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lunes, 17 de febrero de 2014

Esos derechos humanos ajenos a la Iglesia

El pasado miércoles 5 de febrero el Comité de los Derechos del Niño de la Organización de las Naciones Unidas emitió un durísimo comunicado sobre la inacción del Vaticano ante los abusos sexuales cometidos por sacerdotes de la Iglesia Católica sobre niños a su cuidado y ocultados sistemáticamente por las autoridades de la misma.


El informe criticaba además la promoción, por parte de la Iglesia, de la discriminación a los homosexuales y de los roles de género rígidos, y su rechazo (con graves consecuencias) al reconocimiento del derecho a la anticoncepción y el aborto. Estas cuestiones quedaron, no obstante, opacadas por el tema de la pederastia sacerdotal, su encubrimiento y las medidas (no) tomadas para prevenirlo, ante el cual las autoridades eclesiásticas convocadas por la ONU a declarar respondieron con evasivas.

En un artículo publicado en el diario argentino Infobae, la periodista Claudia Peiró señala algo airadamente este hecho, haciendo suyas las palabras del vaticanista Sandro Magister al notar que el informe consta de 16 páginas y “a la pedofilia el documento llega en la página 9”. El resto parece, según Peiró, “la agenda de lo que ciertos grupos esperan que haga la Iglesia”, entre los que incluye “grandes ONG de derechos humanos”.

El tono que se puede percibir es de velada indignación, como si la ONU o las “grandes ONG de derechos humanos” no tuvieran derecho alguno a pedirle a una institución poderosa e influyente a lo largo del mundo que deje de infringir los derechos humanos. A la Iglesia se le puede reclamar por el abuso sexual de niños (pero con respeto, eh, y teniendo en cuenta que el papa actual es nuevo e inocente y no sabía nada de todo eso y además ¡es tan humilde…!) pero no por el abuso psicológico que representa decirle a millones de niños y jóvenes, cada día, que si les gusta una persona del mismo sexo tienen una enfermedad o que sus padres del mismo sexo no son una verdadera familia; se le puede reclamar (¡pero es cosa del pasado, mejor olvidémosla pronto!) que reconozca que durante décadas les quitó sus hijos a mujeres solteras o las tuvo virtualmente presas y en condiciones de trabajo esclavo, pero no se le puede reclamar por su actual propaganda en favor del modelo de mujer que sólo es moral si pasa de ser virgen a ser esposa sumisa y madre abnegada, con prescindencia de su salud mental y física; se le puede pedir a la Iglesia, en fin (¡pero amablemente!) que haga algún gesto por sus delitos más horrendos del pasado, pero no que cambie sus políticas que hacen daño hoy. Porque esas políticas, si hablamos de la Iglesia Católica, se llaman “doctrinas”, o “la Tradición”, o “las enseñanzas de la Iglesia”, y como tales son intocables.

Así lo dice Peiró:
Todo el tono del documento recuerda a la forma en que, tras la renuncia de Benedicto XVI y aun antes de la elección de Jorge Bergoglio, diversos analistas y lobistas, por lo general ajenos a la Iglesia, iban marcando la agenda de "modernización" que el nuevo Papa debería encarar.
(El énfasis es mío.) En algún punto de su nota a Peiró se le olvidó explicar por qué los que somos “ajenos a la Iglesia” no podemos “marcar agenda”, o hablando con propiedad, criticar y reclamar cambios. En buena parte del planeta es bastante difícil, si no imposible, ser verdaderamente “ajeno a la Iglesia”, porque la Iglesia gerencia las escuelas donde van nuestros hijos, pulula en los hospitales donde vamos a tratarnos, preside algunos de los eventos más importantes de la vida social, y tiene siempre un asiento libre en la mesa de los políticos que hacen nuestras leyes.

¡Qué más quisieran muchas mujeres, imposibilitadas de acceder a anticonceptivos hormonales y a la posibilidad de interrumpir un embarazo no deseado, ser “ajenas a la Iglesia”! ¡Cuántas personas que sufren terribles dolores por enfermedades terminales quisieran que la Iglesia fuera “ajena” a las leyes que les impiden acabar sus vidas dignamente! Pero la Iglesia se llama a sí misma Católica, que significa Universal, precisamente porque su objetivo es no ser ajena a nadie ni a ningún asunto en el mundo.

Esta pretensión de universalidad es la que pone en colisión a la Iglesia Católica con casi cualquier organización de derechos humanos que se precie de su nombre, ya que el catolicismo institucional ha estado y está en conflicto con casi todos esos derechos. La idea de los “magisterios no superpuestos” (non-overlapping magisteria, NOMA) con que Stephen J. Gould pretendió separar las competencias de la religión y la ciencia para negar su conflicto es tan falaz como su contraparte en el campo de lo político.

La Iglesia hace política. Los organismos de derechos humanos pueden muy bien “hacer doctrina”.

sábado, 15 de febrero de 2014

No les creemos

El embajador del Vaticano en la ONU, Silvano Tomasi (izquierda) antes de su comparecencia en ante el Comité de los Derechos del Niño. / FABRICE COFFRINI (AFP)

Sara Oviedo, Vicepresidenta del Comité de Derechos del Niño de la ONU, sobre la audiencia de los representantes del Vaticano ante el Comité para responder por los abusos sexuales a niños. Entrevista en el diario El País, 14 de febrero de 2014:
«La comparencia de ese día fue una suerte de sainete. Ellos plantearon que es un hecho que hay pederastas, que están muy avergonzados y que están haciendo una serie de medidas para evitarlo. (…) Nosotros insistíamos en conocer casos concretos y en decirles medidas que se deberían hacer. Ellos decían que sí, que hay que hacer cosas, pero no hechos concretos. No entregaron una lista de sacerdotes sacados del sacerdocio por pederastia. Como resumen, yo no les creo. O están haciendo muy poco o no están haciendo. (…)

»Yo advertí mucho miedo, la inseguridad propia de quien es cogido en falta y de quien sabe que está defendiendo lo indefendible. (…)

»Yo no creo que hayan mentido. Sí creo, como dicen, que están preocupados y que han tomado tibias medidas, pero el problema es ése, que creo que lo hacen para contentarnos y para que bajemos la presión. Usaron esa forma ambigua tratando de que nosotros cayéramos en el juego y que al final les dijéramos: “Qué bien que están pensando en todo eso y gracias”. Pero no caímos, les dijimos claramente que no les creíamos, con diplomacia y en buen ambiente, sin gritos: “No les creemos, no se ve lo que hacen. Las víctimas siguen esperando respuestas”.»

miércoles, 2 de octubre de 2013

Sacerdotes, hombres de esta cultura


En otro post comenté la falaz justificación de los abusos sexuales del clero católico como fruto del “clima de corrupción sexual” fomentado por los “promotores del libertinaje”, a la que recurrió Martín Santiváñez Vivanco, miembro de la criptocatólica Fundación Maiestas.

Para no alargar el tema me limité a explicar por qué esta excusa es vergonzosa y ridícula, sin mencionar que la misma no es nueva ni invención de este pobre vocero de la Iglesia. En efecto, hace tres años, en un momento de recrudecimiento del escándalo, los jerarcas se pusieron en fila para ofrecer esta explicación.

Probablemente azuzado por sus patrones, se hizo eco de estas ideas un anónimo comentarista de La Gaceta de Intereconomía, que descubrió que la culpa de las ganas de los sacerdotes de violar niños la tiene la izquierda freudiana, los verdes y Mayo del ’68.

No mucho después repetía la misma tontería la Conferencia Episcopal de Estados Unidos, basándose en un estudio encargado por ellos mismos, que les costó 1,8 millones de dólares y que dio resultados que no les gustaron mucho y prefirieron citar haciéndolos decir exactamente lo opuesto.

El asunto venía de antes, claro está: ya en 2002 lo explicó en estos términos (¡se ve que no hacía faltar encargar un estudio para saberlo!) el cardenal Darío Castrillón Hoyos, prefecto de la Congregación para el Clero, cuando la olla ya se había destapado pero aún no habíamos vislumbrado la terrible podredumbre en el fondo:
En el clima de pansexualismo y libertinaje sexual que se ha creado en el mundo, algunos sacerdotes, también hombres de esta cultura, han cometido el delito gravísimo de abuso sexual.
Llamativamente, parece que los católicos descubrieron que había una “epidemia global de pederastia” (causada por nuestro libertinaje sexual) más o menos en esa época, la misma en que nosotros descubrimos que había una epidemia de abusos sexuales del clero católico que había sido sistemáticamente ocultada por la jerarquía eclesiástica. Ésa fue también la época (principios del siglo XXI) en que la exposición mediática echó a rodar el proceso global de repudio y protesta que animaría a cientos de víctimas a acusar a la Iglesia, luego de años o décadas de sufrir en silencio.

La Iglesia Católica dice estar en contra del relativismo moral, que nos lleva a juzgar hechos del pasado o de otras culturas con estándares distintos a los actuales de nuestra propia sociedad. ¿No es hipócrita que expliquen, entonces, el comportamiento criminal de sus sacerdotes con la excusa de que sólo eran “hombres de esta cultura”? Mejor sería que alguna vez asuman la responsabilidad de vivir según su moral autoimpuesta e inflexible, que no da lugar a excusas patéticas como ésa, o de dejar de predicarla e imponerla al resto de nosotros y entregar a “sus” criminales a la justicia sin más dilaciones.

lunes, 30 de septiembre de 2013

El pronóstico para hoy es corrupción y libertinaje

Los abusadores sexuales y violadores suelen defenderse alegando haber sido “provocados” por sus víctimas. Los clérigos pederastas y sus justificadores han encontrado un genial equivalente a esta excusa, con el cual no sólo se desligan de la responsabilidad sino que (¡dos pájaros de un solo tiro!) aprovechan para criticar a los demás desde su pedestal, tarea que —como todos sabemos— es la principal ocupación de esos humildísimos devotos que tienen línea directa con el Creador del Universo. La excusa es que la culpa no es de ellos… sino de la sociedad que les contagió su corrupción.
Martín Santiváñez Vivanco, director del Center for Latin American Studies de la Fundación Maiestas, denunció que el "clima de corrupción sexual en el que vivimos", que ha causado la proliferación de la pederastia, no es culpa de los cristianos y la Iglesia, sino de "los grandes promotores del libertinaje sexual".
(La Fundación Maiestas es una ONG conservadora. Todos sus miembros han estudiado o trabajado en universidades católicas, como la de Navarra, gerenciada por el Opus Dei; Santiváñez Vivanco trabaja además para la Fundación FAES, un think tank económico “liberal” vinculado al Partido Popular.)


A juzgar por el texto, para Santiváñez Vivanco, abusar sexualmente de menores es un ejemplo de lo que él llama “libertinaje sexual”. Ahora bien, como este “libertinaje” es de hecho lo que el resto de nosotros llamamos simplemente “libertad”, en último término Santiváñez está comparando a un sacerdote que viola niños de manera habitual durante años (y de esta clase hay abundantes casos testimoniados) con la actividad sexual mutuamente consentida entre personas de cualquier sexo, excepto aquella que se realice dentro del matrimonio. Todo es libertinaje: sexo homosexual, violaciones, sexo entre un mayor y un menor púber, sexo entre dos menores, sexo en un trío, prostitución, sexo oral, transexualidad, y también la tolerancia de cualquiera de esas prácticas. (Si parece que estoy leyendo de más entre líneas, considérese que el discurso de Santiváñez no es en absoluto diferente a la línea oficial de la Iglesia Católica.) No todo está a la misma altura, pero sí va a parar a la misma bolsa.

También resulta bastante desconcertante que se hable de “clima de corrupción sexual” en este contexto, como si la idea de abusar sexualmente de menores de edad fuera como el calor o la presión atmósferica, que todos percibimos y a los que nuestro cuerpo y nuestro ánimo reaccionan inevitablemente aunque no lo queramos. Cierto es que, como seres humanos, todos estamos más abiertos a ciertas ideas cuando la sociedad que nos rodea las tolera o promueve, pero no recuerdo que forzar a un niño a una relación sexual haya sido jamás tolerable en nuestra sociedad occidental y cristiana, y menos aún cuando el participante adulto es un sacerdote.

Continúa indignándose Santiváñez:
En el fondo, los perseguidores de la Iglesia pretenden vincular el estado sacerdotal con la pedofilia, aunque saben muy bien que la epidemia global de la pederastia no está relacionada solo con los curas sino con toda la sociedad.
La pedofilia es una tendencia sexual anormal y no es un delito. No hay evidencia de que el estado sacerdotal o el celibato específicamente provoquen esta tendencia. El abuso sexual de niños sí es un delito. Hasta donde sabemos, no es ni más ni menos frecuente entre los sacerdotes célibes. Sin embargo, es sólo en ciertas instituciones (la Iglesia Católica es la más notoria) donde el abuso sexual infantil ha sido históricamente ocultado, sus acusadores ignorados o silenciados y sus perpetradores protegidos de la justicia y movidos discretamente a otros lugares.

La Iglesia tiene que comenzar de una vez a dejar de echar culpas afuera y a asumir no sólo que cometió errores sino que su misma estructura, verticalista y basada en la obediencia ciega, acoplada a sus doctrinas represivas, termina siendo el lugar ideal para los perversos sexuales necesitados de refugio.

sábado, 13 de julio de 2013

ONU llamando al Vaticano

Como probablemente sepa el lector, el Vaticano ha sido llamado por la ONU a responder sobre una lista de puntos relacionados con los abusos sexuales a menores cometidos por sacerdotes, religiosas e instituciones de la Iglesia Católica. El Vaticano es miembro observador de la ONU y ha ratificado la Convención sobre los Derechos del Niño (CDN), por lo cual está obligado a responder. Hace 15 años que no lo hace y esta vez las preguntas son mucho más incisivas y detalladas que nunca. En 2011, presionado, el Vaticano amenazó con retirarse de la CDN, como indica EuroXpress:
Los especialistas de Naciones Unidas preguntan para iniciar la lista de interrogantes si la «Iglesia católica reconoce estos casos de violencia sexual contra menores por parte de miembros del clero, sacerdotes y monjas de varios países» y les interroga sobre «informaciones detalladas en todos los casos».

El CDN ha preguntado, por ejemplo, cómo estaba asegurándose el Vaticano de que los curas abusadores no tuvieran más contacto con niños y qué instrucciones había emitido la Santa Sede para asegurar que los casos conocidos por la Iglesia sean reportados a la policía.

Los expertos también investigan si la Iglesia ha silenciado a algunos niños víctimas de abusos sexuales y preguntan sobre la veracidad de las denuncias a la Iglesia en varios países, entre ellos Estados Unidos e Irlanda, donde ha sido acusada de trasladar a curas sospechosos de una diócesis a otra y de manejar el tema de manera secreta.

En su investigación también cuestionan las medidas adoptadas para prevenir y condenar los castigos corporales en algunas escuelas católicas y para evitar una educación de género discriminatoria en estos centros.

El comité también preguntó si la Iglesia había investigado el Asilo de las Magdalenas por las denuncias de tortura y tratos degradantes ocurridos en Irlanda entre 1922 y 1996 a miles de mujeres explotadas en las lavanderías de la congregación católica.
Casi al mismo tiempo nos encontramos con la noticia de que el Papa Francisco acaba de aprobar una importante reforma de las leyes penales de la Santa Sede, poniéndolas a tono con la legislación europea e internacional, y en particular agravando las penas para los abusadores y violadores de menores.

En una nota para la Rationalist Association (la Asociación Racionalista del Reino Unido), Anna Vesterinen se pregunta, más bien retóricamente: “¿Está el Vaticano poniendo sus cosas en orden o encargándose de su imagen?”. Es que la coincidencia en el tiempo entre la convocatoria de las Naciones Unidas y este cambio legal no es —casi con seguridad— una verdadera coincidencia.
«El endurecimiento del trato a los sacerdotes pedófilos por parte del Vaticano no tiene precedentes, dado que lo más cercano al abuso sexual que la legislación del estado incluía previamente era una nebulosa idea de crímenes contra las “buenas costumbres”. Pero el hecho de que el anuncio se haya hecho apenas dos días después de que saliera a la luz la lista de la CDN pone en duda la motivación real que hay detrás de las reformas. El director de [la organización de víctimas de sacerdotes abusadores] SNAP, David Clohessy, comentó sobre la nueva prohibición de abusos sexuales a niños: “En el mundo real, esto no cambia prácticamente nada. Es precisamente la clase de gesto de ‘buena onda’ en el que se especializan desde hace tiempo los funcionarios vaticanos: retocar protocolos eclesiásticos contra el abuso, insignificantes y frecuentemente ignorados, para generar titulares positivos, pero nada más.” Añadió: “La jerarquía de la Iglesia no necesita nuevas reglas sobre el abuso. Lo que necesita es seguir leyes seculares que hace tiempo que están vigentes.”

»El hecho de que la pena por filtrar documentos internos sea más severa que la que les cabe a quienes cometan abuso infantil (a los filtradores les pueden caber ocho años en prisión si el material concierne a los “intereses fundamentales” de la Santa Sede o sus relaciones diplomáticas) debería decirnos algo sobre las verdaderas prioridades de las autoridades católicas.»
Los gestos simbólicos y las grandes reformas en papel son inútiles; peor que inútiles: meras distracciones. El hecho de que la Santa Sede sea un estado ya es una burla. Sin la inmunidad diplomática que esto le confiere al Papa, el predecesor de Francisco ya habría tenido que responder a muchas preguntas, y Francisco mismo habría tenido que pasar sus primeros días de pontificado desfilando por cortes judiciales. El Vaticano es una caricatura de estado soberano que nunca debió existir ni tener derecho a imponer leyes dentro de su minúsculo territorio, que ha servido (y sirve todavía) de refugio a criminales. La única reforma satisfactoria es la disolución del estado vaticano como tal y la adopción por parte de la Iglesia Católica de las leyes de los países donde está presente, que en su inmensa mayoría no esperaron hasta la segunda década del Tercer Milenio para decidir que violar niños es ilegal.

lunes, 24 de junio de 2013

Una iglesia donde estén seguros los abusadores

Mientras Francisco atrae multitudes de nuevos adoradores y promete una limpieza en la Iglesia Católica, en la realidad donde importan más los hechos que los mensajes de buena voluntad, la Iglesia lucha para evadir las leyes contra los abusos sexuales cometidos por sus sacerdotes y sistemáticamente ocultados por sus autoridades.

En Estados Unidos se está llevando a cabo el primer juicio criminal contra un funcionario católico acusado de encubrir episodios de abuso sexual infantil. Es un gran suceso y naturalmente toda la atención está puesta allí. Pero entretanto, silenciosamente, la Iglesia viene haciendo lobby contra propuestas legislativas que le causarían problemas mucho más graves que un simple juicio perdido: iniciativas para relajar los llamados estatutos de limitación, regulaciones legales que determinan hasta cuánto tiempo después del hecho hipotético de abuso, y hasta qué edad, pueden denunciarlo las víctimas.

Las víctimas quieren que esos límites sean ampliados o abolidos. La Iglesia estadounidense, que ya lleva pagados dos mil quinientos millones de dólares (¡la Iglesia de los pobres!) en abogados, acuerdos extrajudiciales (mantener calladas a las víctimas) y supuestos programas preventivos, va por ahí diciendo que esas oportunidades de denuncia son injustas y sólo sirven para sacarle dinero a las diócesis católicas; la tarea la completan lobbistas profesionales y relacionistas públicos muy bien pagados.

La religiosa Sally Buttler, fundadora de Catholic Whistleblowers (una organización de denuncia de la corrupción intraeclesial), comentaba no hace mucho en una entrevista que tanto ella como muchos otros sabían lo que estaba ocurriendo pero la Iglesia comenzó a preocuparse recién en 2002, cuando estalló el primer escándalo en Estados Unidos. La preocupación fue en primer lugar por la imagen de la Iglesia y por el dinero. “Lo primero por lo que preguntaban era la edad [del denunciante]”, según Butler. Los encargados de recibir las denuncias en las diócesis católicas querían saber, antes que cualquier otra cosa, si podían aplicar el estatuto de limitación vigente para zafar de un juicio.

Los católicos no están solos en su lucha contra la justicia: el abuso sexual y su encubrimiento parece ser común en varias comunidades de judíos ultraortodoxos, que han sumado su voz para acallar la de las víctimas.

lunes, 20 de mayo de 2013

Los derechos sexuales son un invento de gente sin principios

Las instituciones religiosas no existen en un vacío; todas ellas, incluso las más cerradas (como las sectas), tienen que adecuar su estilo de discriminación y fomento de la intolerancia al medio social en que están arraigadas, de la misma manera que adaptan sus prédicas y sus rituales. Así es que podemos observar actitudes bastante distintas entre obispos, y especialmente entre los obispos de distintos países. (Mientras que, por un lado, al menos un obispo europeo ha expresado dudas sobre la conveniencia de prohibir el uso de anticonceptivos, sabemos que al menos un obispo africano no está seguro de que sea inmoral condenar a muerte a los homosexuales.) Los jerarcas eclesiásticos de países progresistas, donde reinan —mal que mal— ciertos derechos humanos básicos, se ven compelidos a no hablar demasiado en contra de esos derechos; aquéllos que reinan sobre países más pobres, más atrasados y con feligreses de escasa instrucción (es decir, casi todo el mundo), no tienen empacho en exponer las doctrinas oficiales en toda su barbarie.

Ésta la explicación de que una persona sin autoridad moral alguna, el cardenal Nicolás López Rodríguez, arzobispo de Santo Domingo, pueda decir y diga ante periodistas que los derechos sexuales y reproductivos son un “invento” de gente sin principios ni moral, una “tontería” y una idea “foránea” que los dominicanos no deben adoptar. Todo ello, en respuesta a una simple campaña destinada a que los ciudadanos, especialmente los jóvenes, sepan que ni curas ni pastores ni ningún otro santurrón tiene derecho a ordenarles qué hacer o dejar de hacer con sus cuerpos.

Profamilia es una ONG con sede en la República Dominicana que se dedica a los servicios de salud sexual y reproductiva. Hace poco lanzó una campaña de concientización sobre la educación sexual, el acceso a la anticoncepción, el aborto y la denuncia del acoso sexual como derechos humanos. Se trata de cuatro spots publicitarios muy cortos, sencillos y no excesivamente controvertidos; el que corresponde al aborto —el tema más sensible de todos— simplemente explica que obligarle a una mujer a “mantener un embarazo producto de una violación, incesto o cuando la vida de la mujer está en peligro es una violación al derecho a una vida digna”, afirmación que legalmente se deriva de tratados internacionales que la República Dominicana ha firmado, más allá de ser una cuestión de sentido moral común para cualquier persona decente.



La Iglesia Católica no se limitó, como en otros países, a señalar que no está de acuerdo con la campaña o que su contenido es inmoral o a lanzar mensajes de advertencia sobre la disolución de la moral: presentó un recurso de amparo, una injunción legal, para que los spots fueran prohibidos. Vale decir, la Iglesia no sólo bloquea la educación sexual de los niños (incluyendo la concientización para saber detectar y denunciar acosos sexuales) por parte del estado que tiene la obligación de darla, sino que también pretende prohibir las campañas privadas que la fomenten y eliminar el tema, en lo posible, del discurso público. De ahí la acción legal y la descalificación del cardenal López Rodríguez.

Afortunadamente, por esta vez, la Iglesia no lleva las de ganar. Prohibir la campaña de Profamilia arriesgaría la posibilidad de juicios contra el estado dominicano, puesto que violaría varios tratados internacionales. Es, efectivamente, un derecho de todo ser humano recibir educación sexual, incluyendo la información necesaria para saber cuándo alguien está pisoteando tus derechos sexuales y reproductivos, sea tu pareja, tus padres, tus empleadores, el Estado… o la Iglesia. Le queda a los obispos su púlpito, desde el cual podrán —como es su derecho— seguir lanzando sus anatemas ante el rebaño que desee oírlas.

martes, 26 de febrero de 2013

El papabile sobre los abusos sexuales


El cardenal Peter Turkson, de quien hablé hace unos diez días como uno de los posibles candidatos a reemplazar a Benedicto XVI como papa de la Iglesia Católica, parece empeñado en sobrepasarse a sí mismo. La vez anterior saltó a las noticias cuando dijo que la criminalización de la homosexualidad era “entendible” en África, como parte de una tradición que hay que respetar, y que la pena de muerte para los homosexuales sólo le parecía “exagerada”. Ahora, en una entrevista en la CNN en la que se le preguntó sobre la posibilidad de que el escándalo de las denuncias de abusos sexuales clericales a niños llegue a África, afirmó que esas cosas no son frecuentes en África porque, a diferencia de lo que ocurre en Estados Unidos y Europa, allí hay tabúes contra las relaciones homosexuales que han “protegido de esas tendencias” a la población.

La red de sobrevivientes de abuso clerical SNAP respondió a Turkson:
“Oímos hablar menos sobre los delitos sexuales del clero y su encubrimiento en África por la misma razón que en el resto del mundo en vías de desarrollo: [porque allí] tiende a haber menos fondos para quienes hacen cumplir la ley, sistemas de justicia civil menos vigorosos, menos periodismo independiente, y una diferencia aún más grande en poder y riqueza entre los funcionarios eclesiásticos y sus feligreses.”
La idea de que los abusos sexuales clericales tienen que ver con la homosexualidad es una a la que adhiere el Secretario de Estado vaticano Tarcisio Bertone y muchos otros, que han llegado al extremo de “explicar” muchos de los abusos como relaciones homosexuales entre sacerdotes y adolescentes varones. Lo que un análisis serio muestra es que los sacerdotes han tenido históricamente acceso más fácilmente a niños y adolescentes varones (por ejemplo, en escuelas e internados), lo cual explica la mayor proporción de varones abusados. Más allá de lo cual (y esto es lo que los jerarcas católicos y sus defensores suelen ignorar y negar) el problema principal nunca ha sido la etiología de los abusos, sino su encubrimiento sistemático.

Las declaraciones de Turkson me recordaron inmediatamente a otro gran fanático religioso y enemigo de la diversidad sexual, el presidente de la República Islámica de Irán. Mahmud Ahmadinejad dijo en 2007 (y reafirmó unos años más tarde) que “en Irán no tenemos homosexuales”. Como en muchos de los países del continente africano cuyas tradiciones Turkson aprecia tanto, en Irán la homosexualidad se castiga con la pena de muerte; o más correctamente, existe una ley que permite a cualquiera con influencia suficiente (especialmente el gobierno mismo) hacer ahorcar a una persona por el simple expediente de acusarla de sodomía y conseguir testigos dispuestos a afirmarlo. La tradición de acusar al vecino de sodomita (o de blasfemo, o de brujo), la tradición de obligar a toda una comunidad a seguir las mismas reglas por medio de la presión más brutal y las amenazas más violentas: ésa es la tradición que el papabile Peter Turkson defiende.

jueves, 14 de febrero de 2013

Todavía no te vayas, Benedicto


Y bien: resulta que el monarca conocido como Benedicto XVI abdica a su trono el próximo 28 de febrero y pasa a llamarse de nuevo por su nombre civil, Joseph Ratzinger. Y esto ha conmocionado al mundo, o eso parece a juzgar por los ríos de tinta (y de bytes) que han corrido desde su sorpresivo anuncio.

Hay quienes dicen que es natural que un hombre de 85 años se sienta físicamente agotado. Otros añaden que es muy natural que se sienta moralmente cansado, luego de años en el nido de serpientes de la Curia vaticana. La mayoría está de acuerdo con que tiene derecho a retirarse, como cualquier otro jubilado; unos cuantos seguramente piensan que ese derecho debería más bien ser obligación a cierta edad.

Los que ven conspiraciones en marcha se han hecho la fiesta. La misma gente que pensaba que Juan Pablo II había sido mantenido en su puesto a la fuerza por un grupo de oscuros poderes tras el trono ahora cree que Benedicto XVI fue obligado a dejar ese puesto por un grupo de oscuros poderes tras el trono. En rigor, ambas cosas son plausibles, a la vez que incomprobables (quizá algo sepamos dentro de veinte, treinta años). Algunos ven a Benedicto como una víctima acosada, otros creen que se trató de un pacto de silencio, un acuerdo donde Benedicto jugó fríamente sus cartas. Y ni hablar de los que sacan a relucir a Nostradamus…

He aquí lo que pienso, no necesariamente todo lo que pienso ni tampoco una opinión definitiva. Benedicto XVI fue un teólogo obligado a bajar de su torre de marfil al nivel del barro de la política. Pronto debe haber descubierto que es más fácil ser el guardián de la ortodoxia y del poder papal que en ella descansa cuando es otro quien tiene que ejercerlo. Aceptó el cargo, limpió algo de la suciedad de su antecesor y barrió como pudo el resto bajo la alfombra, quizá pensando en el bien de su Iglesia (y por tanto olvidando el bien de los individuos perjudicados por su Iglesia), quizá preocupado por su propia complicidad, pasada o presente, por acción o por omisión. Sus admisiones de culpa respecto a los abusos sexuales del clero fueron protocolares, incomprendidas; la sinceridad que pudieran contener no sirvió a nadie. ¿Habrá algo de culpa en Joseph Ratzinger por lo que supo y ocultó, desde los brutales abusos de Marcial Maciel, preferido de Juan Pablo II, hasta su redacción del decreto que conminaba a los obispos de todo el mundo a canalizar todas las denuncias a Roma, antes que a la justicia local? ¿Qué cosas no pudo decir Ratzinger, por inhibiciones propias o por presiones externas? ¿Qué parte de esa ruinosa deuda moral pagará su sucesor?

Es ingenuo quien supone que la dimisión de Ratzinger o la elección del próximo papa no tienen relevancia alguna para el mundo actual o específicamente para los no católicos. El poder eclesiástico no reside en bulas y encíclicas ni emana sólo de las catedrales; la influencia de la ideología y la personalidad papales llega a los últimos rincones de la política secular de incontables países, aunque resulte diluida y distorsionada en el camino. La Iglesia se ha encargado de eso hace tiempo. También están fuera de lugar las celebraciones y las expectativas. Es lamentablemente imposible creer que el sucesor de Benedicto XVI será un progresista; es apenas un poco más posible que el próximo papa sea un mero conservador: la Iglesia Católica ya ni siquiera permanece obstinadamente inmóvil en medio de la corriente del progreso, sino que —ya con Juan Pablo II y luego con Benedicto XVI conduciendo la barca de Pedro— navega resueltamente corriente arriba, impulsada por los remos entusiastas de los obispos más fanáticos y de los movimientos eclesiales sectarios como el Opus Dei o el Camino Neocatecumenal.

La parte de Benedicto en esta historia ya está terminando. El pontífice se retira a la clausura. Como ideólogo y como agente del poder vaticano, no me merece respeto ni respiro alguno. Como persona, es una figura difícil de odiar, al menos para mí. Sería un acto de mínima justicia que luego del 28 de febrero, librado de las ataduras de la política, se sentara a escribir, con las fuerzas que le queden, una confesión de sus crímenes como (su) dios manda, para que al menos algo del daño hecho pueda ser reparado.

jueves, 9 de febrero de 2012

Mea culpa non est

La hipocresía y la desfachatez de los voceros de Dios no tiene límite.
En una entrevista esta semana con la Connecticut Magazine, el cardinal Edward Egan se retractó de la carta de disculpas que ofreció en 2002 por el manejo que la Iglesia hizo del escándalo de abusos sexuales, la cual fue entonces leída en todas las parroquias de New York.

Una década después de aquella carta, el ex arzobispo de New York y ex obispo de Bridgeport describe hoy su manejo de la crisis de abusos clericales, ocurridos mientras él estaba a cargo, como “increíblemente bueno”. De la carta dijo: “Nunca debería haber dicho eso”, agregando: “No creo que hayamos hecho nada mal”.
Egan no sólo no investigó ni castigó a los sacerdotes abusadores, sino que castigó a otros duramente por desobediencias litúrgicas. Ante esto quizá la mera duplicidad de discurso no sea más que un agregado menor.

martes, 6 de septiembre de 2011

Podcast, ep. 12: Irlanda vs. Vaticano, Vargas Llosa sobre la JMJ


En esta edición del podcast de Alerta Religión: el Vaticano asegura que cooperará con el gobierno de Irlanda en la investigación de la pederastia clerical, pero se lava las manos sutilmente y esquiva definiciones tajantes. Católicos se indignan de que el secreto de confesión corra riesgo de quedar sometido a las leyes terrenales. El agnóstico y liberal Mario Vargas Llosa habla sobre la Jornada Mundial de la Juventud poniéndose del lado de la religión y en contra del descontento y la anarquía.

lunes, 18 de julio de 2011

Podcast, episodio 6

En esta edición del podcast de Alerta Religión: noticias de las Islas Británicas. En Inglaterra, el Rabino en Jefe (ortodoxo) denuncia que si el estado sigue imponiéndoles a las religiones dejar de discriminar y tratar a todos como iguales (mujeres, gays, etc.) van a terminar volviéndose a ir a Estados Unidos en un barco para poder tener “libertad religiosa”. Hace unos años había dicho que Europa se muere de vejez porque los ateos no tienen valores familiares, son egoístas y no quieren hijos. En Irlanda, el Ministro de Relaciones Exteriores llama al embajador de la Santa Sede para pedir explicaciones por el encubrimiento de abusos sexuales a niños, y los católicos rezongan porque se convertirá en delito no denunciar los abusos, incluso cuando hayan sido revelados en confesión: el secreto sacramental de la confesión “está por encima de todo” (la justicia, la decencia, la humanidad).

domingo, 17 de julio de 2011

Irlanda se planta frente al Vaticano


Ex-obispo John Magee
Noticias de Irlanda no suelen verse por este blog, pero hago una excepción porque me parece especialmente indignante lo que leo, y sólo se lo puede leer en inglés. No lo que ya sabemos casi todos: que en Irlanda hubo abusos y violaciones de niños por parte de sacerdotes católicos durante décadas, sin que la Iglesia hiciera nada por detenerlos. Tampoco el caso específico del encubrimiento de estos casos por parte del obispo John Magee, secretario privado de tres papas, que se vio obligado a abandonar su puesto en 2009. Y hasta la prensa católica se ha visto obligada a reconocer que el manejo de los casos de abuso en Irlanda fue pésimo.

Lo que no dice ningún medio de la Iglesia es que Magee actuaba dentro de la ley canónica y cumpliendo indicaciones emitidas directamente por el Vaticano. En efecto, la ley canónica dice que antes de reportar acusaciones de abuso por parte del clero a las autoridades civiles debe realizarse una investigación canónica interna. Repetidamente se ha visto que, cuando en esta investigación se encuentran delitos, se traslada al sacerdote a otra diócesis y se silencia a las víctimas con amenazas de excomunión u otros medios de presión, si es que ellas mismas no permanecen calladas por miedo o desconocimiento de sus derechos.

La gota que colma el vaso, en el caso irlandés, cayó cuando la investigación judicial determinó que la Congregación para el Clero había ordenado a los obispos irlandeses, en 1997, cumplir con la ley canónica y no intentar implementar un nuevo conjunto de reglas para lidiar con las acusaciones de abuso. Los obispos habían acordado un documento en el que se ordenaba a todos los clérigos reportar a la justicia civil las acusaciones. Desde el Vaticano se les avisó que esas reglas no serían convalidadas.

Lo que ocurrió hace unos pocos días en Irlanda es inédito y debería ocurrir en todos los países que tienen la desgracia de contar con cabezas de puente vaticanas en sus territorios: el Ministro de Relaciones Exteriores convocó al embajador de la Santa Sede para exigir explicaciones, entendiendo que la orden de no reportar los abusos equivale a una violación de la soberanía nacional. En efecto, se trató de un estado extranjero ordenando a ciudadanos irlandeses violar la ley de Irlanda.

(Una nota al margen. Cuando pasen por delante de una catedral u otra sede episcopal, observen las banderas que flamean frente a ella. La bandera blanca y amarilla del Vaticano siempre está allí, a la misma altura que la bandera del país. Es toda una señal de cómo las lealtades del clero católico, en cualquier punto del planeta, son como mínimo lealtades divididas.)

Esto quisiera escuchar yo alguna vez de boca de mis representantes, cara a cara con un embajador del pseudoestado vaticano:
“Hay una sola ley en este país y todos van a tener que aprender a cumplirla. El Vaticano va a tener que cumplir con la ley de este país. No vamos a dejar pasar esto. Queremos una respuesta del Vaticano a este reporte.”
Eso dijo Eamon Gilmore, Ministro de Relaciones Exteriores de Irlanda, a Giuseppe Leanza, el nuncio papal. No sabemos si Leanza se asustó o se ofendió, pero espero que algún efecto desagradable le haya provocado el súbito abandono de la deferencia con que desde hace añares, y sin justificación alguna, se viene tratando a los representantes de la teocracia más antigua del planeta.

(Y lo mejor de todo: el papa está pensando dos veces si visita Irlanda, como tenía planeado hacer el año que viene. Bastantes protestas ya se ha encontrado en todos los otros países donde fue.)

domingo, 25 de abril de 2010

Revisionismo histórico vaticano (por Thomas P. Doyle)

Thomas P. Doyle
El sacerdote católico Thomas P. Doyle es uno de los primeros, dentro de la Iglesia, que denunciaron la práctica habitual de abusos sexuales a menores seguidos por su encubrimiento. Despedido de su puesto como capellán de la Fuerza Aérea estadounidense en 2004, siguió sirviendo a las víctimas y sus familias, dándoles apoyo moral y profesional como terapista, además de consejo legal como abogado canónico. Fue uno de los protagonistas del documental Deliver Us From Evil. Lo que sigue es traducción de un artículo escrito por él con el título Revising history Vatican style (“Revisando la historia al estilo del Vaticano”) para el National Catholic Reporter, un periódico católico progresista independiente de la jerarquía eclesiástica.
El último intento vaticano de “control de daños” es realmente un ejemplo de revisionismo histórico. El Vaticano ha subido a su sitio web una corta explicación del motu proprio de 2001 Sacramentorum sancitatis tutela. Este decreto no estaba oculto por el secreto oficial y es bastante conocido en todo el mundo. El corto artículo brinda un resumen de los principales pasos a tomar en casos de abuso sexual de menores por parte de clérigos. Esto no es nada nuevo. La sorpresa, no obstante, se encuentra en una oración: “La ley civil concerniente a la denuncia de crímenes a las autoridades apropiadas debe seguirse siempre.”

Ésta es la primera vez que el Vaticano ha acordado públicamente que el abuso sexual de menores no es sólo un crimen en el mundo secular, sino además un crimen que debería ser reportado a las autoridades civiles.

El escándalo que ha estado dando vueltas en torno a la iglesia institucional durante décadas ha sido causado por el hecho de que regularmente los obispos hicieron precisamente lo contrario de lo que el Vaticano ahora presenta como procedimiento operativo estándar. Pese a los esfuerzos de la jerarquía por controlar, primero, y luego —al fallar eso— contener el problema, éste ha alcanzado finalmente al Vaticano. Esto ha hecho olas en las filas de los creyentes, incluyendo los más cerrados defensores de la jerarquía. Están molestos y aun furiosos, no por la evidencia que se está revelando de que el papa y los burócratas vaticanos han tenido conexión directa con la horrenda plaga de abuso infantil, sino porque las víctimas y sus partidarios, asistidos por los “medios anticatólicos”, han tenido la audacia de atacar al Santo Padre.

Los habitantes del Vaticano, los burócratas de la Curia que realmente manejan la iglesia institucional, están comprensiblemente a la defensiva, y no están haciendo un muy buen trabajo. Si hubieran dejado en paz la frase sobre reportar los casos a las autoridades civiles y ningún vocero del Vaticano hubiera hecho comentarios sobre ella, el daño causado por el documento hubiera sido mínimo. Pero en vez de quedarse callados, salieron a la defensa del papa usando la bien probada pero no muy útil táctica del revisionismo histórico.

Nicole Winfield de The Associated Press reportó que “el Vaticano insiste en que por largo tiempo ha sido política de la Iglesia Católica que los obispos, como todo ciudadano, obedezcan las leyes civiles.” Jeff Lena, el abogado del Vaticano en los Estados Unidos, “argumentó que no había nada en la ley canónica que… prohibiera reportar [los casos de abuso].” También se refirió vagamente al documento del Concilio Vaticano II Gaudium et Spes, que —afirmó— contiene un “entendimiento implícito de la necesidad de seguir las leyes civiles.” Un vocero vaticano, el P. Ciro Benedettini, dijo que un requerimiento de denuncia de casos de abuso había sido parte de la política interna de la Congregación para la Doctrina de la Fe desde 2003, un hecho que hubiera sido mejor que se guardara para sí. Si esta política ha estado enterrada en un profundo secreto, ¿de qué sirve?

El Vaticano y sus defensores tienen la memoria corta. Luego del tsunami que golpeó [la diócesis de] Boston en enero de 2002, el asunto de las denuncias de abusadores a las autoridades civiles se transformó en un tema saliente. La comunidad secular no lograba entender por qué no se entregaba a la policía a los sospechosos de delitos ni se los reportaba a los servicios de Bienestar Infantil. Algunos miembros de la jerarquía, por otro lado, no lograban comprender por qué la gente tenía la osadía de reclamar que fueran entregados a las autoridades. Esta resistencia encontró apoyo en varios eclesiásticos muy notables, que pontificaron ante los medios de todo el mundo. Aparentemente no les había llegado la noticia de que había una política de larga data que los urgía a reportar casos de abuso.

El Cardenal Óscar Maradiaga, de Honduras, que acusó a los abogados estadounidenses que derrocaron al Cardenal Bernard Law de utilizar tácticas “estalinistas”, dijo que los clérigos que han cometido graves errores deberían ser llevados ante la justicia en tribunales eclesiásticos. Revisionismo histórico, punto uno: violar niños es un error, no un crimen, y los tribunales eclesiásticos, tradicionalmente conocidos por su lentitud y no funcionalidad en lo que se refiere al debido proceso, son la vía hacia la justicia. El Padre Gianfranco Ghirlanda, un influyente abogado canónico de la Universidad Gregoriana en Roma, publicó un artículo en 2002 repleto de sabiduría convencional vaticana. Dijo que las autoridades civiles deberían involucrarse sólo luego de que todos los procedimientos eclesiásticos se hayan probado inútiles. Continuó diciendo que los obispos no son moral ni judicialmente responsables por los actos de los clérigos a su cargo. Y siguió con la ultrajante afirmación de que los actos pasados de abuso de un sacerdote no deben ser revelados a su congregación porque eso “lo desacreditaría totalmente frente a su comunidad parroquial.”

El Cardenal Julian Herrenz, líder (retirado) del Pontificio Consejo para los Textos Legislativos, expresó algunas opiniones igualmente sorprendentes en un artículo publicado por John Allen en 2002. Asumiendo conocimiento experto de las ciencias de la conducta, afirmó que la pedofilia es una forma de homosexualidad. Y volviendo a su papel de experto legal de nivel mundial, rechazó la idea de que a las autoridades eclesiásticas deba solicitárseles, mucho menos requerírseles, que reporten los casos de abuso a las autoridades de la ley civil. Su justificación parece ser la salvaguarda del “acuerdo mutuo de confianza y secreto” entre obispo y sacerdote.

El Cardenal Tarcisio Bertone, quien es ahora el Secretario de Estado del Vaticano, era secretario de la Congregación para la Doctrina de la Fe en 2002 cuando John Allen lo citó diciendo: “En mi opinión, el reclamo de que un obispo está obligado a contactar a la policía para denunciar a un sacerdote que ha admitido el delito de pedofilia no tiene fundamento.” También dijo que “… la sociedad civil debe además respetar el secreto profesional de los sacerdotes, como respeta el secreto profesional de otras categorías.” En ningún lugar de la tradición, el dogma o la ley canónica católica puede uno encontrar justificación alguna para estas opiniones.

En la práctica, la política ha sido tratar de evitar el contacto con las autoridades civiles y encubrir los crímenes y a los criminales. La tradición canónica de reciente creación que impone la denuncia a las autoridades civiles es resultado de una sola cosa: el escándalo público, la exposición mediática y la presión para que los clérigos estén sujetos a rendir cuentas en las cortes civiles. La apariencia de la “Guía para comprender los procedimientos…” es un intento fallido de control de daños a través del revisionismo histórico. No funcionará. El Vaticano nunca podrá “arreglar” el problema de los abusos sexuales en el clero porque el abuso no es el problema esencial que requiere ser arreglado. Es la cultura clerical completa la que necesita ser renovada de adentro hacia afuera.

miércoles, 21 de abril de 2010

Homosexualidad y pedofilia en la Iglesia: el estudio John Jay (A180)

Dr. Richard Fitzgibbons
“Cardenal Bertone tiene razón al vincular pedofilia con homosexualidad, dice experto psiquiatra en EEUU”, según la agencia (des)informativa católica ACI, citando a Richard Fitzgibbons, terapista matrimonial, vendedor de autoayuda para parejas, miembro de la asociación pseudocientífica de conversión de homosexuales NARTH, y médico a sueldo de la Congregación para el Clero, en referencia a las palabras de Tarcisio Bertone, Secretario de Estado vaticano. Estrictamente el titular no miente: Fitzgibbons dice precisamente eso, y lo apoya con datos del llamado “estudio John Jay”, realizado por el Colegio John Jay de Justicia Criminal de la Universidad de la Ciudad de Nueva York a partir de 2004 a pedido de la Iglesia de Estados Unidos.

El problema es que, al buscar en Internet las conclusiones de dicho estudio, lo primero que uno encuentra —en sitios católicos incluso— es que el estudio John Jay demostró exactamente lo contrario. De hecho, este trabajo que lleva años (y que no estará completo hasta finales de 2010) es de un valor incalculable, porque muestra que los abusos sexuales a menores no son más ni menos prevalentes en la Iglesia que en el resto de la sociedad, y documenta patrones cambiantes de conducta y de manejos políticos del tema de los abusos sexuales, permitiendo solucionar —si hubiese interés— esos problemas a futuro (ya que lo que diferencia a la Iglesia de los otros ámbitos donde se registran abusos infantiles no es la cantidad de los mismos sino, precisamente, la forma en que se manejan los casos).

Está claro que tal interés no existe en aquéllos que están ciegamente orientados a la defensa de sus prejuicios. Para los devotos editores de ACI las palabras de Bertone y de Fitzgibbons sirven para matar dos pájaros de un solo tiro: por un lado se le quita responsabilidad al aparato encubridor eclesiástico, y por el otro se castiga a los homosexuales, uno de los cucos preferidos del fanatismo religioso actual. Es de suponer que si esto hubiera ocurrido hace un par de siglos, la culpa habría sido achacada a criptojudíos (o cripto-protestantes) infiltrados en el clero.

Ante los hallazgos del estudio John Jay ha habido una variedad de reacciones. Por un lado, a muchos católicos homofóbicos no les ha caído nada bien que su iglesia, ya golpeada por el escándalo y los astrónomicos desembolsos necesarios para acallar a las víctimas, pagase dos millones de dólares por un estudio que terminó mostrando que sus prejuicios no tenían asidero y por tener que escuchar a una experta (una de verdad) explicando que —como todos los psiquiatras saben— no es lo mismo un adulto sano que mantiene relaciones homosexuales de mutuo consentimiento con otros adultos, que un adulto perturbado o perverso que fuerza o induce al sexo a menores de edad de su mismo sexo. Por otro lado, otros hablan del tema como de un “pánico moral” inflado y alimentado por los medios y por el anticlericalismo en general, y aprovechan las conclusiones del estudio para relativizar la incidencia de abusos sexuales a menores en la Iglesia con las excusas usuales: que abusadores hay en las familias, en las escuelas, etc., que los curas abusadores son una minoría, que los abusos son cometidos mucho más sobre jóvenes púberes que sobre niños (efebofilia), y que (otra vez) el problema no es el sacrosanto celibato sino la homosexualidad, y en particular la tolerancia a la homosexualidad en los aspirantes del seminario.

Para poner las cosas en claro:
  • No hay más abusadores sexuales en el clero que en la sociedad en general (en porcentaje).
  • La mayoría de los abusos sexuales clericales a menores son sobre niños (masculinos). Esto no indica una orientación homosexual del abusador sino que es resultado de su acceso preferente a niños varones. Dentro y fuera de la Iglesia es común que un varón adulto abuse de niños varones y a la vez mantenga relaciones sexuales normales con mujeres.
  • Hasta ahora no se ha comprobado que el celibato sacerdotal sea causa o coadyuvante de los abusos sexuales. Sin embargo, el celibato y otras formas de aislamiento social y sexual típicas de las instituciones eclesiásticas pueden contribuir a problemas psicológicos.
  • No todos los abusadores sexuales de niños son “pedófilos” en el sentido estricto. Algunos lo son, y muestran un patrón de abusos seriales, que son incapaces de detener sin ayuda. Otros son personas con problemas temporales de personalidad y sus víctimas son episodios escasos o únicos.
  • La Iglesia evidentemente no tiene la capacidad de detectar, contener y tratar a los abusadores sexuales en su seno, más allá de la voluntad (poco clara) que está mostrando el Vaticano ahora. Que se acepte la consultoría de profesionales como Fitzgibbons, que ponen la doctrina eclesiástica por delante de los hechos médicos, es prueba suficiente de esta incapacidad.
Que un pretendido experto diga las barbaridades que dice Fitzgibbons en el artículo de ACI es terrible, pero que a nadie se le ocurra contradecirlo es lo peor. Existe ya una “Internet católica” donde estas afirmaciones circulan como en un circuito cerrado, sin contaminarse de visiones contrastantes, y es posible para un creyente elegir exactamente lo que quiere oír. Esto produce cegueras verdaderamente chocantes. En uno de los comentarios de la nota se puede leer: “Mas claro ni el agua. Solo queda una duda: Y por que no detectan en el seminario que tienen tendencias homosexuales? Acaso 10 años de formacion-en promedio- no son suficientes? Y los compañeros seminaristas tampoco se dan cuenta? Necesitamos mejoras en el proceso de seleccion de los candidatos al sacerdocio.” ¿Para qué serviría —en el contexto de los abusos— erradicar a los curas homosexuales? ¿Para que los curas sólo abusen de niñas?

Tomás de Aquino tenía razón en una cosa al menos, al advertir: “Teme al hombre de un solo libro”, es decir, a quien toma toda su visión del mundo de una sola ideología y excluye lo demás. Hoy podríamos decir: “No confíes en los que leen siempre el mismo portal web de noticias”, aunque obviamente la frase del Aquinate es más elegante.

domingo, 18 de abril de 2010

Justicia humana, justicia divina (A177b)

Hoy es noticia nuevamente el caso del sacerdote Reynaldo Narvais, de la parroquia de Nuestra Señora de Pompeya, en Rosario, Argentina, del que escribí hace mes y medio luego de que el diario La Capital revelara el secreto a voces de que el susodicho era un acosador y abusador sexual.

El diario publica hoy una nota titulada En Roma reniegan de la Justicia en el caso del cura rosarino acosador, que incluye en un apartado una carta del abad general de los Canónicos Regulares de Letrán, Bruno Giuliani (el jefe de la orden a la que pertenece Narvais) a una de sus víctimas, un ex profesor de la escuela parroquial conocido por su inicial “G”, a quien la orden pagó 200.000 pesos en 2008 a cambio de no denunciar al cura por acoso sexual en el lugar de trabajo. Esta misma carta y su evaluación fueron publicadas en el sitio católico de noticias Religión Digital.

La carta no es precisamente explosiva, pero reafirma lo que pensamos y percibimos de la jerarquía eclesiástica en relación a los crímenes de sus miembros:
En las dos visitas a Argentina que he realizado recientemente, y a continuación de las investigaciones realizadas para establecer la verdad de los hechos, no he constatado ningún elemento que pueda declararte culpable de corresponsabilidad. Es por esto que te escribo esta carta, antes de volver a Italia: para pedirte una vez más disculpas, y para exhortarte a superar con serenidad las consecuencias de este triste episodio. Como padre de familia, y como líder en la comunidad cristiana donde vives y actúas, debes mirar a Jesús, que se hizo pecado para rescatar a los pecadores. Quien nos juzga es Dios: no debemos tener miedo del juicio de los hombres, siempre limitado y, a veces, falso.
Este descarado, que ha tenido que desembolsar decenas de miles de euros para hacer callar a una víctima de acoso, primero insinúa que investigó a la víctima para ver si podía encontrarse “corresponsabilidad” —eufemismo por “te la buscaste”—, después le pide “serenidad”, es decir silencio, y al final se coloca, junto con su Iglesia, por encima del juicio humano.

Recordemos que éste es el caso menos grave: se trata de una persona adulta y parece ser que involucra acoso y presiones laborales, no abuso sexual. Las otras denuncias incluyen el abuso de un menor de edad con una discapacidad mental. El proceso canónico está en marcha pero la Iglesia nunca trasladó las denuncias, que el propio arzobispo de Rosario aseguró haber escuchado de boca de los feligreses, a la Justicia penal. Para que eso ocurriera tuvo que intervenir de oficio una fiscal.

En el mismo diario de hoy vemos publicada una carta de un lector que firma “Aníbal Cuevas”, y que es reproducción verbatim de un escrito del apologista católico español de ese nombre, titulado Tantos sacerdotes fieles, que reitera el cansadísimo —e irrelevante— argumento de que hay muchos más curas buenos que abusadores sexuales, con un prefacio repugnante:
Es lamentable pero muy humano no ser consciente de lo hermoso; convivimos entre cosas grandes pero no las apreciamos. Y sin embargo, ¡qué fácil resulta caer en el morbo y revolcarse en el barro! No voy a escribir hoy sobre los repugnantes hechos que ocurrieron en la Iglesia de Irlanda, sobre las culpas y silencios.
¿No va a escribir sobre el hecho más importante para la Iglesia de hoy? ¿No va a escribir sobre la espiral de desprestigio en que su amada Iglesia está cayendo sin control, no por culpa del morbo ajeno sino por su propia incapacidad de autocorrección y su cultura del ocultamiento? No, va a mencionar sólo a los sacerdotes buenos, que “han dejado todo para servir a los demás”, aunque ese servicio no incluye denunciar a sus colegas cuando abusan de niños, parece.

Este meloso texto no es un episodio aislado; Cuevas mismo escribió hace un par de días una carta sentimentaloide invitando a descansar sobre su hombro al pobre Joseph Ratzinger, que a los 83 años se ve obligado a “pasar un calvario” a causa del asalto de “una minoría de enfermos de odio, rencor y, en muchos casos, eso quiero creer, ignorancia”, vale decir, los que insistimos en que no puede escapar de su responsabilidad mediata o inmediata en el encubrimiento de miles de casos de abusos sexuales.

La impresión que todo esto deja es que la Iglesia, a un cierto nivel, no lo entiende. No entiende que ninguna sanción canónica es sustituto del castigo penal. No entiende que las buenas obras no cancelan las malas, y que la falibilidad humana no excusa los crímenes. No entiende que toda su autoasumida santidad no basta para impresionarnos. No entiende que la forma de contestar a sus detractores es limpiarse de verdad y con decisión de sus lacras más profundas. No entiende que nadie cree ya en su fingimiento.

A esta altura ya no esperamos honestidad del Papa ni de ninguno de sus subordinados inmediatos, pero de los que no cobran sueldo gracias al Vaticano, al menos, ¿es mucho pedir un mínimo de decencia, un poco de esa humildad que siempre tienen en la boca?

jueves, 15 de abril de 2010

Incompetentes

“Las autoridades eclesiásticas consideran que no es de su competencia hacer afirmaciones generales de carácter específicamente psicológico o médico.”

— Federico Lombardi, vocero del Papa, aludiendo a las palabras de Tarcisio Bertone, Secretario de Estado del Vaticano, que vinculaban pedofilia y abuso sexual a menores con homosexualidad, contra toda evidencia científica seria.

lunes, 29 de marzo de 2010

Sacerdote abusa sexualmente de niños

El hecho de que el título de esta nota, considerado en sentido general, ya no sea realmente noticia, no es mérito de los medios que reportan y siguen incesantemente la cobertura de los casos de pederastia clerical y su encubrimiento como parte integral de la estrategia de la Iglesia Católica para preservar su imagen.

No obstante, es posible que la repetición nos haga olvidar a las víctimas y nos lleve a concentrarnos en los perpetradores y sus cómplices. Uno desearía, pero le es difícil creerlo, que este olvido fuera el origen de la actitud de la prensa católica y de los católicos devotos ante la ola de denuncias.

Un recuento de las noticias sobre el tema aparecidas en ACI y Zenit, dos de las más importantes agencias papistas de propaganda que publican en español, incluye los siguientes artículos:
Indudablemente no hay nadie que esté dando más cobertura al escándalo que las propias agencias católicas. Una usina de refutaciones espurias y fabricación de excusas está funcionando a toda máquina, tratando de deshacer el daño causado por la difusión de noticias a veces exageradas o sensacionales, pero desde luego no falsas; en apenas cuatro días que he examinado, sólo estas dos agencias han producido diez artículos (y he omitido otros tantos) cuyos objetivos se encuadran en un marco pequeño: disculpar a la Iglesia como institución de los abusos, defender al Papa, echarle la culpa a otros, y dar por terminado todo el incómodo asunto.

Lo único que les falta a estos artículos es lástima real, verdadera, por las víctimas. Falta una declaración inequívoca de culpa, un propósito de enmendar —dentro de lo posible— el daño hecho a muchos niños y a sus familias, y el abandono a su merecida suerte de los culpables. A la violación de niños y su encubrimiento sistemático durante décadas se la denomina “crisis”, como si fuera un suceso azaroso que les ha caído a gente que no tenía nada que ver, y se propone dejarla atrás con medidas internas y haciendo oración y penitencia. ¡Se insinúa incluso que el buen manejo de la “crisis” (que ya se da por hecho) purificará a la Iglesia y fortalecerá políticamente al Papa!

Me consta que muchos católicos de a pie reconocen los terribles crímenes cometidos y no los disculpan. Están, como debe estar cualquier persona normal y decente, horrorizados e indignados. Generalmente se lo callan. No es de esperar que salgan a las calles a pedir la renuncia del Papa. Pero a nivel de la cúpula eclesiástica, ¿qué duda nos puede caber de que estos crímenes son conocidos y aceptados por todos? ¿Y quiénes, sino los que están más arriba, son los más capaces de hacer algo? Ni un solo obispo católico en todo el planeta ha dicho una palabra en contra de sus colegas, y mucho menos contra el obispo de Roma que preside sobre ellos. Todos tienen miedo, o quizá les importe más mantener su imagen inmaculada. Una nota en El País los llama sepulcros blanqueados, refiriéndose a la crítica de Jesús a los maestros de la ley en Mateo 23:27-28:
¡Ay de ustedes, maestros de la ley y fariseos, hipócritas!, que son como sepulcros blanqueados. Por fuera lucen hermosos pero por dentro están llenos de huesos de muertos y de podredumbre. Así también ustedes, por fuera dan la impresión de ser justos pero por dentro están llenos de hipocresía y de maldad.
De hecho, casi todo el capítulo 23 del evangelio de Mateo es singularmente apropiado para la Iglesia Católica. Pero sospecho que ni Joseph Ratzinger ni los demás príncipes eclesiásticos lo leen con frecuencia. De toda la variada enseñanza de Jesús —que a veces es humanista y singularmente moderna y otras veces refleja lo peor del judaísmo antiguo—, esta admonición contra los sacerdotes, que “atan cargas pesadas y las ponen sobre la espalda de los demás, pero ellos mismos no están dispuestos a mover ni un dedo para levantarlas”, debe ser una de las más brillantes.

Es en este mismo lugar que Jesús advierte que a nadie deben los fieles llamar “padre” salvo a Dios. Ésa sería una buena idea para comenzar a limpiar la Iglesia: que la palabra “padre”, que expresa amor y cuidado, no sea nunca más asociada a personas que cometieron crímenes aberrantes sobre los niños confiados a su cuidado.

    martes, 23 de marzo de 2010

    Derribemos ese muro

    Lo que sigue es una traducción de un artículo de Christopher Hitchens titulado “Tear Down That Wall” , es decir “derriba (o derribemos) ese muro”, en referencia al muro de silencio que ha rodeado los abusos sexuales a niños cometidos por sacerdotes de la Iglesia Católica. El artículo fue publicado en Slate, donde Hitchens es columnista habitual, el pasado lunes 22. (Su título alude a su vez a una frase favorita de Hitchens, que forma el título de su sitio web: “Mr. Jefferson — build up that wall!”, que refiere al “muro de separación” que Thomas Jefferson, presidente de los Estados Unidos, tuvo como meta construir entre la Iglesia y el Estado. Hitchens es un fan de Jefferson y de su lucha por la laicidad.) Los links son míos.

    Hagamos un pequeño experimento mental sobre ética práctica. Supongamos que Ud. está tomando un trago con alguien que conoce hace poco, y surge el tema del incumplimiento de la ley. “¿Alguna vez has tenido problemas con la autoridad?”

    Ud. puede tal vez mencionar su arresto en aquella manifestación, que una vez pasó de contrabando un exceso de mercadería en un aeropuerto, o aquel intento poco atinado de tráfico de información interna. Su interlocutor quizá demuestre una mayor cercanía con el sistema de justicia criminal. Que ha estado preso un tiempito por falsificación, o por un robo apenas violento, o por una disputa doméstica que se le fue un poco de control. Ud. sigue dispuesto, quizá, a almorzar con esta persona el viernes siguiente. Pero supongamos que él dice: “Bueno, una vez conocí a un matrimonio que me confió el cuidado de sus hijos. Tenían dos niños, uno de 12 años y otro de 10. Me divertí bastante con ellos cuando nadie miraba. Les dije que debía ser nuestro secreto. Fue una lástima que se terminara.” Espero no considere Ud. que juzgo demasiado estrictamente a la gente si digo que en este punto el almuerzo queda cancelado o pospuesto indefinidamente.

    ¿Y sentiría Ud. más o menos repulsión si este hombre continuara diciendo: “Por supuesto, hablando con propiedad, no fue ningún problema con la ley. Soy sacerdote católico, así que no molestamos a la policía o a la justicia con esas cosas. Nos encargamos nosotros mismos del tema, si Ud. me entiende”?

    Y sin embargo esto es exactamente lo que estamos obligados a leer todos los días. La felicidad y la salud de incontables niños fue sistemáticamente destruida por hombres que podían contar con sus jefes clericales para ser escudados del castigo legal y, según parece, también de la condenación moral. Un poco de “terapia” o un rápido cambio de domicilio era lo peor que la mayoría de ellos debía temer.

    Casi todas las semanas debato con voceros de la fe religiosa. Invariablemente y sin excepción, me informan que sin una creencia en alguna autoridad sobrenatural no tengo fundamento sobre el cual asentar mi moral. Sin embargo he aquí una antigua iglesia cristiana que maneja durísimas certezas en cuanto a la condena de pecados como el divorcio, el aborto, la anticoncepción y la homosexualidad de mutuo consentimiento entre adultos. Para estas ofensas no hay perdón, y se invoca el absolutismo moral. Pero basta con el tema sea la violación y la tortura de niños indefensos para que de pronto todo se vuelva flexible y aparezcan excusas de toda clase. ¿Qué puede uno decir de una iglesia que demuestra tanta amplitud ante un crimen tan horrible que ninguna persona moralmente normal puede siquiera considerar sin estremecerse?

    Es interesante, también, que la misma iglesia hizo todo lo que pudo para ocultar la violación y tortura de la mirada de las autoridades seculares, incluso obligando a los niños víctimas (como en el repugnante caso del cardenal Sean Brady, jefe espiritual de los católicos de Irlanda) a firmar juramentos de secreto para que no testificara contra sus violadores y torturadores. ¿Por qué le tenían tanto miedo a la justicia secular? ¿Pensaban que sería menos indiferente y flexible que las investigaciones privadas clericales? En ese caso, ¿qué queda del patético pseudo-argumento de que la gente no puede tener una moral elemental sin un soporte divino?

    Uno tampoco puede hablar mucho de la justicia secular, ya que el cardenal Brady y muchos como él no han sido expulsados por la iglesia ni perseguidos por el poder civil. Pero este abandono de funciones de parte de las cortes y la policía ha ocurrido sobre todo en países o provincias —Irlanda, Massachusetts, Bavaria— donde la iglesia tiene una influencia indebida sobre la burocracia. ¿Cuándo vamos a ver lo que los padres y familiares de estos niños devastados quieren y necesitan ver: un cómplice de alto nivel del encubrimiento ante un jurado?

    La patética y eufemística carta del papa Benedicto a su “rebaño” en Irlanda ni siquiera propone que estas personas pierdan sus puestos en la iglesia. Y este cobarde cuidado de su parte tiene una razón buena y suficiente: si hubiera una investigación criminal seria, tendría que deponer al papa mismo. No es sólo que él, como el arzobispo Joseph Ratzinger, protegió a un peligroso criminal clerical en su propia diócesis de Munich y Freising en 1980, enviándolo sólo a “terapia” en vez de hacerlo arrestar. (La cuestión de cómo el sacerdote fue luego reasignado y dejado abusar de más niños, cuestión que la iglesia sigue tratando de ocultar, es irrelevante al hecho del involucramieno directo y personal de Ratzinger en el crimen original.) No contento con esto, Ratzinger escribió luego, como cardenal y cabeza de una gran institución en Roma, una carta que efectivamente instruía a todos los obispos a rehusarse a cooperar con cualquier investigación de lo que estaba volviéndose rápidamente un escándalo mundial.

    Dieciocho de las 27 diócesis de la Iglesia Católica Romana en Alemania están ahora bajo investigación del gobierno, luego de que se abriera una grieta en lo que el ministro de justicia alemán llamó apropiadamente “un muro de silencio”. Este muro fue construido originalmente por el hombre que ahora lidera la iglesia. El muro debe ser derribado. El pez —el antiguo símbolo cristiano, adoptado por aquéllos que ven a los seres humanos como un cardumen a ser atrapado en la red— realmente se pudre comenzando por la cabeza. No creo que las implicaciones últimas de esto hayan siquiera empezado a captarse. El líder supremo de la Iglesia Católica Romana es ahora un sospechoso de primera categoría en una empresa criminal de la peor clase, y en el intento de obstruir la justicia que ha sido parte integral de esa empresa. También es el líder político de un estado —el Vaticano— que ha otorgado asilo a hombres buscados, como el cardenal de Boston, Bernard Law, caído en desgracia. ¿Cuál es, entonces, la posición a adoptar cuando el papa decide viajar, como por ejemplo intenta hacer en una visita a Gran Bretaña este año? ¿Tiene inmunidad? ¿La reclama? ¿Debería tenerla? Estas preguntas demandan respuestas serias. Entretanto deberíamos remarcar el hecho de que la iglesia concede amplio lugar en sus confesionarios y en sus palacios para aquéllos que cometen la peor de las ofensas. Perseguidos por la ley o no, están condenados. Pero la persecución legal debe seguir, o de lo contrario admitimos que hay hombres e instituciones que están por encima de nuestras leyes.