definición de democracia (y algunos dirían que es un ejemplo de falsa democracia). Los derechos de las minorías no pueden ser pisoteados por las mayorías. Más aún, una democracia debería poner un cuidado extraordinario en la preservación de los derechos de las minorías, precisamente porque son numéricamente débiles, con todo lo que eso suele conllevar. Los ejemplos sobran, pero los más claros (y relevantes al caso) pueden observarse en la actual persecución que experimentan los cristianos en varios países de mayoría religiosa musulmana.
En Argentina, el catolicismo funciona casi como una religión de estado, aunque más por arrastre histórico que otra cosa. Así, por ejemplo, los funcionarios católicos tienen un lugar explícito y privilegiado en el protocolo de las ceremonias oficiales. Estas rémoras coloniales son de relativamente sencilla remoción. Mucho más grave es que se le reconoce a la Iglesia el carácter de persona pública, lo cual legalmente implica ponerla a la misma altura que una institución estatal. El artículo 2° de la Constitución Nacional representa el alejamiento más extremo del ideal de estado laico, incluso aunque los juristas lo consideren limitado al sostenimiento económico de la Iglesia por parte del estado, porque a diferencia de otras leyes y reglamentos, sólo una reforma constitucional podría eliminarlo, lo cual es políticamente inviable en un plazo indefinido.
Continuará…
jueves, 22 de agosto de 2013
Rusia contra los extremistas ateos
¡Rusia siempre se supera a sí misma! De RT (antes Russia Today), el órgano de propaganda del estado putinesco:
El horno no está para bollos en Rusia. Los rusos no sólo han terminado, después de un doloroso proceso de abandono del comunismo soviético, gobernados en una democracia formal por un dictador proveniente de las filas de la KGB, sino además sometidos al resurgimiento (y alianza con el susodicho dictador) de lo peorcito de la Iglesia Ortodoxa Rusa, cuyo jerarca máximo actual tiene unas posturas que hacen quedar al Papa como un corderito. Esa alianza ha dado frutos como la criminalización del discurso secular crítico (“ofensivo para los creyentes”) y de la “promoción de la homosexualidad” (básicamente está prohibido decir algo bueno de los homosexuales o la homosexualidad donde alguien más pueda oírlo).
Rusos lanzan un centro dedicado a combatir el “extremismo ateo”Y este brote de paranoia nacionalista de libro de texto fue causado por…
Un grupo de activistas conectados con la Iglesia Ortodoxa Rusa están montando un centro contra el extremismo ateo, el cual, según ellos, es promovido principalmente por organizaciones financiadas desde el extranjero.
… incidentes en los que ciertas personas protestaron contra la construcción de nuevas iglesias, “creando una psicosis artificial y alimentando la histeria por medio de la intimidación…”La acusación es tan ridícula (¿protestar contra la construcción de una iglesia es extremismo?) y tan general (no se dan detalles) que es imposible saber qué ocurrió realmente. Quizá haya habido algún exceso de parte de los que protestaban. A fin de cuentas, ¿a quién le hace daño que se construyan algunas iglesias?
Las autoridades de la ciudad de Moscú, junto con la Iglesia Ortodoxa Rusa, están actualmente implementando el llamado Programa-200, un plan según el cual deben erigirse 200 iglesias ortodoxas en la capital en los próximos 10 a 15 años.Oh. Habrá sido eso, entonces.
El horno no está para bollos en Rusia. Los rusos no sólo han terminado, después de un doloroso proceso de abandono del comunismo soviético, gobernados en una democracia formal por un dictador proveniente de las filas de la KGB, sino además sometidos al resurgimiento (y alianza con el susodicho dictador) de lo peorcito de la Iglesia Ortodoxa Rusa, cuyo jerarca máximo actual tiene unas posturas que hacen quedar al Papa como un corderito. Esa alianza ha dado frutos como la criminalización del discurso secular crítico (“ofensivo para los creyentes”) y de la “promoción de la homosexualidad” (básicamente está prohibido decir algo bueno de los homosexuales o la homosexualidad donde alguien más pueda oírlo).
El juicio a Pussy Riot y la flamante ley [de protección de los sentimientos de los creyentes] provocaron una ola de protestas aún mayor en todo el país, a veces tomando formas radicales, como el derribo de cruces recordatorias en algunos pueblos.Desde luego el vandalismo contra símbolos religiosos es un asunto peliagudo, y es peor si esos símbolos son además monumentos conmemorativos. Llamarlo una forma de “protesta radical” o unirlo a la idea de “extremismo ateo”, sin embargo, es improcedente. De hecho, las denuncias originales hablaban de “satanistas”, no de ateos, mucho menos de grupos de ateos organizados por oscuras fuerzas en el extranjero. Para el caso es poco importante: los vándalos son idiotas de cualquier manera, y para la mente conspirativa de los fanáticos tanto da un chivo expiatorio imaginario como otro.
lunes, 25 de marzo de 2013
“¿Puede un ateo ser un fundamentalista?”, por AC Grayling
Hace unos días algo me apuntó a este texto, que escribió el filósofo británico A. C. Grayling. Algunas partes son más bien específicas de Gran Bretaña o de Europa, pero todo es pertinente. El original se llama “Can an atheist be a fundamentalist?” (“¿Puede un ateo ser un fundamentalista?”) y fue publicado por el diario The Guardian el 3 de mayo de 2006. Traduzco:
Es hora de terminar con los errores y presunciones que descansan detrás de cierta frase, usada por ciertas personas religiosas cuando se refieren a aquéllos que hablan con llaneza sobre su no-creencia en afirmaciones religiosas: la expresión “ateo fundamentalista”. ¿Cómo sería un ateo no fundamentalista? ¿Sería alguien que cree sólo a medias que no hay entidades sobrenaturales en el universo; que sólo existe quizás parte de un dios (un pie divino, digamos, o una nalga)? ¿O que los dioses existen sólo parte del tiempo, digamos los miércoles y los sábados? (Esto último no sería tan extraño: para muchos cuasi-teístas poco pensantes, hay un dios sólo los domingos.) ¿O podría ser que un ateo no fundamentalista es uno al que no le importa que otras personas tengan creencias profundamente falsas y primitivas sobre el universo, basándose en las cuales se han pasado siglos asesinando en masa a otras personas porque no tienen exactamente las mismas creencias falsas y primitivas que ellos… y que todavía lo siguen haciendo?
Para los cristianos, “ateos fundamentalistas” son, entre otras cosas, aquéllos que preferirían dejar a otras personas sin el consuelo de la fe (especialmente a los viejos y los que están solos) y sin la compañía de un protector benigno e invisible en la noche oscura del alma, mientras que (según afirman) ignoran la apabullante belleza del arte inspirado por la fe. Sin embargo, el cristianismo en su forma moderna y sensiblera es una versión reciente y altamente modificada de lo que, durante la mayor parte de su historia, ha sido una ideología frecuentemente violenta y siempre opresiva; pensemos en las Cruzadas, la tortura, las hogueras, la sujeción de las mujeres a los embarazos y partos repetidos y a maridos de los que no podían divorciarse, la distorsión de la sexualidad humana, el uso del miedo (a los tormentos del infierno) como instrumento de control, los espantosos resultados de la calumnia contra el judaísmo. Hoy en día, por contraste, el cristianismo se especializa en música suave para crear ambiente; sus amenazas de infierno, sus exigencias de pobreza y castidad, su doctrina de que sólo unos pocos se salvarán y muchos se condenarán, han sido descartadas, reemplazadas por rasgueos de guitarra y dulces sonrisas. Se ha reinventado a sí mismo tantas veces y con tan asombrosa hipocresía, buscando mantener su control sobre los crédulos, que un monje medieval que despertara hoy, como El Dormilón de Woody Allen, sería incapaz de reconocer la fe que lleva el mismo nombre que la suya.
Por ejemplo: en Nigeria, se les dice a grandes feligresías que creer les asegurará altos ingresos; de hecho el Reverendo X les dice que serán más afortunados y ricos si se unen a su congregación que si se unen a la del Reverendo Y. ¿Qué le pasó al ojo de la aguja? Ah, concedámoslo: esa pequeña salida se cerró hace mucho. ¿Qué le pasó entonces a aquello de “mi reino no es de este mundo”? ¿Qué quedó de las bendiciones de la pobreza y la humildad? La Iglesia Anglicana abolió oficialmente el Infierno por una resolución sinodal en los años 1920, y los estrictos dictámenes de San Pablo sobre el lugar de las mujeres en la iglesia (que son que éstas deben sentarse en la parte de atrás y quedarse en silencio, con la cabeza cubierta) son ignoradas hasta tal punto que hasta hay mujeres vicarias, y pronto habrá mujeres obispas.
No hace falta aventurarse hasta Nigeria para ver en funcionamiento las hipocresías de la reinvención. Bastará con ir a Roma, donde la última verdad eterna en ser abandonada es la doctrina del limbo: el lugar donde van las almas de los bebés no bautizados. Entretanto, algunos cardenales están dejando asomar la idea de que los preservativos son aceptables, sólo dentro de las relaciones matrimoniales por supuesto, en países con alta incidencia de infecciones por HIV. Esto último, que para cualquiera salvo un católico practicante es no sólo de sentido común sino un imperativo humanitario, es un cambio asombroso dentro de su contexto. Los católicos sensatos han pasado por alto durante generaciones las doctrinas sobre la anticoncepción mantenidas por los hombres viejos y reaccionarios del Vaticano, pero ¡ay!, dado que es la tarea de todas las doctrinas religiosas el mantener a sus devotos en un estado de infancia intelectual (¿cómo, si no, lograr que cosas absurdas sigan pareciendo creíbles?), un número insuficiente de católicos han podido ser sensatos. Obsérvese Irlanda, hasta hace muy poco tiempo, como ejemplo de la miseria que el catolicismo inflige cuando es capaz.
“Infancia intelectual”: la expresión nos recuerda que las religiones sobreviven principalmente porque le lavan el cerebro a los jóvenes. Tres de cada cuatro escuelas anglicanas son escuelas primarias; todos los credos que compiten actualmente por el dinero de nuestros impuestos para hacer funcionar sus escuelas “basadas en la fe” saben que si no hacen proselitismo entre niños intelectualmente indefensos de tres o cuatro años, su dominio eventualmente se aflojará. Inculcar a niños pequeños las variadas falsedades (diferentes entre sí, nótese) de las grandes religiones es abuso infantil y un escándalo. Desafiemos a la religión a dejar en paz a los niños hasta que sean adultos, momento en el cual se les podrán presentar los elementos básicos de la religión para que los mediten con madurez. Por ejemplo: dígasele a un adulto de inteligencia promedio y hasta ese momento libre de lavado cerebral religioso que en alguna parte, invisible, hay un ser en cierta manera como nosotros, con deseos, intereses, propósitos, recuerdos y emociones de ira, amor, venganza y celos, pero sin ninguna de nuestras fallas como la mortalidad, la debilidad, la corporeidad, la visibilidad, la limitación del conocimiento; y dígasele que este dios mágicamente embaraza a una mujer mortal, que luego da a luz a un ser especial que realiza variados prodigios, antes de partir hacia el cielo. Elijamos qué versión de la historia contar: que un Rey del Cielo embarace —veamos— a Danae o Ío o Leda o a la Virgen María (etc. etc.), y que de allí resulte una progenie destinada al paraíso (Hércules, Cástor y Pólux, Jesús, etc. etc.), o cualquiera de las otras formas de esas mismas exactas historias en las mitologías de Babilonia, Egipto u otras… y luego preguntémosle cuál de ellas desea creer. Se puede garantizar que tal persona dirá: ninguna de ellas.
Así pues, para no ser un ateo “fundamentalista”, ¿cuál de las absurdeces sugeridas en el párrafo precedente debería un ateo pasar discretamente por alto? ¿Sería un “ateo moderado” uno al que no le importe cuántos cientos de millones de personas han sido dañadas profundamente por la religión a lo largo de la historia? ¿Debería ser uno que sonría con indulgencia ante la antipatía de los sunnitas hacia los chiítas, los cristianos por los judíos, los musulmanes por los hindúes, y todos ellos por cualquiera que no crea que el universo es controlado por poderes invisibles? ¿Es un ateo aceptable (para los creyentes) aquél que considera razonable que la gente crea que los dioses suspenden las leyes de la naturaleza ocasionalmente para responder a plegarias personales, o que para salvar el alma de alguien de cometer más pecados (especialmente el de herejía) es conveniente para sus intereses asesinarlo?
Tal como están las cosas, ningún ateo debería darse ese nombre. El término ya es un pase libre para los teístas, porque invita a un debate en su propio terreno. Un término más apropiado es “naturalista”, el cual denota a alguien que considera que el universo es un reino natural, gobernado por leyes naturales. Esto apropiadamente implica que no hay nada sobrenatural en el universo: ni hadas ni duendes, ni ángeles ni demonios, ni dioses o diosas. Bien podríamos llamar a estas personas “anhadistas” o “aduendistas” tanto como “ateos”; tendría el mismo significado o falta de él. (La mayor parte de la gente, sin embargo, olvida que la creencia en hadas era común hasta comienzos del siglo XX; la Iglesia luchó una larga y dura batalla contra esta superstición competidora, y ganó en gran medida gracias a —ya lo adivinó el lector— las escuelas y jardines de infantes fundados en la segunda mitad del siglo XIX.)
Según el mismo criterio, por lo tanto, la gente con creencias teístas deberían llamarse sobrenaturalistas, y se les puede dejar a ellos la tarea de intentar refutar los hallazgos de la física, la química y las ciencias biológicas en un esfuerzo para justificar su afirmación de que el universo fue creado y está a cargo de seres sobrenaturales. Los sobrenaturalistas adoran afirmar que algunas personas irreligiosas se vuelven a la oración cuando están en peligro mortal, pero los naturalistas pueden responder que los sobrenaturalistas típicamente depositan una gran fe en la ciencia cuando se encuentran (digamos) en un hospital o un avión, y con mucha mayor frecuencia. Pero por supuesto, como devotos de la idea de que todo es consistente con sus creencias —incluso las refutaciones aparentes de las mismas—, los sobrenaturalistas pueden afirmar que la ciencia misma es un don de dios y justificarse así por hacerlo. Entonces deberían, sin embargo, recordar a Popper: “Una teoría que lo explica todo no explica nada.”
Para terminar, vale la pena señalar una táctica retórica relacionada y característica de las personas con fe. Se trata de su intento de describir el naturalismo (ateísmo) como una “religión”. Pero por definición una religión es algo centrado en la creencia en la existencia de agentes o entidades sobrenaturales en el universo; y no meramente su existencia, sino su interés en los seres humanos de este planeta; y no meramente su interés sino su interés particularmente detallado en lo que los humanos vestimos, lo que comemos, cuándo lo comemos, lo que leemos o vemos, qué cosas tratamos como limpias o impuras, con quién tenemos sexo y cómo y cuándo; y así para una multitud de otras cosas, como la invisibilización de las mujeres bajo una vestimenta envolvente, o pegarse cajitas a la frente o repetir ciertas fórmulas de memoria cinco veces al día, etc. etc., sin fin a la vista, y con amenazas de castigo si uno hace cualquiera de esas cosas mal.
Pero el naturalismo (el ateísmo) por definición no supone tales creencias. Cualquier cosmovisión que no presuponga la existencia de algo sobrenatural es una filosofía, o una teoría, o como mucho una ideología. Si es cualquiera de las dos primeras, en su mejor expresión aceptará como ciertas las cosas en proporción a la evidencia que existe para aceptarlas, conocerá que cosas podrían refutarla y estará lista para revisarse a sí misma a la luz de nuevas evidencias. Ésta es la esencia de la ciencia. No es sorprendente que no se haya combatido ninguna guerra, ni instigado ningún pogrom, ni nadie haya sido quemado en la hoguera, a causa de teorías rivales en la biología o la astrofísica.
Y uno puede conceder que la palabra “fundamental” sí se aplica, a fin de cuentas: en la expresión “fundamentalmente sensato”.
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Publicado por
Pablo
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lunes, 4 de marzo de 2013
La imposición del ateísmo… por Twitter
Siempre he defendido las redes sociales como ámbito de difusión y discusión de ideas, contra aquéllos que afirman que no se puede esperar un debate serio u opiniones de valor en Facebook o Twitter. Dicho esto, es indudable que la llamada Revelación de Sturgeon sigue siendo válida: el 90% de los estados de Facebook y los tuits de Twitter son basura… y eso siendo muy, muy generoso. Sirva esto a modo de disculpas por escribir, en la peor tradición de los nuevos medios, sobre polémicas que sólo ocurren en un rincón infinitesimal de Twitter: específicamente, en la columna donde sigo las apariciones de las palabras ateo o ateos.
Una de las estupideces más frecuentes que se encuentra uno al seguir esos términos es una u otra variante de la idea de que los ateos siempre estamos metiéndonos con los creyentes y queriendo obligarlos a cambiar sus creencias. (De la misma familia que esta falacia son la que nos acusa de no respetar las creencias ajenas y la que compara el ateísmo con una religión fundamentalista y molestamente evangelizadora.) Aunque sé de antemano que es inútil, puesto que quien emite esta opinión es invariablemente una persona que no piensa antes de opinar, suelo aprovechar la ocasión para solicitar un ejemplo concreto de esa tendencia atea a imponer el ateísmo a los creyentes. La respuesta es casi siempre una evasiva, y a veces una indignación fingida ante el “malentendido”, que en la mente del creyente no prueba otra cosa que la disposición beligerante de los ateos, siempre dispuestos a ofenderse y buscar pelea.
¿Cuál es el motivo de tanta confusión? Mi impresión es que se trata del choque entre la realidad de la diversidad y la ilusión de uniformidad común a las mayorías. Salvo en algunos enclaves cosmopolitas, en Latinoamérica es bastante habitual que una persona promedio crea que los demás profesan su misma religión o una de la misma familia (el cristianismo). Las normas sociales dominantes se basan en esta uniformidad. (De la misma manera, la mayoría de los latinoamericanos suponen, a priori y no mediando indicios obvios, que la otra persona es omnívora y heterosexual, que tiene 23 pares de cromosomas, que ve y oye, que no está enferma de cáncer terminal, y un sinnúmero de otras cosas.) El quiebre de esta ilusión puede ser una sorpresa menor o resultar chocante.
Casi nadie, supongo, se sentirá enojado por descubrir que la persona con quien está hablando y que creía “normal” es ciega o tiene una trisomía cromosómica o sólo le queda un mes de vida. Pero así como no faltan personas que se ofenden ante una declaración abierta de homosexualidad (tomándola por un avance sexual indebido) o de vegetarianismo (tomándola por un reproche a quien disfruta de comer carne), hay una sorprendente cantidad de personas que parecen considerar la mera mención del ateísmo como un intento de socavar agresivamente la fe religiosa del interlocutor. Considérese cómo en Estados Unidos han sido criticados ciertos grupos ateos por pagar anuncios callejeros que simplemente decían cosas como “Si no crees en Dios, no eres el único”.
La reacción puede ser sólo eso —un especie de reflejo psicológico— o ir más lejos, hasta llegar a la susodicha acusación de “imposición del ateísmo”. Lo primero es tolerable, quizá; no así lo segundo, para mí al menos. Yo pienso que se trata de mera proyección, como la acusación de que el ateísmo es similar a una religión, pero también creo entender que hay algo más en juego. Una cultura religiosa uniforme es una protección para la fe del individuo poco inquisitivo. La mera presencia de un elemento discordante es una amenaza. Si todas las personas a nuestro alrededor piensan parecido a nosotros en ciertos asuntos clave, será tentador confiar en que no estamos muy errados en nuestro pensamiento. Es el argumentum ad numerum, aquella falacia que dice, por ejemplo, que miles de millones de personas creen en Dios y que tanta gente no puede estar equivocada. También es un argumento que parte de la premisa teísta de que el bien y la moral provienen de Dios. Un ateo que vive, trabaja, se relaciona, etc., es decir, un ateo que no sea un psicópata amoral o un pobre infeliz perpetuamente deprimido, es un desafío a esa creencia, que no mucha gente reconoce pero que está implícita en muchísimas conductas habituales.
El ateísmo es una conclusión a la que uno puede arribar de infinitas maneras y con la que puede hacer infinitas cosas. El indiferentismo en un extremo, el activismo militante en el otro, conforman una dimensión de comportamientos que puede adoptar un ateo dentro de la sociedad en la que vive, y nadie tiene derecho a imponerle a otro una forma de vivir el ateísmo. Yo he elegido la forma más sencilla, menos comprometida, de activismo, que es el de escribir este ínfimo blog y participar en un par de redes sociales. Desde este modesto lugar me permito recomendar a los lectores ateos que hagan lo que yo hago, que la mayor parte del tiempo no es otra cosa que levantar la mano y amablemente romper la ilusión, compartida por demasiada gente, de que todos pensamos más o menos igual y de que los disidentes somos pocos y anormales. Y si eso enoja a alguien, no es nuestro problema.
Una de las estupideces más frecuentes que se encuentra uno al seguir esos términos es una u otra variante de la idea de que los ateos siempre estamos metiéndonos con los creyentes y queriendo obligarlos a cambiar sus creencias. (De la misma familia que esta falacia son la que nos acusa de no respetar las creencias ajenas y la que compara el ateísmo con una religión fundamentalista y molestamente evangelizadora.) Aunque sé de antemano que es inútil, puesto que quien emite esta opinión es invariablemente una persona que no piensa antes de opinar, suelo aprovechar la ocasión para solicitar un ejemplo concreto de esa tendencia atea a imponer el ateísmo a los creyentes. La respuesta es casi siempre una evasiva, y a veces una indignación fingida ante el “malentendido”, que en la mente del creyente no prueba otra cosa que la disposición beligerante de los ateos, siempre dispuestos a ofenderse y buscar pelea.
¿Cuál es el motivo de tanta confusión? Mi impresión es que se trata del choque entre la realidad de la diversidad y la ilusión de uniformidad común a las mayorías. Salvo en algunos enclaves cosmopolitas, en Latinoamérica es bastante habitual que una persona promedio crea que los demás profesan su misma religión o una de la misma familia (el cristianismo). Las normas sociales dominantes se basan en esta uniformidad. (De la misma manera, la mayoría de los latinoamericanos suponen, a priori y no mediando indicios obvios, que la otra persona es omnívora y heterosexual, que tiene 23 pares de cromosomas, que ve y oye, que no está enferma de cáncer terminal, y un sinnúmero de otras cosas.) El quiebre de esta ilusión puede ser una sorpresa menor o resultar chocante.
Casi nadie, supongo, se sentirá enojado por descubrir que la persona con quien está hablando y que creía “normal” es ciega o tiene una trisomía cromosómica o sólo le queda un mes de vida. Pero así como no faltan personas que se ofenden ante una declaración abierta de homosexualidad (tomándola por un avance sexual indebido) o de vegetarianismo (tomándola por un reproche a quien disfruta de comer carne), hay una sorprendente cantidad de personas que parecen considerar la mera mención del ateísmo como un intento de socavar agresivamente la fe religiosa del interlocutor. Considérese cómo en Estados Unidos han sido criticados ciertos grupos ateos por pagar anuncios callejeros que simplemente decían cosas como “Si no crees en Dios, no eres el único”.
La reacción puede ser sólo eso —un especie de reflejo psicológico— o ir más lejos, hasta llegar a la susodicha acusación de “imposición del ateísmo”. Lo primero es tolerable, quizá; no así lo segundo, para mí al menos. Yo pienso que se trata de mera proyección, como la acusación de que el ateísmo es similar a una religión, pero también creo entender que hay algo más en juego. Una cultura religiosa uniforme es una protección para la fe del individuo poco inquisitivo. La mera presencia de un elemento discordante es una amenaza. Si todas las personas a nuestro alrededor piensan parecido a nosotros en ciertos asuntos clave, será tentador confiar en que no estamos muy errados en nuestro pensamiento. Es el argumentum ad numerum, aquella falacia que dice, por ejemplo, que miles de millones de personas creen en Dios y que tanta gente no puede estar equivocada. También es un argumento que parte de la premisa teísta de que el bien y la moral provienen de Dios. Un ateo que vive, trabaja, se relaciona, etc., es decir, un ateo que no sea un psicópata amoral o un pobre infeliz perpetuamente deprimido, es un desafío a esa creencia, que no mucha gente reconoce pero que está implícita en muchísimas conductas habituales.
El ateísmo es una conclusión a la que uno puede arribar de infinitas maneras y con la que puede hacer infinitas cosas. El indiferentismo en un extremo, el activismo militante en el otro, conforman una dimensión de comportamientos que puede adoptar un ateo dentro de la sociedad en la que vive, y nadie tiene derecho a imponerle a otro una forma de vivir el ateísmo. Yo he elegido la forma más sencilla, menos comprometida, de activismo, que es el de escribir este ínfimo blog y participar en un par de redes sociales. Desde este modesto lugar me permito recomendar a los lectores ateos que hagan lo que yo hago, que la mayor parte del tiempo no es otra cosa que levantar la mano y amablemente romper la ilusión, compartida por demasiada gente, de que todos pensamos más o menos igual y de que los disidentes somos pocos y anormales. Y si eso enoja a alguien, no es nuestro problema.
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jueves, 24 de enero de 2013
IQ² Sydney 2011
Como ya sabrán los lectores, terminé el año 2012 y comencé 2013 con varias semanas sin acceso a Internet, o al menos acceso doméstico de banda ancha. Entre las cosas que pude hacer en el tiempo libre resultante estuvo ver varios videos relacionados con la religión y el ateísmo que tenía guardados desde hacía tiempo. Uno de ellos fue aquél con cuyo comentario continúo: el debate Intelligence Squared (conocido como IQ²) de 2011, en Sydney.
Los debates IQ² siguen el formato anglosajón clásico, con una proposición o predicado de pocas palabras, uno o más proponentes y uno o más oponentes, cada uno de los cuales va recibiendo turnos para hablar y/o contestar, en varias rondas, generalmente de duración idéntica y estrictamente controlada, con un segmento de preguntas o comentarios para el público.
La proposición del IQ² Sydney 2011 fue “Atheism is wrong”, es decir, “El ateísmo está errado” (o “El ateísmo es incorrecto”). Fue moderado por el Dr. Simon Longstaff, Director Ejecutivo del Centro de Ética St. James, y los debatientes fueron tres por cada lado, que fueron hablando alternativamente; luego de permitir hablar al público, cerraron de la misma manera con argumentos y observaciones más cortos. Mientras lo escuchaba fui tomando notas. Como en casi todos los casos donde los debatientes son mínimamente inteligentes y formados (es decir, exceptuando casos como debates con creacionistas), se trataron muchísimos temas a la vez y no importó demasiado quién contestó a qué o qué lado “ganó”, aunque para tranquilizar a mis lectores, diré que el ateísmo (la oposición) venía ganando entre el público antes del debate, y luego de éste arrasó.
Abrió el debate Peter Jensen (Arzobispo de la Iglesia Anglicana, profesor de Teología, autor del libro At the Heart of the Universe). Comenzó con lo que debía ser un golpe de efecto, diciendo “Yo tengo una mente atea y un corazón ateo”. “Muchos conceptos de dios son meros seres humanos superpotentes, que cristianos y ateos rechazan por igual”, notó, para sacar del medio a los dioses de más clara factura humana. A partir de allí el argumento siguió vagamente las líneas de la “teología sofisticada”, según el cual los creyentes creen en un Dios mucho más complicado que la caricatura que de Él hacen los ateos (“simplistas”, según Jensen, como aquéllos que dicen que la Tierra es plana), que no explican la complejidad del mundo, ni su significado, y que “confunden mecanismo con agencia”. Jensen se desvió brevemente del argumento para caer en otro que a decir verdad me sorprendió porque sólo se lo he escuchado a creacionistas: que “tanto los ateos como los cristianos usan la evidencia y la razón” y ven las mismas cosas, pero “los resultados no son los mismos”. ¿Por qué? Porque los ateos rechazan la revelación, es decir, la evidencia de que Dios se hizo hombre en Jesús. A partir de este punto me resultó inútil seguir prestando atención: el buen hombre ya había llegado al punto adonde terminan todos los argumentos fallidos de los creyentes, la parte donde hay que tener fe…, ya que cualquier cristiano con un título académico bien ganado sabe que, más allá de lo que digan los curas a la masa desde el púlpito, la evidencia histórica de que Jesús existió es escasa, y la de que actuó como sólo un Hijo de Dios podría hacerlo es inexistente. Ah, pero según Jensen “los ateos se rehúsan a estudiar seriamente a Jesús”. Precisamente hace poco salió un libro de Richard Carrier explicando con lujo de detalles la abundante evidencia histórica de que Jesús no existió sino que es un conglomerado de mitos previos fundidos a posteriori en una figura mitológica. Quizá el libro no había salido en ese entonces, quizá Jensen no lo había leído; pero desde luego no era el primero ni será el último en exponer esos datos, o más bien la pasmosa falta de ellos. Jensen también se escudó preventivamente de la acusación de que el cristianismo ha hecho cosas muy malas en su historia, explicando que el cristianismo se autocorrige (mientras que el ateísmo no). ¿Cómo lo hace? Ofreciendo “medios para identificar el mal”, es decir, un sentido moral que puede usarse para criticar a los mismos que profesan su fe en él. Más aún, al creer en el pecado original, el cristianismo reconoce que debemos esperar que los seres humanos hagan el mal, incluso si dicen estar haciéndolo en nombre de Dios. El cristianismo puede reconocer el mal en su propio seno; el ateísmo no tiene un sentido moral que se lo permita.
El siguiente en hablar, por la negativa, fue Tamas Pataki (filósofo, psicoanalista, profesor de Filosofía, co-autor de Against Religion). Su exposición fue bastante menos prolija que la de Jensen, pero consiguió al menos marcar el terreno en dos puntos clave: que se debe separar la no-creencia en dioses de la crítica a las religiones, y que se debe definir de qué dios o dioses hablamos cuando hablamos de Dios. Contra la “teología sofisticada” de Jensen, opuso esta realidad bien conocida: “Los argumentos sobre si los dioses existen están bastante desconectados del hecho de que la gente cree que los dioses existen. Poca gente sabe de esos argumentos o se molesta por conocerlos.” Las religiones, más allá de argumentos y evidencias, están frecuentemente conectadas con ideologías políticas que “creen verdaderamente que Dios está de su lado y pueden llevarnos a la ruina”. Por lo tanto, y volviendo al punto del debate, “los ateos no estamos equivocados acerca de eso”, es decir, del hecho de que la religión y el estado deben estar separados, de que hacer que de Dios dependa la ley o la moral es peligroso. Con respecto al segundo punto, y relacionado con la creencia popular vacía de argumentos coherentes, Pataki constató que el dios de las religiones abrahámicas está mal definido, y apelar a él para explicar cualquier cosa de hecho no explica nada. Hay un montón de teologías, incluso dentro de una misma religión, y todas son incompatibles entre sí. La solución más sensata, terminó, es descartarlas a todas.
A continuación, por la afirmativa, habló la Dra. Tracey Rowland (Decana del Instituto Juan Pablo II en Melbourne, profesora de filosofía y teología, autora de dos libros sobre la teología de Benedicto XVI). Como en el caso de Jensen, el discurso parecía mucho mejor preparado que los de sus oponentes. La argumentación arrancaba desde la siguiente afirmación: “Con los Nuevos Ateos, el debate acerca de Dios se ha transformado en un debate sobre lo que significa ser humano.” Esta afirmación gigantesca no carece de fundamento: efectivamente, la hegemonía cristiana sobre el pensamiento, y en particular la visión del catolicismo sobre la sociedad, el estado y la persona, una visión totalitaria de la que nada escapa, están bajo ataque (aunque no desde la muy reciente aparición de los “nuevos” ateos). El contraataque de Rowland no aportó nada a su lado del debate en el tema en cuestión: “Las explicaciones [de los ateos] del amor, la razón y la racionalidad humana son tan escuálidas que es imposible defender la dignidad humana con referencia a ellas.” Citó largamente a Richard Dawkins y su teoría del gen egoísta como explicaciones espurias de los motivos humanos. Mientras que la ciencia atea sólo ofrece determinismo, el cristianismo —dijo Rowland— liberó al hombre de ser una criatura del destino, para ser “una criatura con libre albedrío y con intelecto racional”. Luego de una breve e irrelevante excursión por el origen cristiano de universidades y hospitales y por la costumbre (exclusivamente) cristiana de cuidar de los niños abandonados, siguió argumentando contra el ateísmo como el producto de renunciar a la fe para buscar la “razón pura” y terminar (históricamente) en la sinrazón: los nuevos ateos son “neo-nietzscheanos” que buscan “libertad absoluta”. El nuevo ateísmo es vacío y hace que “las relaciones sexuales se vuelvan manipulación mutua”, arruinando asimismo las relaciones políticas y económicas (todas ellas aparentemente perfectas bajo la égida cristiana). Todo lo malo de la cultura actual es culpa del ateísmo: el consumismo, la brutalidad política, el culto a las celebridades… El nuevo ateísmo también es totalitario: “La solución atea estándar al miedo al tribalismo es expandir los poderes del estado. El estado se transforma en nuestro nuevo Salvador a través del fomento del secularismo.” Según ella, los estados seculares han sido siempre “los más prolíficamente homicidas” (dándose por sobreentendido que “secular” significa “no oficialmente cristiano”). El ateísmo lleva al darwinismo social y al determinismo genético… Si parece que Rowland dijo muchísimo en poco tiempo, es porque fue así, y hay que reconocerle su maestría y su preparación. La hegemonía cristiana no se mantuvo exclusivamente a base de quemar herejes y engañar a los crédulos: la capacidad de encadenar sofismas con gran confianza también influyó y sigue influyendo. Que no hubo más que eso en la argumentación de Rowland queda claro con su última frase: “Los ateos están equivocados porque la vida humana, el amor humano y la razón humana no pueden de ninguna manera ser tan faltos de significado.” Hay muchos problemas en esa frase, pero desde un principio la implicación es falaz: es una simple expresión del tipo“X está equivocado porque no puedo creer ni aceptar que X tenga razón”.
La cuarta persona en hablar fue Jane Caro (publicista, consultora en comunicaciones y escritora). Caro me irritó, literalmente, desde que abrió la boca. Frente a tantos títulos académicos resultó una conferencista muy poco profunda, que se dirigió al público a los gritos con una voz chillona y un discurso impostado sobre un tema remanido: el tratamiento de las mujeres por parte de las religiones. Como pitch publicitario estaba muy bien; las pausas dramáticas estaban bien y el público aplaudía y vivaba. Pero poco tenía que ver con el tema central del debate o con contestar a lo que habían dicho los proponentes de la afirmativa, aunque hay que decir que los molestó bastante, cosa que no esperaban y que merecían ampliamente. Lo único que rescaté de todo lo que dijo Caro fue el cierre donde no perdonó al budismo, religión que los ateos occidentales suelen considerar mejor, en general, que las abrahámicas. Caro lo desmintió, al menos en lo que se refiere al machismo, con una línea genial: si para el budismo las mujeres y los hombres son iguales, “¿por qué el Dalai Lama nunca se ha reencarnado en una chica?”.
El siguiente orador, por la afirmativa, fue Scott Stephens (editor de la sección Religión y Ética de ABC Online, profesor de teología y ética teológica). Stephens ensayó un diagnóstico del estado trágico de la civilización actual, oscilando entre el concern trolling y la denuncia indignada. En ciertos puntos se pareció al lamento de Rowland, pero Stephens se ocupó de rebajar el ateísmo, o más claramente el “nuevo” ateísmo, a la categoría de mero síntoma de un problema mayor, que claramente es —aunque no lo dijo explícitamente— la desaparición de las certezas de las que disfrutaban (?) nuestros antepasados a causa de la pérdida del monopolio cristiano sobre la cultura. “Somos incapaces de alcanzar un consenso moral de mínima”, se lamentó. Según él, ya no nos importan las preguntas como “¿qué es una buena vida?” o “¿para qué deben servir la política y la economía?”. No hay más concepto del bien común ni una jerarquía de virtudes: sólo queda buscar el “bienestar” y seguir modas, entre las cuales Stephens incluye el nuevo ateísmo. El ateísmo es el síntoma de un nihilismo generalizado que lleva a “la fetichización de la salud, la seguridad y el placer como nuevas virtudes cardinales, en lugar de lo que solían ser las grandes virtudes de la democracia: igualdad, fratenidad, libertad.” Stephens obvió mencionar que las “grandes virtudes democráticas” no es sino el lema de la Revolución Francesa, que reaccionó precisamente contra una de las certezas con que el cristianismo venía manteniendo estable (o estancada) a la sociedad occidental, a saber, la jerarquía social ordenada por Dios, con el rey a la cabeza. Estas “virtudes” y sus corolarios fueron condenadas hasta el hartazgo por el cristianismo; el catolicismo tradicional jamás las aceptó y hasta principios del siglo XX seguía denunciando como inmorales el igualitarismo social y la libertad de expresión y pensamiento. Nadie le dijo tampoco que él puede hoy denunciar “la salud, la seguridad y el placer” como “fetiches” porque como ciudadano de una sociedad secular, liberal y próspera tiene acceso bastante asegurado a una dosis aceptable de las tres cosas; para gran parte de los habitantes del planeta, en particular aquellos que viven en estados donde los valores religiosos tradicionales son todavía dominantes, estos “fetiches” son utopías. A Stephens, finalmente, le molestan los “nuevos ateos” porque su ateísmo es poco estudiado, “promiscuo”, irreconocible (según él) para la mayoría de los “ateos históricos”, vale decir, los ateos del pasado, que sólo podían expresarse una vez obtenidas la riqueza y la posición social requeridas para no ser arrastrados a la cárcel o a la hoguera, y a los que a su vez sólo se les permitía expresarse porque los líderes religiosos del pasado sabían que el populacho no podría leerlos ni entenderlos. La frase final, que transforma a Stephens en alguien con quien es imposible debatir sensatamente el ateísmo: “Sin Dios no hay Bien.”
El cierre de la primera parte del debate estuvo a cargo de Russell Blackford (filósofo, crítico literario, escritor, autor de Fifty Voices of Disbelief). Blackford comenzó respondiendo a la impostura de superioridad intelectual de sus oponentes: “Mucho de lo que hemos oído esta noche… ha sido en realidad que nos digan «Miren, ustedes no entienden, el mundo todavía no entiende lo que le debemos a la religión». Lo que yo contesto a eso es «Sí, todavía no entendemos totalmente qué le debemos a la religión, pero estamos empezando a sospecharlo».” Blackford reiteró aquí su punto anterior de que las religiones son a simple vista productos totalmente humanos; en particular el cristianismo no se ve en absoluto como si hubiesen sido fundado por un Dios omnipotente, omnisciente y amoroso. Bromeó diciendo que a sus oponentes “les falta fe”: de todos los argumentos tradicionales en favor de la existencia de Dios, no propusieron ni uno, sino que vinieron a “moralizar”, intentando demostrar que una sociedad sin Dios no funciona. La audiencia del debate no debería salir pensando que se dijo algo sobre el ateísmo, si de hecho no se intentó en ningún momento demostrar que es falso que Dios no existe.
Después de esto vino una sección de preguntas y respuestas (y comentarios) del público, que no reproduzco porque no fue de gran aporte. A continuación se les dio un nuevo turno a cada uno de los ponentes, a modo de cierre breve.
Los debates IQ² siguen el formato anglosajón clásico, con una proposición o predicado de pocas palabras, uno o más proponentes y uno o más oponentes, cada uno de los cuales va recibiendo turnos para hablar y/o contestar, en varias rondas, generalmente de duración idéntica y estrictamente controlada, con un segmento de preguntas o comentarios para el público.
La proposición del IQ² Sydney 2011 fue “Atheism is wrong”, es decir, “El ateísmo está errado” (o “El ateísmo es incorrecto”). Fue moderado por el Dr. Simon Longstaff, Director Ejecutivo del Centro de Ética St. James, y los debatientes fueron tres por cada lado, que fueron hablando alternativamente; luego de permitir hablar al público, cerraron de la misma manera con argumentos y observaciones más cortos. Mientras lo escuchaba fui tomando notas. Como en casi todos los casos donde los debatientes son mínimamente inteligentes y formados (es decir, exceptuando casos como debates con creacionistas), se trataron muchísimos temas a la vez y no importó demasiado quién contestó a qué o qué lado “ganó”, aunque para tranquilizar a mis lectores, diré que el ateísmo (la oposición) venía ganando entre el público antes del debate, y luego de éste arrasó.
Abrió el debate Peter Jensen (Arzobispo de la Iglesia Anglicana, profesor de Teología, autor del libro At the Heart of the Universe). Comenzó con lo que debía ser un golpe de efecto, diciendo “Yo tengo una mente atea y un corazón ateo”. “Muchos conceptos de dios son meros seres humanos superpotentes, que cristianos y ateos rechazan por igual”, notó, para sacar del medio a los dioses de más clara factura humana. A partir de allí el argumento siguió vagamente las líneas de la “teología sofisticada”, según el cual los creyentes creen en un Dios mucho más complicado que la caricatura que de Él hacen los ateos (“simplistas”, según Jensen, como aquéllos que dicen que la Tierra es plana), que no explican la complejidad del mundo, ni su significado, y que “confunden mecanismo con agencia”. Jensen se desvió brevemente del argumento para caer en otro que a decir verdad me sorprendió porque sólo se lo he escuchado a creacionistas: que “tanto los ateos como los cristianos usan la evidencia y la razón” y ven las mismas cosas, pero “los resultados no son los mismos”. ¿Por qué? Porque los ateos rechazan la revelación, es decir, la evidencia de que Dios se hizo hombre en Jesús. A partir de este punto me resultó inútil seguir prestando atención: el buen hombre ya había llegado al punto adonde terminan todos los argumentos fallidos de los creyentes, la parte donde hay que tener fe…, ya que cualquier cristiano con un título académico bien ganado sabe que, más allá de lo que digan los curas a la masa desde el púlpito, la evidencia histórica de que Jesús existió es escasa, y la de que actuó como sólo un Hijo de Dios podría hacerlo es inexistente. Ah, pero según Jensen “los ateos se rehúsan a estudiar seriamente a Jesús”. Precisamente hace poco salió un libro de Richard Carrier explicando con lujo de detalles la abundante evidencia histórica de que Jesús no existió sino que es un conglomerado de mitos previos fundidos a posteriori en una figura mitológica. Quizá el libro no había salido en ese entonces, quizá Jensen no lo había leído; pero desde luego no era el primero ni será el último en exponer esos datos, o más bien la pasmosa falta de ellos. Jensen también se escudó preventivamente de la acusación de que el cristianismo ha hecho cosas muy malas en su historia, explicando que el cristianismo se autocorrige (mientras que el ateísmo no). ¿Cómo lo hace? Ofreciendo “medios para identificar el mal”, es decir, un sentido moral que puede usarse para criticar a los mismos que profesan su fe en él. Más aún, al creer en el pecado original, el cristianismo reconoce que debemos esperar que los seres humanos hagan el mal, incluso si dicen estar haciéndolo en nombre de Dios. El cristianismo puede reconocer el mal en su propio seno; el ateísmo no tiene un sentido moral que se lo permita.
El siguiente en hablar, por la negativa, fue Tamas Pataki (filósofo, psicoanalista, profesor de Filosofía, co-autor de Against Religion). Su exposición fue bastante menos prolija que la de Jensen, pero consiguió al menos marcar el terreno en dos puntos clave: que se debe separar la no-creencia en dioses de la crítica a las religiones, y que se debe definir de qué dios o dioses hablamos cuando hablamos de Dios. Contra la “teología sofisticada” de Jensen, opuso esta realidad bien conocida: “Los argumentos sobre si los dioses existen están bastante desconectados del hecho de que la gente cree que los dioses existen. Poca gente sabe de esos argumentos o se molesta por conocerlos.” Las religiones, más allá de argumentos y evidencias, están frecuentemente conectadas con ideologías políticas que “creen verdaderamente que Dios está de su lado y pueden llevarnos a la ruina”. Por lo tanto, y volviendo al punto del debate, “los ateos no estamos equivocados acerca de eso”, es decir, del hecho de que la religión y el estado deben estar separados, de que hacer que de Dios dependa la ley o la moral es peligroso. Con respecto al segundo punto, y relacionado con la creencia popular vacía de argumentos coherentes, Pataki constató que el dios de las religiones abrahámicas está mal definido, y apelar a él para explicar cualquier cosa de hecho no explica nada. Hay un montón de teologías, incluso dentro de una misma religión, y todas son incompatibles entre sí. La solución más sensata, terminó, es descartarlas a todas.
A continuación, por la afirmativa, habló la Dra. Tracey Rowland (Decana del Instituto Juan Pablo II en Melbourne, profesora de filosofía y teología, autora de dos libros sobre la teología de Benedicto XVI). Como en el caso de Jensen, el discurso parecía mucho mejor preparado que los de sus oponentes. La argumentación arrancaba desde la siguiente afirmación: “Con los Nuevos Ateos, el debate acerca de Dios se ha transformado en un debate sobre lo que significa ser humano.” Esta afirmación gigantesca no carece de fundamento: efectivamente, la hegemonía cristiana sobre el pensamiento, y en particular la visión del catolicismo sobre la sociedad, el estado y la persona, una visión totalitaria de la que nada escapa, están bajo ataque (aunque no desde la muy reciente aparición de los “nuevos” ateos). El contraataque de Rowland no aportó nada a su lado del debate en el tema en cuestión: “Las explicaciones [de los ateos] del amor, la razón y la racionalidad humana son tan escuálidas que es imposible defender la dignidad humana con referencia a ellas.” Citó largamente a Richard Dawkins y su teoría del gen egoísta como explicaciones espurias de los motivos humanos. Mientras que la ciencia atea sólo ofrece determinismo, el cristianismo —dijo Rowland— liberó al hombre de ser una criatura del destino, para ser “una criatura con libre albedrío y con intelecto racional”. Luego de una breve e irrelevante excursión por el origen cristiano de universidades y hospitales y por la costumbre (exclusivamente) cristiana de cuidar de los niños abandonados, siguió argumentando contra el ateísmo como el producto de renunciar a la fe para buscar la “razón pura” y terminar (históricamente) en la sinrazón: los nuevos ateos son “neo-nietzscheanos” que buscan “libertad absoluta”. El nuevo ateísmo es vacío y hace que “las relaciones sexuales se vuelvan manipulación mutua”, arruinando asimismo las relaciones políticas y económicas (todas ellas aparentemente perfectas bajo la égida cristiana). Todo lo malo de la cultura actual es culpa del ateísmo: el consumismo, la brutalidad política, el culto a las celebridades… El nuevo ateísmo también es totalitario: “La solución atea estándar al miedo al tribalismo es expandir los poderes del estado. El estado se transforma en nuestro nuevo Salvador a través del fomento del secularismo.” Según ella, los estados seculares han sido siempre “los más prolíficamente homicidas” (dándose por sobreentendido que “secular” significa “no oficialmente cristiano”). El ateísmo lleva al darwinismo social y al determinismo genético… Si parece que Rowland dijo muchísimo en poco tiempo, es porque fue así, y hay que reconocerle su maestría y su preparación. La hegemonía cristiana no se mantuvo exclusivamente a base de quemar herejes y engañar a los crédulos: la capacidad de encadenar sofismas con gran confianza también influyó y sigue influyendo. Que no hubo más que eso en la argumentación de Rowland queda claro con su última frase: “Los ateos están equivocados porque la vida humana, el amor humano y la razón humana no pueden de ninguna manera ser tan faltos de significado.” Hay muchos problemas en esa frase, pero desde un principio la implicación es falaz: es una simple expresión del tipo“X está equivocado porque no puedo creer ni aceptar que X tenga razón”.
La cuarta persona en hablar fue Jane Caro (publicista, consultora en comunicaciones y escritora). Caro me irritó, literalmente, desde que abrió la boca. Frente a tantos títulos académicos resultó una conferencista muy poco profunda, que se dirigió al público a los gritos con una voz chillona y un discurso impostado sobre un tema remanido: el tratamiento de las mujeres por parte de las religiones. Como pitch publicitario estaba muy bien; las pausas dramáticas estaban bien y el público aplaudía y vivaba. Pero poco tenía que ver con el tema central del debate o con contestar a lo que habían dicho los proponentes de la afirmativa, aunque hay que decir que los molestó bastante, cosa que no esperaban y que merecían ampliamente. Lo único que rescaté de todo lo que dijo Caro fue el cierre donde no perdonó al budismo, religión que los ateos occidentales suelen considerar mejor, en general, que las abrahámicas. Caro lo desmintió, al menos en lo que se refiere al machismo, con una línea genial: si para el budismo las mujeres y los hombres son iguales, “¿por qué el Dalai Lama nunca se ha reencarnado en una chica?”.
El siguiente orador, por la afirmativa, fue Scott Stephens (editor de la sección Religión y Ética de ABC Online, profesor de teología y ética teológica). Stephens ensayó un diagnóstico del estado trágico de la civilización actual, oscilando entre el concern trolling y la denuncia indignada. En ciertos puntos se pareció al lamento de Rowland, pero Stephens se ocupó de rebajar el ateísmo, o más claramente el “nuevo” ateísmo, a la categoría de mero síntoma de un problema mayor, que claramente es —aunque no lo dijo explícitamente— la desaparición de las certezas de las que disfrutaban (?) nuestros antepasados a causa de la pérdida del monopolio cristiano sobre la cultura. “Somos incapaces de alcanzar un consenso moral de mínima”, se lamentó. Según él, ya no nos importan las preguntas como “¿qué es una buena vida?” o “¿para qué deben servir la política y la economía?”. No hay más concepto del bien común ni una jerarquía de virtudes: sólo queda buscar el “bienestar” y seguir modas, entre las cuales Stephens incluye el nuevo ateísmo. El ateísmo es el síntoma de un nihilismo generalizado que lleva a “la fetichización de la salud, la seguridad y el placer como nuevas virtudes cardinales, en lugar de lo que solían ser las grandes virtudes de la democracia: igualdad, fratenidad, libertad.” Stephens obvió mencionar que las “grandes virtudes democráticas” no es sino el lema de la Revolución Francesa, que reaccionó precisamente contra una de las certezas con que el cristianismo venía manteniendo estable (o estancada) a la sociedad occidental, a saber, la jerarquía social ordenada por Dios, con el rey a la cabeza. Estas “virtudes” y sus corolarios fueron condenadas hasta el hartazgo por el cristianismo; el catolicismo tradicional jamás las aceptó y hasta principios del siglo XX seguía denunciando como inmorales el igualitarismo social y la libertad de expresión y pensamiento. Nadie le dijo tampoco que él puede hoy denunciar “la salud, la seguridad y el placer” como “fetiches” porque como ciudadano de una sociedad secular, liberal y próspera tiene acceso bastante asegurado a una dosis aceptable de las tres cosas; para gran parte de los habitantes del planeta, en particular aquellos que viven en estados donde los valores religiosos tradicionales son todavía dominantes, estos “fetiches” son utopías. A Stephens, finalmente, le molestan los “nuevos ateos” porque su ateísmo es poco estudiado, “promiscuo”, irreconocible (según él) para la mayoría de los “ateos históricos”, vale decir, los ateos del pasado, que sólo podían expresarse una vez obtenidas la riqueza y la posición social requeridas para no ser arrastrados a la cárcel o a la hoguera, y a los que a su vez sólo se les permitía expresarse porque los líderes religiosos del pasado sabían que el populacho no podría leerlos ni entenderlos. La frase final, que transforma a Stephens en alguien con quien es imposible debatir sensatamente el ateísmo: “Sin Dios no hay Bien.”
El cierre de la primera parte del debate estuvo a cargo de Russell Blackford (filósofo, crítico literario, escritor, autor de Fifty Voices of Disbelief). Blackford comenzó respondiendo a la impostura de superioridad intelectual de sus oponentes: “Mucho de lo que hemos oído esta noche… ha sido en realidad que nos digan «Miren, ustedes no entienden, el mundo todavía no entiende lo que le debemos a la religión». Lo que yo contesto a eso es «Sí, todavía no entendemos totalmente qué le debemos a la religión, pero estamos empezando a sospecharlo».” Blackford reiteró aquí su punto anterior de que las religiones son a simple vista productos totalmente humanos; en particular el cristianismo no se ve en absoluto como si hubiesen sido fundado por un Dios omnipotente, omnisciente y amoroso. Bromeó diciendo que a sus oponentes “les falta fe”: de todos los argumentos tradicionales en favor de la existencia de Dios, no propusieron ni uno, sino que vinieron a “moralizar”, intentando demostrar que una sociedad sin Dios no funciona. La audiencia del debate no debería salir pensando que se dijo algo sobre el ateísmo, si de hecho no se intentó en ningún momento demostrar que es falso que Dios no existe.
Después de esto vino una sección de preguntas y respuestas (y comentarios) del público, que no reproduzco porque no fue de gran aporte. A continuación se les dio un nuevo turno a cada uno de los ponentes, a modo de cierre breve.
- Jensen se quejó de que Blackford dijo que no se presentaron evidencias a favor del teísmo. Él las presentó, dijo: dependen de aceptar la evidencia de que Jesús es Dios encarnado.
- Pataki apuntó contra la idea de que la moral humana depende de Dios. Si Dios existiese, explicó, de todas maneras (y siendo nosotros seres morales y libres) deberíamos juzgar si Dios es moral, si es moral y correcto adorarlo y seguirlo.
- Rowland, tocada por las proclamas feministas de Caro, afirmó que Caro —que dice haber sido criada sin creencias irracionales— “cree en el mito de Dios el misógino”, y arrancó risas burlonas de la audiencia cuando afirmó que en algunas religiones hay efectivamente misoginia, pero no en el cristianismo. Según ella, la Trinidad es un modelo de cómo existe amor entre iguales en la diferencia. Esta disquisición teológica, aunque totalmente inútil, no dejó de resultarme novedosa.
- Caro cerró su parte afirmando que los teístas son pesimistas si piensan que la humanidad necesita de un Dios que la vigile para hacer el bien. La humanidad ha progresado hasta el punto en que un debate sobre Dios puede realizarse sin que los ateos teman por sus vidas, cosa que hace un siglo o dos habría sido muy distinto. Y este cambio cultural no fue gracias a la religión sino al secularismo.
- Stephens bromeó con Blackford, diciendo que de todos los exponentes era el único que había sonado “como un predicador”. Lo acusó de engañar al público al decir que las guerras de religión se terminaron en el siglo XVIII gracias al “descubrimiento” de la separación iglesia-estado, e insinuó que Blackford debería leer más sobre el tema.
- Blackford contestó brevemente a la acusación de Stephens aprovechando para promover su nuevo libro, en el que estudia en gran detalle precisamente el tema que Stephens lo acusó de no conocer. Cerró su parte y el debate machacando sobre su postura anterior. No hubo en el debate, dijo, ninguna argumentación en favor de la existencia de Dios, y “no nos sirve que esta gente venga, moralice, moralice, moralice…”, le eche la culpa a los ateos de todo “y luego diga «por lo tanto Dios existe»”.
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Pablo
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jueves, 30 de agosto de 2012
Deísmo moralista terapéutico
Una encuesta realizada en 54 países por WIN-Gallup [PDF] reveló ciertos datos muy interesantes sobre las cantidades de personas que dicen pertenecer a distintas religiones, las que no pertenecen a ninguna, y dentro de éstas últimas, las que se llaman a sí mismas ateas. Estados Unidos es un caso muy particular: es el único país rico y desarrollado de Occidente donde hay tantos religiosos devotos, pero también es uno de aquellos donde la religión institucional se encuentra en un declive pronunciado.
En el servicio de noticias de la BBC encontré un punto de vista sobre este fenómeno. Se trata de la opinión de Rod Dreher, un cristiano conservador, que achaca toda la culpa al hecho de que el cristianismo se está haciendo más progresista y liberal, alienando así a los que buscan dogmas duros y arbitrarios, obediencia ciega y sacrificio (la evidente conexión religiosa de los atentados del 11-S, la explosión mediática de los Nuevos Ateos, los abusos sexuales en la Iglesia Católica y todo lo demás no parece tener importancia para él). Aunque equivocado, quizá, en su énfasis, no me parece desacertada su caracterización de cierta religiosidad moderna que se aplica no sólo a Estados Unidos sino —en mi experiencia— a una buena parte de la juventud urbana latinoamericana.
En posteriores artículos seguiré comentando esta encuesta y las repercusiones que pueda tener.
En el servicio de noticias de la BBC encontré un punto de vista sobre este fenómeno. Se trata de la opinión de Rod Dreher, un cristiano conservador, que achaca toda la culpa al hecho de que el cristianismo se está haciendo más progresista y liberal, alienando así a los que buscan dogmas duros y arbitrarios, obediencia ciega y sacrificio (la evidente conexión religiosa de los atentados del 11-S, la explosión mediática de los Nuevos Ateos, los abusos sexuales en la Iglesia Católica y todo lo demás no parece tener importancia para él). Aunque equivocado, quizá, en su énfasis, no me parece desacertada su caracterización de cierta religiosidad moderna que se aplica no sólo a Estados Unidos sino —en mi experiencia— a una buena parte de la juventud urbana latinoamericana.
Este abandono rápido y extendido del cristianismo institucional por parte de los jóvenes es el primer fruto de lo que los sociólogos Christian Smith y Melinda Lundquist Denton denominan “deísmo moralista terapéutico” (DMT). Según el estudio de Smith, el DMT es la religión por defecto de casi todos los jóvenes estadounidenses (…).Como creyente, claro está, no podía dejarlo así, y a continuación estropea su razonamiento regodeándose de manera apenas disimulada en el futuro sombrío que nos espera, a ateos y tibios por igual, cuando nos demos cuenta de que vamos a sufrir y morir y que no tenemos la “esperanza ultraterrena” que sólo Dios™ puede darnos.
El DMT enseña que Dios existe y quiere que seamos buenos, y que la felicidad es el objetivo de la vida. En el DMT, Dios, que es “algo así como una cruza entre Mayordomo Divino y Terapeuta Cósmico”, no tiene por qué estar involucrado en la vida de uno, a menos que uno necesite algo.
Es la pseudo-religión perfecta para una cultura individualista, consumista y próspera. Así se entiende cómo es que una generación criada con el DMT no tenga interés en la religión tradicional, con sus proclamas de verdad y sus exigencias. (…)
El futuro religioso posmoderno de Estados Unidos, entonces, parece pertenecerle a perezosos teológicos que creen en una deidad mal definida que no exige nada y que sólo brinda comodidad psicológica. ¿Quién necesita algo tan pobre? Al menos los ateos tienen el coraje de su falta de convicciones religiosas.
En posteriores artículos seguiré comentando esta encuesta y las repercusiones que pueda tener.
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viernes, 24 de agosto de 2012
El ateísmo no basta
«Y lo que me preocupa es (…) que lo que el ateísmo está ofreciendo a tantos hombres de clase media, blancos, cisgénero, heterosexuales y sin discapacidades sea la capacidad de verse a sí mismos como rebeldes, astutos, inteligentes, osados y controvertidos que se plantan contra un dogma opresor para liberar a las ovejas víctimas del engaño. Que están, tipo, como, totalmente en contra de tragar la píldora azul. Y que así logran ser los héroes de sus propias narrativas, en vez de pasajeros pasivos, a merced de fuerzas sociales más o menos fuera de su control… fuerzas sociales que casualmente los llevaron a ellos a una posición relativamente segura y cómoda.»
—Natalie Reed, activista escéptica, feminista y transexual, expresando su hartazgo ante la falta de compromiso del movimiento ateo/escéptico con un pensamiento crítico que abarque asuntos sociales más amplios que el mero ataque a la religión o la denuncia de las pseudociencias.
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sábado, 18 de agosto de 2012
La religión no responde nuestras preguntas
“La razón de la popularidad del nuevo ateísmo es que la religión está mostrándose cada vez más como incapaz de lidiar con el mundo moderno. Prácticamente en cualquier lugar donde uno mire la religión está retrocediendo a las trincheras rápidamente, tratando de detener los efectos corrosivos de la ciencia. (…) De la misma manera en que la idea de creación otorgó a los pueblos antiguos un atisbo de su lugar en el mundo, la ciencia nos brinda una nueva apreciación de nuestro lugar en el orden de las cosas. Carl Sagan solía dar cuenta de esta nueva visión del mundo enfatizando dos cosas: (1) el rol microscópico que juega la vida humana en la vasta inmensidad del universo, y (2) el hecho de que, aun siendo insignificante a escala cósmica, la inteligencia humana ha llegado por fin al punto en que puede apreciar algo de la verdadera naturaleza de las cosas. Y lo que aprendemos cuando juntamos esos dos puntos es el hecho de que somos, como si dijésemos, huérfanos en una tormenta cósmica, pero huérfanos inteligentes, y que debemos poner nuestra inteligencia a trabajar para producir una cosmovisión que sea consistente con lo que hemos llegado a saber sobre nosotros mismos y nuestro lugar en el universo.”
— Eric MacDonald, Science and Religion Again!
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lunes, 13 de agosto de 2012
Madalyn Murray O’Hair y la religión impostada de los astronautas
Madalyn Murray O’Hair quizá no resulte conocida para muchos ateos hispanoamericanos, especialmente los más jóvenes. Activista incansable, fundadora de American Atheists, fue quien logró —en 1963— que la Corte Suprema de Estados Unidos prohibiera la realización de plegarias e invocaciones religiosas en las escuelas públicas.
En la víspera de Navidad de 1968 los tres astronautas de la misión Apolo VIII, en órbita lunar, tomaron la famosa fotografía de la Tierra conocida como Earthrise, y luego, en una transmisión pública, leyeron por turnos el comienzo del libro del Génesis, terminando con un “Feliz Navidad y que Dios los bendiga a todos”. Murray demandó al gobierno de Estados Unidos por violación de la Primera Enmienda de la Constitución (que entre otras cosas prohíbe la adopción oficial de creencias religiosas). La Corte Suprema rechazó el caso.
Con ese contexto podemos pasar al siguiente video, un extracto del documental de 1970 Madalyn. (El lector quizá tenga que activar los subtítulos.)
Si esta ridícula historia de impostura religiosa (o de “misioneros en el espacio exterior”, como Murray calificó a los astronautas) suena un poco inverosímil, tenemos al menos otra confirmación de que Murray no lo había inventado todo (acusación fácil de hacer y de creer cuando era, como la llamó la revista Time, “la mujer más odiada de Estados Unidos”). Hace unos días, hablando del aterrizaje del Curiosity en Marte, un comentarista del sitio de Richard Dawkins escribió:
En la víspera de Navidad de 1968 los tres astronautas de la misión Apolo VIII, en órbita lunar, tomaron la famosa fotografía de la Tierra conocida como Earthrise, y luego, en una transmisión pública, leyeron por turnos el comienzo del libro del Génesis, terminando con un “Feliz Navidad y que Dios los bendiga a todos”. Murray demandó al gobierno de Estados Unidos por violación de la Primera Enmienda de la Constitución (que entre otras cosas prohíbe la adopción oficial de creencias religiosas). La Corte Suprema rechazó el caso.
| Earthrise |
Con ese contexto podemos pasar al siguiente video, un extracto del documental de 1970 Madalyn. (El lector quizá tenga que activar los subtítulos.)
Si esta ridícula historia de impostura religiosa (o de “misioneros en el espacio exterior”, como Murray calificó a los astronautas) suena un poco inverosímil, tenemos al menos otra confirmación de que Murray no lo había inventado todo (acusación fácil de hacer y de creer cuando era, como la llamó la revista Time, “la mujer más odiada de Estados Unidos”). Hace unos días, hablando del aterrizaje del Curiosity en Marte, un comentarista del sitio de Richard Dawkins escribió:
“Tiemblo de pensar en el día en que un astronauta americano pise la superficie de Marte por primera vez y suelte la frase hecha obligatoria en alabanza a dios por la belleza del universo que creó y por llevar a la tripulación segura a destino.”
Dawkins mismo contestó (cosa que no suele hacer), explicando que el año pasado, en la conferencia STARMUS en Tenerife, conoció y conversó con Bill Anders, uno de los astronautas del Apolo VIII. Y Anders le dijo que no le importaba mucho la religión: leyó la Biblia “sólo porque la NASA se lo ordenó”. Quizá podamos poner pie en Marte sin rebajarnos a la superstición, después de todo.
(Me llega esta noticia a través de un post invitado de Sigmund en Why Evolution Is True, el blog de Jerry Coyne.)
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miércoles, 9 de mayo de 2012
Rosario Atea invita
El grupo Rosario Atea (de la ciudad de Rosario, Argentina) quiere invitar por este medio a todos los ateos interesados en reunirse con ellos y participar en actividades como la organización de charlas sobre pensamiento ateo, jornadas de apostasía colectiva (como las que ya se vienen haciendo hace unos pocos años), etc. Por ahora la forma más sencilla es a través de Facebook (pidiendo ser amigo de Rosario Atea) o bien consultando a través del e-mail rosario@argatea.com.ar para conocer horas y lugares de las reuniones periódicas.
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jueves, 19 de abril de 2012
Malos sin dios (por PZ Myers)
(Traducido de Bad without god, un artículo de PZ Myers en Pharyngula sobre la campaña atea Good Without Good.)
Cerré mi reciente discurso en el Reason Rally con la sugerencia, algo críptica, de que yo desearía que todos fuéramos malos sin dios. No pude explayarme sobre eso allá (estaba justo al final de mis 15 minutos asignados) pero puedo explicarme aquí. Me he sentido un poco molesto por la habitual campaña “buenos sin dios” y he estado pensando en lo que significa.
A un nivel superficial me resulta correcta su intención. Los ateos tenemos una mala reputación y el público en general cree que somos todos monstruos corruptos y amorales que rechazamos a dios para no tener que rendir cuentas por nuestras salvajes orgías de sexo gay en las que aspiramos droga mientras comemos bebés. Es un estereotipo falso; la mayoría de los ateos son indistinguibles de sus vecinos cristianos y toman muchas de las mismas decisiones éticas que ellos. De manera que una campaña que enfatice que los ateos también somos buenos ciudadanos y seres humanos bien socializados es una buena cosa.
Pero a veces el péndulo oscila demasiado hacia el otro lado. Anunciar que los ateos somos “buenos” es repudiar nuestros objetivos reales, que son subversivos. Apuntamos a cambiar la cultura. Según las definiciones planteadas por la gente a la que queremos llegar con ese slogan, de hecho somos muy pero muy malos. Así que aquí están algunas de mis objeciones y el porqué no puedo decir más que soy “bueno sin dios”.
“Bueno” es una palabra trillada y genérica; lo único peor que esto habría sido declarar que somos amables sin dios. Es una palabra tan vaga y dependiente del contexto que no tiene significado: si le decimos a Rick Santorum que sea bueno, dará un discurso declarando a las mujeres ovarios ambulantes y esclavas de sus maridos; si me dicen a mí que sea bueno, estaré pensando en un fin de semana de cerveza, sexo y herejía. Y sospecho que cada uno de mis lectores tendrá una visión completamente diferente de lo que involucra lo bueno.
“Bueno” implica conformidad total. ¿Alguna vez ha encajado con la definición de ser bueno el desafiar a una figura de autoridad? Cuando los abolicionistas quebrantaban la ley pasando esclavos de contrabando a Canadá, cuando las sufragistas montaban piquetes para demandar el derecho al voto, cuando Stonewall hizo explosión y Martin Luther King marchaba, cuando los estudiantes protestaban contra la guerra en Vietnam, ¿estaban siendo “buenos” según como lo entendía el gran público? No lo creo. Estaban siendo muy, muy malos. Lo cual era bueno. ¿Ven lo que quiero decir? Es una palabra vacía que no ofrece sino una débil seguridad.
Peor aún: apuntamos a las ideas erradas de los cristianos sobre los ateos diciéndoles que somos buenos, pero muchos cristianos entienden por eso algo muy específico: está definido por su religión. Ser bueno implica obedecer las leyes de su fe o prestar oídos a las reglas que su dios utiliza para determinar si uno entra o no al cielo. ¿Obedecemos los diez mandamientos? ¿Creemos en Jesús? Abierta y explícitamente rechazamos las reglas; según su definición, no somos buenos en absoluto. Ven nuestra afirmación de que somos “buenos sin dios” como una contradicción de términos que prueba que somos malos.
Y sin embargo yo aún me veo a mí mismo como “bueno”, porque mi definición de la palabra no implica obediencia ni lealtad ciega ni aceptación; tiene todo que ver con integridad, honestidad, principios, cuestionamiento e independencia. Reemplacemos la palabra “bueno” con cualquiera de ésas: se vuelve más precisa, pero también pierde la cualidad de suave reaseguro que se buscaba.
Y ése es en realidad mi gran problema con la frase: yo no quiero darle un reaseguro a personas con cuyas obscenas falsedades estoy en desacuerdo. Quiero provocar y desafiar, quiero cambiar el statu quo, quiero destruir la pegajosa convencionalidad de la moral y los estándares estrechos de la conducta pública. Quiero que todos nos burlemos y nos riamos de las profesiones públicas de piedad. Quiero cambiar la forma en que piensa la gente, y quiero que la gente rechace la absurda proclama de que nuestra moral se basa en un odioso libro sagrado. Si quieres pasar un fin de semana salvaje de sexo y drogas y rock and roll, en tanto no lastimes a nadie, yo te diré “qué bueno”. Si pasas tu fin de semana escoltando a las mujeres para que puedan entrar sin problemas a una clínica de abortos, si lo pasas haciendo lobby por la separación de la iglesia y el estado en tu legislatura local, si lo pasas molestando a homófobos, eso es bueno.
Nadie nunca cambió el mundo siendo complaciente, obediente, agradable o “bueno”. Los ateos pretendemos cambiar el mundo. Por lo tanto, los ateos deberían ser tan malos como puedan… productiva, agresiva, felizmente malos.
A un nivel superficial me resulta correcta su intención. Los ateos tenemos una mala reputación y el público en general cree que somos todos monstruos corruptos y amorales que rechazamos a dios para no tener que rendir cuentas por nuestras salvajes orgías de sexo gay en las que aspiramos droga mientras comemos bebés. Es un estereotipo falso; la mayoría de los ateos son indistinguibles de sus vecinos cristianos y toman muchas de las mismas decisiones éticas que ellos. De manera que una campaña que enfatice que los ateos también somos buenos ciudadanos y seres humanos bien socializados es una buena cosa.
Pero a veces el péndulo oscila demasiado hacia el otro lado. Anunciar que los ateos somos “buenos” es repudiar nuestros objetivos reales, que son subversivos. Apuntamos a cambiar la cultura. Según las definiciones planteadas por la gente a la que queremos llegar con ese slogan, de hecho somos muy pero muy malos. Así que aquí están algunas de mis objeciones y el porqué no puedo decir más que soy “bueno sin dios”.
“Bueno” es una palabra trillada y genérica; lo único peor que esto habría sido declarar que somos amables sin dios. Es una palabra tan vaga y dependiente del contexto que no tiene significado: si le decimos a Rick Santorum que sea bueno, dará un discurso declarando a las mujeres ovarios ambulantes y esclavas de sus maridos; si me dicen a mí que sea bueno, estaré pensando en un fin de semana de cerveza, sexo y herejía. Y sospecho que cada uno de mis lectores tendrá una visión completamente diferente de lo que involucra lo bueno.
“Bueno” implica conformidad total. ¿Alguna vez ha encajado con la definición de ser bueno el desafiar a una figura de autoridad? Cuando los abolicionistas quebrantaban la ley pasando esclavos de contrabando a Canadá, cuando las sufragistas montaban piquetes para demandar el derecho al voto, cuando Stonewall hizo explosión y Martin Luther King marchaba, cuando los estudiantes protestaban contra la guerra en Vietnam, ¿estaban siendo “buenos” según como lo entendía el gran público? No lo creo. Estaban siendo muy, muy malos. Lo cual era bueno. ¿Ven lo que quiero decir? Es una palabra vacía que no ofrece sino una débil seguridad.
Peor aún: apuntamos a las ideas erradas de los cristianos sobre los ateos diciéndoles que somos buenos, pero muchos cristianos entienden por eso algo muy específico: está definido por su religión. Ser bueno implica obedecer las leyes de su fe o prestar oídos a las reglas que su dios utiliza para determinar si uno entra o no al cielo. ¿Obedecemos los diez mandamientos? ¿Creemos en Jesús? Abierta y explícitamente rechazamos las reglas; según su definición, no somos buenos en absoluto. Ven nuestra afirmación de que somos “buenos sin dios” como una contradicción de términos que prueba que somos malos.
Y sin embargo yo aún me veo a mí mismo como “bueno”, porque mi definición de la palabra no implica obediencia ni lealtad ciega ni aceptación; tiene todo que ver con integridad, honestidad, principios, cuestionamiento e independencia. Reemplacemos la palabra “bueno” con cualquiera de ésas: se vuelve más precisa, pero también pierde la cualidad de suave reaseguro que se buscaba.
Y ése es en realidad mi gran problema con la frase: yo no quiero darle un reaseguro a personas con cuyas obscenas falsedades estoy en desacuerdo. Quiero provocar y desafiar, quiero cambiar el statu quo, quiero destruir la pegajosa convencionalidad de la moral y los estándares estrechos de la conducta pública. Quiero que todos nos burlemos y nos riamos de las profesiones públicas de piedad. Quiero cambiar la forma en que piensa la gente, y quiero que la gente rechace la absurda proclama de que nuestra moral se basa en un odioso libro sagrado. Si quieres pasar un fin de semana salvaje de sexo y drogas y rock and roll, en tanto no lastimes a nadie, yo te diré “qué bueno”. Si pasas tu fin de semana escoltando a las mujeres para que puedan entrar sin problemas a una clínica de abortos, si lo pasas haciendo lobby por la separación de la iglesia y el estado en tu legislatura local, si lo pasas molestando a homófobos, eso es bueno.
Nadie nunca cambió el mundo siendo complaciente, obediente, agradable o “bueno”. Los ateos pretendemos cambiar el mundo. Por lo tanto, los ateos deberían ser tan malos como puedan… productiva, agresiva, felizmente malos.
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viernes, 13 de abril de 2012
Dejada fuera
Teresa MacBain era pastora de una iglesia metodista en Florida, Estados Unidos. El 26 de marzo pasado “salió del closet” declarándose atea en una conferencia organizada por American Atheists. Fue la conclusión de un largo proceso de ocultamiento, como el que padecen muchos otros pastores y sacerdotes, algunos de ellos congregados para brindarse ayuda mutua en el Clergy Project, una comunidad de clérigos no creyentes que no pueden o no han logrado todavía “salir del closet” y asumir su pérdida de fe ante sus congregaciones (lo cual les puede significar mucho daño personal, social y económico). Lo que sigue es traducción de lo que MacBain escribió después, sobre las repercusiones de su “salida”, y que fue publicado en el sitio de la Fundación Richard Dawkins.
He servido como ministra de la iglesia durante muchos años. En esos años he buscado proclamar el mensaje de la Biblia con integridad y servir a las necesidades de mi congregación con amor y compasión. Incluso cuando mi fe empezó a tambalearse, seguí ministrando y predicando las doctrinas de la congregación a la que servía. Sentía que debía proclamar la teología con integridad, lo que significaba ser fiel a las enseñanzas de la Biblia en mis sermones. Y sin embargo, cuando las noticias de mi apartamiento de la fe llegaron a mi congregación, inmediatamente me cerraron la puerta de la iglesia. Creo que de todos los comentarios negativos y los mensajes de odio que recibí, ésta fue la acción que más me lastimó. ¿Qué pensaron que ocurriría ahora que yo había declarado que no creo más? Presumo, dadas las puertas cerradas con llave, que sintieron que todos los ateos debemos ser ladrones. La idea de que podría escabullirme por la noche, llegar a las puertas de la iglesia y salir corriendo con todos los objetos de valor que hay dentro es absolutamente reprobable. Si quisiera robarles todo, tuve más oportunidades mientras servía en la iglesia como su pastora. Podría fácilmente haber tomado algo por aquí y algo por allá cada día mientras trabajaba entre la gente.Éste es el video de MacBain admitiendo su ateísmo:
Recuerden: éstas son las mismas personas con las que pasé horas en un hospital, en casas de retiro, o aconsejándoles en mi oficina en momentos de gran angustia… y ahora me dejan encerrada fuera como una criminal común. Quizá sintieron que sus hijos no estarían más seguros con esta infiel sin dios. Ahora entiendo cómo es que muchos que ya no creen pueden estar tan enojados con la religión. Hasta que salí del closet, entendía el enojo hasta un cierto punto, pero ahora yo siento el mismo enojo ante las acciones de aquéllos que afirman vivir una vida de “amor y gracia”. Las palabras de 1 Corintios 13 resuenan en mis oídos: “Ahora, pues, permanecen estas tres virtudes: la fe, la esperanza y el amor. Pero la más excelente de ellas es el amor.” Parada frente a las puertas cerradas de la iglesia, me doy cuenta de que son simples palabras desprovistas de significado. No me malentiendan: no odio a la gente, odio las acciones basadas en el prejuicio y la intolerancia. (…)
Dejada fuera por aquéllos que me llamaban amiga. Dejada fuera por aquéllos a quienes gentilmente ofrecí el mensaje del amor de Cristo en forma de perdón y misericordia. Dejada fuera, demonizada, odiada y vilipendiada por las mismas personas que se llaman a sí mismas creyentes en “el camino, la verdad y la vida”. Con todo lo que me preparé para las consecuencias de salir del closet, nunca esperé ver las cadenas del odio colgando de las puertas de la compasión.
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viernes, 16 de diciembre de 2011
Hitchens, Dawkins y la estridencia
(Preparé este artículo hace un par de días para publicarse hoy. La conversación de Christopher Hitchens con Richard Dawkins para la revista New Statesman, que aquí comento, resultó ser la última entrevista. Hitchens murió ayer, 15 de diciembre, en Texas, a causa de una neumonía, a la edad de 62 años. Lo que sigue quedará tal cual como lo escribí originalmente.)
Pensaba escribir sobre esto y De Avanzada se me adelantó, pero escribiré de todas formas, porque quisiera agregar una reflexión personal. Se trata de una conversación o entrevista entre Richard Dawkins y Christopher Hitchens: ambos famosos como ateos militantes, provenientes de campos distintos de experiencia y con visiones a veces opuestas, pero siempre interesantes.
Dawkins es el editor invitado del especial de Navidad de la revista New Statesman, una publicación británica de izquierda, en la que Hitchens escribió durante un tiempo. Hitchens está físicamente muy débil luego de un largo tratamiento contra el cáncer de esófago (cuyo pronóstico es definitivamente malo en el corto plazo) pero perfectamente lúcido y sólo atemorizado, según dice, por la posibilidad de que su enfermedad le quite la capacidad de escribir. New Statesman ha ofrecido breves extractos de la conversación; hay que comprar la revista para leer el resto, pero lo poco que se puede ver es ya delicioso. Hoy quisiera comentar la primera parte, en la que Hitchens aconseja a Dawkins no callarse lo que desea decir:
Pensaba escribir sobre esto y De Avanzada se me adelantó, pero escribiré de todas formas, porque quisiera agregar una reflexión personal. Se trata de una conversación o entrevista entre Richard Dawkins y Christopher Hitchens: ambos famosos como ateos militantes, provenientes de campos distintos de experiencia y con visiones a veces opuestas, pero siempre interesantes.
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| Dawkins y Hitchens. Foto: Michael Stravato, para New Statesman. |
Dawkins: Una de las cosas que más me irritan de la religión es la manera en que se etiqueta a los niños como “un niño católico” o “un niño musulmán”. Me he puesto un poco pesado con ese tema. (Dawkins de hecho repite esta queja con frecuencia, explicando que un niño no tiene madurez para profesar una religión o ideología. Debería decir “un hijo de padres católicos” o “una niña con padres musulmanes”, por ejemplo.)La fuerza de la artillería retórica de Hitchens es ya conocida y justamente temida por sus oponentes en debate. Dawkins es de hecho mucho más moderado que Hitchens y la acusación de estridencia es casi siempre falsa. Como el mismo Dawkins ha señalado, mucho peores cosas que las que él dice sobre la religión se escriben todos los días en críticas literarias, de películas o de locales gastronómicos, sin que nadie haga un escándalo por ello. Sólo la religión queda socialmente exenta de críticas, debiendo ser protegida como si la fe de los creyentes fuera una frágil figura de porcelana que pudiera quebrarse al menor golpe.
Hitchens: Nunca debes temerle a esa acusación, ni tampoco a la estridencia. (La palabra inglesa strident, “estridente, de sonido duro o discordante”, es una de las más aplicadas a Dawkins por sus críticos.)
La primera observación de Dawkins es también muy pertinente. Los creyentes que no reaccionan a la crítica con furiosa indignación, exigiendo “respeto” a sus creencias (pero nunca explicando por qué lo merecen), pueden en cambio recurrir a una postura de fingida superación. Qué aburrido que es Dawkins, qué poco originales estos “nuevos ateos”, al venir contra la religión siempre con los mismos argumentos, algunos de corrección política, otros propios del positivismo del siglo XIX. La religión es más compleja que los crudos reclamos de evidencia empírica de la ciencia; la teología moderna es sofisticada y ya no discute sobre Dios como si fuera un señor con barba sentado en una nube. Y así en esa misma vena.
Ante esto Hitchens le recomienda certeramente a Dawkins: no temas, Richard, que te acusen de ser aburrido o de repetirte. Hay cosas que no pueden negociarse. Quien ha estudiado biología sabe que las especies evolucionan y no puede tolerar que otros engañen a sus hijos en la escuela enseñándoles que Dios nos creó hace unos pocos miles de años. Quien sabe de historia sabe que el Holocausto ocurrió y no puede tolerar que se propale la mentira negacionista. Los que creemos en la libertad de expresión como derecho sabemos que constantemente está amenazada y que se debe luchar por ella todos los días, porque ningún derecho conquistado se mantiene solo. Hay hechos ciertos y causas que son moralmente correctas y nadie debería cansarse de defenderlas.
Si los argumentos contra la religión son viejos o repetidos, ocurre simplemente que los contraargumentos, falacias y sofismas a los que nos enfrentamos son también viejos y repetidos. ¿En qué ha cambiado el cristianismo en los últimos cien años? Muy poco y siempre obligado por la presión externa. El cristianismo sigue igualando sexo y género y asignando a cada sexo un rol fijo, tocándole a la mujer un lugar inferior y de obediencia. Sigue despreciando el placer y ensalzando el sufrimiento y el sacrificio. Sigue pidiendo a los fieles que respeten la autoridad y no cuestionen la tradición. Sigue promoviendo la incultura por sobre la intelectualidad, el oscurantismo y los fetiches de la “fe popular” por sobre la exploración madura de la espiritualidad. Christopher Hitchens lo sabe bien y por eso no teme repetirse. Algo me dice que no va a dejar de gritar su verdad hasta el último minuto en que pueda hacerlo.
Si los argumentos contra la religión son viejos o repetidos, ocurre simplemente que los contraargumentos, falacias y sofismas a los que nos enfrentamos son también viejos y repetidos. ¿En qué ha cambiado el cristianismo en los últimos cien años? Muy poco y siempre obligado por la presión externa. El cristianismo sigue igualando sexo y género y asignando a cada sexo un rol fijo, tocándole a la mujer un lugar inferior y de obediencia. Sigue despreciando el placer y ensalzando el sufrimiento y el sacrificio. Sigue pidiendo a los fieles que respeten la autoridad y no cuestionen la tradición. Sigue promoviendo la incultura por sobre la intelectualidad, el oscurantismo y los fetiches de la “fe popular” por sobre la exploración madura de la espiritualidad. Christopher Hitchens lo sabe bien y por eso no teme repetirse. Algo me dice que no va a dejar de gritar su verdad hasta el último minuto en que pueda hacerlo.
viernes, 9 de diciembre de 2011
Primer Congreso de Ateísmo en Chile
El 1° Congreso de Ateísmo en Chile se celebrará este fin de semana, sábado 10 y domingo 11, en La Florida (Gran Santiago). Lo organizan Ateos Unidos de Chile (AUCH) con la colaboración de la Asociación Escéptica de Chile (AECH). A los que tengan Facebook, les recomiendo seguir su página allí.
Por si alguien se lo estaba preguntando, sí, debería haber escrito sobre esto antes para ayudar a su difusión, aunque confío en que los compañeros chilenos han podido llegar a su público. Ayer mismo salió una extensa nota —con una entrevista a Hamlet Muñoz, uno de los organizadores— en el diario La Nación.*
¿Cuál es el objetivo del Congreso de Ateísmo en Chile? Según ellos mismos lo expresan, es “abrir diálogos y cerrar mitos”. No se trata de una junta de ateos dedicada al ataque a los creyentes, sino de personas que desean, exponiéndose y expresándose, terminar con la falsa concepción (culturalmente instalada) de que los ateos, al prescindir de Dios, somos amorales o inmorales.
* En la versión original de este post escribí que esta difusión mediática era “más de lo que la mayoría de las iniciativas ateas en Argentina han logrado en su primer intento o los subsiguientes”. Me han señalado que Ateos Mar del Plata, que ha organizado tres ediciones del Congreso Nacional de Ateísmo en Argentina y puso a circular un “bus ateo”, logró ya desde la primera vez una difusión amplia de sus actividades en televisión, radio y diarios nacionales. No haber chequeado esto como acostumbro y confiar en una memoria poco fiable fue causa de este grave error, que pudo interpretarse como un menosprecio o el planteo de una competencia mediática entre activistas ateos, y que no volveré a cometer. Mil disculpas a Ateos Mar del Plata y todos los lectores.
Por si alguien se lo estaba preguntando, sí, debería haber escrito sobre esto antes para ayudar a su difusión, aunque confío en que los compañeros chilenos han podido llegar a su público. Ayer mismo salió una extensa nota —con una entrevista a Hamlet Muñoz, uno de los organizadores— en el diario La Nación.*
¿Cuál es el objetivo del Congreso de Ateísmo en Chile? Según ellos mismos lo expresan, es “abrir diálogos y cerrar mitos”. No se trata de una junta de ateos dedicada al ataque a los creyentes, sino de personas que desean, exponiéndose y expresándose, terminar con la falsa concepción (culturalmente instalada) de que los ateos, al prescindir de Dios, somos amorales o inmorales.
“Muchas personas me han preguntado, ¿por qué un Congreso Ateo?. La respuesta es fácil. Para conversar. Para abrir el diálogo en un país conservador como lo es Chile. Y producto de esa conversación desmitificar la figura del ateo. Y no sólo la del ateo. También del agnóstico, del escéptico y del que duda de la existencia de uno o más dioses.”Me parece una buenísima idea para el primer evento de este tipo en Chile. Les deseamos éxito y desde aquí los saludamos y acompañamos.
* En la versión original de este post escribí que esta difusión mediática era “más de lo que la mayoría de las iniciativas ateas en Argentina han logrado en su primer intento o los subsiguientes”. Me han señalado que Ateos Mar del Plata, que ha organizado tres ediciones del Congreso Nacional de Ateísmo en Argentina y puso a circular un “bus ateo”, logró ya desde la primera vez una difusión amplia de sus actividades en televisión, radio y diarios nacionales. No haber chequeado esto como acostumbro y confiar en una memoria poco fiable fue causa de este grave error, que pudo interpretarse como un menosprecio o el planteo de una competencia mediática entre activistas ateos, y que no volveré a cometer. Mil disculpas a Ateos Mar del Plata y todos los lectores.
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miércoles, 31 de agosto de 2011
III Congreso Nacional de Ateísmo (Mar del Plata, Argentina)
Del día viernes 9 al domingo 11 de septiembre se celebrará en Mar del Plata, Argentina, la tercera edición del Congreso Nacional de Ateísmo, cuyo lema será “Por la recuperación del estado laico”. Aconsejo seguir la página de Facebook de la organización y la del evento en sí. El cronograma está disponible. La entrada es libre y gratuita, pero se aconseja preinscribirse. Para los que asistan desde fuera de Mar del Plata hay alojamientos recomendados que podrían ofrecer descuentos.
Como el año pasado, planeo asistir y escuchar las ponencias, que prometen ser bastante interesantes. Lo recomiendo a todos los que puedan. El viernes quizá sea más complicado porque es día laborable, pero no es imprescindible, por supuesto, estar en todas y cada una de las conferencias.
Esto es lo que tienen para decir los organizadores, Ateos Mar del Plata, sobre el congreso:
Como el año pasado, planeo asistir y escuchar las ponencias, que prometen ser bastante interesantes. Lo recomiendo a todos los que puedan. El viernes quizá sea más complicado porque es día laborable, pero no es imprescindible, por supuesto, estar en todas y cada una de las conferencias.
Esto es lo que tienen para decir los organizadores, Ateos Mar del Plata, sobre el congreso:
Los miembros de la Asociación Civil Ateos Mar del Plata nos declaramos laicistas, es decir, que trabajamos por un Estado independiente de cualquier creencia religiosa, para promover políticas de mutuo respeto y evitar que, desde una posición de privilegio, el pensamiento hegemónico imponga a los ciudadanos una visión sesgada de la realidad.
Laicismo no es hostilidad hacia la religiosidad, sino que es una corriente ideológica que defiende y propaga la norma más básica de convivencia: la tolerancia hacia el otro, para que cada individuo pueda ejercer el derecho a tener, manifestar y poner en práctica libremente ideas, creencias y convicciones.
La visión laicista no es exclusiva de ateos y agnósticos, la mayoría de los creyentes entiende que las numerosas donaciones, exenciones impositivas y subvenciones que el Estado Argentino otorga a la Iglesia Católica Apostólica Romana (ICAR), al igual que los espacios públicos invadidos de iconografía religiosa, los favores y tratos privilegiados a los demás cultos, son un claro atropello a los valores republicanos.
Nuestro país en sus comienzos transitó el camino de emancipación de dos yugos, el del absolutismo real español y el del Vaticano, según consta en las actas de los debates posteriores a la Revolución de Mayo y en los de la escritura del texto fundamental de nuestra Nación. Esta auspiciosa ruptura que ocurrió en la revolución de 1810 no perduró, ya que alrededor de 1860 la ICAR, por medio de delegados y representantes del estado teocrático del Vaticano, volvió a interferir en la potestad de independencia del Estado Argentino, ya para establecerse rizomáticamente hasta el día de hoy, con notables amplificaciones de su poder e influencias en cada dictadura cívico militar.
Hoy, luego de tendenciosas reinterpretaciones y modificaciones, nuestras constituciones, tanto la nacional como la mayoría de las provinciales, no son laicas; compartimos esta característica con pocos países del mundo y dentro del continente americano actualmente somos sólo tres, de treinta y cinco países, los que aún seguimos sosteniendo abiertamente un culto desde la Carta Magna, el cual se hace efectivo por medio de leyes de gobiernos de facto.
Queremos un Estado laico para que cada ser humano sea libre de elegir su religión, de no elegir ninguna, de creer en la existencia de Dios o negarlo; además de no estar sometido a las normas y valores morales particulares de ninguna religión o del ateísmo.
martes, 2 de agosto de 2011
Posters ateos brasileños
Me avergüenza decir que me llega una noticia de Brasil vía un blog estadounidense, pero así es. Se trata de los posters contra el prejuicio hacia el ateísmo que ha hecho públicos ATEA (Associação Brasileira de Ateus e Agnósticos) y que Hemant Mehta de Friendly Atheist reproduce con sana envidia, preguntándose cuál sería la reacción si aparecieran en Estados Unidos. Allí, pequeños avisos en buses urbanos que decían “Puedes ser bueno sin [creer en] Dios” fueron objeto de furibundos ataques verbales y recursos legales por parte de cristianos intolerantes. Qué pensarían de lo que sigue…
(Hay otros dos anuncios, un poco menos chocantes.) ATEA no la ha tenido tan fácil. Varias empresas de ómnibus han rechazado los anuncios porque son “ofensivos” o porque “discriminan” por razón de religión. Es obvio que pueden resultar ofensivos; lo que no se entiende es por qué eso es impedimento. Los anuncios de Coca-Cola donde una cena familiar aburrida se vuelve una fiesta cuando mamá coloca la botella en el centro de la mesa, así como la mayoría de los anuncios políticos de campaña, los de automóviles y los de productos de limpieza, son un insulto a la inteligencia, pero nadie pide que se los prohíba. En cuanto a la discriminación: ¿dónde está? El hecho histórico de que Hitler creía en Dios y Chaplin no está suficientemente documentado. La reflexión sobre cómo la fe religiosa puede utilizarse para justificar atrocidades de todo tipo no es nueva ni proviene exclusivamente de activistas ateos rabiosos.
Brasil es una sociedad saturada de religión e infestada de iglesias fundamentalistas cristianas. Es diversa pero intolerante de quienes no creen en ninguna de las muchas opciones disponibles. Saludo la iniciativa de ATEA y espero que alguna vez podamos repetirla en Argentina.
Charles Chaplin: no cree en Dios.
Adolf Hitler: cree en Dios.
LA RELIGIÓN NO DEFINE EL CARÁCTER.
Si Dios existe, todo está permitido.
(Hay otros dos anuncios, un poco menos chocantes.) ATEA no la ha tenido tan fácil. Varias empresas de ómnibus han rechazado los anuncios porque son “ofensivos” o porque “discriminan” por razón de religión. Es obvio que pueden resultar ofensivos; lo que no se entiende es por qué eso es impedimento. Los anuncios de Coca-Cola donde una cena familiar aburrida se vuelve una fiesta cuando mamá coloca la botella en el centro de la mesa, así como la mayoría de los anuncios políticos de campaña, los de automóviles y los de productos de limpieza, son un insulto a la inteligencia, pero nadie pide que se los prohíba. En cuanto a la discriminación: ¿dónde está? El hecho histórico de que Hitler creía en Dios y Chaplin no está suficientemente documentado. La reflexión sobre cómo la fe religiosa puede utilizarse para justificar atrocidades de todo tipo no es nueva ni proviene exclusivamente de activistas ateos rabiosos.
Brasil es una sociedad saturada de religión e infestada de iglesias fundamentalistas cristianas. Es diversa pero intolerante de quienes no creen en ninguna de las muchas opciones disponibles. Saludo la iniciativa de ATEA y espero que alguna vez podamos repetirla en Argentina.
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Publicado por
Pablo
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discriminación
domingo, 12 de junio de 2011
Ningún verdadero ateo…
Los pastores de la Iglesia no sólo están para conducir su rebaño: también se encargan de poner nombre a los lobos según su preferencia.
El Presidente del Pontificio Consejo para la Cultura en el Vaticano, Cardenal Gianfranco Ravasi, recordó que los ateos que no facilitan el diálogo real con los creyentes no pueden autodenominarse con seriedad ateos.
La pomposidad de este funcionario de la esperpéntica monarquía vaticana no deja de ser un poco patética. No es que muchos ateos leamos ACI Prensa, de todas formas; lo de Ravasi es una admonición a sus feligreses más obedientes (por no decir tontos): no presten atención, les dice, a todos esos ateos que viven su vida sin Dios tranquilamente, moralmente, decentemente, sin molestar a nadie, y sobre todo, no escuchen jamás (cierren los oídos) a los ateos que además de vivir muy bien sin Dios tienen el descaro de manifestarlo y de reírse de ustedes, que tanto tiempo dedican a sus letanías, genuflexiones, postraciones, besamanos y jaculatorias solemnes. Tápense los ojos y niéguense a escuchar a los ateos que no quieren “dialogar” —o sea, soportar homilías vacuas sin chistar o darle crédito a la pseudociencia y la pseudofilosofía católica. Desprecien con un fruncimiento de nariz desdeñoso a los ateos prácticos, que ni siquiera se sonrojan al blasfemar porque saben que una blasfemia es sólo insultar a una entidad ficticia. No les den espacio a los ateos irónicos o sarcásticos, que bromean sobre Dios sin saberse de memoria todas las sofisterías que nuestros teólogos han creado durante mil años para justificarlo. Sólo son ateos “serios” aquellos que estén inquietos por la muerte de Dios, que sufran y anhelen su ausencia y estén dispuestos a entrar en el “Patio de los Gentiles” para oírnos a nosotros, los que tenemos la Verdad.
domingo, 15 de mayo de 2011
“Nuevo” ateísmo
“La manera de lidiar con la superstición no es mostrarle cortesía, sino enfrentarla con todas las armas, derrotarla, dejarla quebrada, hacerla infame y ridícula por siempre. ¿Resulta cara, quizá, a ciertas personas que deberían ser conscientes de ello? En ese caso su estupidez debe ser sacada a la luz y expuesta allí en toda su fealdad hasta que huyan de ella, cubriéndose la cabeza en su vergüenza.”
— H. L. Mencken (1925)
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Publicado por
Pablo
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