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viernes, 24 de mayo de 2013

Razones para adoctrinar en la escuela

En un blog de la cavernosa InfoCatólica escribe el cura Guillermo Juan Morado sobre Algunas razones para la enseñanza de la Religión (católica) en la escuela (interesantes, esos paréntesis). Morado dice ser Doctor en Teología y Licenciado en Filosofía; esos estudios le han servido, por lo visto, para poder montar con rapidez una estructura sofística de aspecto adecuado en un sitio donde no se espera que la misma sea sacudida por nadie en busca de debilidades. He aquí el panfleto en cuestión, extractado, y mis respuestas.
1. La misión específica de la educación es la formación “integral” de la persona humana. (…) Uno puede ser un genio en las matemáticas, o en la física, o en la biología. Pero solo eso no basta. No somos solamente agentes de cálculo, seres dotados de peso y medida o, simplemente, seres vivos. Somos algo más. Somos personas. Y, en la calidad de tales, tenemos dotes físicas, morales, intelectuales y espirituales.
Como es costumbre desde tiempos inmemoriales, lo primero que hace el chamán es asustar a los nativos con demonios. Aquí el demonio es la frialdad de la ciencia y el materialismo. ¿Quién niega que somos personas y que necesitamos algo más que ciencia para ser personas plenamente? La palabra “espiritual” debería ser erradicada del lenguaje filosófico: significa tanto que no significa nada (como “Dios” y “amor”). La idea de que la educación debe formar integralmente a la persona no es tan indiscutible como parece; en todo caso depende de qué abarca esa “educación”: ¿la escuela primaria, la primaria y la secundaria, sólo la universidad? ¿En qué proporción deben estar las ciencias, las humanidades y las “espiritualidades”? Los contenidos de formación “espiritual” ¿deben darse en una asignatura específica, incluirse de manera transversal, o simplemente transmitirse a través del ejemplo de los educadores?
3. Los principales educadores son los padres. Y la sociedad, el Estado, y hasta la escuela, han de ayudar a los padres a educar a sus hijos.
4. Los padres tienen derecho a elegir para sus hijos una educación conforme con su fe religiosa.
No y no. Para que los padres sean educadores primero deberían estar educados ellos, o lo suficientemente educados para poder elegir luego a educadores formados para sus hijos. Ni la sociedad ni el estado ni la escuela deberían facilitarle a los padres la propagación de sus prejuicios o creencias irracionales dañinas. En nuestra sociedad los padres tienen de facto un poder casi ilimitado (lamentablemente) para elegir para sus hijos una educación conforme a sus creencias religiosas, pero tal poder pisotea el derecho de los hijos a la libertad de conciencia y de elección. Expresado como está, el derecho de los padres es un despropósito: el derecho a recibir una educación es de los niños. En general consideramos, por razones de tradición y de conveniencia que generalmente nos dan la razón, que los padres saben lo que es mejor para sus hijos menores de edad, quienes no pueden elegir; pero no podemos olvidar que esa regla es una convención y que las mismas leyes contienen excepciones a ella.
5. No puede haber, en la educación, ningún monopolio, que elimine el principio de subsidiaridad; es decir, que el Estado no debe sustituir las instancias intermedias, entre ellas, la familia.
¡Valientes palabras! Ningún monopolio. Ni el Estado ni la Iglesia. Esta idea es genuinamente revolucionaria; si al P. Morado se le hubiera ocurrido expresarlas hace un siglo lo habrían tildado de libertino, promotor de la libertad irrestricta de pensamiento, fomentador de la herejía. En cada ocasión en que la Iglesia Católica ha podido utilizar el poder secular en su beneficio, desde la conquista de América hasta la dictadura franquista, la catequesis católica forzada o cuasi-obligatoria ha pasado por encima del derecho de los padres no católicos a darle a sus hijos una educación conforme a sus creencias.
6. Si no se pudiese enseñar Religión en la escuela los alumnos quedarían privados, en ese ámbito, de la apertura a la dimensión trascendente de la vida.
Tonterías. Conceptos vacíos. Si “la dimensión trascendente de la vida” es lo que se enseña en la clase de Religión (católica), entonces llamémosle “creencias católicas oficiales sobre la vida después de la muerte” y punto. Hay muchas formas de trascendencia además de las inventadas por la Iglesia o por las otras religiones.
7. Si no se pudiese enseñar Religión en la escuela el derecho a la libertad religiosa se vería mermada.
Sólo en el mismo sentido en que no enseñar la doctrina marxista-leninista implica mermar la libertad de pensamiento político. Menos todavía. En (casi) ningún lugar del mundo hay establecimientos exentos de impuestos con personal dedicado full time a propagar el marxismo-leninismo. En buena parte del mundo hay como mínimo una iglesia por barrio en cada ciudad. Excepto en los países afligidos por el totalitarismo comunista o por el islamismo de estado, la libertad de enseñar y aprender religión (católica) está asegurada.
8. Si en la escuela pública se dijese que todas las religiones valen lo mismo o que ninguna vale nada significaría que el Estado, pasando por encima de las convicciones de sus ciudadanos, se atribuye el derecho a decidir que lo mejor es una supuesta “neutralidad” que llevaría al indiferentismo.
La escuela pública no hace tal cosa. La escuela pública, cuando es laica, educa en el valor del respeto a la diversidad y en la no discriminación por razones religiosas, que es lo más que se le puede pedir. Si los ciudadanos (adultos) están convencidos de que la tierra es plana o que las mujeres son intelectualmente inferiores o que los homosexuales padecen una enfermedad curable, el Estado debe pasar por encima de esas convicciones y enseñar a los niños que sus padres están equivocados; de lo contrario la escuela no es escuela sino una mera repetidora de prejuicios, y al Estado más le valdría desaparecer.
9. El poder civil no debe impedir, sino favorecer, la vida religiosa de los ciudadanos.
El poder civil no debe impedir la vida religiosa de los ciudadanos, en tanto esa “vida religiosa” no implique joderle la vida a los demás ciudadanos. (Hay ciudadanos, quizá le sorprenda saber al P. Morado, que no tienen ni desean una “vida religiosa”, como así tampoco pagar para que a otros se les favorezca.)
10. Si se trata de enseñanza de la Religión católica, solo la Iglesia Católica puede establecer qué contenidos son conformes o no con su creencia.
Obviamente. Pero sólo si además paga por ella.
11. La enseñanza de la Religión en la escuela no es catequesis. La catequesis busca la adhesión. La enseñanza de la Religión en la escuela busca el conocimiento sobre la identidad del cristianismo y de la vida cristiana.
La identidad cristiana, como toda otra identidad, se aprende en los espacios propios de la comunidad cristiana: la familia creyente, la iglesia o templo, las reuniones de grupos de oración, etc. La escuela no es un espacio para reforzar identidades. Es ingenuo pensar que la enseñanza de una doctrina religiosa puede separarse de la catequesis, cuando los alumnos son niños y muy especialmente cuando la enseñanza la da un cura, una monja o un catequista designado por la Iglesia.
12. Si una enseñanza que se imparte en la escuela es privada de su condición de “enseñanza”, si no cuenta para nada, si es lo mismo cursarla o no, esa enseñanza queda completamente desvirtuada.
Las asignaturas optativas existen desde siempre en las currículas escolares. En el caso de la “enseñanza” religiosa (que es catequesis), debe ser forzosamente optativa porque no vivimos en una sociedad homogénea. Por lo mismo, no puede ser puntuada como las otras asignaturas.
13. La libertad de los padres, o de los alumnos, ha de ser respetada. Pero también en el sentido positivo. También hay que respetar la libertad de los padres, y de los alumnos, que desean recibir enseñanza de la Religión en la escuela.
Pura confusión. ¿Hará falta repetir aquello de que “tus derechos terminan donde empiezan los míos”? Esto es esencialmente una repetición del punto 4. Es una vuelta de tuerca deshonesta hablar de “libertad para hacer X” cuando en realidad se está hablando de “libertad para obligar a todos a que hagan X conmigo” o su variante, “libertad para obligar a los demás a que paguen para que yo pueda hacer X”. Todo estado moderno obliga a sus ciudadanos a pagar con sus impuestos por cosas que no usan ni necesitan, cosa que casi todos (excluyendo a libertarios, anarcocapitalistas y similares) aceptamos, en tanto el balance entre lo pagado y lo recibido no sea muy desfavorable ni esté muy inclinado hacia el beneficio de cierto sector.

El caso de la religión católica en Hispanoamérica muestra un ejemplo de sesgo extremo: una religión organizada que tiene centros de enseñanza privada propios, medios de difusión, contactos en la prensa y el gobierno, miembros en puestos clave de la política y el sistema de justicia, privilegios socioculturales de todo tipo, y además solicita, reclama, exige del Estado que obligue a los niños a ser sometidos a la indoctrinación en las escuelas públicas. Está claro que en las carreras de filosofía católica se enseña, como asignatura excluyente, la desfachatez.

jueves, 21 de febrero de 2013

Falacias sobre la laicidad

Leo en InfoCatólica un artículo del sacerdote Pedro Trevijano Etcheverria que resulta destacable por su densidad de falacias y falsedades, incluso para un texto escrito por un engañabobos profesional. Es una de esas notas de donde brota fingida indignación, montada por gente que se llena la boca hablando de democracia y libertad pero que estaría (¡y ha estado!) perfectamente cómoda en la peor clase de dictadura.


Comienza mencionando a la asociación laicista Europa Laica, de la cual cita cinco demandas o peticiones bastante razonables apuntadas a la separación entre iglesia y estado. Trevijano defiende todas las cosas a las que se opone Europa Laica, incluyendo el adoctrinamiento religioso en las escuelas financiado con dinero del estado, al que otros parásitos como él simulan, al menos, oponerse (bien que sin hacer nada por que se derogue). Sus razones son primordialmente de leguleyo: que no se puede cambiar esto o lo otro porque hay una ley que lo exige o porque está en la Constitución; como si ignorase que las leyes y la Constitución de España (igual que las de la mayoría de sus ex-colonias) fueron redactadas por legisladores que eran o bien fanáticos religiosos, o bien a sueldo del Vaticano, o como mínimo presionados por la Iglesia Católica.

La primera de las peticiones laicistas es la derogación de los acuerdos entre el estado español y la Santa Sede. Estos acuerdos son pactos internacionales y romperlos unilateralmente pondría a los españoles “a la altura de la señora Kirchner”, a decir del “padre” Trevijano. La alusión argentina es impertinente, no porque la presidenta Cristina Fernández de Kirchner sea incapaz de romper leyes y contratos, sino porque CFK se ha cuidado muy bien de enemistarse con la Iglesia y tiene una excelente relación formal con sus jerarcas*; los privilegios que vergonzosamente el estado argentino otorga a la Iglesia Católica, concedidos en tiempos de dictadura y mantenidos por los gobiernos democráticos, kirchneristas incluidos, están totalmente a salvo, tanto como lo están en España bajo el gobierno del Partido Popular y antes del PSOE. Un pacto es la manifestación de un acuerdo o coincidencia; si las ideas ya no coinciden y el acuerdo se rompe, el pacto puede y debe deshacerse. Ninguna ley es inamovible.
* Ante los previsibles comentarios en relación al apoyo kirchnerista al matrimonio entre parejas del mismo sexo, me gustaría recordar que ni ese asunto ni otros de ese calibre han minado de forma visible la relación iglesia-estado en Argentina, que continúa bien aceitada. Las disputas siempre han sido confrontaciones de poder entre kirchnerismo y cúpula eclesiástica, y no han conformado una avanzada laicista. 
A Trevijano le llama la atención que Europa Laica afirme que “el laicismo [es] condición indispensable de cualquier verdadero sistema democrático” y concluye de esto que los laicistas excluyen del sistema democrático a los no-laicistas, transformándose así en un movimiento totalitario. La falacia está bien a la vista, pero recordemos que Trevijano cree que tres personas son una y que las mujeres pueden ser preñadas por Dios, así que su raciocinio está un poco nublado. El laicismo no demanda que todo el mundo sea laicista. En un estado laico se puede tener cualquier religión y creer que es la única verdadera y profesarlo; lo que no se puede hacer es obligar a otros a profesar esa misma religión, ni exigir de los contribuyentes que paguen por la difusión de esa religión. En otras palabras, uno tiene derecho a gritar, pero no a pedir que los demás lo escuchen o que el gobierno le compre un megáfono.

La desfachatez no termina.
El laicismo se basa en la creencia en la no existencia de Dios, lo que supone la no aceptación de la Verdad absoluta, porque al no existir Dios, la Verdad absoluta no existe o es inalcanzable, por lo menos a nivel objetivo.
Esto es aproximadamente igual que decir que la aeronáutica se basa en la creencia en la no existencia de Dios (¿por qué no decir “ateísmo” y listo? Debe ser para remarcar esa idea tan estúpida como extendida de que el ateísmo es una creencia…). Nada en la aeronáutica hace referencia a Dios. Un teólogo podría decir que Dios está en la aeronáutica porque es ciencia y creatividad humana y tanto el conocimiento como la facultad de crear vienen de Dios; fuera de esas vaguedades forzadas, creería que es bastante correcto decir que a nadie dedicado a la aeronáutica le importa la existencia de Dios en ese ámbito. Lo mismo con cualquier ciencia o disciplina fuera del sacerdocio o la teología o el arte sacro, probablemente.

El laicismo se basa en la idea de que es un derecho humano creer cualquier cosa, y que también es un derecho practicar cualquier religión, en tanto esto no infrinja los derechos de los demás y no ocasione daños a terceros. Si hay una creencia implícita aquí, es que los asuntos de una sociedad potencialmente diversa, con individuos autónomos, no pueden ser reglamentados en base a una doctrina religiosa, aun cuando se deje espacio a la reglamentación voluntaria de las vidas de los individuos en base a una fe religiosa dada. Para el creyente devoto y para el jerarca interesado en mantener poder y prestigio social, esto toma un aspecto amenazante porque el laicismo se transforma en una afirmación sobre su fe: los laicistas le estamos diciendo al creyente, al cura, al obispo, que hay límites que su dios no tiene permitido cruzar. Estamos negando la esencia de la religión organizada, que es la de mantener una hegemonía completa sobre los pensamientos y las acciones de la sociedad completa, de buen grado o por la fuerza. El catolicismo bien entendido es integrista, totalitario, al igual que el islam: sus doctrinas no permiten —de hecho explícitamente prohíben— la separación entre la esfera privada y la pública. No se puede dejar la fe en casa cuando uno sale a la calle o cuando se sienta en un escaño de legislador.

Trevijano concluye celebrando que al menos todavía haya elecciones libres, para que el totalitarismo laicista no pueda imponerse del todo. ¡Valientes palabras! El catolicismo español y latinoamericano nunca floreció tanto como bajo monarquías y dictaduras. Su adaptación a la democracia fue tardía, forzada, incómoda y visiblemente incompleta. ¡Pero que celebre el buen señor cura! Es el estado laico el que le garantiza a sus fieles libertad para creer las tonterías que dice y para ir a llenar su canasta de limosnas.

viernes, 2 de noviembre de 2012

Trascendencia

Leo por enésima vez una justificación perentoria de la necesidad imperiosa de dejar que curas, monjas y catequistas formateen el cerebro de los educandos con un sistema dogmático específico al tiempo que se embolsan sueldos del Estado, es decir, pagados del bolsillo de los contribuyentes de cualquier religión o de ninguna. Como tantas otras veces el argumento es el de la “trascendencia”, palabra que implica un ir más allá de las circunstancias coyunturales, de las modas y costumbres, del beneficio inmediato, de lo egoísta y cortoplacista, de lo no duradero, etc.

Esta justificación la explicita en este caso Francisco Pérez González, uno de los vasallos de la monarquía vaticana en España, que desde luego equipara trascendencia con religiosidad, o más bien con la forma específica de religiosidad organizada que le da de comer y le permite ir por la vida con vestido negro largo, gorrito púrpura en la cabeza, faja púrpura en el abdomen y una cruz colgando del cuello.

Y todo esto de la trascendencia está muy bien, aunque obviamente sea una mera excusa para —como dije— demandar que una mayoría de indiferentes, católicos de nombre, agnósticos, judíos practicantes, ateos, budistas, musulmanes o testigos de Jehová (entre otros) subsidie la educación sectaria de una minoría de católicos devotos que no pueden sufrir la idea de enviar a sus hijos a escuelas públicas donde les enseñen que los homosexuales no son pervertidos enfermos violaniños o les den a entender a las niñas y jóvenes que tener hijos sin parar no es lo mejor de lo mejor que puede pasarles.

Es discutible que la trascendencia (sin comillas) sea algo imprescindible en la educación escolar. Mi opinión es que es imprescindible en la educación, aunque no necesariamente en la escuela. Los padres deberían educar a sus hijos en una visión de la vida que vaya más allá de sus miras inmediatas y de sus inquietudes materiales más urgentes, porque de lo contrario estarían educando pequeños psicópatas. Los niños deberían preguntarse, y tener con quién consultar y debatir, cosas como “¿Qué pasará en el mundo después de que yo muera?” o “¿Qué puedo hacer yo para que el mundo mejore?”. Eso es trascendencia, y no idioteces como “¿Hay un Dios que nos libera de nuestra propia culpa, necesitamos Salvación?”, que no es una pregunta sino una gigantesca y poco disfrazada petición de principio.

El Estado puede reconocer las inquietudes trascendentes en sus ciudadanos pero no tiene por qué plantear las preguntas directamente: sólo debe garantizar que puedan hacerse y que puedan responderse con libertad. Enseñar  respuestas prefijadas a los niños sobre sus grandes interrogantes trascendentes es exactamente lo opuesto a la libertad.

viernes, 13 de julio de 2012

“Católicos piden fin del adoctrinamiento…”

El medidor de ironía de Alerta Religión acaba de explotar por sobrecarga. Atención, españoles, que el gobierno los está adoctrinando no católicamente y eso no puede ser.


Del artículo en InfoCatólica:
La Asociación para la Defensa de los Valores Católicos en la Enseñanza (ADVCE) ha enviado a D. José Wert, Ministro de Educación, Cultura y Deporte, una carta en la que le hacen partícipe de una serie de propuestas encaminadas a evitar el adoctrinamiento en las aulas. La carta de la ADVCE no solo hace referencia a la asignatura Educación para la Ciudadanía sino también al uso de una metodología de enseñanza contraria a los valores católicos en otras asignaturas.

La ADVCE pide al ministro que se revise la objetividad de los currículos escolares, que se retire los libros de texto adoctrinadores, que se controle que el profesorado no aproveche la palestra para adoctrinar y que las actividades escolares y extraexcolares complementarias no tengan dicho fin.
Ya lo escuchó, don José: que no quede ni un catecismo ni una Biblia en todas esas escuelas.

lunes, 11 de junio de 2012

Pobrecito el cardenal

Pobreza franciscana, con perdón del pobrecillo de Asís, es la del cardenal arzobispo de Madrid, Antonio María Rouco Varela, quien ha revelado que sólo percibe un sueldo de 1160 euros al mes.

De ser cierto (¿y cómo dudarlo, viniendo de un hombre de Dios?) Rouco Varela estaría cobrando menos que un obispo argentino (al cambio actual), aunque en ambos casos se trata de un sueldo abonado por el estado nacional. Desconociendo el costo de vida en España, me da la impresión de que 1160 euros no son mucho dinero para una persona con tantas obligaciones como el cardenal, que tiene que dar misa (una hora de trabajo una vez por semana, aunque podrían ser dos o tres) y firmar muchos papeles, aunque la labor más cansadora debe ser arremeter contra ateos, homosexuales, feministas, mujeres que abortan y laicistas radicales que pretenden que la Iglesia pague impuestos. Y es que Dios lo ha llamado a odiar y denigrar a todas esas personas, y ¿qué puede hacer un hombre sino obedecer al llamado, incluso por un sueldo miserable a costa de los contribuyentes?

jueves, 26 de enero de 2012

Supersticiones populares

Mientras trataba de informarme un poco para mi artículo anterior sobre las campanas, leyendo sobre la historia de esos implementos sonoros, me crucé con un dato de la historia de los campanarios que no conocía en absoluto: el de los conjuratorios.

Un conjuratorio, o exconjuratorio (o esconjuradero, como les dicen en el Pirineo aragonés) es una construcción pequeña y sencilla, simétrica, con ventanas abiertas hacia los puntos cardinales, situada de preferencia en un punto alto con vista al paisaje, a veces aislada y otras adosada a una torre, especialmente la torre de un campanario. En la torre de la Catedral de Murcia hay cuatro conjuratorios, cada uno mirando a un punto cardinal. El objeto de los conjuratorios era servir de lugar para realizar rituales de conjuración (sujeción sobrenatural) de tormentas, de bendición de cultivos, de atracción de la lluvia, de prevención de plagas de insectos, etc.

Lo curioso del tema es que estas prácticas eran propias de las creencias pre-cristianas del lugar. Cuando la Iglesia Católica tomó el control, resultó imposible abolirlas. Hay que tener en cuenta que los sacerdotes no eran personas especialmente piadosas ni intelectualmente formadas; provenían del mismo pueblo y eran tan supersticiosos como los demás, por lo cual siguieron efectuando los ritos, aunque ahora cristianizados de manera de no resultar afines a la brujería. El cristianismo quemaba brujas porque de hecho creía en ellas, vale decir, en personas capaces de convertirse literalmente en animales, echar maleficios, invocar tormentas para arruinar los cultivos, etc.

Atención: si no viste El Señor de los Anillos: Las Dos Torres, esto puede ser un spoiler.

Si bien desde la jerarquía eclesiástica no se veía muy bien todo esto, se lo toleraba porque mantenía a la gente controlada; el catolicismo, como todas las grandes religiones, tiene formas altas e intelectuales reservadas para unos pocos y una forma vulgar para consumo masivo, lo cual explica su popularidad.

Los conjuratorios no son más que edificios históricos o detalles arquitectónicos pintorescos hoy en día, y todo esto que he escrito no sería más que una nota curiosa si no fuera por la prevalencia de estas creencias en nuestra cultura, y no precisamente entre los más ignorantes o humildes. El caso de un gobernador provincial argentino reuniéndose con un obispo para rezarle a la Virgen que acabe la sequía puede equipararse al de un gobernador estadounidense declarando tres días de oración por la lluvia y contra los incendios forestales, o un presidente brasileño pidiendo a la gente que rece para lograr que la lluvia termine.

Nótese que hablo de gobernantes seculares y no de líderes religiosos: de estos últimos cabe esperar (como de hecho ocurre) que simplemente inviten a la oración, mientras que los líderes laicos son los que manejan los asuntos de estado y se supone que son los que deben hacer algo, si es posible, cuando una catástrofe climática golpea. El lugar del sacerdote que subía al conjuratorio a hacer su ritual mágico por la lluvia, contra el granizo o lo que fuera, lo cumplen hoy bastante desafortunadamente algunos de estos gobernantes electos, quién sabe si por compromiso o porque creen realmente que esos encantamientos medievales tienen algún efecto.

miércoles, 4 de enero de 2012

La trampa de la intolerancia

No me resulta fácil citar con aprobación una fuente de la Iglesia Católica; reconocer que por una vez reportaron los hechos de una noticia sin demasiados retoques apologéticos ni distorsiones. Hace unos días DesInfoCatólica advirtió El lobby gay pretende que se vete un libro sobre la homosexualidad en El Corte Inglés, refiriéndose a Comprender y sanar la homosexualidad, del psicoterapeuta estadounidense Richard Cohen. Del título sólo se puede objetar en forma menor que el libro no es sobre la homosexualidad sino sobre la visión irreal y anticientífica que Cohen tiene de la misma; de la bajada de la noticia, que llame a Richard Cohen “psicoterapeuta” sin mencionar que en 2002 American Counseling Association le quitó su licencia debido a —entre otras cosas— “buscar satisfacer sus necesidades personales a expensas de los clientes, explotar la confianza y dependencia de los clientes, y requerir testimonios personales o promover productos en forma engañosa”.

Lamentablemente el grueso de la noticia era correcta; la Federación Andaluza de Asociaciones LGTB (el pomposamente llamado “lobby gay”) recolectó firmas para exigir que se retire de la venta el libro en la cadena española de almacenes por departamento El Corte Inglés, argumentando que promover una obra que califica a la homosexualidad como un trastorno psicológico es discriminatorio. La protesta, como suele ocurrir en estos casos, sólo contribuyó al éxito del libro, al pasarse la posta de la indignación los colectivos católicos antihomosexuales. Inútil es señalar las instancias recientes de pedidos de censura de esos fanáticos religiosos a publicidades, libros, obras de arte y otras producciones culturales de todo tipo, como así también sus intentos por suprimir de la educación toda ideología y toda ciencia que no concuerde con sus dogmas y doctrinas; inútil también recordarles su larga historia de prohibición y quema de libros (a veces acompañados de sus autores). Se trata de personas que se enorgullecen de ser intolerantes y para quienes esta táctica de la Federación LGTB vino como anillo al dedo para señalar “la intolerancia de los tolerantes” (dicha esta última palabra con tono de desprecio, el mismo que utilizan al hablar de los “progres”). Este orgulloso desprecio es el que les ayuda a ver inmensas vigas en los ojos ajenos sin notar ni una brizna de paja en el propio.

Tengo más para decir sobre Richard Cohen y sus ideas (El País le hizo una entrevista, por si alguien desea informarse, teniendo en cuenta que se trata casi seguramente de un aviso pagado), pero más que el contenido del libro me preocupa la reacción a él. Si exigimos que no se venda porque es científicamente y políticamente incorrecto, ¿con qué argumento no pedimos también que se quiten de circulación cientos, miles de otros libros de esta clase? En cualquier librería grande hay libros de autoayuda que transmiten una visión fantástica y potencialmente muy dañina del mundo y de los seres humanos. ¿Y qué pasará cuando otros pidan que se prohíban los libros que nos gustan? Podemos argumentar que no es lo mismo porque nosotros tenemos la razón (la ciencia, los derechos humanos, la modernidad) de nuestro lado. ¿Importa eso, en la práctica? Es obvio que no, que nunca ha importado, que lo que vale es el poder de lobby.

Quizá debamos pensar en una estrategia distinta. Quizá debamos pedir, como clientes y consumidores, que al lado de cada libro promoviendo una cura para la homosexualidad haya uno que promueva la autoaceptación de la sexualidad propia; que junto a cada panfleto apologético haya un estudio serio de los textos sagrados que demuestre su inspiración puramente humana; que junto a cada hagiografía complaciente haya una biografía. Más libros, no menos, jamás.

martes, 6 de septiembre de 2011

Podcast, ep. 12: Irlanda vs. Vaticano, Vargas Llosa sobre la JMJ


En esta edición del podcast de Alerta Religión: el Vaticano asegura que cooperará con el gobierno de Irlanda en la investigación de la pederastia clerical, pero se lava las manos sutilmente y esquiva definiciones tajantes. Católicos se indignan de que el secreto de confesión corra riesgo de quedar sometido a las leyes terrenales. El agnóstico y liberal Mario Vargas Llosa habla sobre la Jornada Mundial de la Juventud poniéndose del lado de la religión y en contra del descontento y la anarquía.

lunes, 5 de septiembre de 2011

Reflexión sobre Vargas Llosa y la JMJ

Leo el artículo titulado “La fiesta y la cruzada”, que Mario Vargas Llosa publica en el diario español El País refiriendo con aprobación a la Jornada Mundial de la Juventud y que las agencias propagandistas católicas han citado con fruición, y me cuesta leer en él todo lo que los católicos quisieran. No es mi propósito defender ni atacar a Vargas Llosa. Sus palabras son bastante claras; yo me limito a añadir mis observaciones.

En la primera parte del artículo pondera el “bonito espectáculo” de la JMJ y la “paz, alegría y convivencia simpática” que se vivió en Madrid. Menciona brevemente “pequeñas manifestaciones de laicos, anarquistas, ateos y católicos insumisos” y se enfoca en el grotesco incidente de unos antipapistas que arrojaron condones a unas niñas que rezaban el rosario, como si ése fuera el resumen de toda la intención de los manifestantes. No hace mención —aquí la expresión “brilla por su ausencia” se queda corta— de las cargas policiales contra manifestantes no violentos y periodistas, mención que uno esperaría de un vocero del liberalismo, defensor de la libertad de expresión y opositor consecuente de la represión estatal del disenso como Vargas Llosa (al menos de palabra) siempre ha sido. Creo que hay más en lo que dice de crítica al movimiento del 15-M o de los indignados, que fueron parte importante pero no exclusiva de las manifestaciones laicas.

A continuación habla de las dos lecturas posibles de la JMJ: como evento de masas, superficial, dirigido a la cantidad y no a la calidad, y como muestra de la “pujanza y vitalidad” que la Iglesia Católica conserva. Sabiamente no descarta la primera; yo no descartaría la segunda, aunque tampoco la apoyaría tan entusiastamente como Vargas Llosa. Una célula que se divide aceleradamente puede ser el inicio de una vida o de un cáncer.

Sigue Vargas Llosa notando que España ya no era lo que era y que el Papa está preocupado (eso lo sabemos por él mismo). Habla de los encontronazos que ha tenido el gobierno de Rodríguez Zapatero con la Iglesia, encontronazos que a mi modo de ver fueron más bien ataques políticos de la jerarquía católica, coordinada con el PP, hacia el PSOE. Zapatero no ha tomado una sola medida que pueda llamarse de ruptura con la tradición de sometimiento a la Iglesia: una módica ampliación de la ley del aborto, la famosa asignatura de Educación para la Ciudadanía (cuyos contenidos no son del agrado de los obispos españoles, pero si fuéramos al caso, ningún material educativo apto para la Edad Moderna lo es).

El escritor pondera luego la trayectoria de Joseph Ratzinger, de teólogo reformista a guardián de la fe y al papa más conservador desde hace décadas. Opina (creo que acertadamente) que la Iglesia no puede democratizarse, como le reclaman algunos a Benedicto XVI, porque se diluiría. Esto ha ocurrido de hecho entre los fieles, en su mayoría mucho más atraídos por los postulados de la modernidad y el liberalismo (autodeterminación del individuo, derechos civiles, etc.) que por los opuestos que representa la Iglesia, donde el individuo ni siquiera es dueño de su propio cuerpo y está obligado a creer en proposiciones emanadas de líderes supuestos infalibles. Las comunidades católicas sólo se sostienen en el aislamiento: en pequeños pueblos o dentro de sectas como el Opus Dei o el Camino Neocatecumenal (los llamados kikos). En grupos más grandes es casi imposible vivir como católico consecuente.

Por eso entiendo que lo que dice Vargas Llosa, que “aunque pierda fieles y se encoja, el catolicismo está hoy día más unido, activo y beligerante que en los años en que parecía a punto de desgarrarse y dividirse por las luchas ideológicas internas”, es correcto. El mismo Benedicto XVI insinuó algo así en el pasado. Desde luego, la Iglesia no puede permitirse encogerse indefinidamente; pero si mientras se encoge, concentrándose el fanatismo de sus seguidores como se concentra la sal en un charco de agua de mar que se evapora, conserva firmes los tentáculos que hace siglos tiene proyectados hacia el interior de las esferas de poder político de los países donde alguna vez dominó, entonces no corre peligro de desaparecer. Puede transformarse, con el tiempo, en una “minoría intensa”, lo cual puede no ser mejor que su status actual; otro asunto es cómo manejarían esa situación ciertos pastores que dependen de la masividad de su rebaño.

Es tristemente cierto que ni los conocimientos científicos ni la cultura democrática han derribado y sustituido a la religión. Se han hecho avances, sin duda, y creo que Vargas Llosa no es justo con ellos: hace menos de tres siglos todavía era posible en Europa que una mujer fuera investigada como sospechosa de brujería, torturada y condenada por un tribunal sin opción real a defensa, mientras que hoy en día creer en la brujería se considera una superstición, la tortura es inadmisible y la defensa en juicio es un derecho que no se niega ni al peor de los criminales. Tampoco es admisible hoy discriminar a una persona por ser de una orientación sexual minoritaria, o considerarla poseída por un demonio por presentar trastornos psiquiátricos. En todos estos casos la postura más reaccionaria y barbárica provino de la religión tradicional, y fue vencida por la combinación de la ética moderna y de los conocimientos científicos. Pero por otra parte está claro que la superstición no ha sido vencida, y la población vive en gran parte aislada de los hallazgos científicos y sumida en un pensamiento mágico de un nivel promedio tan abismal que desespera.

La impresión que me deja el escrito de Vargas Llosa es la de un hombre viejo y cansado que ha perdido lo que (mal) llamamos la “fe en la humanidad”. Si la cultura sólo es “para pequeñas minorías, marginales al gran público” y nunca llegará a más, estamos ante una inversión total de las ideas decimonónicas de progreso indefinido, sostenida por los liberales de entonces: ideas que las guerras mundiales y la barbarie todavía reinante en gran parte del planeta han derribado, pero que no dejan de tener su encanto utópico y que deberían aunque más no sea servir de inspiración.

Vargas Llosa parece haberse puesto de parte de aquellos que, en vez de lamentar este tropezón, lo celebran (y de éstos hay tanto en la Iglesia Católica y otras religiones, esencialmente oscurantistas, como en tendencias políticas a las que Vargas Llosa nunca se acercaría). Si la cultura nunca será para todos, si la filosofía y el saber nunca aliviarán nuestros problemas y el conocimiento científico jamás derrotará a la superstición religiosa, entonces sólo nos queda sumergirnos en rituales mágicos, postrarnos ante ídolos y suplicar que algo fuera de nosotros venga a salvarnos. A lo sumo podremos (la minoría ilustrada) gobernar a los ignorantes, y cada tanto tiempo bajar de nuestras torres de marfil con nuestra escolta de seguridad y en un vehículo blindado, con unas palabras de carisma, algunos regalos de poco valor y un espectáculo de circo: algo como para que recuerden cuánto nos aman, para se lleven a su casa un poco de fervor que les dure hasta la próxima ocasión.

miércoles, 24 de agosto de 2011

La democracia soy yo

“El gobierno tiene este complejo de inferioridad de que tiene que ser demócrata con los que protestan y con los pervertidos, los anticlericales y los anticatólicos.” 
—Alejandro Bermúdez, director de la agencia informativa católica ACI. De su podcast “Punto de Vista” del 22 de agosto de 2011 (5:15), hablando de por qué el gobierno de Madrid permitió una marcha de protesta contra la Jornada Mundial de la Juventud. 

martes, 23 de agosto de 2011

JMJ 2011: Madrid es mía, dice el Señor

La Jornada Mundial de la Juventud (JMJ), el más grande evento de masas auspiciado por el Vaticano desde la beatificación de Juan Pablo II, terminó el domingo con la despedida de Benedicto XVI de España. Yo quería escribir algo sobre esto, pero varias razones me lo impidieron: los sucesos estaban aún desarrollándose y desde miles de kilómetros de distancia era imposible entenderlos todos; todo el mundo estaba escribiendo, comentando, publicando impresiones, y no podía tener en cuenta todo lo que decían, valorarlo, sopesarlo y resumirlo en tiempo real. Había que dejar que se aquietaran las aguas.

Mi masoquismo me llevó finalmente a escuchar, a modo de resumen, el podcast “Punto de Vista”, que graba Alejandro Bermúdez, director de la agencia de propaganda papista ACI. Su tema era explicar por qué lo más significativo de la JMJ fue, para él, la reacción de los jóvenes peregrinos ante las protestas laicas. Aconsejo escuchar, no porque Bermúdez ofrezca información alguna, sino porque el podcast abandona las pretensiones de tolerancia y mesura con que se disfrazan la mayoría de los discursos escritos por la prensa católica.

Para empezar, nos explica que a la marcha laica del 17 de agosto sólo fueron unas dos mil personas, lo cual fue “patético”. Más aún, el gobierno español fue “estúpido” al autorizarla. No se puede autorizar una marcha del Real Madrid en medio de Barcelona o una de fans del Barça en Madrid, graficó. Madrid era “una ciudad de la JMJ”, no podía permitirse otra cosa. El gobierno debió haber prohibido a un grupo pequeñísimo (¿ya dije que era patético?) de manifestantes salir a la calle a protestar, porque la calle era propiedad de otro grupo, mil veces más numeroso, que podría verse de alguna forma afectado.

¿Por qué el gobierno español permitió a los manifestantes laicos salir a levantar la voz contra los jóvenes católicos y el Papa, a quienes obviamente todos los demás ciudadanos habían concedido la propiedad exclusiva de las calles madrileñas? Porque, según Bermúdez, es un gobierno que “tiene un complejo de inferioridad de que tiene que ser demócrata con los que protestan y con los pervertidos, anticlericales y anticatólicos.”

(Fernando Savater dio en el clavo por anticipado. En un artículo de noviembre de 2010, luego de una visita papal a España, recordaba a Churchill diciendo “Han preferido el deshonor a la guerra y ahora tendrán el deshonor y la guerra”. Al Papa se lo trató como a un rey, sin que eso modificara en nada los constantes mensajes mediáticos de la jerarquía católica contra el PSOE y contra las leyes democráticamente aprobadas por el parlamento español que no complacen a la ideología católica. Ninguna deferencia, ningún privilegio es suficiente para la Iglesia, si no es la rendición y sumisión completas.)

¿Y cuál fue el resultado de esta estupidez de respetar la “democracia” y dar libertad de expresión a las minorías patéticas y pervertidas? Que cuando la marcha laica, “liderada por un famoso travesti”, llegó a la Puerta del Sol, por donde tenía que pasar, la misma por casualidad estaba llena de jóvenes de la JMJ, que fueron “tomados por sorpresa”: les cayeron encima “este grupo de pervertidos (alcoholizados, en drogas)”, a provocar, con el susodicho travesti a la cabeza evidentemente “esperando que los jóvenes lo golpearan y crearan un mártir secular” (de ésos que hay como para llenar santorales), pero los jóvenes no hicieron eso: se arrodillaron y se pusieron a rezar. Hubo incidentes luego, pero fueron “entre los pervertidos y la policía” (y algún que otro periodista, seguramente ateo y pervertido también).



De más estar decir que no sólo era sabido que la marcha laica iba a pasar por la Puerta del Sol (habían tenido que reclamar bastante para que se les concediera permiso para eso), sino que había una intencionalidad clara de los peregrinos de estar allí cuando ocurriera. Hubo una convocatoria explícita y en todo caso el evento oficial ya había terminado. Se produjeron incidentes, con culpa de ambos lados y de una inepta actuación de la policía (en esto ambos lados están de acuerdo), y cuando finalmente quedaban pocas personas la policía cargó para desalojar el lugar, agrediendo a los manifestantes laicos, identificables por no llevar la mochila que los sponsors públicos y privados de la JMJ proveyeron a los peregrinos.

Para completar el proceso de victimización un grupo católico grabó y difundió un video (que se ve más arriba) donde se contrasta la beatitud de los jóvenes papistas con la violencia de los manifestantes. En el mismo, claro está, no figura la represión policial que el estado español descargó sobre los últimos en nombre de los primeros, tanto esa noche como en otras oportunidades. En Madrid, durante cuatro días, se dio por hecho que todo aquél que portara la mochila de la JMJ era inocente: angelitos piadosos venidos de todo el mundo a escuchar el mensaje de paz del vicario de Cristo.



Los medios españoles, en general, también se pusieron guantes de seda. No siendo español ni lector habitual de esos medios, me cuesta navegar la intencionalidad política e ideológica que cada uno tiene, pero en algún caso la distorsión es obvia: por ejemplo, Público dice:
La policía ha desalojado a la fuerza la Puerta del Sol después de que esta fuera tomada por los manifestantes de la marcha laica, que consiguieron acceder al interior de la plaza a pesar de los intentos de varios peregrinos de la Jornada Mundial de la Juventud (JMJ) por bloquear su entrada.
Lo que ocurrió fue que la plaza fue tomada por los papistas a sabiendas de que la marcha laica debía pasar por allí, y la policía les hizo el trabajo sucio de “liberarla” para ellos. Hubo desinteligencias de parte de los organizadores de la marcha y también reacciones violentas, pero claramente aisladas. Como dice el documentarista Stéphane M. Grueso, testigo de lo ocurrido, en su blog, algunos cometieron el error de encauzar su protesta hacia los peregrinos, cuando ésta en realidad era hacia el gobierno, las empresas patrocinadoras y la injerencia de la Iglesia en asuntos políticos. Los peregrinos (y ésta es mi opinión) eran entusiastas pero no fanáticos; mucho cántico, mucha ovación, mucho “Benedicto, equis-uve-palito”, pero no responsables directos del oscurantismo feroz y del odio que rezumaban las sentencias del Papa que ellos aplaudían.

La JMJ da para más, pero lo iré procesando de a poquito. Entiendo que debe haber sido muy desagradable, salvo para los papistas, pero también un poco emocionante, por la reacción que se produjo. El Papa ya no es bien recibido en países donde antes podía contar con la adulación y las genuflexiones de todos. Y no sólo no es bien recibido sino que las protestas son ruidosas, mediáticas, inolvidables. Es inevitable que haya excesos: se trata de gente harta, protestando contra un trato manifiestamente privilegiado, pagado por sus impuestos, hacia una organización y una persona que representan la intolerancia y el oscurantismo a nivel global. Esto no va a ser fácil. Siempre es más sencillo aplaudir y agachar la cabeza que gritar las propias razones a quienes no quieren oírlas.

jueves, 18 de agosto de 2011

Podcast, episodio 9: la JMJ y el 17A


En esta edición del podcast de Alerta Religión: la Jornada Mundial de la Juventud (JMJ), el festival de los fans católicos de Benedicto XVI, en Madrid, provoca una “marcha laica” en respuesta. Obsceno gasto y pseudo-espiritualidad con la ayuda de un estado español sometido al Vaticano.

miércoles, 10 de agosto de 2011

Que te calles, Benedicto

Como saben, este mes de agosto el monarca teocrático de la modestamente llamada “Santa Sede”, el teólogo anteriormente conocido como Joseph Ratzinger, va a estar unos días en Madrid, España, en medio de la organización de la Jornada Mundial de la Juventud (JMJ), una especie de revival católico. El gobierno español, al que los obispos consideran apenas un poco menos que un instrumento de Satanás, generosamente ha concedido todos los favores que la ley permite, y algunos más, a la Iglesia Católica, de manera que Benedicto XVI pueda ir por donde desee con toda la pompa de un rey medieval, sin pagar un céntimo de euro.

Ahora bien, como en la católica España en realidad es una minoría decreciente la que asiste a misa, cree en los dogmas y cumple con las represiones afectivo-sexuales exigidas para ser católico de pro, no es de extrañar que muchos españoles sean indiferentes a la venida del vicario de Cristo, y unos cuantos estén de hecho molestos. Para empezar está la crisis económica: en un tiempo de abundancia el principio sería válido igualmente, pero en un momento de estrecheces no parece correcto que el estado financie los gastos de una gira de Benedicto XVI. La visita costará bastante dinero y nadie sabe cuánto exactamente, o si el turismo compensará el gasto; lo único seguro es que la Iglesia no la pagará.

Entre los defensores de la religión siempre algunas figuras no creyentes que, a fuerza de ser moderadas, terminan justificando lo injustificable. Como Felipe Muñoz, que escribe en Diario Siglo XXI un artículo titulado “La visita del Papa y el espantoso silencio”, en el que se despacha con tantas tangentes irrelevantes al tema que me he visto obligado a desmenuzarlo párrafo por párrafo. Muñoz es un ateo de los que le gustan al Papa: reflexivo, moderado, balanceado, a todas luces un candidato al ridículo Patio de los Gentiles.

Parafraseo levemente en lo que sigue. Comenzamos, como quien dice, con el pie izquierdo.
La mayor parte de los españoles aún cree a pies juntillas en la leyenda negra sobre la Iglesia Medieval… En España existe cierta tradición política anticlerical, de la que los sectores de la Memoria Histórica se sienten todavía orgullosos (ignorando que, en su tiempo, la tradición se convirtió en matanza).
La “leyenda negra” es por definición un invento, pero los hechos no legendarios siguen ahí. Que los protestantes hayan inventado crímenes de los católicos, y que los hayan cometido ellos también, no quita que la Iglesia Católica medieval haya sido una institución que empleaba torturadores profesionales y que cada tanto hacía quemar viva a una persona. En cuanto a la tradición anticlerical, ¿tendremos que creer que surgió de la nada, así porque sí, porque a los españoles de un día para el otro les empezaron a caer mal los curas? ¿No habrá tenido nada que ver con siglos de oscurantismo coronados por cuarenta años de dictadura fascista bajo palio? Pero incluso borrando la Inquisición y el franquismo, hay muchas otras razones para oponerse al papado.
Pasemos, también, de la constatación de que muchos medios de comunicación […] manipulan por sistema todos los escritos y todas las tomas públicas de posición eclesiásticas […] hasta el punto de que, por ejemplo, la moral sexual católica es reducida a la prohibición del preservativo.
Muy mal, porque la moral sexual católica es mucho más: es el rechazo a toda forma de sensualidad que no tenga como objetivo explícito la producción de futuros católicos dentro de una unión matrimonial sacramental. Y esta moral íntegramente antisensual y antisexual debería ser más estudiada por los medios. La Iglesia no sólo condena el preservativo: en tanto es imposible (salvo patológicamente) no sentir deseo y no desear placer, nos condena a todos.
España, como país, debe hospitalidad a Benedicto XVI, como la debe a cualquier mandatario, y a cualquier persona en general, que visite nuestro país.
Quisiera obviar el tema de los inmigrantes ilegales, pero no puedo. Darle “hospitalidad” a Benedicto XVI durante unos días cuesta tanto como lo que consume un inmigrante ilegal en varios años (si es que no trabaja y se dedica a vivir del estado). Y un inmigrante ilegal somalí que huye del hambre necesita mucho más esa hospitalidad que Benedicto XVI.
El Papa es gobernante de un país con el que España mantiene relaciones diplomáticas amistosas. Y, a su vez, además de ser uno de los filósofos más importantes de la actualidad…
El Vaticano es un país porque hace siglos un emperador romano decretó que el catolicismo (fundado por uno que dijo “mi reino no es de este mundo”, si mal no recuerdo) sería la única religión permitida, y los líderes de esa religión, con prerrogativas de príncipes, se asignaron un territorio en la Península Itálica, que luego se vio reducido hasta menos de la mitad de un kilómetro cuadrado, acordados con un dictador fascista con el cual no tuvieron empacho en acordar para preservar sus tesoros y una sede para su poder terrenal. Todos los países son accidentes históricos, pero el Vaticano es casi una broma histórica.

El Papa es un hábil teólogo, es decir, un retórico. Dudo que muchos filósofos actuales lo consideren un referente importante. La filosofía busca la verdad; la teología prescinde de la verdad al asumir a priori una entidad incomprobable como base de toda la existencia. De más está decir que aunque fuera el filósofo más importante del planeta, eso no justificaría paralizar una ciudad y gastar millonadas en un evento de fans para homenajearlo.
Si hubiéramos de tener en cuenta la historia de cada país o de cada institución a la hora de recibir a sus mandatarios, no existirían las relaciones diplomáticas en absoluto.
Quizá no. Pero un objetivo de mínima deseable sería no recibir a líderes de instituciones que obstruyan sistemáticamente iniciativas globales y locales de salud o de lucha contra la discriminación, por ejemplo. El Vaticano hace lobby contra la anticoncepción, desinforma sobre los medios de prevención de enfermedades de transmisión sexual, sobre el aborto y sobre la abstinencia, y promueve la discriminación hacia los homosexuales.

Hay un par de párrafos sobre el relativismo, con los que estoy completamente de acuerdo. La verdad no se vota. Es una tontería pedir que la Iglesia se democratice. La Iglesia es una asamblea (eso significa la palabra) pero sus miembros no se reúnen para decidir, sino para someterse en conjunto. Por eso me causan un poco de lástima los progresistas de la Iglesia, que dicen querer cambiarla desde adentro.

El breve interludio de sensatez se interrumpe con esta patética justificación de la imposición religiosa:
Imagínense, por un momento, que ustedes están convencidos, fuera de toda duda, de que el mundo (todas las personas que lo componen), está en peligro. E imagínense que ustedes, a su vez, conocen, fuera de toda duda, la manera de salvar la vida a todos. Y, por último, imagínense que se encuentran con otras personas que creen lo mismo que ustedes y organizan una institución para comunicar más eficazmente, a todo el mundo, la forma de salvarse.
En ese caso, ¿aceptarían tranquilamente que se les pidiera que mantuvieran sus creencias en privado, por “respeto” a los demás? ¿Qué clase de respeto es ésa? ¿No es más respetuoso, a la par que más noble, comunicar a todo el mundo que está en peligro y lo que tiene que hacer para salvarse? Aunque uno contemplase la posibilidad de estar equivocado, ¿no seguiría adelante, de todos modos? ¿No contaría lo que sabe a todo el que quisiera escucharle y aún al que no quisiera?
Con este argumento es posible justificar cualquier cosa, incluyendo la tortura hasta lograr que el no creyente se convierta. Al fin y al cabo, el cuerpo es sólo una envoltura temporal para nuestra alma: que el cuerpo sufra para que el alma se salve es racional, ¿no? Pero aquí ya nos desviamos del tema. Porque claramente esto no es un asunto de libertad religiosa. Tiene que ver con los lugares que uno toma y hasta dónde la sociedad se lo permite. La Iglesia ocupa muchos lugares de privilegio en España (como en la mayor parte de los países de Occidente) y resiste fieramente, no digamos el sometimiento a las mismas leyes que cualquier ONG, sino la mera equiparación con el resto de las religiones e ideologías —privilegiadas pero no tanto— que también creen, cómo no, que tienen la verdad que salva al mundo y la obligación de proclamarla. Esa discusión es otra. Aquí se plantea si está bien que un estado laico le ceda el control de una ciudad capital a una organización religiosa y le pague los gastos a su líder, que viene a proclamar sus verdades, con dinero de los impuestos de ciudadanos que en su mayoría no concuerdan con esas verdades. (Y si concordaran, podrían pagar ellos los gastos.)

La cita final da nombre al artículo:
“La voz del Papa ha dado ánimo a muchos hombres y a pueblos enteros; en los oídos de muchos ha sonado también dura y cortante, e incluso ha suscitado odio; pero, si enmudece, será un momento de silencio espantoso”.
Nuevamente recurriendo al patetismo. El Papa cuenta —por alguna razón que no comprendo— con la voz de sus representantes en las Naciones Unidas. Tiene cientos de miles de representantes que trabajan para transmitir su mensaje, gratuitamente, en todo el planeta. El Vaticano es propietario de escuelas y medios de difusión, y sus fieles más ricos aportan a la Iglesia cantidades ingentes de dinero. La voz del Papa no corre peligro.

No sé a quiénes puede dar ánimo un mensaje de sumisión, antiintelectual, de supresión de los placeres y de las libertades, como el de Benedicto XVI. Pero no hace falta que ningún ateo de principios se preocupe por el acallamiento de esas voces odiosas. Las ideas reaccionarias y antihumanistas no son patrimonio exclusivo del Papa, y aunque les ayuda a propagarse, no necesitan (lamentablemente) que estados soberanos supuestamente aconfesionales les den más lugar del que ya tienen. Que esas ideas, las ideas de Benedicto XVI y de sus acólitos, se defiendan solas, por sus propios méritos.

miércoles, 3 de agosto de 2011

Podcast, episodio 7

En esta edición del podcast de Alerta Religión: tres noticias, de mayor a menor, con puntos de contacto con las tres religiones abrahámicas. En Arabia Saudita, un respetado académico musulmán dice que es antiislámico legislar sobre la edad mínima para casar a una mujer (si el Profeta era pedófilo, ¿cómo no van a serlo los fieles?). En Israel, el parlamento se niega a convertir en derecho el matrimonio civil. En España, católicos preocupados por la creciente marea de bastardos (uno de cada tres niños nace fuera del matrimonio) especialmente desde que la ley ya no los discrimina por ser bastardos, qué desgracia.

lunes, 20 de junio de 2011

Gente normal se busca

Atención: se busca gente normal dispuesta a ser portavoz de la Iglesia ante los medios. Los convoca Catholic Voices España. No es broma.
A la cita del "cásting", se han presentado unas 40 personas dispuestas a someterse a una entrevista personal, un examen de conocimientos religiosos y una prueba de televisión en la que simulan una entrevista con preguntas polémicas.
Me cuesta imaginar qué preguntas polémicas habrán sido capaces de pensar los católicos. Es todo un problema, ése: para entrenar a personas a debatir y defender una posición, tienen que conocer razonablemente bien lo mismo que conoce el oponente y estar atentos a los puntos débiles de su propio bando. Eso puede ser destructivo para una doctrina dogmática y aislada de la realidad material como lo es el cristianismo en general o el catolicismo en particular. O sea, dependiendo del tema, hay que entender de medicina, psicología, biología, cosmología, historia… y después hay que desaprenderlas para poder contradecir puntos claves de todas esas ciencias, para sostener ideas como la patologización de la homosexualidad, la existencia de una esencia personal humana en grupos de células indiferenciadas, la historicidad y veracidad de los evangelios, la creación de un universo y de seres inteligentes con un Plan maestro, etc.

Creo que si yo estuviera a cargo del tema me conformaría con seguir aprovechándose de la desesperación, la ignorancia y los sesgos cognitivos de la gente durante unas cuantas generaciones más. Es la apuesta más segura.

martes, 3 de mayo de 2011

Ateo sugiere dar dinero a la Iglesia (A233)

Los residentes españoles pagan anualmente el Impuesto sobre la Renta de las Personas Físicas (IRPF), cuya declaración incluye la posibilidad, para el contribuyente, de marcar una casilla indicando un porcentaje pequeño de la recaudación que será destinado —en teoría— a instituciones benéficas para la sociedad. Hay dos alternativas: asignar el dinero a “fines sociales”, es decir, a ONGs, o bien a la Iglesia Católica (se pueden marcar las dos casillas). Desde 2007 éste es, dicen, el único medio de sostenimiento estatal de la Iglesia en España (aunque esto no es cierto).

Uno pensaría a priori que esta grosera injerencia católica en un estado pretendidamente aconfesional le daría un poquito de vergüenza o escozor a los católicos, cuyos jerarcas se llevaron, a cargo del IRPF de 2010, 249 millones de euros, pero ¿qué vamos a esperar, si hasta hay ateos que consideran que es acertado entregarle dinero del contribuyente a la multinacional vaticana? Tal como lo leen: José Manuel López, médico oncólogo, ateo, le dijo a ACI que marcará la casilla de la Iglesia “porque ésta es la organización benéfica más efectiva que existe”.

Es claramente posible ser ateo y estúpido, o ateo y corrupto, o ambas cosas, de manera que no nos sorprenderemos más por la actitud del Dr. López. Para no suponer lo peor habrá que considerar que está mal informado. En primer lugar y como cosa obvia está el hecho de que la Iglesia Católica no es una institución benéfica. La Iglesia tiene, eso sí, instituciones de beneficencia y de ayuda social, como Cáritas, que están cubiertas por el apartado de fines sociales del IRPF, aunque obviamente eso significa tener que compartir el dinero con otras ONGs. El hecho de que exista un apartado distinto para la Iglesia indica precisamente la calidad de excepción, de injustificabilidad, que representa derivar 0,7% de un impuesto que pagan todos los españoles a una empresa privada que vende bienes espirituales y que no responde absolutamente a nadie de sus manejos internos.

En segundo lugar, la función benéfica de la Iglesia —una función subsidiaria y colateral al proselitismo— existe porque, amén de unos mil setecientos años de enquistamiento continuo en los estados y la cultura de Occidente, en España hubo una dictadura militar-eclesiástica de cuarenta años que no daba muchas alternativas a la caridad cristiana. La infraestructura y recursos humanos de que dispone la Iglesia le dan una ventaja, pero es seguro que ONGs seculares, o el mismo Estado, podrían cumplir con todas las funciones que la Iglesia desempeña, con el añadido de que los fondos empleados podrían ser auditados por la ciudadanía.

En 2010 apenas un 34,1% de los contribuyentes marcaron la casilla de la Iglesia, es decir, una tercera parte de los españoles tomaron dinero de los fondos estatales y se lo dieron a su secta favorita, que no rinde cuentas de cómo usará ese dinero: si será para comprarle un cáliz de oro a cada obispo, si pagará arreglos extrajudiciales en casos de pederastia, o si —quizá— será empleado para una función social verdaderamente benéfica.

Vuelvo y termino con el Dr. López, el ateo que ama a la Iglesia. Dice López que fue a misa y se sintió “parte de algo más grande […] que sosiega la respiración y atempera el pulso, sin necesidad de lapidar a nadie”, y que por eso votará por ese “espíritu de paz y concordia”. Desconozco si existe un nombre para esta clase de ateos que no quieren serlo; a ellos los entiendo, siempre que no caigan además en la ceguera ante lo obvio. También a mí me gusta entrar a una vieja iglesia y admirar su arquitectura, sentarme en silencio, estudiar las caras de los creyentes, participar en (lo que parece ser) un instante de serenidad. Pero nunca sería tan estúpido de recomendar que el dinero que debería usarse para dar de comer a los pobres o a mantener escuelas sea desviado para pagar la construcción de templos, el proselitismo o la caridad selectiva. Y mucho menos hablaría de paz y concordia en referencia a una religión que hace todo lo posible por quitarnos derechos, sea que seamos mujeres, homosexuales, enfermos terminales, no creyentes o simplemente no católicos. El objetivo de la Iglesia es y siempre será el mantenimiento de su poder terrenal; su permanencia en el tiempo lo atestigua.

viernes, 1 de abril de 2011

La burla, la intolerancia, y lo que va de una a otra

Escribo esto como lamentable continuación a mi artículo anterior en que intenté argumentar que la burla a la religión no equivale a intolerancia religiosa. Digo “intenté” porque realmente no sé si lo logré; aunque para algunos fue uno de los mejores artículos de Alerta Religión, hay quien no quedó convencido (o no entendió nada). Al menos pude charlar un poco con quien motivó el post y matizamos nuestro desacuerdo.

Tengo que escribir ahora esto porque, después de varios días de revuelo levantado por el infame grupo de presión católico HazteOír (rebautizado por los inventivos ateos españoles como HázteloMirar o HazmeReír) a causa de la “procesión atea” planeada en Madrid para la Semana Santa, los integrantes de “Ateos en Lucha”, uno de los grupos organizadores, han salido a reivindicar nada menos que la quema de iglesias. En particular la quema de las Escuelas Pías de la plaza de Agustín Lara (Madrid), en 1936.
“Esa Iglesia la quemó el pueblo de Madrid, en la revuelta que hubo con la República. Para nosotros es una referencia imprescindible.”
Eso, señores abanderados del respeto, es intolerancia. “Para nosotros es una referencia” es una forma elegante de decir “a nosotros nos gustaría imitar eso”. Pero fíjense lo otro que también dijo el representante de Ateos en Lucha, y que no es intolerancia, aunque los escandalizados católicos han aprovechado para meterlo todo en la misma bolsa:
“Somos un frente de ideas que estamos exclusivamente para castigar a la conciencia católica. Nuestro propósito es hacer daño en la ideología de la gente.”
Confío en que se nota la diferencia, aunque (precisamente porque sé que hay quienes no entienden la diferencia), voy a repetir lo que he escrito mil veces ya antes: atacar ideas no es lo mismo que atacar a la gente.

No estoy inventando esto.

Hacer daño a la ideología de alguien, burlarse de sus creencias, ridiculizar sus ideas, obligarle de manera chocante a ver que eso que ama tanto hacer no es lo que todos queremos, eso no es intolerancia. Se puede hacer bien o mal, se puede hacer de manera payasesca y desagradable, se puede incluso hacer de forma tan inepta que termine asustando o disgustando a tus posibles aliados, pero está dentro del derecho. Faltaría más, que un grupo religioso pudiera tomar una calle con gente vestida como el Ku Klux Klan o portando instrumentos de tortura y ejecución estilizados, y que un grupo similar, irreligioso, no pudiera salir a la calle a proclamar su versión. (El carnaval era tradicionalmente ocasión de licencia y abandono, permitido como desahogo antes de las penurias obligatorias de la Cuaresma y de la tristeza obligada del Viernes Santo. ¿Por qué dejamos todavía que la Iglesia, amante del dolor y contraria a la sensualidad, nos dicte los tiempos en que podemos salir de carnaval y los días en que ya no podemos expresar alegría en la calle?)

Sí es intolerancia, y es un discurso de odio y de amenaza, recordar en voz alta y reivindicar la quema de  iglesias (y lo que viene con ello, que no es simplemente el delito de prender fuego a edificios). Se puede entender que en España haya nostálgicos de aquellos tiempos violentos, porque al fin y al cabo, poco y nada se ha hecho por compensar a las víctimas de una guerra civil que la Iglesia Católica instigó como cruzada y por cuatro décadas de dictadura amparada por esa misma Iglesia. Se entiende la rabia de un grupo radicalizado, pero no se puede justificar. Bromeamos entre nosotros, a veces, con aquel famoso “La única iglesia que ilumina…”, pero —creo— la mayoría no lo decimos en serio. Creo que los organizadores de la procesión atea deberían expulsar inmediatamente a este grupo, aunque eso signifique cancelar todo el evento.

El daño está hecho, aunque de todas maneras, los ultracatólicos no necesitaban ni la mitad de eso para repetir su cantinela habitual. Aquí abandono un poco el tono serio, porque la verdad, es muy entretenido leer a los cavernícolas buscando formas de expresar su indignación:
Que rabia infecta deben tener los ateos contra la Iglesia, que obsesión con destruir su presencia en la tierra. El mismo Belcebú padre instigador de la mentira debe azuzar las almas de estos infelices hacia una protesta que atenta al buen gusto.
¡Un ser mitológico maligno les dio a los ateos la idea de atentar contra el buen gusto para destruir a la Iglesia! ¡Es terrible! ¡El Estado debe intervenir!
 Y además lo hace provocando un escándalo en fechas significativas en el acervo religioso del pueblo. La Semana Santa tiene una larga tradición que uno puede libremente ignorar, pero nunca atacar.
¡Una larga tradición no se puede atacar! ¡Es un escándalo! ¡Cualquier día de estos van a venir los ateos a querernos sacar otras tradiciones que emergen de lo más profundo del acervo del pueblo, como el sometimiento de la mujer, golpear a los homosexuales o quemar libros blasfemos en la plaza pública!

Por supuesto, en España hay una ley, contraria al derecho internacional sobre libertad de expresión, que castiga a quien ofenda los sentimientos religiosos de la mayoría nominal católica. A esa ley se acogen quienes denuncian al clown Leo Bassi por burlarse del papa, entre otras cosas. Al menos estos intolerantes van por la vía legal (la vía de una ley intolerante, creada para complacer a los intolerantes). Otros intolerantes, con menos contemplaciones, atacaron ayer en Barcelona una obra de teatro, Gang Bang, al grito de “Viva Cristo Rey, viva Franco, vivan los sacerdotes de Cristo”, amenazando al elenco con un taburete. Contra ellos cabe aplicar la ley penal común, supongo, pero no hay ley en España (que yo sepa) contra la reivindicación del dictador y de sus siniestros aláteres de sotana.

jueves, 30 de diciembre de 2010

Educación: derecho de los padres o de los hijos (A221a)

Iba a escribir otra vez sobre el Día de los Inocentes, pero el día pasó y como el asunto no es más que un mito casi olvidado, lo dejo estar y les traigo una de cal y una de arena, como se suele decir, que coincidentemente tienen que ver con niños y jóvenes inocentes, cuyas mentes están siempre amenazadas por los Herodes del dogma. El tema es la educación de los menores de edad, y cuánto (si acaso) pueden o deben influir en ella las creencias de los padres.

Es un principio admitido casi universalmente que los padres tienen derecho a educar a sus hijos como les parezca (en tanto esa educación no le ocasionen un daño psíquico severo) y, como corolario, que un estado democrático debería garantizar ese derecho. Dejo un espacio libre en ese “casi” para aquellos lugares del mundo donde se considera en cambio que sólo es válida la ideología o religión oficial del estado y los padres tienen la obligación de educar a sus hijos en ella, o al menos dejar que la escuela lo haga.

Resulta que el asunto es difícil porque en un estado liberal democrático se debe mantener un equilibrio inestable entre el derecho de los padres a enseñarles a sus hijos su religión y sus tradiciones, por un lado, y el deber del estado de velar por la integridad de todos los ciudadanos, especialmente los niños y jóvenes menores de edad.

La Iglesia Católica nunca ha creído en la libertad de pensamiento o en la libertad religiosa, pero con el avance de la modernidad no tuvo más remedio que tolerarlas. La caradurez intrínseca a la profesión clerical ha hecho que incluso busquen utilizar esos odiados conceptos en su provecho. Cuando los países reemplazan contenidos curriculares groseramente sectarios por otros más abiertos, diversos y de inspiración laica, la Iglesia y la derecha católica reaccionan como lo hicieron en España cuando el gobierno instauró la asignatura de Educación para la Ciudadanía (EpC): quejarse (y mandar a los padres católicos a quejarse) de que se trata de la imposición de una ideología estatal sobre el derecho inconculcable de los padres a controlar lo que entra al cerebro de sus hijos. La neutralidad ideológica no existe, dicen (y es cierto), y no van a tolerar que se eduque a sus hijos con valores distintos de los suyos.

La Abogacía del Estado, en España, acaba de rechazar un recurso de inconstitucionalidad interpuesto por los padres para que sus hijos no cursen EpC basándose en la figura de la objeción de conciencia. Esta figura es una admisión excepcional, explica el representante del Estado, y después, lanza estos dos bombazos de sensatez:
La libertad de creencias asiste a los menores de edad en su derecho a no compartir las convicciones de los padres o a no sufrir sus actos de proselitismo, de manera que la libertad ideológica del menor no puede quedar abandonada lo que puedan decidir quiénes tiene atribuida su guarda y custodia o su patria potestad.
Frente a los recurrentes, que sostienen que la asignatura se asienta en el "relativismo moral", el representante del Estado afirma que "la democracia no tiene que pedir perdón por ser un régimen esencialmente relativista, sanamente relativista". "La concepción filosófica que presupone la democracia es el relativismo", dice el abogado del Estado, "que no es más que el otro nombre de su connatural pluralismo ideológico".
(El comic es de La Cueva de Daimao.)

Vale decir: antes que el derecho de los padres a indoctrinar a sus hijos está el derecho de los hijos a tener sus propias ideas. Los padres no pierden su derecho, pero no pueden ejercerlo con exclusividad porque eso limitaría la libertad de sus hijos. En una democracia el estado no puede sino permitir esta libertad, esta variedad. Con lo cual vamos al meollo del asunto, que no pueden aceptar los católicos —ni ninguna religión dogmática en general—: la libertad para elegir una ideología o religión “incorrectas” no es (según ellos) verdadera libertad, es una perversión de la libertad; somos libres solamente cuando seguimos a Dios, porque si no somos esclavos del mal. (Algo de esto escribí, con el título de La libertad es esclavitud, hace seis meses.) El estado que no obliga a sus ciudadanos a seguir la vía “correcta” es un estado maligno. Eso dicen, y a eso les han contestado: bueno, pues qué lástima.

Ésa era la buena noticia. La mala se las cuento en unos días. Continuará…

martes, 22 de junio de 2010

Día de Cocinar un Cristo: 3 de julio

Javier Krahe
Resulta que el cantautor español Javier Krahe grabó, en 1978, un corto video satírico donde mostraba “cómo cocinar un Cristo para dos personas”. En 2005 algunos fotogramas del video fueron utilizado como fondo para una entrevista a Krahe emitida por el programa Lo+Plus, de Canal+. Eso bastó para que una organización integrista católica demandara a Krahe por “atentar contra los sentimientos religiosos”, un delito según la ley española, solicitando una multa de €192.000.

A partir de esto se ha creado en Facebook el evento denominado “Día de Cocinar un Cristo” (en inglés, Everybody Bake Jesus Day), para el 3 de julio. La iniciativa partió de Nirmukta, una organización que promueve el librepensamiento en la India, al enterarse del asunto Krahe por un post en el blog de PZ Myers, Pharyngula, quien a su vez había sido advertido por José María Mateos, alias RinzeWind, quien escribe Las penas del Agente Smith. La convocatoria:
Apoya la libre expresión cocinando a Jesús en tu tarta, galleta, pastel, bollo, lo que sea favorito. Monta una barbacoa y asa costillas de cerdo con forma de Jesús. Si eres vegano, cocina un Jesús de tofu. Quizá prefieras juntarte con tu vecino Jesús y “cocinar” juntos.
Creo que es una buena manera de aprovechar el empuje de eventos como el Día de Dibujar a Mahoma (que se realizó el 20 de mayo), sin olvidar tampoco el Día de la Blasfemia (30 de septiembre). Dudo que muchos en España supieran que existía esta ley. Nos sorprendimos cuando Irlanda aprobó su ley contra la blasfemia, pero la española parece incluso peor. Eventos como éstos, que saltan a los blogs masivos y de allí a los medios, son necesarios para lograr que el público en general sepa el riesgo que corre su libertad de expresión.


Dirán muchos que ejecutar una burla elaborada a la fe es una provocación y una falta de respeto. ¿Y bien? Una persona racional no debe responder a las provocaciones, y las faltas de respeto no deberían ser objeto de la ley, salvo que vayan acompañadas de daños reales o de amenazas de violencia. Si yo insulto a alguien y ese alguien me golpea, el daño lo ha hecho él, no yo. Otros dirán que no se sienten personalmente coartados en su libertad porque ellos nunca blasfemarían con tanta alevosía. ¿Están seguros? ¿Y quién va a decidir eso? En Irán el gobierno ahorcó a varios disidentes hace poco luego de calificarlos como “enemigos de Dios”. En la misma España bajo el franquismo, como aquí en Argentina durante la última dictadura, criticar el catolicismo de estado equivalía a socavar las bases de la sociedad, y por extensión, atacar al gobierno. Aquí mismo tiene buenas chances de ser aprobada una ley para privilegiar la protección del discurso religioso.

En cualquier estado donde una religión predominante tenga influencia está latente la utilización de los sentimientos religiosos como excusa para el castigo legal, dándole al gobierno una vía para la supresión de otras críticas. Aun sin contar con eso, toda ley que castigue algo tan nebuloso, tan vagamente definido como un “ataque a los sentimientos religiosos” es una invitación al abuso. Así que vamos: ¡a cocinar a Jesús se ha dicho!