domingo, 28 de noviembre de 2010

Por Radio Orillas, hablando de religión

El pasado 19 de noviembre estuve en el programa que la agrupación Orillas tiene en FM AZ, invitado para hablar sobre temas religiosos de actualidad: el proyecto para quitar los símbolos religiosos de los espacios estatales en Santa Fe, de la diputada provincial Alicia Gutiérrez, y la ley de “libertad religiosa” impulsada por la diputada nacional Cynthia Hotton. Como estos temas inevitablemente llevan a otros y además los chicos (Ezequiel Del Bianco y Federico Fuhrmann) me concedieron amplio margen para la digresión y el comentario al margen (por no decir divagación), temo que finalmente casi todo el programa —una hora, menos cortes musicales— giró en torno a la religión.

Ayer Ezequiel (que es el autor de Proyecto Sandía y Alerta Pseudociencias) me pasó el audio del programa, y yo quiero compartirlo con ustedes. El archivo de audio se puede bajar o escuchar online.


Algunas de las cosas que se mencionaron en el programa fueron:
Que lo disfruten.

miércoles, 24 de noviembre de 2010

martes, 23 de noviembre de 2010

¿En qué creemos los argentinos?

Vi este programa y quería compartirlo con ustedes (lo anuncié por Facebook y por Twitter pero no todos pudieron verlo). Salió por el canal TN el pasado domingo 21. Se llama “Argentina para armar” y es un ciclo semanal que conduce María Laura Santillán. El tema era “¿En qué creemos los argentinos?”. Los invitados fueron:
El programa no fue (no podía ser) de muy alto vuelo, pero a pesar de su planteamiento simplón surgieron unas cuantas perlas de interés, como la diferencia entre las cuestiones elevadas de la fe y las necesidades de consuelo y contención cotidianas de la gente, el significado del dolor y el descubrimiento de la finitud humana, el rol de la ciencia como reemplazo de la religión, etc. De los invitados el que más me gustó fue Mujica, con quien estoy absolutamente en desacuerdo (¡encima de católico, posmoderno!) pero que supo explicar muy bien lo que quería decir. El que menos me gustó fue Hunzicker, que parecía nunca poder llegar al punto que quería remarcar, y sólo dejó en claro que para él el sufrimiento no puede ni debe ser suprimido porque es parte de la esencia del ser humano. Oesterheld estuvo particularmente repugnante cuando, respondiendo a los cuestionamientos de Mallimaci sobre los escándalos de pederastia que envuelven a la Iglesia (y otros notorios episodios), se regodeó en el hecho de que a pesar de todo la gente común sigue creyendo en los curas, yendo a procesiones y rezándole a sus santos. Frigerio tuvo una participación más bien explicativa, al igual que Sztajnszrajber, al que confundí con un creyente posmoderno por sus disquisiciones sobre lo que Dios es o no es.

María Laura Santillán estaba absolutamente sobrepasada pero lo manejó bien, dejando que los invitados hablaran entre ellos con pocas interrupciones.

Recomiendo verlo con calma y después, si quieren, lo debatimos aquí.

lunes, 22 de noviembre de 2010

Marjoe

Marjoe es un documental del año 1972 sobre el “niño predicador” Marjoe Gortner y su trayectoria adulta como estafador de crédulos fervorosos. Es alucinante y bastante doloroso, si uno lo piensa bien. Vale la pena verlo.

No los aburriré con detalles biográficos que pueden leer en otra parte. Basta decir que Marjoe (un nombre ensamblado a partir de Mary y Joseph, es decir María y José) fue obligado a “predicar” desde los cuatro años, repitiendo sermones furibundos y gestos histriónicos ante congregaciones pentecostales, por una madre que en ocasiones lo sofocaba con una almohada o le metía la cabeza bajo el agua para motivarlo sin dejarle las marcas que una golpiza sí dejaría. De adolescente Marjoe dejó el negocio, pero volvió más tarde, de adulto, recorriendo los estados sureños de Estados Unidos con un mensaje de condenación y salvación en el cual no creía en lo más mínimo. Y así por dos años, hasta que no pudo más con su conciencia.

Lo que hace distinto este documental es que los realizadores encontraron a Marjoe Gortner en el preciso momento en que se replanteaba por enésima vez abandonar la predicación, y éste decidió mostrarles los secretos más oscuros del arte del pastoreo de almas crédulas, con una franqueza y un cinismo que puede helar la sangre a más de uno. Lo que hizo, sin comunicarle ni siquiera a su padre su decisión, fue darle permiso al grupo de filmación para que filmara toda su última gira de evangelización: no sólo las celebraciones, sino lo de después: Marjoe y su socio contando entre risas el dinero esquilmado a los fieles; Marjoe confesando que no cree en absolutamente nada de lo que predica mientras repite sin esfuerzo visible sus paroxismos escénicos de adoración a Jesús; Marjoe explicando a los documentaristas cómo funciona el engaño de las sanaciones (“el 99% es psicosomático”); Marjoe contando cómo le hubiera gustado ser una estrella de rock y cómo copia los movimientos de Mick Jagger cuando predica…


Marjoe Gortner (o al menos el Marjoe de la película) es una persona sorprendente: un niño prodigio al que sus padres utilizaron de la peor manera y que, increíblemente, no les guarda rencor. Uno espera, en cualquier momento del documental, que la filmación termine abruptamente con una noticia trágica. Pero Marjoe siempre sonríe. Rehace su vida, es feliz con una mujer, y ni siquiera el hecho de que ha pasado los últimos dos años estafando a miles de personas y que no le importe mostrarlo en cámara nos hace odiarlo. Sabe que ha hecho cosas malas pero no se considera un malvado, y va a dejarlo. Quizá no le importe tanto reírse de toda la gente a la que ha estafado porque en el fondo se está riendo de sí mismo, de su infancia perdida y de dos años de doble vida pasados en rutas y hoteles, actuando como un payaso en un circo religioso.


El documental tiene casi 40 años y poco ha cambiado en las congregaciones pentecostales de Estados Unidos, aparte de los Cadillacs, los peinados al spray y las camisas inverosímiles. Eso sí que no es para risa.

Marjoe fue producido y dirigido por Howard Smith y Sarah Kernochan en 1972, y ganó el Oscar a la Mejor Película Documental en 1973. Se puede ver online en Google Video (The Story of Marjoe) y se consigue desde BitTorrent. No hay subtítulos, que yo sepa, en ningún idioma. Para más datos: Marjoe en la Internet Movie Database; Marjoe en Wikipedia (en inglés).

sábado, 20 de noviembre de 2010

Jesús, ese gran hombre

Hay muchas personas que dicen creer en Dios pero no en la Iglesia (o bien dicen que Dios no tiene nada que ver con ninguna religión). Paralelamente hay una especie de fans de Jesús que quieren rescatar las partes buenas de lo que supuestamente dijo, olvidando todo lo demás, y concediéndole un cómodo status de gurú y líder moral multicultural al lado de Buda o algún filósofo. Pero C. S. Lewis lo tenía todo muy claro. Jesús no practicaba la humildad que predicaba; se comportaba como quien es Dios y lo sabe:
… Intento con esto impedir que alguien diga la auténtica estupidez que algunos dicen acerca de Él: “Estoy dispuesto a aceptar a Jesús como un gran maestro moral, pero no acepto su afirmación de que era Dios.” Eso es precisamente lo que no debemos decir. Un hombre que fue meramente un hombre y que dijo las cosas que dijo Jesús no sería un gran maestro moral. Sería un lunático —en el mismo nivel del hombre que dice ser un huevo escalfado— o si no sería el mismísimo demonio. Tenéis que escoger. O ese hombre era, y es, el Hijo de Dios, o era un loco o alguno mucho peor. Podéis hacerle callar por necio, podéis escupirle y matarle como si fuese un demonio, o podéis caer a sus pies y llamarlo Dios y Señor. Pero no salgamos ahora con insensateces paternalistas acerca de que fue un gran maestro moral.
Christopher Hitchens cita este pasaje de Mero cristianismo en God Is Not Great (me rehúso a la blandengue traducción “Dios no es bueno” con que fue editado en español), como reconocimiento para la honestidad intelectual (sobre este punto particular) de Lewis, que, por si no lo conocían, es considerado el más importante apologista cristiano y católico de los tiempos modernos (además del autor de la alegoría cristiana para niños llamada Las crónicas de Narnia).

Obviamente Hitchens no acepta la opción de considerar a Jesús una manifestación sobrenatural, sea del creador del universo o de su archienemigo. Una versión similar de estas alternativas, también planteada por C. S. Lewis, es la conocida como trilema de Lewis, según el cual Jesús debió ser un lunático (que se creía Dios), un mentiroso (que fingía ser Dios) o bien Dios. Existe también la posibilidad, no admitida por Lewis, de que Jesús nunca haya existido o que no haya dicho ni hecho casi nada de lo que se le atribuye, es decir, que sea una figura mitológica. Esta última me parece a mí la más probable, dados el tiempo y la forma en que sabemos que se escribieron los libros del Nuevo Testamento.

martes, 16 de noviembre de 2010

Laicismo agresivo, ahora en Argentina (A214)

La Iglesia Católica está viviendo un ataque furibundo de las oscuras fuerzas del laicismo radical en Argentina. Miren si no:
Los signos de los tiempos son clarísimos. El laicismo agresivo ha sacado las garras, y mirando a nuestro pobre país uno no puede sino recordar aquel triste día de 1955 en que los grupos de choque laico-progres y zurdo-secularistas, siguiendo la infame bandera del totalitarismo relativista, hicieron lo mismo que estos leguleyos quieren hacerle ahora a nuestra Santa Madre.

lunes, 15 de noviembre de 2010

Embriones: ¿productos o personas? (A213)

Una pareja peruana va a demandar a una clínica de fertilidad asistida porque la mujer fue madre de una niña con síndrome de Down y una serie de otros desórdenes genéticos que, en teoría, deberían haber sido detectados antes de implantarle el embrión en cuestión. El padre justificó la demanda ante la prensa clamando: “¿Cómo se sentiría si le dieran un producto fallado?”.

La desafortunada frase cayó como anillo al dedo para las agencias de desinformación católica ansiosas por demostrar que la fecundación in vitro es inmoral, no sólo porque involucra seleccionar y desechar embriones, sino porque transforma al ser humano en un producto. Gloria Adaniya, de la organización “pro-vida y familia” CEPROFARENA, dijo:
“Nadie puede diseñar un tipo de bebé porque no se está hablando de objetos sino de vidas humanas. El ser humano, es un regalo de Dios y es un regalo del matrimonio, y no estamos en condiciones de estar eligiendo cómo debe ser.”
(Les dejo un momento para leer y saborear bien el oscurantismo fanático de esta contundente declaración, que tira por la borda siglos de medicina y ética en favor de un fetichismo salvaje como lo es la teología.)

La frase sobre el “producto fallado” se le puede perdonar al padre por tratarse de un momento de ofuscación, pero queda la pregunta. ¿Un ser humano puede ser tratado como un producto? La respuesta no se puede dar si no nos paramos antes a definir términos y marcar límites.

Hay una postura esencialista, generalmente proveniente de dogmas religiosos pero también posible fuera de ellos, que mantiene que hay una esencia abstracta, una humanidad, que se encuentra en cada uno de nosotros y que preexiste a la autoconsciencia y a la formación del cuerpo físico. Para los cristianos, la persona existe desde la concepción —obviando la dificultad de decidir cuándo es eso, ya que se trata de un proceso y no de un instante discreto— y además es querida por Dios desde el principio. Hay una postura contraria, a la que suscribo y que es probablemente la de la mayoría de los no creyentes, que mantiene que no hay tal esencia humana abstracta sino que la persona se va construyendo gradualmente según las leyes conocidas de la física y la química y los procesos habituales, complicados pero más o menos bien descriptos, de la biología. En general los defensores de esta postura creemos que un embrión humano no es una persona y puede ser manipulado y destruido como casi cualquier otro conjunto de células; la personalidad, la humanidad, está en él sólo en potencia y no preexiste a la formación de un cuerpo humano viable y de la autoconsciencia que nos distingue del resto del reino animal.

La postura esencialista es una creencia incomprobada e incomprobable. La otra postura no es su opuesta sino más bien su antecesora prudente. Es sencillo comprobar que un embrión no tiene ninguna de las características que asignamos (y por las que distinguimos) a las personas. No tiene sentidos ni consciencia de sí, no tiene órganos diferenciados, no tiene un cerebro desarrollado y en funciones, no tiene voluntad. Tiene un determinado ADN y una tendencia fisicoquímica a determinados cambios que, con cierta probabilidad, lo llevarán en un futuro a transformarse en una persona. Esta última característica (su orientación hacia un “objetivo” final identificable como una persona humana) es condición necesaria, aunque de ninguna manera suficiente, para que la idea esencialista pueda plantearse. Si un embrión “humano” pudiera transformarse en cualquier cosa, la idea de que un embrión es (esencialmente o metafísicamente) una persona desde la concepción sería ridícula.

Pero lo cierto es que un embrión sí puede transformarse en cualquier cosa, y de hecho lo hace: se transforma en seres humanos completamente distintos uno de otro (o bien, con frecuencia, muere antes). No hay una manera “científica” de determinar si un organismo dado es un ser humano; no hay un molde fijo, no hay un “ADN humano”. Cada uno de nosotros es distinto de los demás a nivel genético. Nos reconocemos unos a otros como personas por aproximación, no por el vislumbre de una esencia —no quiero decir alma— innata a la humanidad. Nuestro ADN es similar, no igual, al de nuestros congéneres, pero también es similar al de los chimpancés, el de los gorilas, el de los orangutanes y el de los lirios del campo y el de las sanguijuelas, si bien en distinto grado; nuestra autoidentificación como especie es difusa, de índole estadística. Sólo el Homo sapiens ha sobrevivido en la Tierra de las muchas razas de homínidos que la han surcado incluso hasta tiempos geológicamente recientes; si hubieran sobrevivido, este fácil esencialismo no las tendría tan fáciles.

Todo lo anterior es, desde luego, una blasfemia del más alto orden contra la doctrina judeocristiana de la Creación, y una de las razones por las cuales se puede argumentar que la teoría de la evolución no es aceptada, no puede ser aceptada plenamente por ningún creyente de esa doctrina. Si el hombre no es especial y distinto esencialmente  —no por la mera contingencia biológica— entonces Dios sólo ha elegido a un animal inteligente para Su Plan.

Esto viene a cuento de que el padre ofuscado porque su bebé nació con síndrome de Down no está equivocado. El “producto fallado” que le dieron no es el bebé, sino el embrión del cual se originó. Y es un producto porque no es esencialmente distinto (ni morfológicamente muy distinto, al microscopio) del embrión creado por fecundación artificial de un caballo o de una rana. Es un producto porque no es una persona, excepto para aquellos que definen persona como cualquier cosa que surja de la unión de un óvulo y un espermatozoide humanos. Deja de ser un producto cuando podemos reconocerlo como uno de nosotros, incluso aunque no esté del todo desarrollado. Un chimpancé adulto tiene muchas más características de persona humana que un embrión humano; recurrir, como hacen los pseudocientíficos católicos, a la semejanza del ADN, los hace culpables del reduccionismo vulgar que ellos mismos suelen denunciar. Una persona no lo es porque su ADN sea parecido al de las otras personas (y pasemos por alto la definición circular inherente aquí) sino por otros rasgos, más variados y más flexibles, que lo hacen similar a nosotros, a los que ya sabemos que somos personas. Con la paradójica postura esencialista-reduccionista de los católicos, llegamos al absurdo de que se considere una persona de pleno derecho a un organismo que no tiene cerebro ni sentidos funcionales, mientras que un organismo con la inteligencia de un niño de tres años, clara voluntad propia y muy posiblemente una autoconsciencia queda en pie de igualdad, a nivel legal y ético, con un mosquito.

Los padres de la niña a los que hace referencia la nota no pretenden que ella sea menos que una persona, o una persona fallada. Lo que dicen es que la clínica de fertilidad les dio un embrión con fallas en sus genes, entendiéndose por fallas a desviaciones de la norma que entran en el terreno de lo patológico, y que podrían haber sido previstas. (La clínica dice que se les ofrecieron los tests de rutina y no los aceptaron; la madre dice que nunca les ofrecieron nada: una disputa legal que no vamos a dilucidar aquí.) En nuestra sociedad consideramos personas de pleno derecho, a priori, a quienes tienen síndrome de Down (si su condición no les permite manejarse solos, tendrán un tutor, igual que cualquier otra persona en esa situación). No consideramos personas a los embriones en ningún sentido excepto —en casi toda América Latina— por la prohibición de destruir un embrión ya implantado en el útero. Equiparar una cosa con otra es un engaño y una apelación emocional de lo más ruin, y usarlo como propaganda para una visión del mundo oscurantista y antihumana es quizá la peor falta de respeto a la verdadera dignidad de la persona.