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miércoles, 12 de marzo de 2014

Por qué en los países católicos se reporta menos violencia contra la mujer

Sólo una pequeña nota, porque la arrogancia y la necesidad de justificarse de los católicos más bobos sobrepasa mi tolerancia. Aquí lo tienen a Juanjo Romero, Director Técnico de InfoCatólica y miembro de HazteOír (¡las 24 hs. del día trabajando para la regresión medieval!), diciendo que la violencia contra la mujer es menor en los países católicos. Se pregunta, es verdad, por qué, pero es retórico. Sus seguidores se amontonan en los comentarios para “explicar” que en los países protestantes todo vale (¡si hasta se divorcian!) y que —esto en respuesta a unos pocos comentaristas sensatos— el ateísmo afecta al sentido común.


En Latinoamérica, donde el catolicismo está mucho más vigente y menos secularizado que en Europa, las cifras de violencia contra la mujer (no comparables con las de las de Europa porque se trata de estudios con metodologías distintas) van de lo alarmante a lo horroroso: desde el 11,7% de mujeres dominicanas que afirmaron en 2007 haber sido víctimas de violencia sexual o física por parte de una pareja en el último año, hasta el 53,3% (sí, cincuenta y tres coma tres por ciento) de las mujeres bolivianas que afirmaron haber sido violentadas alguna vez en su vida (PDF).

Pero como Juanjo Romero ha dicho que el catolicismo hace que se trate mejor a las mujeres, habrá que mirar para otro lado. Los comentaristas ensayan variadas respuestas, pero la mejor de todas (la más reveladora) es esta gema de “sentido común”:

El ethos católico respecto a la moral sexual conlleva a lo apuntado. Cuando la mujer se hace respetar, se la respeta; cuando la mujer se convierte en reality show, pues...
Eso es lo que ocurre con esas mujeres francesas secularizadas, esas protestantes perdidas de Alemania, esas ateas escandinavas: no se hacen respetar; salen a buscar sexo por ahí y a competir con sus maridos por puestos de trabajo, pretenden que los padres cuiden a los niños y laven los platos mientras ellas salen a la calle (¡y no para ir a misa, no!). Es como si pidieran a gritos que las insulten, las golpeen o las violen por ahí. Es de sentido común, como dice este otro cuadrúpedo:
La respuesta esta que los paises Catolicos veneran a una mujer como madre de Cristo, madre de Dios, en cambio los protestantes odian a Maria, luego las conclusiones son claras
Fuente: sentido comun
Para terminar con esta ridiculez, me limitaré a citar lo que dice el mismo reporte:
“Las diferencias entre países pueden deberse a una serie de factores, así como las diferencias en los índices de victimización, entre otros: si es aceptable desde el punto de vista cultural hablar con otras personas sobre las experiencias de violencia contra la mujer, incluidos los entrevistadores; y la posibilidad de que una mayor igualdad de género en un país podría conducir a unos niveles más elevados de divulgación de información sobre la violencia contra la mujer, dado que los incidentes se podrían abordar más abiertamente y combatir en sociedades con mayor igualdad.”
Menos autofelicitarse, entonces. Pero ¿qué se puede esperar de gente que cree que “cállate y sé sumisa” es un buen consejo para una mujer?

viernes, 14 de febrero de 2014

Abortofobia y zapatitos de bebé

«Un nuevo “delito” está a punto de ser inventado: la “abortofobia”», leo en un portal de noticias cuyo lema reza “Buscando la Verdad” (así con mayúsculas). La bajada del tremebundo titular se indigna: «Francia condena a un ciudadano de 84 años por dar un par de zapatitos de bebé a una mujer embarazada». El portal se llama Aleteia, es católico y la noticia me llega vía InfoCatólica. Ah, suspira el lector, eso explica todo.

Como los católicos mienten pero no inventan tanto (obispos defensores de pederastas aparte), trato de desentrañar qué hay de cierto. Resulta que un tal Xavier Dor, activista “pro-vida” que a sus 84 años no se ha cansado aún de joder la vida al prójimo, fue declarado culpable de interferir con la decisión de una mujer de interrumpir su embarazo. Dor irrumpió, según parece, en una clínica donde se practican abortos, donde nada tenía que hacer, para “ofrecer” sus ideas sobre el aborto (reforzadas con un par de zapatitos alusivos al ”bebé”, que probablemente no era más que un embrión del tamaño de una castaña de cajú) a quienes se encontraban esperando su turno. La ley que lo condenó castiga precisamente esta clase de presión psicológica sobre mujeres que con frecuencia se encuentran muy vulnerables a la presión en ese preciso momento. Roberta Sciamplicotti, la cronista, lo explica así:
El paladín de los derechos de los abortistas parece ser Francia, donde la ley Weil, de 1975, creó el “delito” de obstrucción del aborto”. Quien comete ese “delito”, el de obstaculizar el aborto, puede ser considerado un “abortofóbico”.
Naturalmente, la última frase es de su cosecha, al igual que las comillas en torno a la palabra “delito”. Lo que la ley penaliza es delito, sin comillas.
Una nueva medida legal propuesta en Francia, contraria a quien está contra el aborto, incluye dos artículos de extraordinaria gravedad: el primero altera la ley actual, que ya permite el aborto para las mujeres “en situación de dificultad”. (…) Aún así, el texto será alterado y la nueva ley dirá que el aborto está permitido para las mujeres “que no desean llevar a cabo el embarazo a término”. (…)

La segunda alteración en la legislación francesa prohíbe obstaculizar el aborto no sólo físicamente, lo que ya estaba en vigor, sino también psicológicamente. La lectura de los trabajos preparatorios revela que la intención del legislador es prohibir que en los hospitales las mujeres sean informadas sobre las alternativas al aborto; prohibir, también, que los voluntarios de los centros de apoyo a la vida circulen por los hospitales; y prohibir, incluso, aun fuera o en la proximidades de los hospitales que haya protestas o divulgación de informaciones pro-vida a las mujeres.
Es seguro que la ley no propone “prohibir que en los hospitales las mujeres sean informadas sobre las alternativas al aborto”. La única alternativa al aborto es el curso natural de la gestación y eventualmente el parto, y las mujeres ya la conocen.

Es debatible si en un estado de derecho se puede prohibir la protesta o la divulgación de “informaciones” (pasemos por alto la exactitud de esa información y el interés detrás de su divulgación) en torno a determinados lugares, sin infringir inadmisiblemente las libertades ciudadanas. Mucho menos debatible es que en el interior de un hospital se prohíba la circulación de personas dedicadas a convencer a las pacientes de que la labor del hospital es inmoral y criminal, proclamando que la intervención que la paciente desea realizarse tiene efectos secundarios terribles o buscando que renuncien a ella con promesas de asistencia material (para dar un ejemplo). Si las “informaciones” que los “pro-vida” reparten en sus giras por hospitales y en sus protestas callejeras es la misma que circula en sus sitios web y en sus materiales para consumo interno, uno debe preguntarse si el legislador no debería ser incluso más duro en la prohibición.

¿Y quién es Xavier Dor, el pobre anciano multado por dar un simple par de zapatitos a una mujer que quería asesinar a su bebé? Dice la Wikipedia en francés que Xavier Dor es uno de los iniciadores de los “comandos anti-aborto” y que al mando de su organización SOS Touts-Petits solía irrumpir, hace años, en hospitales y clínicas (incluyendo áreas restringidas de los mismos), para montar un espectáculo piadoso, rezando en voz alta hasta que la policía se lo llevaba. Los susodichos “comandos” estuvieron muy activos entre 1987 y 1995, y obtuvieron explícito apoyo de la jerarquía de la Iglesia Católica, que se preocupó de remarcar su carácter “no violento”.

Violento o no violento, y aunque sea un ancianito con un par de zapatitos de bebé, Xavier Dor es la clase de persona que la ley debe mantener alejada de decisiones que no le conciernen. Cuando más pronto dejemos de tolerar a los intolerantes como estas pandillas de luchadores contra los derechos de los demás, mejor.

viernes, 14 de junio de 2013

Una mártir de la fe homofóbica

Si necesitabas recordar la miseria moral humana, aquí estamos. Te traemos a un obispo católico molesto porque el asesinato de un homosexual recibió más cobertura mediática que el asesinato de una católica por parte de un homosexual. John Paprocki, obispo de Springfield, Illinois, Estados Unidos:
«Una búsqueda en Google del nombre Matthew Shepard genera 11,9 millones de resultados. Matthew Shepard fue un estudiante universitario de 21 años que fue salvajemente golpeado hasta morir en 1998 en Wyoming. Su asesinato fue considerado un crimen por odio porque Shepard era gay. En el año 2002 Marya Stachowicz también fue asesinada brutalmente, pero las circunstancias fueron muy distintas. Mary, la amable y devota madre católica de cuatro niños, instó a su compañero de trabajo, Nicholas Gutierrez, de 19 años, a cambiar su estilo de vida gay. Furioso por esta exhortación, como luego dijo a la policía, el joven la golpeó, la apuñaló y la estranguló hasta causarle la muerte.»
Matthew Shepard
Matthew Shepard
El nombre de Matthew Shepard quizá sea familiar a los lectores. Un joven gay torturado y abandonado en el campo por otros dos hombres, sin mediar alcohol ni drogas y sin intención clara de robo o venganza por ningún hecho particular, Shepard moría poco después en el hospital y terminaría motivando la inclusión de la orientación sexual como componente legal admisible en los “crímenes de odio”.

Es mucho menos probable que el lector conozca o recuerde a Mary Stachowicz, asesinada por Nicholas Gutierrez, quien diría en su juicio que mató a Stachowicz en un ataque de furia porque ella no dejaba de molestarlo sobre su orientación sexual.

Ninguno de los dos crímenes son justificables en ningún sentido, pero claramente, no todos los asesinos son iguales. El crimen de Shepard fue premeditado; lo convencieron de subirse a un vehículo, lo llevaron al campo, lo torturaron quién sabe durante cuánto tiempo, lo dejaron a morir y luego ofrecieron excusas variadas, incluyendo que Shepard había hecho avances sexuales a uno de los asesinos (una justificación homofóbica tan común que ya tiene nombre propio). El crimen de Stachowicz fue, según todas las evidencias, la reacción espontánea y violenta de un joven con problemas psicológicos. Gutierrez diría en su juicio que el modo desdeñoso de los cuestionamientos de Stachowicz a su sexualidad le recordaba a su madre cuando lo golpeaba.

Las palabras del obispo son parte de la estrategia constante, y en ocasiones insultante, de autovictimización de la Iglesia Católica, que sus ministros practican en toda ocasión concebible, especialmente en aquellos lugares donde la Iglesia es de todo menos víctima. Stachowicz, la víctima, no hacía más que repetir —con la mejor intención, seguramente— el discurso discriminador de los jerarcas católicos, con tanta mala suerte que se topó con una persona mentalmente inestable que la golpeó, la apuñaló y finalmente la asfixió con una bolsa de plástico. Gutierrez no la mató porque fuese católica, ni siquiera porque fuese homofóbica, sino porque lo enfureció. No la torturó antes de matarla, ni le exigió nada antes de hacerlo. Tampoco planeó el asesinato. Sólo quiso borrarla, suprimirla de su vista.

El horrible crimen cometido por Gutierrez no será recordado de la misma manera que el asesinato de Matthew Shepard. En los anales del derecho penal, el asesinato de Mary Stachowicz es, lamentablemente, uno más entre miles de casos similares. La de Shepard, en cambio, fue una muerte planeada, prolongada, motivada casi con seguridad por el odio homofóbico, del cual muchos son víctimas pero muy pocos reconocidos como tales; un odio que —a diferencia de los contados casos de anticatolicismo violento en Occidente— no sólo cobra víctimas regularmente sino que cuenta con muchos voceros con amplia licencia social para propagarlo a los cuatro vientos sin cuidarse de las consecuencias. Como el obispo Paprocki, que aprovechó su relativización del caso Shepard para una conferencia en contra del matrimonio homosexual.

Matthew Shepard no fue un mártir. Probablemente nunca supo bien por qué estaba muriendo. Sin embargo, su muerte tuvo el efecto de exponer al público el hecho de que había personas que eran molestadas, abusadas o asesinadas por su orientación sexual. Los padres de Matthew fundaron, para combatir el odio que les había arrebatado a su hijo, una organización para fomentar la aceptación de la diversidad sexual.

Mary Stachowicz no es una mártir de la fe. Para su desgracia, se encontró frente a un asesino sin saberlo. Gutierrez podría haberla matado por cualquier ofensa, real o imaginada; el destino quiso que la predicación de Stachowicz tocara una fibra sensible y desencadenara el crimen, por el cual Gutierrez está pagando su justa pena. Se trató de un crimen sin sentido, que a nadie sirve ni puede inspirar nada, excepto, mezquinamente, a un jerarca religioso necesitado de personajes para su teatro de mártires.

martes, 24 de julio de 2012

Un problema de pecado

“No tenemos un problema de criminalidad o un problema de armas, o siquiera un problema de violencia. Lo que tenemos es un problema de pecado. Y dado que hemos expulsado a Dios de nuestras escuelas y comunidades, del ejército y del discurso público, realmente no deberíamos actuar tan sorprendidos cuando se desata el infierno.”
— Mike Huckabee, ex gobernador de Arkansas (EE.UU.) y ex candidato presidencial, opinando sobre la masacre ocurrida el 20 de julio de 2012 durante una función de trasnoche de The Dark Knight Rises en un cine de Aurora, Colorado.

martes, 26 de junio de 2012

Fanatismo asesino

Aunque hace años que documento las horribles consecuencias del fanatismo religioso, a veces incluso yo me quedo sorprendido por la brutalidad que puede alcanzar una mente humana cuando cree estar en posesión de una verdad absoluta. El siguiente video fue editado, traducido y subtitulado por el grupo Traducciones Herejes, que me ha pedido si quería comentarlo (se pueden encontrar más en el canal de YouTube Krisangel23GodlessTv). La noticia data de octubre de 2010.


Los Israelitas Negros o Hebreos Negros son una denominación religiosa minoritaria, pero no insignificante, en Estados Unidos. Se trata generalmente de personas de ascendencia negra africana que se identifican a sí mismos como descendientes de los antiguos israelitas. No son judíos de raza negra, que los hay, tanto por nacimiento (dentro de la comunidad judía etíope, por ejemplo) como por conversión. De hecho, muchos de los Hebreos Negros creen ser los únicos verdaderos Hijos de Israel y no reconocen a los judíos como tales; de la misma manera, la comunidad religiosa judía no los reconoce como judíos dado que no se han convertido formalmente (aunque celebren muchos de los mismos ritos) ni son hijos de madre judía. Dentro de los Hebreos Negros hay una franja extremista considerada supremacista, en un interesante paralelo con la Nación del Islam (la secta a la que perteneció Malcolm X).

La mayor parte de las congregaciones de Hebreos Negros no son sectas destructivas. Sin embargo, como tristemente sabemos, casi todas las comunidades religiosas pequeñas y cerradas se prestan al abuso de parte de personajes con rasgos psicopáticos

La homofobia (el temor absurdo de que un niño de cuatro años muestre conductas homosexuales, la revulsión ante ese pensamiento) parece aquí casi incidental como motivo del asesinato, pero no es posible pasarla por alto: el asesino quizá pensaba en disparar su arma de cualquier manera, pero fue la prédica homofóbica en la que vive sumergido todo creyente judeocristiano la que fijó la mira en un niño inocente.

jueves, 26 de abril de 2012

Vatileaks


«Miembros del personal del Vaticano que han estado filtrando embarazosas cartas sobre hechos de corrupción y nepotismo dentro de la minúscula ciudad-estado van a ser cazados por un escuadrón de choque de cardenales liderados por un miembro de alto nivel del grupo religioso Opus Dei.

»Irritado por la liberación anónima de documentos a la prensa ocurrida durante este año, el Papa Benedicto ha nombrado al Cardenal Julián Herranz, de 82 años, a la cabeza de un equipo de tres hombres que llamará a interrogatorio al personal y rebuscará entre los archivos hasta encontrar a los perpetradores de lo que se ha dado en llamar el “Vatileaks”. (…)

»El grupo de Herranz, que se reunió por primera vez este fin de semana, es sólo una de las tres iniciativas de investigación en marcha actualmente en la Santa Sede acerca de la filtración, en enero y febrero, de cartas mencionando el misterioso secuestro de Emanuela Orlandi (hija de un empleado del Vaticano) en 1983, la fecha posible de muerte de Benedicto, y un conflicto interno sobre hasta qué punto debería transparentarse el funcionamiento del Banco Vaticano en su intento de librarse de acusaciones de lavado de dinero.»

Fuente: The Guardian, 26 de abril de 2012.

miércoles, 17 de agosto de 2011

Efemérides del 17 de agosto


Un día como hoy, 17 de agosto, en 1959, nació Vernon Wayne Howell, más conocido por el nombre que adoptó más tarde y con el que entró a la posteridad: David Koresh. Cuando murió en un incendio posiblemente autoprovocado, junto con 54 adultos y 21 niños encerrados con él en un rancho en Waco, Texas, terminó una historia que todavía nos impresiona, aunque no es sino un brote pequeñísimo en el inmenso árbol de las locuras religiosas.

En su defensa sólo se puede decir que la vida nunca le sonrió: nacido de una madre adolescente abandonada por su pareja dos meses de nacer su hijo y vuelta a emparejar con un alcohólico violento al poco tiempo, dejado luego a su vez por su madre —a los cuatro años— en manos de su abuela, y según él víctima de violación en su niñez, Koresh tenía pocas posibilidades de lograr cualquier tipo de notoriedad; el destino o la casualidad se la dieron de la peor forma.

Koresh era un “cristiano renacido”, según él, en una iglesia de la Convención Bautista del Sur (la misma denominación que los infames televangelistas Jerry Falwell y Pat Robertson). Se hizo miembro de los Adventistas del Séptimo Día y luego pasó a los davidianos, una secta que había sido expulsada en 1930. George Bernard Shaw dijo una vez que el martirio es la única manera en la que un hombre puede hacerse famoso sin tener habilidad para nada; Koresh la tuvo al menos para crear una secta dentro de otra secta, hacerse de jóvenes de las que abusar sexualmente y acumular una gran cantidad de dinero. Las doctrinas que predicaba no eran en absoluto extrañas al cristianismo ni muy distintas de las de los adventistas mismos o las de miles de otras congregaciones religiosas que hoy florecen en Estados Unidos y el mundo; lo que las hizo letales fue el culto a la personalidad de Koresh, que no se limitaba a ser un megalómano ni un simple pervertido sexual (cosas nada infrecuentes entre los líderes religiosos) sino que tenía plena conciencia de la necesidad de contar con medios violentos de defensa para el día en que las autoridades vinieran por él.

Para no dejar las citas famosas, podemos terminar con una de Umberto Eco que es singularmente pertinente: “Témele a los profetas y a aquellos preparados para morir por la verdad, ya que como regla hacen que muchos otros mueran por ellos, con frecuencia antes que ellos, y a veces en vez de ellos.”

domingo, 25 de abril de 2010

Revisionismo histórico vaticano (por Thomas P. Doyle)

Thomas P. Doyle
El sacerdote católico Thomas P. Doyle es uno de los primeros, dentro de la Iglesia, que denunciaron la práctica habitual de abusos sexuales a menores seguidos por su encubrimiento. Despedido de su puesto como capellán de la Fuerza Aérea estadounidense en 2004, siguió sirviendo a las víctimas y sus familias, dándoles apoyo moral y profesional como terapista, además de consejo legal como abogado canónico. Fue uno de los protagonistas del documental Deliver Us From Evil. Lo que sigue es traducción de un artículo escrito por él con el título Revising history Vatican style (“Revisando la historia al estilo del Vaticano”) para el National Catholic Reporter, un periódico católico progresista independiente de la jerarquía eclesiástica.
El último intento vaticano de “control de daños” es realmente un ejemplo de revisionismo histórico. El Vaticano ha subido a su sitio web una corta explicación del motu proprio de 2001 Sacramentorum sancitatis tutela. Este decreto no estaba oculto por el secreto oficial y es bastante conocido en todo el mundo. El corto artículo brinda un resumen de los principales pasos a tomar en casos de abuso sexual de menores por parte de clérigos. Esto no es nada nuevo. La sorpresa, no obstante, se encuentra en una oración: “La ley civil concerniente a la denuncia de crímenes a las autoridades apropiadas debe seguirse siempre.”

Ésta es la primera vez que el Vaticano ha acordado públicamente que el abuso sexual de menores no es sólo un crimen en el mundo secular, sino además un crimen que debería ser reportado a las autoridades civiles.

El escándalo que ha estado dando vueltas en torno a la iglesia institucional durante décadas ha sido causado por el hecho de que regularmente los obispos hicieron precisamente lo contrario de lo que el Vaticano ahora presenta como procedimiento operativo estándar. Pese a los esfuerzos de la jerarquía por controlar, primero, y luego —al fallar eso— contener el problema, éste ha alcanzado finalmente al Vaticano. Esto ha hecho olas en las filas de los creyentes, incluyendo los más cerrados defensores de la jerarquía. Están molestos y aun furiosos, no por la evidencia que se está revelando de que el papa y los burócratas vaticanos han tenido conexión directa con la horrenda plaga de abuso infantil, sino porque las víctimas y sus partidarios, asistidos por los “medios anticatólicos”, han tenido la audacia de atacar al Santo Padre.

Los habitantes del Vaticano, los burócratas de la Curia que realmente manejan la iglesia institucional, están comprensiblemente a la defensiva, y no están haciendo un muy buen trabajo. Si hubieran dejado en paz la frase sobre reportar los casos a las autoridades civiles y ningún vocero del Vaticano hubiera hecho comentarios sobre ella, el daño causado por el documento hubiera sido mínimo. Pero en vez de quedarse callados, salieron a la defensa del papa usando la bien probada pero no muy útil táctica del revisionismo histórico.

Nicole Winfield de The Associated Press reportó que “el Vaticano insiste en que por largo tiempo ha sido política de la Iglesia Católica que los obispos, como todo ciudadano, obedezcan las leyes civiles.” Jeff Lena, el abogado del Vaticano en los Estados Unidos, “argumentó que no había nada en la ley canónica que… prohibiera reportar [los casos de abuso].” También se refirió vagamente al documento del Concilio Vaticano II Gaudium et Spes, que —afirmó— contiene un “entendimiento implícito de la necesidad de seguir las leyes civiles.” Un vocero vaticano, el P. Ciro Benedettini, dijo que un requerimiento de denuncia de casos de abuso había sido parte de la política interna de la Congregación para la Doctrina de la Fe desde 2003, un hecho que hubiera sido mejor que se guardara para sí. Si esta política ha estado enterrada en un profundo secreto, ¿de qué sirve?

El Vaticano y sus defensores tienen la memoria corta. Luego del tsunami que golpeó [la diócesis de] Boston en enero de 2002, el asunto de las denuncias de abusadores a las autoridades civiles se transformó en un tema saliente. La comunidad secular no lograba entender por qué no se entregaba a la policía a los sospechosos de delitos ni se los reportaba a los servicios de Bienestar Infantil. Algunos miembros de la jerarquía, por otro lado, no lograban comprender por qué la gente tenía la osadía de reclamar que fueran entregados a las autoridades. Esta resistencia encontró apoyo en varios eclesiásticos muy notables, que pontificaron ante los medios de todo el mundo. Aparentemente no les había llegado la noticia de que había una política de larga data que los urgía a reportar casos de abuso.

El Cardenal Óscar Maradiaga, de Honduras, que acusó a los abogados estadounidenses que derrocaron al Cardenal Bernard Law de utilizar tácticas “estalinistas”, dijo que los clérigos que han cometido graves errores deberían ser llevados ante la justicia en tribunales eclesiásticos. Revisionismo histórico, punto uno: violar niños es un error, no un crimen, y los tribunales eclesiásticos, tradicionalmente conocidos por su lentitud y no funcionalidad en lo que se refiere al debido proceso, son la vía hacia la justicia. El Padre Gianfranco Ghirlanda, un influyente abogado canónico de la Universidad Gregoriana en Roma, publicó un artículo en 2002 repleto de sabiduría convencional vaticana. Dijo que las autoridades civiles deberían involucrarse sólo luego de que todos los procedimientos eclesiásticos se hayan probado inútiles. Continuó diciendo que los obispos no son moral ni judicialmente responsables por los actos de los clérigos a su cargo. Y siguió con la ultrajante afirmación de que los actos pasados de abuso de un sacerdote no deben ser revelados a su congregación porque eso “lo desacreditaría totalmente frente a su comunidad parroquial.”

El Cardenal Julian Herrenz, líder (retirado) del Pontificio Consejo para los Textos Legislativos, expresó algunas opiniones igualmente sorprendentes en un artículo publicado por John Allen en 2002. Asumiendo conocimiento experto de las ciencias de la conducta, afirmó que la pedofilia es una forma de homosexualidad. Y volviendo a su papel de experto legal de nivel mundial, rechazó la idea de que a las autoridades eclesiásticas deba solicitárseles, mucho menos requerírseles, que reporten los casos de abuso a las autoridades de la ley civil. Su justificación parece ser la salvaguarda del “acuerdo mutuo de confianza y secreto” entre obispo y sacerdote.

El Cardenal Tarcisio Bertone, quien es ahora el Secretario de Estado del Vaticano, era secretario de la Congregación para la Doctrina de la Fe en 2002 cuando John Allen lo citó diciendo: “En mi opinión, el reclamo de que un obispo está obligado a contactar a la policía para denunciar a un sacerdote que ha admitido el delito de pedofilia no tiene fundamento.” También dijo que “… la sociedad civil debe además respetar el secreto profesional de los sacerdotes, como respeta el secreto profesional de otras categorías.” En ningún lugar de la tradición, el dogma o la ley canónica católica puede uno encontrar justificación alguna para estas opiniones.

En la práctica, la política ha sido tratar de evitar el contacto con las autoridades civiles y encubrir los crímenes y a los criminales. La tradición canónica de reciente creación que impone la denuncia a las autoridades civiles es resultado de una sola cosa: el escándalo público, la exposición mediática y la presión para que los clérigos estén sujetos a rendir cuentas en las cortes civiles. La apariencia de la “Guía para comprender los procedimientos…” es un intento fallido de control de daños a través del revisionismo histórico. No funcionará. El Vaticano nunca podrá “arreglar” el problema de los abusos sexuales en el clero porque el abuso no es el problema esencial que requiere ser arreglado. Es la cultura clerical completa la que necesita ser renovada de adentro hacia afuera.

martes, 23 de marzo de 2010

Derribemos ese muro

Lo que sigue es una traducción de un artículo de Christopher Hitchens titulado “Tear Down That Wall” , es decir “derriba (o derribemos) ese muro”, en referencia al muro de silencio que ha rodeado los abusos sexuales a niños cometidos por sacerdotes de la Iglesia Católica. El artículo fue publicado en Slate, donde Hitchens es columnista habitual, el pasado lunes 22. (Su título alude a su vez a una frase favorita de Hitchens, que forma el título de su sitio web: “Mr. Jefferson — build up that wall!”, que refiere al “muro de separación” que Thomas Jefferson, presidente de los Estados Unidos, tuvo como meta construir entre la Iglesia y el Estado. Hitchens es un fan de Jefferson y de su lucha por la laicidad.) Los links son míos.

Hagamos un pequeño experimento mental sobre ética práctica. Supongamos que Ud. está tomando un trago con alguien que conoce hace poco, y surge el tema del incumplimiento de la ley. “¿Alguna vez has tenido problemas con la autoridad?”

Ud. puede tal vez mencionar su arresto en aquella manifestación, que una vez pasó de contrabando un exceso de mercadería en un aeropuerto, o aquel intento poco atinado de tráfico de información interna. Su interlocutor quizá demuestre una mayor cercanía con el sistema de justicia criminal. Que ha estado preso un tiempito por falsificación, o por un robo apenas violento, o por una disputa doméstica que se le fue un poco de control. Ud. sigue dispuesto, quizá, a almorzar con esta persona el viernes siguiente. Pero supongamos que él dice: “Bueno, una vez conocí a un matrimonio que me confió el cuidado de sus hijos. Tenían dos niños, uno de 12 años y otro de 10. Me divertí bastante con ellos cuando nadie miraba. Les dije que debía ser nuestro secreto. Fue una lástima que se terminara.” Espero no considere Ud. que juzgo demasiado estrictamente a la gente si digo que en este punto el almuerzo queda cancelado o pospuesto indefinidamente.

¿Y sentiría Ud. más o menos repulsión si este hombre continuara diciendo: “Por supuesto, hablando con propiedad, no fue ningún problema con la ley. Soy sacerdote católico, así que no molestamos a la policía o a la justicia con esas cosas. Nos encargamos nosotros mismos del tema, si Ud. me entiende”?

Y sin embargo esto es exactamente lo que estamos obligados a leer todos los días. La felicidad y la salud de incontables niños fue sistemáticamente destruida por hombres que podían contar con sus jefes clericales para ser escudados del castigo legal y, según parece, también de la condenación moral. Un poco de “terapia” o un rápido cambio de domicilio era lo peor que la mayoría de ellos debía temer.

Casi todas las semanas debato con voceros de la fe religiosa. Invariablemente y sin excepción, me informan que sin una creencia en alguna autoridad sobrenatural no tengo fundamento sobre el cual asentar mi moral. Sin embargo he aquí una antigua iglesia cristiana que maneja durísimas certezas en cuanto a la condena de pecados como el divorcio, el aborto, la anticoncepción y la homosexualidad de mutuo consentimiento entre adultos. Para estas ofensas no hay perdón, y se invoca el absolutismo moral. Pero basta con el tema sea la violación y la tortura de niños indefensos para que de pronto todo se vuelva flexible y aparezcan excusas de toda clase. ¿Qué puede uno decir de una iglesia que demuestra tanta amplitud ante un crimen tan horrible que ninguna persona moralmente normal puede siquiera considerar sin estremecerse?

Es interesante, también, que la misma iglesia hizo todo lo que pudo para ocultar la violación y tortura de la mirada de las autoridades seculares, incluso obligando a los niños víctimas (como en el repugnante caso del cardenal Sean Brady, jefe espiritual de los católicos de Irlanda) a firmar juramentos de secreto para que no testificara contra sus violadores y torturadores. ¿Por qué le tenían tanto miedo a la justicia secular? ¿Pensaban que sería menos indiferente y flexible que las investigaciones privadas clericales? En ese caso, ¿qué queda del patético pseudo-argumento de que la gente no puede tener una moral elemental sin un soporte divino?

Uno tampoco puede hablar mucho de la justicia secular, ya que el cardenal Brady y muchos como él no han sido expulsados por la iglesia ni perseguidos por el poder civil. Pero este abandono de funciones de parte de las cortes y la policía ha ocurrido sobre todo en países o provincias —Irlanda, Massachusetts, Bavaria— donde la iglesia tiene una influencia indebida sobre la burocracia. ¿Cuándo vamos a ver lo que los padres y familiares de estos niños devastados quieren y necesitan ver: un cómplice de alto nivel del encubrimiento ante un jurado?

La patética y eufemística carta del papa Benedicto a su “rebaño” en Irlanda ni siquiera propone que estas personas pierdan sus puestos en la iglesia. Y este cobarde cuidado de su parte tiene una razón buena y suficiente: si hubiera una investigación criminal seria, tendría que deponer al papa mismo. No es sólo que él, como el arzobispo Joseph Ratzinger, protegió a un peligroso criminal clerical en su propia diócesis de Munich y Freising en 1980, enviándolo sólo a “terapia” en vez de hacerlo arrestar. (La cuestión de cómo el sacerdote fue luego reasignado y dejado abusar de más niños, cuestión que la iglesia sigue tratando de ocultar, es irrelevante al hecho del involucramieno directo y personal de Ratzinger en el crimen original.) No contento con esto, Ratzinger escribió luego, como cardenal y cabeza de una gran institución en Roma, una carta que efectivamente instruía a todos los obispos a rehusarse a cooperar con cualquier investigación de lo que estaba volviéndose rápidamente un escándalo mundial.

Dieciocho de las 27 diócesis de la Iglesia Católica Romana en Alemania están ahora bajo investigación del gobierno, luego de que se abriera una grieta en lo que el ministro de justicia alemán llamó apropiadamente “un muro de silencio”. Este muro fue construido originalmente por el hombre que ahora lidera la iglesia. El muro debe ser derribado. El pez —el antiguo símbolo cristiano, adoptado por aquéllos que ven a los seres humanos como un cardumen a ser atrapado en la red— realmente se pudre comenzando por la cabeza. No creo que las implicaciones últimas de esto hayan siquiera empezado a captarse. El líder supremo de la Iglesia Católica Romana es ahora un sospechoso de primera categoría en una empresa criminal de la peor clase, y en el intento de obstruir la justicia que ha sido parte integral de esa empresa. También es el líder político de un estado —el Vaticano— que ha otorgado asilo a hombres buscados, como el cardenal de Boston, Bernard Law, caído en desgracia. ¿Cuál es, entonces, la posición a adoptar cuando el papa decide viajar, como por ejemplo intenta hacer en una visita a Gran Bretaña este año? ¿Tiene inmunidad? ¿La reclama? ¿Debería tenerla? Estas preguntas demandan respuestas serias. Entretanto deberíamos remarcar el hecho de que la iglesia concede amplio lugar en sus confesionarios y en sus palacios para aquéllos que cometen la peor de las ofensas. Perseguidos por la ley o no, están condenados. Pero la persecución legal debe seguir, o de lo contrario admitimos que hay hombres e instituciones que están por encima de nuestras leyes.

miércoles, 3 de marzo de 2010

Un cura acosador y abusador cerca de casa (A177)

Que hay curas abusadores sexuales ya es cosa sabida, y que la Iglesia los protege, también. Que los sacerdotes también abusan de su autoridad en las parroquias y escuelas confesionales que regentean es archisabido. Que esto ocurra cerca de uno, sin embargo, sigue siendo impactante. Tal es el caso de Reynaldo Narvais, ex párroco de Nuestra Señora de Pompeya, en el barrio Belgrano de la ciudad de Rosario, Argentina.

Narvais, hasta no hace mucho párroco y representante legal de la escuela adjunta a su iglesia, acosó sexualmente a varios miembros de su comunidad, incluyendo una joven menor de edad con discapacidad mental y una maestra. Algunas de las víctimas no hablaron antes porque tenían miedo de perder sus empleos. De todas formas, parece que estos sucesos eran un secreto a voces. Los rumores provocaron una investigación de parte de su congregación, los Canónigos Regulares de Letrán. El resultado: a Narvais se le impuso un año sabático, realizar un tratamiento psicológico y no ejercer funciones de sacerdote. La orden pagó 200.000 pesos (que por entonces equivaldrían a unos 65.000 dólares) a una de las víctimas, en un arreglo extrajudicial. A Narvais lo pasearon por distintos destinos de la Iglesia, de donde una y otra vez tuvo que retirarse cuando las respectivas comunidades se enteraban de su catadura moral.

Esto ocurrió a finales de 2008. A las otras víctimas no se les dio nada, ni se les reconoció nada. El sacerdote, aunque aceptó los “castigos”, negó todo. Así fue hasta que el sábado pasado, el diario local La Capital publicó una nota donde se narraba el caso. Los diarios nacionales tomaron la noticia. El lunes La Capital publicó Reconocen casos de acoso sexual de un sacerdote en un colegio religioso como nota de tapa, reportando que otro sacerdote de la parroquia había dado un breve discurso de contrición y perdón antes de la misa del domingo. Un nuevo cura párroco ya llegó y asumirá pronto, mientras que de Reynaldo Narvais sólo se sabe que quizá sea enviado a Europa, a alguna casa de la orden, para que medite sobre sus pecados. Business as usual, diríamos, o quizá the show must go on. El show del abuso, la vista gorda, el silenciamiento y finalmente el perdón inútil y tardío por lo que nunca debió suceder.

José Luis Mollaghan, arzobispo de RosarioEl mismo lunes, no obstante, una fiscal tomó el caso y lo presentó a la justicia. La denuncia mediática y judicial, de todas formas, no se sostendrá a menos que alguna de las víctimas presente cargos efectivamente. Aunque La Capital no pudo obtener una sola palabra del arzobispo José Luis Mollaghan, éste terminó por reconocer que las acusaciones son “verosímiles” en un programa de radio, según publicó Rosario3. Mollaghan dejó en claro que la única preocupación de la Iglesia es zafar: sabiendo lo que ocurría por denuncias de más de veinte personas que se acercaron a charlar con él, no lo denunciaron “porque la denuncia la deben hacer las víctimas”, y porque además la Iglesia “tiene un derecho propio” que le permite juzgar con sus propias reglas a los sacerdotes.

El tema del abuso sexual clerical no es uno que toque con frecuencia en este blog. Me parece que el que un sacerdote o cien sean abusadores no es evidencia de que su religión sea mala. Abusadores hay en todas las profesiones y órdenes de la vida. Decir que soy ateo o que estoy contra la religión por esto es irracional, un non sequitur. ¿Por qué entonces ahora escribo? Porque el problema aquí no es el abuso sexual. Es el abuso de la confianza y de la autoridad que sólo pueden permitirse los que, por una razón que no entiendo, son respetados sin condicionamientos por quienes los rodean, como seres superiores o inmunes a crítica. Y es la criminalidad implícita en una organización que promueve el secreto, el silencio ante los crímenes, la preservación a toda costa de la imagen santa de una iglesia que dista mucho de serlo.

Si la Iglesia Católica tuviera como política, desde las altas esferas vaticanas hasta las comunidades parroquiales del Tercer Mundo, la tolerancia cero hacia quienes manchen la investidura sacerdotal con un crimen como el abuso sexual, estos casos no ocurrirían con tanta frecuencia. En cambio, la Iglesia se defiende corporativamente de forma explícita. Y en las comunidades parroquiales y los colegios confesionales rige un pacto de silencio y de complacencia. Quienes hemos sido católicos practicantes alguna vez sabemos que los curas en las parroquias de ciudad son amos y señores. Que pueden tener mujeres e hijos sin que nadie se atreva a reprochárselos en la cara, por miedo a ser desacreditados y expulsados de la comunidad. Que pueden casi literalmente robar de la canasta de la colecta para darse lujos, que pueden desfalcar, que pueden darse la gran vida, recibir y guardarse regalos suntuosos, si su comunidad es más o menos rica. Que pueden dar misa tarde, o no dar misa cuando no les viene en gana. Que pueden hacer de todo siempre que sean discretos, e incluso sin ser discretos; que el obispo o arzobispo harán la vista gorda o acallarán las quejas que puedan llegarles, salvo que por sus propias razones quieran perjudicar al cura. No es que todos los curas hagan estas cosas; pero la mayoría pueden hacerlas.

Y todo esto es posible porque la religión católica, como casi ninguna otra, marca una división clara entre laicos y clérigos, y los coloca en una jerarquía. En otras sectas cristianas se espera que el pastor sea al menos carismático, o que tenga un rudimentario grado de erudición bíblica, y si bien existe el servilismo y la obsecuencia, no hay una pirámide autoritaria ni una tradición de obediencia pesando sobre el creyente. El catolicismo, en cambio, es verticalista y jerárquico, con los laicos al fondo. No necesariamente por leyes escritas pero sí por tradición, el feligrés no debe dudar del sacerdote, y debe recordar siempre que aquel que ve ante sí no es sólo un hombre sino también un elegido de Dios; no un santo, pero sí alguien místicamente más cerca de la santidad que un laico. La natural tendencia humana a buscar líderes y a relajar la voluntad hacen el resto.

jueves, 18 de febrero de 2010

Negación, encubrimiento, hipocresía: abusos sexuales de sacerdotes católicos

En estos días en que Joseph Ratzinger, alias Benedicto XVI, está ocupado fingiendo que le preocupan los niños y jóvenes abusados por centenares por sus sacerdotes en Irlanda mientras la dirigencia eclesiástica hacía la vista gorda, tengo aquí un largo testimonio que he traducido. Es de Laurie Taylor, presidente de la Rationalist Association de Gran Bretaña y editor de la revista New Humanist, conductor radial, profesor de sociología, autor de libros sobre criminología y paternidad. Se titula Suffer the little children, juego de palabras con la frase de Jesús “Dejen que los niños [vengan a mí]” y el significado más común del verbo suffer, “sufrir”. Los links y aclaraciones entre corchetes son míos.
Inicié mi diario en febrero de 1949, cuando tenía apenas 12 años y hacía dos que vivía en el internado de la Escuela del Sagrado Corazón en Droitwich [Worcestershire, Inglaterra]. Aunque lo escrito se ha esfumado bastante, todavía es lo suficientemente claro para revelar mi preocupaciones infantiles. Había un tema constante con la acumulación de dinero. “Recibí pagos por deudas de 4/6d.” “Abuela me dio 3/- PO.” “Al sumar todo lo recibido me encontré con 8/6d.”

Aun más espacio está dedicado a la observancia religiosa. “Fui a comulgar y lo ofrecí por mamá.” “Hoy fue día de retiro. Hice mi resolución de Cuaresma y voy a tratar de mantenerla.” “Domingo de Pasión hoy. No estuve de monaguillo en misa. Es la primera vez que no sirvo en misa en los últimos cinco domingos.”

Y luego, como hilo conductor entre todos esos reclamos de deuda y piadosos deberes de monaguillo, está mi amistad con Richard Glenister. “Fundé un club de ensayos con Glenister. Decidimos leer sólo buenos libros” “Me peleé un poco con Glenister pero enseguida nos arreglamos.” “Recordar: tratar de mantener el Club de Literatura con Glenister y no dejar que entre nadie más.”

Pero en ninguna parte de esas páginas apretadamente escritas hay una sola referencia, ni una solitaria alusión, a la característica más significativa de la vida en el internado con Richard. No hay ni una palabra sobre el hecho de que en esa época ambos éramos abusados sexualmente por dos de los sacerdotes que manejaban la escuela.

Probablemente por ser un muchacho mucho más bonito que yo, Richard sufría el mayor peso de esos abusos. Mientras que yo no tenía que soportar mucho más que las caricias del Padre Dunworth sobre mi pene durante mi baño semanal —“siempre debemos asegurarnos de lavar esta partecita con mucho cuidado”, decía, mojándose la manga de la sotana al meter la mano bajo el agua—, Richard era llamado con regularidad fuera de su dormitorio por la noche, para pararse desnudo frente al Padre Hodgson.

Hablábamos entre nosotros sobre lo que ocurría. Sabíamos que no era correcto, pero ambos estábamos atrapados por lo que otras víctimas de los sacerdotes católicos han descrito tan bien. Nuestras creencias religiosas profundamente arraigadas nos hacían casi imposible creer que los sacerdotes podían ser algo otra cosa que santos varones. De alguna manera, nosotros debíamos ser los pecadores. Y por supuesto, los curas sabían cómo jugar con esta creencia. “Mira lo que te ocurre”, decían cuando sus toqueteos producían una erección involuntaria. “Mira eso. Eres un niño muy malo. Pero si no abres la boca yo no diré nada sobre esto.”

De alguna forma, no obstante, juntamos suficiente coraje para ir a ver al director, el Padre Lythgoe, con nuestros problemas. Nos paramos uno junto al otro nerviosamente en su oficina y presentamos nuestra queja. Dijimos que no nos gustaba que nos tocaran. Que pensábamos que era incorrecto.

Él nos dijo que estábamos haciendo acusaciones muy serias. Estos sacerdotes eran hombres santos. Muy santos. Sus vidas estaban dedicadas al servicio de Dios. ¿No sabíamos acaso del trabajo de misionero que el Padre Dunworth había hecho en África? ¿Y por qué éramos los únicos que se habían quejado? ¿Tan libres de pecado estábamos nosotros, que podíamos darnos el lujo de acusar a otros?

Unas pocas semanas después de esta reunión, Richard cayó enfermo. Mi diario dice: “Pobre Richard. Hoy se siente realmente enfermo. Espero que mañana sea mejor que hoy.” Al día siguiente Richard fue mudado del dormitorio común a una habitación separada. No se me permitió verlo. Mi diario registra la historia oficial. “Todas mis esperanzas sobre que Richard se pondría mejor han desaparecido.”

La entrada final en mi diario es del día siguiente. “Glenister se ha ido a su casa y yo me siento terriblemente solo y extraño mi casa. Qué espantoso día ha sido.”

Richard nunca volvió. Nunca más lo vi. Mis padres me visitaron poco tiempo después, y les conté sobre la súbita partida de Richard. También les dije sucintamente cómo nos habíamos quejado de los sacerdotes. Debe haber sido suficiente para mi padre, porque a poco de eso me retiró de la escuela.

Luego de un tiempo, como yo siguiera hablando de Richard, mi madre me contó finalmente el secreto que el director de la escuela le había confiado. Richard no había vuelto porque había sido expulsado. ¿Por qué había sido expulsado? Mi madre dijo que, según el director, no había habido otra opción. Richard, ese Richard de 12 años, le había explicado, era un “homosexual” y por tanto se le había dicho que no había lugar para él en una escuela católica.

Pasaron años antes de que yo asumiera íntegramente el brutal horror de esta estratagema. No sólo la manera en invertía la verdad sino la forma en que un veredicto tan absurdo podría haber afectado a Richard durante el resto de su niñez y adolescencia.

Pero ahora me doy cuenta, después de leer las 650 páginas del recientemente publicado Reporte sobre la Arquidiócesis Católica de Dublín, de que el cinismo de mi director de Droitwich ante las acusaciones de abuso sexual fue casi un asunto menor comparado con lo que los denunciantes de abuso tuvieron que soportar en Irlanda.

Porque, a diferencia del anterior y más publicitado Reporte Ryan, que estableció que miles de niños y niñas de la República Irlandesa habían sido víctimas de violación y abuso sexual por parte de sacerdotes y monjas, esta última pesquisa llevada a cabo por una Comisión Investigadora se ocupó únicamente de las formas en que las autoridades de la Iglesia y el Estado en Irlanda manejaron las acusaciones de abuso sexual infantil por clérigos. Nos brinda un estremecedor registro de lo que les sucedió a cientos de niños irlandeses y a sus padres, que tuvieron coraje suficiente para proseguir con sus acusaciones más allá de la etapa a la que logramos llegar el pobre Richard y yo en el Colegio del Sagrado Corazón.

El Reporte muestra una y otra vez cómo hubo una negativa generalizada de las autoridades eclesiásticas a reconocer cualquier acusación de abuso sexual infantil a menos que se hiciera en términos fuertes y explícitos. Las quejas individuales sobre un sacerdote en particular eran por lo general simplemente ignoradas, y al denunciante casi nunca se le permitía saber que se habían recibido muchas otras quejas sobre el mismo sacerdote. A los acusadores se les decía también que estaban sujetos por un juramento de confidencialidad y que no debían llevar sus quejas a otra parte, recordándoseles que la pena por quebrar este mandato sería la excomunión.

Pero el aspecto verdaderamente devastador del Reporte está en los detalles que da sobre lo que sucedía con cualquier queja que lograba pasar por el laberinto inicial de negación y ocultamiento y llegar a los obispos o arzobispos que eran supuestamente responsables por la conducta de los sacerdotes de su diócesis.

Porque aunque, según el Reporte, estos dignatarios eclesiásticos parecen haber aceptado la validez de la mayoría de las quejas, una y otra vez evitaron invocar sanciones de cualquier tipo sobre aquellos sacerdotes cuyas acciones habían sido descriptas ante ellos. En algunos casos los curas eran transferidos a otras parroquias, pero cuando esto ocurría los feligreses o miembros de la nueva parroquia o institución no recibían advertencia alguna sobre la conducta pasada de su nuevo clérigo. En otros casos los abusadores eran enviados por un corto lapso a una institución terapéutica perteneciente a la propia iglesia y luego se les permitía retornar a sus deberes sacerdotales.

En total, la Comisión examinó una muestra representativa de 42 sacerdotes en su estudio sobre las reacciones de la Iglesia y el Estado ante el abuso. Casi cada uno de los casos cuenta una historia de chocante inacción ante abusos sexuales que en muchos casos se extendían por varias décadas.

Consideremos la historia del Padre James McNamee. La primera acusación contra él data de 1960, cuando un antiguo monaguillo le contó a otro sacerdote sobre cómo McNamee actuaba de manera inapropiada con algunos miembros del equipo de fútbol local. No sólo se había duchado junto con los muchachos adolescentes desnudos sino que se los había subido a los hombros.

Estos asuntos fueron investigados por el obispo auxiliar Dunne, que aceptó la versión inocente que McNamee le dio sobre estos eventos, al igual que hizo el arzobispo McQuaid cuando el asunto llegó a su atención. El arzobispo afirmó que “siendo él un sacerdote de valor, estamos de acuerdo en que no puedo rehusarme a aceptar su palabra.”

Pero el interés de McNamee por las duchas con jóvenes desnudos estaba lejos de saciarse. Construyó una piscina de natación privada en su jardín. Los registros de la arquidiócesis muestran que se hicieron varias quejas por incidentes en la piscina tanto al obispo local como al arzobispo. Pero otra vez, nada se hizo, hasta que llegó una queja de un feligrés de que el Padre McNamee y un cierto número de chicos estaban haciendo ejercicio desnudos en la piscina, y que un muchacho desnudo se había sentado en las rodillas del cura para charlar. Se le pidió a un sacerdote de la parroquia que investigara. Encontró la historia creíble y concluyó que “existe una situación posiblemente explosiva a nivel local, que podría ser verdaderamente muy escandalosa.” Luego consultó con el vicario local y con otros sacerdotes que conocían a McNamee. Por ellos supo que sólo a determinados muchachos seleccionados se les permitía el uso de la piscina privada de McNamee, y que éste también era conocido por ir tomado de las manos de muchachitos en el patio de juegos y por llevar a algunos a dar vueltas en su auto.

Cuando finalmente se lo cuestionó por estos alegatos, McNamee confirmó que había construido su piscina él mismo y que por falta de espacio sólo permitía que hubiera seis chicos en ella al mismo tiempo. Admitió que ocasionalmente se bañaban desnudos pero no vio nada moralmente incorrecto en ello. Indicó su deseo de retirarse del servicio sacerdotal activo, pero las autoridades lo alentaron a seguir como cura parroquial “para evitar cualquier daño que pudiera ocurrir a su reputación”.

Su reputación no era tan buena. El Padre McNamee era tan conocido en la zona en esa época por su hábito de llevar a muchachitos en su auto y abusar de ellos, que los jóvenes locales lo conocían como “Father smack my gee” (usando una expresión del dialecto de Dublín que se refería a los genitales femeninos).

Finalmente, en 1979, casi 30 años después de la primera queja, la renuncia del Padre McNamee fue aceptada y fue asignado capellán de un monasterio de las Carmelitas. A las monjas sólo se les dijo que había sido asignado allí “por razones de salud”. Aparentemente su salud se recuperó pronto. Luego de misa, cada mañana, el Padre McNamee iba a nadar al mar con un grupo seleccionado de monaguillos del lugar.

Luego de más quejas, McNamee fue visto al fin por un arzobispo Murray, que le preguntó si tenía algo que decir sobre los recientes escándalos relacionados con el abuso sexual infantil, insinuando que se habían insinuado ciertas cosas sobre él en la zona. McNamee replicó que eso era “sólo cosas, cosas, cosas que se dicen. Hay como una conspiración en marcha: la gente ve cosas malas donde no hay nada. Mucho de lo que se ha dicho es malvado y malicioso. La gente que hace acusaciones falsas es malvada.”

En marzo de 1995, 35 años después de la primera de una larga serie de quejas sin efecto a las autoridades de la Iglesia, un nuevo denunciante reportó su inquietud sobre McNamee a la Garda (la policía). Pero aunque se pidió una investigación, por alguna razón no explicada el pedido no llegó al lugar apropiado hasta cuatro meses después. Al final, la DPP [Fiscalía  Pública] decidió no efectuar una acusación.

Historias terribles como ésta podrían no haberse hecho públicas jamás si se hubiera permitido a las autoridades de la Iglesia manejarlas a su manera. El arzobispo Connell le dijo a la Comisión que darles acceso a los archivos arquidiocesanos “provocó la crisis más grave en su posición como arzobispo” porque entraba en conflicto con su deber hacia sus sacerdotes. “Creo que deben recordar… que la confidencialidad es absolutamente esencial para el trabajo de un obispo, porque si la gente no puede confiar en que mantendrá confidencialmente la información que le dan, no vendrán a él. Y lo mismo vale para los sacerdotes.”

Y los otros tres arzobispos que presidieron la arquidiócesis de Dublín en los años ’60, ’70 y ’80 parecen haber respaldado esta visión sin reservas. En todos esos años, ninguno de ellos reportó a la policía ningún aspecto de su extenso conocimiento sobre abuso sexual infantil.

Pero incluso si hubieran hecho lo que debían bajo la ley civil, no hay garantía que los abusadores sexuales seriales en el sacerdocio habrían visto coartadas sus actividades drásticamente. Los denunciantes que pasaron por alto la Iglesia y fueron directamente a la ley se encontraron frecuentemente con demoras o con simple encubrimiento.

Altas personalidades de la Iglesia que buscaban excusarse por su trayectoria de complacencia y negligencia dijeron que estaban en una “curva de aprendizaje” en relación con el asunto de los abusos sexuales. Pero como observa el Reporte, esta explicación es bastante difícil de reconciliar con las noticias de que la arquidiócesis contrató una cobertura de seguros contra pedidos de compensación [monetaria] contra sus sacerdotes en 1987. Esto suena más a un cinismo profundo que a un reconocimiento progresivo de la necesidad de detener los abusos.

A medida que uno lee el reporte, se da cuenta gradualmente de una omisión flagrante en todos las declaraciones de obispos y arzobispos y de sus razones para no actuar: la preocupación por el daño que estos abusadores seriales estaban infligiendo a los niños. Dondequiera que se menciona algún daño o injuria, siempre es en referencia a la posición y reputación del sacerdote. Esto es lo que debe ser protegido a cualquier costo.

Es una declaración del mérito de los autores del Reporte el que no sólo desnudan las fallas estructurales de la Iglesia y de la ley que permitieron que el abuso serial ocurriera, sino que también reinstalan el bienestar de los niños en el centro de su veredicto condenatorio final.

“La Comisión no tiene dudas de que el abuso sexual clerical fue encubierto por la Arquidiócesis de Dublín y otras autoridades de la Iglesia…. Las estructuras y reglamentos de la Iglesia Católica facilitaron ese encubrimiento. Las autoridades del Estado facilitaron el encubrimiento al no cumplir con sus responsabilidades de asegurarse que la ley se aplicase igualmente a todos y al permitir que las instituciones de la Iglesia estuvieran más allá del alcance de los procesos normales de la ley. El bienestar de los niños, que debería haber sido la prioridad, no fue siquiera un factor considerado en las etapas tempranas. En cambio se puso el acento en evitar el escándalo y la preservación del buen nombre, estatus y recursos de la institución y de lo que la institución veía a como sus miembros más importantes: los sacerdotes…. Es responsabilidad del Estado asegurar que nunca más una inmunidad similar se le conceda a ninguna institución.”

Entretanto, en Droitwich, Inglaterra, un emprendimiento residencial cubre el área una vez ocupada por el Colegio del Sagrado Corazón. Hay, sin embargo, un sitio en Facebook del colegio, en el cual más de 53 miembros están ocupados intercambiando recuerdos de antiguos alumnos y maestros. Richard Glenister y el Padre Dunworth no han merecido, hasta ahora, una mención.

viernes, 29 de enero de 2010

Christian von Wernich, el sacerdote (A169)

Ésta no es una alerta de noticias, sino una para no olvidar. A más de dos años de ser condenado, el torturador y asesino Christian von Wernich, sacerdote, ex capellán de las Fuerzas Armadas, sigue celebrando misa en su lugar de detención, y desde la Iglesia no se ha dicho ni una palabra sobre él.

Cuando se lo acusó, lo defendieron. Mientras los juzgaban, lo defendieron incluso mientras sus víctimas sobrevivientes desfilaban ante el estrado, contando de su participación en las torturas —cómo susurraba al oído de los prisioneros que era mejor confesar para evitar el dolor, cómo les decía que sus vidas estaban en manos de los captores y de Dios. Cuando lo condenaron, su obispo, Martín de Elizalde, expresó un levísimo, hipócrita, formulaico pesar. No se lo sancionó canónicamente de ninguna manera. Y no parece que vaya a ocurrir.

Von Wernich, considerado un héroe y un prisionero político por la ultraderecha católica, es para la Iglesia un sacerdote con la misma dignidad, con la misma aptitud moral para el ministerio, que el inofensivo cura de la parroquia del barrio o el que dirige un comedor para niños pobres. Que no se diga que somos nosotros, los ateos, los anticlericales, los que siempre equiparamos a la Iglesia con lo peor de sí misma: son ellos mismos, obispos cómplices, curas silenciosos y feligreses indiferentes, los que nos han dado esa imagen.

lunes, 4 de enero de 2010

Pobre Iglesia, pobre monseñor (A165b)

La Iglesia asume la condena del ex-obispo y abusador sexual Edgardo Storni “con gran dolor”, según Carlos Náñez, arzobispo de Córdoba. Y no se dirá nada más del asunto hasta que la sentencia esté firme. A Storni tampoco le dirán nada, y cualquier condena eclesiástica deberá llegar (si llega) del Vaticano.

Uno podría admirarse, si fuera un fanático, ante la consistencia de las respuestas de la Iglesia Católica a los casos que involucran a sacerdotes u obispos. Primero se los protege y oculta, luego se los defiende, finalmente se asume “con gran dolor” que entre esos hombres de Dios hay abusadores sexuales, violadores de niños, hasta homicidas, y eso es todo. Como mucho se habla de un perdón a medias por las “fallas” de los hombres de la Iglesia, que no manchan su carácter de institución santa y sobrenatural, y se pide “reconciliación”. Quien escucha con atención puede oír, en el trasfondo, no el verdadero dolor o la indignación, sino el disgusto de los clérigos por haber sido descubiertos una vez más.

Storni fue condenado el 31 de diciembre; la noticia llegó a los diarios temprano en la mañana, y seguramente antes a los lugares de poder. Incluso con las festividades de por medio, uno esperaría que las personas importantes, los referentes políticos y religiosos, elevaran su voz para acompañar la condena y para exigir más justicia, más rápida, y más reparación a las víctimas. Hasta ahora sólo ha habido una reacción de ese tipo, la del diputado provincial santafesino Pablo Javkin, quien protestó por la demora del caso: no sólo las dilaciones de los defensores, sino también las excusaciones de los jueces, que se apartaron de la causa aduciendo motivos inadmisibles, como el juez Dardo Rosciani, que invocó su condición de católico para no dictar sentencia. Esas excusaciones fueron aceptadas por la Cámara Penal debido a los apoyos políticos de que gozó Storni.

¿La reacción del Episcopado? Ninguna. Después de unas semanas en la que los obispos no se privaron de salir al aire a hablar del terrible peligro de permitir que se casen de mutuo acuerdo dos adultos del mismo sexo, nos invade ahora un silencio sepulcral ante un hombre condenado por abusar en cuerpo y alma (como quiera que se entienda ese término) de jóvenes que fueron dejados a su cuidado. Los abogados católicos locales, la rancia cúpula de poder conservador de Santa Fe, los demás obispos, el mismísimo Vaticano, ¿no vieron el peligro de —no se preocuparon siquiera por la imagen que daba de la Iglesia— preservar en sus filas a un prelado cuyas actividades ilegales eran un secreto a voces?

jueves, 31 de diciembre de 2009

Edgardo Gabriel Storni, obispo y abusador (A165)

¡El año termina con buenas noticias! Edgardo Gabriel Storni, ex obispo de la diócesis de Santa Fe de la Vera Cruz, fue condenado ayer a ocho años de prisión por abusar sexualmente del entonces seminarista Rubén Descalzo, suceso que ocurrió en 1992 pero fue denunciado diez años después. La condena es la mínima dispuesta por la ley para un caso de abuso agravado por el vínculo (ya que Storni era un sacerdote a cargo de seminaristas).

La sede de la diócesis es la ciudad de Santa Fe, capital de la provincia argentina del mismo nombre, y un bastión del conservadurismo político y religioso. Cuando la historia salió a la luz por primera vez en 2000, en un libro de la periodista Olga Wornat, se produjo allí un escándalo, más por la publicidad que por el hecho en sí, ya que al parecer las inclinaciones aberrantes de Storni eran conocidas. El obispo habría abusado de jóvenes seminaristas tanto en el seminario de Santa Fe como en los retiros espirituales organizados en Santa Rosa de Calamuchita (Córdoba). Varios sacerdotes locales y otros lo sabían, pero no se atrevían a hablar, dado que Storni tenía contactos políticos influyentes.

En 2002 el caso tomó estado judicial. En medio del revuelo, José Guntern, un sacerdote ya mayor que hacía años le había escrito una carta instándolo a que se arrepintiera, fue citado al Arzobispado por orden de Storni y se le obligó a firmar una retractación. Storni viajó al Vaticano y fue recibido por el Papa, junto con otros obispos argentinos. La Santa Sede, sin denunciarlo a la justicia, le había iniciado una investigación interna en 1994, pero el asunto fue a parar a un cajón, olvidado. En nombre del Episcopado, el arzobispo de Rosario, Eduardo Mirás, dijo que “monseñor Storni goza de nuestro respeto” y que “las afirmaciones que se han hecho corren por cuenta de quienes las hicieron”.
 
Poco después el arzobispo renunció, pero continuó negando todos los cargos. El Arzobispado le facilitó una finca en La Falda (Córdoba), donde vivió tranquila y discretamente mientras gestionaba su jubilación (pagada por el Estado, al igual que su sueldo cuando estaba en actividad). Storni fue procesado por el caso de Descalzo, pero el juez desestimó otras dos denuncias. La causa por coerción que se le había abierto por su cuasi-secuestro de José Guntern fue cerrada. La defensa hizo todo lo posible por dilatar el proceso.

La sentencia dictada ayer ya fue apelada. Incluso si quedara firme, a Storni se le dará seguramente el beneficio de la prisión domiciliaria, puesto que ya ha sobrepasado los 70 años de edad. En Argentina es ya común, desgraciadamente, que los criminales de alto perfil sean juzgados tarde y condenados muy tarde, y que se les conceda este beneficio permitiéndoseles vivir prácticamente una vida normal, en sus casas generalmente amplias y cómodas, donde gozan de libertad total y cuyos guardianes hacen la vista gorda ante escapadas.

Es tarde para castigar apropiadamente a Edgardo Storni, pero al menos la mancha legal no podrá borrarse.

miércoles, 28 de octubre de 2009

Matrimonios felices (A150)


¿Sabía usted que el matrimonio es el mejor antídoto contra la violencia de pareja? Eso afirma, sin medias tintas, la agencia propagandística católica Zenit, reproduciendo un análisis del Instituto de Política Familiar (IPF) español, que muestra que los crímenes y agresiones entre miembros de parejas casadas son muchos menos, en números absolutos y relativos, que los que se verifican entre parejas “en relaciones sentimentales” (parejas de hecho).


No hace falta escarbar mucho porque la falacia está a la vista. El matrimonio y la baja criminalidad de pareja no tienen un vínculo causal demostrado, sino sólo una correlación. Si existe un vínculo causal, es muy posible que el orden sea al revés del (des)informado por el IPF y repetido ansiosamente por la propaganda católica: una pareja de novios donde existe un nivel de violencia verbal o física podría simplemente ser menos propensa a terminar en matrimonio. Esto suena lógico (aunque tampoco está probado).

Llamar al matrimonio “antídoto contra la violencia” no es sólo engañoso sino también sumamente irresponsable: sugiere que es verdad el mito en el que tantas mujeres ingenuas víctimas de agresión terminan creyendo, aquél del “cuando nos casemos él va a cambiar” (desde luego los hombres podemos ser y somos igualmente ingenuos en ocasiones; pero la mayoría de las agresiones de pareja son de hombres hacia mujeres, y no al revés). El matrimonio es un antiguo contrato que en sus diversas formas ha servido (entre otras cosas) para crear un ambiente estable para la crianza de los hijos; no es una receta mágica para esa estabilidad, ni para el bienestar de la pareja. Esta obviedad está en directa contradicción con la idea del matrimonio como forma automáticamente superior de convivencia. Una pareja donde existe violencia no va a ser “curada” por el matrimonio; al contrario, un matrimonio en esas condiciones hace más difícil para la víctima escapar de la agresión. Más todavía si hay hijos de por medio, dato que el análisis del IPF no aporta.

Existen formas científicamente probadas de tratar con hipótesis de causalidad, pero un estudio de esta clase no es una de ellas, y citarlo con ese titular es de una falta de ética abismal.

El IPF proclama ser independiente de religión alguna. Sin embargo, su contenido publicado podría obtener el imprimatur eclesiástico sin que el obispo tuviera que pararse a pensar. Todos los tópicos de la guerra cultural del integrismo contra el siglo están allí. La verdad es que tiene todo el aspecto de ser una organización de fachada de la Iglesia Católica, de las que se han puesto de moda para instalar en la sociedad ideas con visos de seriedad y objetividad científica, que en realidad no son más que propaganda.

sábado, 19 de septiembre de 2009

Doble estándar (A140)


No fue difícil conseguir una imagen blasfema para el catolicismo; ésta la tomé de Radio Cristiandad (¡creo que en el fondo les gusta y por eso la odian!). Lo interesante es que también es ofensiva para el Islam, que venera a la Virgen María como madre de Jesús y símbolo de piedad y sumisión a Dios.
El Presidente de la Conferencia Episcopal de Pakistán, Lawrence Saldanha, y la organización internacional católica Ayuda a la Iglesia Necesitada, han pedido al gobierno pakistaní abolir la ley sobre blasfemia y profanación, que castiga estos delitos con prisión y hasta con la muerte. Es para “proteger la armonía religiosa en el país” y terminar con el “irrespeto de los derechos humanos” causado por el abuso de la ley.

Aplaudimos la iniciativa, y esperamos que los obispos irlandeses, por esas mismas razones, pidan la abolición de la ley contra la blasfemia que fue aprobada recientemente allí y que el colectivo católico integrista HazteOír, por ejemplo, considera una protección de la libertad religiosa. Es verdad que esta ley sólo prevé una multa de 25.000 euros para quien blasfeme, asunto indudablemente menor si lo comparamos con pasar años en una cárcel pakistaní. Pero el principio es el mismo. La blasfemia no puede ser delito, porque un delito se comete contra las personas o contra la propiedad, y las doctrinas religiosas no son ni una ni otra.

Siendo realistas, poco podemos esperar de quienes apoyaron a los que mandaron matar a Salman Rushdie y cuya idea de la libertad religiosa, cuando están en el poder, no es mucho menos represiva que la dhimmah. La Iglesia Católica y la dirigencia internacional del Islam tienen una agenda común en lo que se refiere a la supresión de la crítica.

P.D. ¡Recuerden que dentro de 11 días es el Día de la Blasfemia!

miércoles, 22 de julio de 2009

A122: Demonio motorizado

Este lunes aquí mismo en Rosario, Argentina, un hombre destrozó un automóvil estacionado porque "adentro estaba el demonio". Ocurrió el lunes pasado a la madrugada y, a decir del reporte del diario Rosario3, "no se determinó si estaba intoxicado con alguna sustancia o tenía problemas mentales".

Es curioso, ¿verdad?, que cuando un tipo rompe un objeto inanimado a golpes creyendo que está endemoniado se asume instantáneamente que está loco o que estaba borracho o drogado, mientras que cuando otro tipo manda matar a otro o hacerle la guerra a un pueblo entero por esta misma razón (en nombre de la lucha contra el Mal), se lo trata simplemente como un exceso de celo religioso.

Consideramos que un hombre que dice que el demonio habita un objeto está fuera de sus cabales, porque no puede demostrar que haya habido una razón válida, y porque nadie ha visto jamás, comprobablemente, al demonio ni a ningún otro ser sobrenatural. Lo mismo podría haber dicho que había un gremlin tras el volante. Pero si un líder religioso ve espíritus suprahumanos y conspiraciones malignas a su alrededor y alienta la locura de los fieles, enviándolos a castigar a los aliados del demonio, entonces es parte de su creencia y debemos respetarlo y tomarlo en serio.

Quizá sea tiempo de empezar a medir a todos los creyentes en ángeles y demonios, en santos y vírgenes, en dioses y espíritus, con la misma vara con la que medimos a los locos que destrozan automóviles en nombre de sus visiones.

lunes, 19 de enero de 2009

Alerta 68: Culpa de las mujeres

En el marco del 6º Encuentro Mundial de las Familias, celebrado recientemente en México, se han oído las siguientes perlas de sabiduría con respecto a las causas y la responsabilidad de los feminicidios y ataques sexuales a las mujeres, problema gravísimo en toda Latinoamérica:

"Con escotes pronunciados y minifaldas las mujeres están provocando al hombre." (Nicolás de Jesús López Rodríguez, Arzobispo de Santo Domingo)
"Debido a la ropa provocativa que usan las mujeres se exponen a violaciones, a que las usen, que las traten como un trapo viejo, porque desvaloran su persona y su dignidad." (Darwin Rudy Andino, obispo auxiliar de Tegucigalpa)
"La mujer no sólo debe cambiar su forma de vestir sino sus actitudes." (Renato Ascencio, Obispo de Ciudad Juárez.)
"La mujer es la responsable de sufrir ataques tanto físicos como verbales, pues deben ser recatadas en su forma de vestir y no despertar morbo en las demás personas." (Antonieta Lujambio)
"Las mujeres tienen la culpa de que las ataquen." (Alexandra Marcillo, religiosa ecuatoriana)
Quizá luego un vocero de Joseph Ratzinger dirá que la postura oficial es otra y que de ninguna manera la Iglesia Católica justifica las violaciones a mujeres, aunque eso es precisamente lo que han hecho. Las palabras fueron dichas con claridad, en un foro público, por personas de autoridad, y no se prestan a interpretaciones alternativas.

El diario mexicano La Jornada, que se me hace que no es muy católico, llamó al Encuentro "monotemático y sin autocrítica" y coincide con las visiones de varias organizaciones asistentes no alineadas con el ala conservadora del alto clero en que, más que un lugar de diálogo, fue un monólogo de la jerarquía eclesiástica, donde se repitieron las posturas de siempre. Esto viene siendo así hace un buen tiempo y Benedicto XVI lo ha agudizado. Se ha ido centralizando y las opiniones disidentes no son toleradas.

Desde ya, todos los católicos de bien deberían repudiar estas manifestaciones; debería haber una ola gigantesca de NO EN NUESTRO NOMBRE. La mayoría de los creyentes son gente decente con algún prejuicio, como todos nosotros. Pero no tengo mucha esperanza. Los católicos practicantes están acostumbrados a obedecer o a guardarse sus dudas, por no faltar el respeto a la autoridad, y los moderados terminan apoyando por omisión a los fanáticos.

Confieso que escribir sobre esta clase de temas es física y mentalmente agotador por lo repugnante. Hablamos de personas que han perdido el sentido de la empatía, que no tienen compasión, cuya declamada "moral" es una estructura fría, rígida e inhumana. Dice un dicho que cuando uno pelea contra la basura, aunque gane termina sucio...

lunes, 15 de diciembre de 2008

Alerta 61: Evangélicos carceleros

Hay predicadores evangelistas manejando pabellones de nuestras cárceles , según cuenta un artículo de Crítica de Santa Fe, enfocado sobre todo en la cárcel de Coronda (a 45 km al sur de la capital provincial).

Sectores enteros, con su correspondiente población de prisioneros, fueron primero abiertos a la predicación de pastores evangelistas y luego, en vista de sus efectos pacificadores, directamente puestos a su cuidado. Los líderes religiosos disponen así de un mercado cautivo de fieles, a los cuales dictan prohibiciones varias (fumar, escuchar música, poseer pornografía) y hasta horarios para despertar y orar. Cobran el correspondiente diezmo, por supuesto.Y expulsan a quienes no quieran seguir sus reglas.

Uno entiende el pragmatismo de las autoridades penitenciarias que, entre un pabellón donde reina la libertad de culto pero donde los internos se violan y acuchillan mutuamente, y un pabellón transformado en una especie de retiro religioso forzoso donde reina la paz, o al menos la ausencia de violencia física, prefieren la segunda opción. Y la mayoría de los internos también (aunque algunos son críticos de esta "represión camuflada"). Fuera de esta constatación obvia, está claro que el problema surge en realidad de las condiciones inhumanas de vida en las cárceles argentinas, y hay tantas cosas mal en esta idea de ceder el control a una secta o grupo religioso que uno no sabe ni por dónde empezar a criticarla.

Esto de las cárceles regenteadas por evangélicos no es nuevo, pero nunca lo había visto expuesto con tanto detalle. Lean la nota, y a ver qué opinan.

viernes, 10 de octubre de 2008

Alerta 47: Christian von Wernich, un año después

Hace un año que el sacerdote católico y ex capellán policial Christian Von Wernich fue condenado a reclusión perpetua por su participación en siete homicidios y más de treinta casos de secuestro y tortura. La justicia lo encontró culpable con el testimonio de unos 120 declarantes.

Hasta el último momento, el entonces obispo de Nueve de Julio, Alejo Gilligan, superior inmediato de Von Wernich, defendió a esta inmunda rata, descalificando los testimonios recogidos contra él en el informe Nunca Más de la CONADEP porque, es cierto, tales testimonios no son declaraciones emitidas en un juicio penal sino sólo eso, dichos de personas consultadas por quienes intentaban reconstruir el horror de la dictadura militar.

Una vez condenado el sacerdote, el nuevo obispo, Martín de Elizalde, hizo una declaración formal de pesar, lamentando "que haya habido en nuestra Patria tanta división y tanto odio, que como Iglesia no supimos prevenir ni sanar", como si Von Wernich se hubiera visto enredado a la fuerza en una lucha de la que no podía salir, como si la Iglesia no hubiera apoyado el golpe militar o no se hubiera puesto orgánicamente del lado de la dictadura (con muy pocas honrosas excepciones individuales). Elizalde pide perdón en términos tan impersonales y tan poco contundentes que, en boca de una persona común pidiendo perdón a otra por un crimen horrendo, serían un insulto.

La Conferencia Episcopal Argentina sólo habló de "perdón y reconciliación" (todos los que tenemos un poco de cultura política en Argentina sabemos exactamente qué significan en realidad esas palabras) y dijo que lo de Von Wernich era solamente su "responsabilidad personal". Ya sabemos cómo funciona: si un creyente hace algo bueno, es dentro del seno de la Iglesia y gracias a su guía moral; si hace algo malo, es todo su propia culpa.

En el blog que a Von Wernich se le permite escribir desde la cárcel, al igual que en un cierto blog pro-dictadura, se lo llama un mártir y se pide a la gente que rece por él. Hay quienes dicen que estaba cumpliendo con su deber al ayudar a extraer información bajo tortura de los prisioneros, y otros dicen que fue víctima de una conspiración marxista, y que incluso la levisima disculpa del obispo es inadmisible. Algunos lo creen inocente, otros sólo pueden mostrar en su defensa que "el otro bando" hizo cosas peores. Se victimizan corporativamente atribuyendo la condena a una supuesta "cristianofobia", o disputan el proceso legal, largo y complicado, que le permitió a Von Wernich defenderse como no pudieron defenderse sus víctimas. Desde cualquier postura, evidentemente muchos en la Iglesia no sienten la necesidad de despegarse de él, se sienten hermanados con él, sienten su mismo odio. (Esto no lo digo para ensuciar a los católicos, sino para que quienes crean que defender el terrorismo de estado ya pasó de moda se desengañen: muchos, muchísimos, creen que estuvo bien, y así lo afirman incluso firmando con sus nombres en medios públicos.) Aun los que aceptan que Von Wernich es un criminal piden que se lo ayude institucionalmente, como si por ser sacerdote mereciera más consuelo en su cautiverio que los miles de argentinos que están presos en condiciones mucho peores por delitos infinitamente menores. Von Wernich dice que recibe aliento, y no nos cabe duda.

Cuando el monstruo fue develado, el obispo Elizalde aclaró que "oportunamente se habrá de resolver, conforme a las disposiciones del Derecho Canónico, acerca de la situación de Christian von Wernich." Luego se sentó a esperar, y hasta parece que pensó en hacer algo, pero el momento oportuno nunca llegó. Para la Iglesia, Von Wernich, un hombre que ayudó a torturar a decenas de personas, es un sacerdote como todos. Que sepamos, nunca fue sancionado, ni reprendido, ni castigado por la institución a la que representa. Sigue teniendo derecho a dar misa, a confesar, a dar la eucaristía, y todas esos signos que los creyentes consideran sagrados. La justicia humana lo alcanzó, pero la divina, parece, no se ha dado por enterada.