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sábado, 22 de octubre de 2011

Feliz Día de Juan Pablo II

Hoy, 22 de octubre, es la fiesta del Beato Juan Pablo II. Se supone que el papa polaco, nombrado beato en mayo de 2011, debe servir como ejemplo para todo aquél que desee estar más cerca de Dios, aunque por ahora su uso principal ha sido azuzar la superstición y la necrofilia de las multitudes. Esto es bastante inofensivo, pero no deja de ser molesto cuando el venerable ídolo sale del ámbito de la secta católica devota e invade el espacio público a hombros de políticos sin nada mejor que hacer, generalmente, y con el mensaje implícito de que todos deberíamos ser como Juan Pablo II.

Juan Pablo II con el dictador argentino Leopoldo Galtieri.
Quizá dentro de algunos años, quizá incluso el año que viene, haya en el mundo unos cuantos niños católicos nombrados Juan Pablo (o Jean-Paul, Giovanni Paolo o João Paulo) por haber nacido en esta fecha. La costumbre de buscar el nombre del recién nacido en el santoral es antigua, pero debe conservarse en más de un lugar (de hecho, el Papa lo recomienda). Sin más, no hace demasiados años yo recibí de mis padres dos nombres famosamente bíblicos y sólo un cromosoma Y me salvó de ser nombrado como una advocación de la virgen… Tampoco faltarán, probalemente, niñas donde se esperaba un varón y que terminen llamadas Juana Paula (o Jeanne-Pauline, etc. —creo que ya me entienden) en honor a este papa que protegió a uno de los más desagradables y corruptos “hombres de Dios” que hayamos visto en tiempos recientes, su amigo Marcial Maciel, que alegremente abusaba de niños y procreaba hijos (de los que también abusaba luego) con mujeres aquí y allá mientras Juan Pablo pontificaba llamando inmorales a millones de adultos que practicaban el sexo con otros adultos, de pleno acuerdo mutuo y sin romper ningún voto sagrado, sólo porque lo hacían con una pareja del mismo sexo o porque utilizaban un medio anticonceptivo. Una persona enferma de entrometimiento en la vida ajena, que pasaba por ecuménico y abierto yendo a celebraciones interreligiosas mientras su teólogo en jefe, Joseph Ratzinger, escribía diciendo que los no católicos son deficientes ante Dios, y él mismo, Juan Pablo, declaraba en una conmemoración del Holocausto que sólo una ideología atea podía cometer un acto tan horrible. Un beato —que quiere decir bendito por Dios— que estrechó gustoso la mano ensangrentada de Augusto Pinochet y que premió a Carlos Menem, artífice de la peor crisis social y económica de la historia argentina, con una condecoración por haber defendido a los “niños por nacer”, mientras los niños verdaderos nacían a un país puesto de rodillas por una pobreza feroz.

Feliz día, sí, o mejor dicho, que sea un día provechoso: un día para recordar los orígenes de los ídolos y derribarlos.

sábado, 7 de mayo de 2011

El placer solitario de la Iglesia


“La semana pasada […] el antiguo papa Juan Pablo II fue beatificado, un paso importante en su camino a la santidad. Las ocupaciones y maquinaciones del Vaticano  a este respecto no son asunto mío, aunque me siento inclinado a aplaudir toda esa parafernalia sin sentido como un acto inofensivo de onanismo institucional, la clase de autosatisfacción  en grupo que brinda una salida inocua de energía y que, aun siendo improductivo, al menos no es dañina para el resto de nosotros. Si la masturbación es el epítome del sexo seguro, la beatificación —y presumiblemente la canonización también— representa su equivalente teológico: diversión limpia y sana.

sábado, 30 de abril de 2011

Las reliquias de Juan Pablo II y miscelánea funeraria (A231c)

¡Una fuente de valiosas reliquias!
La noticia de que los fieles católicos contarán con una reliquia sanguínea de Juan Pablo II para venerar durante su beatificación le da un remate pintoresco de idolatría necrofílica a la bizarra estructura de superchería, realpolitik populista, exhibicionismo kitsch, cholulismo religioso y culto a la personalidad que fue todo el proceso desde que Karol Wojtyła murió, cuando el populacho pidió a los gritos que fuera hecho santo subito, y después, cuando la Iglesia —necesitada de la popularidad de Juan Pablo II ante el nulo carisma del tenebroso teólogo alemán que había ocupado su lugar— comenzó a promocionar incluso pedazos de su ropa como objetos de veneración. En Roma ya han movido el ataúd con el cuerpo momificado en medio de honores y de miles de personas que querían acercarse y verlo o tocarlo, y no es difícil imaginar el uso que se les dará a las ampollas con sangre del beato cuya existencia fue tan oportunamente revelada por las monjas del Centro de Transfusiones del Hospital Bambino Gesù.

Hay dos relicarios que contienen sangre del papa polaco, en estado líquido gracias a un anticoagulante, como han aclarado las fuentes, aparentemente conscientes de que simular una licuefacción milagrosa sería un engaño demasiado obvio, más allá de que el truco funcione burdamente todos los años en otros casos. Uno de estos podrá ser adorado (los católicos dicen “venerado”, porque sólo se adora a Dios, pero vamos, la diferencia es una de ésas que sólo un teólogo puede inventar y sostener) durante la ceremonia de beatificación. El otro irá directamente a un depósito donde se guardan “otras importantes reliquias”, es decir, presumiblemente, fluidos, huesos, cachos de cartílago o carne y otros desagradables recuerdos de santos y beatos.

La historia de las reliquias santas es una verdadera vergüenza para la Iglesia (a este respecto sugiero consultar las páginas que el historiador católico Paul Johnson les dedica, con honestidad y sin apología alguna, en su Historia del cristianismo) y es sorprendente que ésta todavía siga empleándolas, o lo sería sino fuese por el obvio hecho de que al creyente superficial le atraen estos atavismos hasta el ridículo.

viernes, 29 de abril de 2011

Juan Pablo II: las virtudes del beato, según los suyos (A231b)

Cuando Karol Wojtyła sea beatificado este domingo, la Iglesia Católica le dará a sus fieles y a todo el que quiera escuchar un modelo a seguir, uno más de los miles que ya existen (y de los cuales el propio Juan Pablo II se encargó de crear a montones): un beato, es decir, casi un santo, un hombre tan cercano a Dios que hasta puede hacer milagros si uno le reza. En mi anterior post sobre los méritos y fallas de Juan Pablo II, me concentré en lo que había hecho por (o contra) los demás, pero mientras investigaba por ahí me di cuenta de que, para los interesados en estas cosas, la escala de valores es totalmente ajena a las preocupaciones mundanas (cuando conviene). Nos dice Alberto Royo Mejía, que es sacerdote y doctor en derecho canónico, por ejemplo:
La santidad de Juan Pablo II no se basa en haber sido Papa ni en haber sido popular y querido por todos -o casi todos-, sino por haber vivido con heroicidad las virtudes cristianas día a día.
¿Y cuáles son esas virtudes? Las describen quienes participaron en el proceso de beatificación:
“Era un verdadero hombre de fe. […] La oración le venía espontáneamente a la boca. Su amor al Salvador era evidente… [Y]o personalmente lo encontraba con frecuencia postrado por tierra ante el Tabernáculo o en su despacho, y lo mismo todas las noches durante sus viajes apostólicos.”
“Prácticamente rezaba siempre, puedo decir que estaba inmerso en la oración… Cuando aparecían problemas difíciles, iba a rezar a la capilla.”
“[C]onfiaba en la acción del Espíritu Santo en el mundo y abandonaba todo en las manos de la Madre Santísima… [A]nte las noticias adversas que le llegaban reaccionaba con la oración, poniendo todo en las manos de Cristo.”
“[C]ada tarde salíamos al jardín a rezar juntos el rosario. Al acabarlo, el siervo de Dios me pedía que me alejase y se acercaba a la estatua de la Virgen de Lourdes. Yo me alejaba, pero desde lo lejos veía cómo se quedaba rezando, al menos media hora….”
“Vivía en oración, desde la mañana pronto hasta la noche, se puede decir. Por la tarde, acabado el trabajo, iba a la capilla. Iba a visitarle antes de las audiencias y cuando volvía de ellas. Si se despertaba por la noche, iba a la capilla. Durante la jornada entraba con frecuencia en la capilla, por no hablar de la hora de adoración eucarística diaria, que nunca dejó.” 
“En una ocasión… encontré al Papa en la capilla, de rodillas en el suelo y junto a él un joven en silla de ruedas, se veía que estaba gravemente enfermo. Estuvieron una media hora rezando juntos, y al acabar el Papa se levantó, se quitó una cadena que llevaba en el cuello y se la puso en el cuello del joven.”
“Nunca destinó dinero para su uso propio, era un hombre totalmente pobre, no aceptaba ni siquiera la paga que destinaba a la diócesis. Solamente usaba de lo que le daban por los artículos y los libros y eso lo usaba para obras de caridad.”
Aparte de la amabilidad con los enfermos y la caridad material incidental, virtudes que módicamente podemos esperar de cualquier persona (y la caridad especialmente cuando uno no tiene que trabajar para comprar los objetos de oro y plata que lleva puestos), lo que más sobresale de la lista de testimonios recogidos por el sacerdote, lo que él recomienda implícitamente imitar, son dos pseudo-virtudes cristianas: la fe ciega y la pobreza.

Lo que hace de Juan Pablo II un modelo para los católicos no es —no debe ser, según este sacerdote que aparentemente sabe de qué habla— su acción efectiva en el mundo: ni su diálogo con otras religiones, ni su oposición a las guerras, ni su capacidad para llevar consuelo a las multitudes. Lo que debe imitarse es la sumisión, el postramiento repetido y compulsivo, el abandono de la razón y el sentido común, y el rechazo de lo material: no sólo vestimenta u objetos suntuarios, sino también la salud material, el cuidado del cuerpo (¿qué bien le puede hacer al cuerpo de un hombre mayor arrodillarse o postrarse durante horas frente a una imagen?). Se menciona también un encuentro con el Padre Pío, otro santo que adquirió su fama en gran parte debido al hecho de que sufría de dolorosos estigmas, y de cómo Juan Pablo II sólo quiso hablar de los estigmas y quiso saber cuál de todos le dolía más…

En nuestra cultura, los santos suelen ser popularmente referidos como modelos, o al menos, como personas excepcionalmente buenas. Juan Pablo II quizá haya sido una persona buena en muchos sentidos, pero incluso dejando de lado todo el daño que la influencia de sus políticas hicieron en el mundo, es dudoso cómo puede ser presentado para un modelo para personas sanas, funcionales. En este sentido no es muy distinto de la mayoría de los santos (o de las figuras ficticias que pasan por santos reales en gran parte de la hagiografía cristiana no contemporánea).

martes, 26 de abril de 2011

Juan Pablo II: las virtudes del beato (A231)

Juan Pablo II junto a un político católico chileno
Karol Józef Wojtyła, conocido mundialmente como Juan Pablo II, va a ser beatificado por la Iglesia Católica este domingo 1º de mayo. Este reconocimiento significa que Wojtyła será a partir de entonces “beato”, bendito especialmente por Dios.

Poco habría que agregar a esto si se tratase de una ceremonia interna a la Iglesia. Pero como Juan Pablo II fue popular (y también, especialmente, popularizado) como defensor de grandes causas y valores que exceden el catolicismo, es quizá ilustrativo para nosotros, los no creyentes, pararnos a ver qué tanto revuelo causó esta persona excepcional. Que lo fue, sin duda: un actor en su juventud, atleta hasta su madurez, admirable políglota, alto dignatario de la monarquía más antigua del planeta, viajero incansable y carismático propalador de doctrina.

Los católicos de derecha le celebran haber sido fundamental en la caída del comunismo ateo en su Polonia natal y en Europa del Este en general, mérito sin duda exagerado, y la reafirmación de la doctrina dura sobre el lugar de la familia cristiana como procreadora incansable y sin recurso a la anticoncepción. Los de izquierda, o al menos, los de esa mescolanza ideológica y teológica que se llama a sí mismo catolicismo progresista o de izquierda, le reconocen su ecumenismo y su apertura a la diversidad religiosa del mundo. Cada campo odia y olvida (en ese orden) lo que le agrada al otro.

Juan Pablo II con Marcial Maciel
La derecha tiene menos trabajo, hay que decirlo, ya que por mucho ecumenismo que mostrara Juan Pablo II, fue él quien suscribió la declaración Dominus Iesus, de la pluma de su teólogo favorito, Joseph Ratzinger, reafirmando la doctrina de que sólo la pertenencia a la Iglesia Católica y la sumisión a su jerarquía garantiza la salvación (Dios hará excepciones, si quiere, pero nada lo asegura). El creyente conservador occidental también debe perdonarle su rechazo a la pena de muerte y a la invasión de Iraq, cosa que no es demasiado difícil dado que dicho rechazo no fue acompañado de directivas doctrinales, por lo que ningún católico de los muchos que participaron en la matanza de iraquíes se dio por aludido. Los demás deben olvidar su apoyo al siniestro Opus Dei y la canonización de su fundador, su inacción ante los casos de pederastia y abuso infantil en el clero (incluyendo la protección de su amigo el abusador serial, extorsionador y plagiario Marcial Maciel), y por supuesto toda su trayectoria en contra de los derechos sexuales y reproductivos, desde la prohibición absoluta del uso de preservativos (causa de incontables infecciones por HIV) hasta la reafirmación de la doctrina absoluta contra el aborto, junto con su apoyo a los gobiernos conservadores que implementaban esas políticas (como el del presidente argentino Carlos Menem, impulsor del Día del Niño por Nacer y condecorado por el Vaticano mientras el país, bajo un gobierno ultracorrupto, se sumía en una pobreza inenerrable).

De todas formas, parece ser que nada de esto cuenta para la beatificación de Juan Pablo II. Siguiendo su larga tradición de valorar los rasgos que alientan la fe y la devoción en lo sobrenatural más que las meras acciones reales en el mundo físico, la Iglesia no cuenta con los méritos de Juan Pablo II sino que requiere, para empezar, que haya hecho milagros: al menos uno para ser beatificado, al menos dos para ser canonizado como santo. Dado que los milagros son fáciles de encontrar cuando uno los busca y desea hallarlos, a los dos meses de la muerte del papa polaco una monja francesa que le había rezado se curó, según los médicos católicos, del mal de Parkinson que supuestamente padecía hasta entonces. Podemos estar seguros, mis queridos lectores, de que Juan Pablo II es un santo y de que el segundo milagro necesario para certificarlo será descubierto pronto. Aunque no demasiado pronto: el millón de personas que van a ir a gastar su dinero a Roma este fin de semana necesitarán tiempo para recuperarse y juntar más dinero.

Tengo pensado escribir alguna cosita más sobre el futuro beato. Entretanto, más para leer:

sábado, 26 de diciembre de 2009

El Papa y el dictador (A162)

La aparición conjunta, frente a una multitud, de Juan Pablo II y del dictador chileno Augusto Pinochet, en 1987, fue fruto de un engaño, según asevera el organizador de las giras pontificias de ese entonces, el cardenal Roberto Tucci.

En la entrevista que concedió a la agencia noticiosa italiana ANSA, Tucci dice que al Papa lo incomodaba “aparecer al lado de dictadores y políticos corruptos”, y que Pinochet lo engañó haciéndolo pasar bruscamente al balcón del Palacio de la Moneda, con el objetivo de mostrarse juntos, lo cual le valió que Juan Pablo II lo “fulminara con la mirada”.

No es difícil de creer que Pinochet fuera capaz de tales trucos sucios. Todos los gobernantes conocen el truco publicitario de asociarse a figuras populares y atractivas. Y siendo que en Chile el apoyo a la dictadura provino mayormente, como en todas partes de Latinoamérica, de los católicos conservadores y devotos, ser visto junto a Juan Pablo II era un signo poderoso.

Tampoco es difícil de creer que a Juan Pablo II le resultara molesto ser expuesto así a la multitud y usado como una herramienta de poder por un dictador asesino y corrupto, ni es implausible que le haya echado a Pinochet una mirada fulminante de desaprobación.

Lo que no es casual, seguramente, es que esta apología o disculpa de la aparición de Karol Wojtyla junto a uno de los dictadores más representativos de la barbarie que asoló nuestro subcontinente llegue justamente cuando desde la cúpula eclesiástica están apurando la causa de su beatificación y se quiere instalar la idea de que es inequívocamente digno de la santidad. Antes de Wojtyla, declarar santo a alguien tomaba décadas (o siglos), pero el anterior papa, viendo cómo la proclamación de santos y beatos locales en lugares tradicionalmente postergados era una herramienta importante en la predicación y el arreo de grandes masas de fieles, dio órdenes de acelerar la maquinaria, y de pronto empezaron a surgir milagros y prodigios por todas partes. Benedicto XVI parece que quiere continuar con esta estrategia, aprovechando el carisma de su predecesor aun cuando éste haya muerto hace años, de la misma manera que se utilizó el carisma de la Madre Teresa. La Iglesia exige milagros “comprobados” (por ella misma) para declarar santa a una persona, pero ya sabemos que los milagros sobran, cuando uno quiere encontrarlos.

Quienes no creemos que Juan Pablo II haya sido un santo no nos sorprendemos de que haya salido al balcón con Augusto Pinochet, engañado o no. La Iglesia apoyó el programa de gobierno de Pinochet y además el Papa es por sobre todo un jefe de estado, que tiene ciertas obligaciones diplomáticas. En este sentido podemos disculpar a Karol Wojtyla: no hizo más que mantener las formas junto a un gobernante de un país amigo.

Pero quienes sí lo consideran un santo, o al menos un referente moral, deberían preguntarse por qué no se retiró inmediatamente del balcón, o por qué no dijo “he sido engañado por este miserable tirano” a la multitud congregada, o por qué (al menos) nunca aclaró él mismo el incidente al volver al Vaticano. Un santo no teme convertirse en mártir. A un santo no le preocupan mezquinas cuestiones de estado. Un santo no puede excusarse en la investidura de un gobernante terrenal, máxime cuando se trata de un gobernante que ha tomado el poder por la fuerza, con sangre y terror. ¿O no he entendido nada?

Dice el cardenal Tucci que Juan Pablo II se sentía constantemente incómodo cuando debía mostrarse junto a dictadores y políticos corruptos, que “lo llevaban por todas partes para aprovecharse de su imagen”, cosa que él sabía pero que “era un precio a pagar para encontrarse con la gente” (¡qué tierno!). La frase es reveladora por lo que excluye: al Papa claramente no le incomodaba (como no le incomoda al actual) celebrar audiencias privadas con gobernantes obscenamente corruptos y con dictadores, ni le causaba prurito moral alguno negociar con ellos, directamente o por intermediarios.

Habrá habido santos, quizá, que se rebelaron contra la autoridad de los tiranos y que nunca concedieron su favor a los corruptos, pero Karol Wojtyla no fue uno de ellos.

domingo, 30 de agosto de 2009

¿Una estatua de Juan Pablo II? (A134)

En Paraná, Entre Ríos, quieren erigir una estatua de Juan Pablo II que mediría 100 metros de altura y costaría unos 1,5 millones de dólares. El proyecto es del diputado provincial Jorge Cáceres, del Partido Justicialista, quien afirma contar con el apoyo del intendente, del gobernador, y del cardenal Estanislao Karlic (arzobispo emérito de Paraná).

Como otros ya han reportado este proyecto descabellado, innecesario y obscenamente caro en un país donde la misma Iglesia denuncia que hay un 40% de pobreza, me voy a abstener de remarcar estos asuntos, al igual que del oportunismo político, la farandulización de la figura de Juan Pablo II, y todo eso.

Mi análisis se refiere a la justificación del monumento como un homenaje a los valores que Juan Pablo II impulsó y que, según el diputado Cáceres, son compartidos por todos.

Para comenzar, diré que hay cosas rescatables de Juan Pablo II. En 1981, la mediación papal evitó una guerra entre Argentina y Chile. Y a nivel mundial, el papa se destacó por ser uno de los pocos líderes mundiales importantes que se opuso sin condicionamientos al ataque y la invasión de Iraq en busca de inexistentes armas de destrucción masiva.

Hecha esa salvedad, paso a lo nuestro, que es el tema de los valores compartidos.

La religión puede unir a un pueblo, pero generalmente lo hace a costa de excluir a otros; une contra, no a favor de. En el caso argentino, la religión católica es de contenido meramente formal, si acaso, para la mayoría, pero los "valores" por los que la Iglesia Católica se define no nos son comunes a todos, ni de cerca.

De Juan Pablo II se dice que fue un campeón del ecumenismo. Eso es cierto si se lo compara con sus antecesores y con su sucesor. Pero su inclusividad nunca se extendió más allá de lo superficial. Si algo fue el anterior papa es un maestro de las relaciones públicas, al cual le gustaban las manifestaciones multitudinarias de sus fans y las ceremonias interreligiosas. Pero cuando su Inquisidor en jefe, Joseph Ratzinger, le presentó la declaración Dominus Iesus, cuyo tema básico era cómo se irán al infierno la mayoría de los que no somos católicos apostólicos romanos (aunque en términos mucho más políticamente correctos), Juan Pablo II la firmó sin pestañear. El ecumenismo católico no pasa de la condescendencia de tratar a los creyentes de otras religiones como inmaduros y desorientados, que (por gracia de Dios) quizá encuentren su camino correcto antes de morir. En Argentina nos falta mucho para ser tolerantes y abiertos a todas las religiones, pero incluso así, a pocos les caería bien la Dominus Iesus (si la conocieran).

En cuanto a los ateos, Juan Pablo II no tuvo contemplaciones similares. En una conmemoración del Holocausto, dijo que “Sólo una ideología sin Dios puede planificar y ejecutar el exterminio de todo un pueblo”, desparramando una vez más la mentira de que el nazismo era un movimiento ateo (olvidando la divisa Gott mit Uns, “Dios con nosotros”, adoptada por la Wehrmacht, el Concordato firmado por la Santa Sede con Hitler, y la multitud de genocidas que fueron salvados del juicio que merecían gracias a los buenos oficios de la Iglesia que los ayudó a escapar). En Argentina hay más que unos pocos ateos, agnósticos y descreídos de toda clase, que no compartimos (supongo) la idea de que sólo una religión temerosa de Dios nos preserva de caer en la barbarie, entre otras cosas, porque ya hemos visto abundante evidencia en contrario.

El último pontífice del siglo XX no difería, tampoco, del actual en sus posiciones extremas con respecto a la anticoncepción hormonal y de barrera. Cuando se discutió la encíclica Humanae Vitae, que definió la doctrina católica actual sobre la reproducción y el control de la natalidad, el entonces cardenal Wojtyla fue defensor de las posturas más represivas, que fueron las que triunfaron. En Argentina, las leyes y los planes de salud reproductiva han sido repetidamente bloqueados por la influencia de la jerarquía católica y de los dirigentes políticos, pero el común de la gente cree que sus hijos deben saber de, y deben poder usar, los medios para evitar embarazos no deseados y para protegerse de enfermedades de transmisión sexual.

Ni qué decir tiene que las posturas católicas sobre el matrimonio y el sexo fuera de él son consideradas como mucho buenas ideas opcionales, y más generalmente visiones arcaicas y extremas, por la mayor parte de la población argentina.

Los "valores" representados por Juan Pablo II no difieren de los de la línea doctrinal tradicional de la Iglesia, y no son nuestros valores, si debemos juzgarlos por la realidad y no por las profesiones de fe. La mayoría de los argentinos nos reímos de las ideas católicas sobre sexualidad y reproducción, y nos horrorizamos ante su defensa de regímenes dictatoriales.

Si el argumento para gastar una gran cifra en construir una estatua no es el de homenajear a la persona, podemos aceptar que quizá sirva para promover el turismo, como el diputado Jorge Cáceres también explica. Es cierto que una estatua de 100 metros de altura de una figura mundialmente conocida es un hito difícil de ignorar para los folletos turísticos. Ahora bien, ¿no sería más provechoso gastarse el millón y medio de dólares en mejores servicios públicos, en remozar las calles, o en promover la instalación de ferias y atractivos para los visitantes?

El proyecto no tiene muchas chances de avanzar, menos en un contexto de crisis. Lo peor que podría pasar es que se aprobara, que se destinaran fondos, y que luego esos fondos se desperdiciaran en una construcción incompleta o se "perdieran" en los canales burocráticos habituales. Esperemos que gane la racionalidad.

miércoles, 25 de marzo de 2009

Día del Niño por Nacer... Menem lo hizo y nadie lo deshizo

Hace exactamente diez años se celebraba en Argentina el primer "Día del Niño por Nacer", festividad creada por el entonces presidente Carlos Saúl Menem para congraciarse con el Vaticano e imponer (a una sociedad que nunca había debatido seriamente el tema del aborto) la idea de que cualquier conjunto de células que resida en un útero es un niño indefenso.

Menem, cuyo gobierno pasará a la historia como uno de los más corruptos de un país notorio por sus gobiernos corruptos, visitó al Papa Juan Pablo II seis veces; la segunda vez, rezó con él en la capilla adyacente a la biblioteca privada del monarca vaticano (un gesto "excepcional", lo llamaron entonces). Juan Pablo II también dio su bendición al indulto que Menem había otorgado a los jefes de la junta militar que secuestró, torturó y mató a miles de argentinos.

Al Papa no pareció molestarle, ni entonces ni después, que las políticas económicas del presidente estuvieran destruyendo la industria nacional y llenando el país de pobres a un ritmo acelerado, ni siquiera cuando la propia Iglesia Católica argentina lo hizo notar. Menem alineó a la Argentina con la Santa Sede en sus políticas más reaccionarias, y recibió el Gran Collar de la Orden Piana, máximo galardón pontificio.

Al Papa no le molestó tampoco que este paladín del catolicismo estuviese divorciado ni, como se supo después, que en 1968 hubiese acompañado a abortar a su ahora ex mujer, Zulema Yoma.

Cerca del final de su mandato, Menem visitó el Vaticano nuevamente. Al Papa no le pareció (que sepamos) incoherente que este hombre, que por casi diez años había trabajado forjando un país donde la mayoría de los niños eran pobres o indigentes, le viniera a proponer instituir un día dedicado a los "niños por nacer", entendiéndose por esto embriones y fetos, en la fecha correspondiente a la festividad católica de la Anunciación de la Virgen. Antes ya lo había felicitado "por su empeño en fomentar el progreso espiritual y material de la población". Argentina estaba para entonces sumida en una recesión profunda, con niveles nunca antes vistos de desempleo y pobreza, que continuaría durante el gobierno del también conservador y católico Fernando de la Rúa, y que eventualmente haría sucumbir a este último.

El nivel de compromiso de Carlos Menem con la doctrina católica sobre el valor de la familia quedó de manifiesto cuando intentó durante años evitar la prueba de ADN que finalmente lo obligó a reconocer a su hijo ilegítimo, Carlos Nair Meza; su respeto por los dictados católicos sobre la reproducción se reveló cuando en 2003, casado en segundas nupcias con Cecilia Bolocco, utilizó un método de fertilización asistida para tener un hijo, tras lo cual se divorció por segunda vez.

El Día del Niño por Nacer no queda descalificado por la calidad humana (o falta de ella) de su pergeñador, pero es interesante observar cuán poco inmaculada, cuán calculada fue su invención, cuánto de realpolitik hubo detrás, y quiénes adhieren a él hoy en día. Se trata de un día dedicado casi exclusivamente a la militancia católica contra el aborto, y quienes lo organizan y "festejan" son invariablemente los que pueden dedicar tiempo libre a esta militancia, vale decir, en su mayoría, mujeres de clase media y alta que tienen abundante información disponible sobre el control de la natalidad (aunque su religión oficialmente les prohíba su uso), y la opción de protegerse contra embarazos no deseados o de abortar (en caso de ser conveniente) en forma segura y confidencial.

No hay movilización popular por este día, porque no es una fiesta del pueblo. Se la intenta maquillar como una celebración de la vida, pero es una "fiesta" avivada desde arriba, desde los púlpitos y desde las salas vaticanas, en la que los participantes (incluso sin saberlo) dan su apoyo implícito a una política que mata. Es una muestra de fuerza y una celebración del triunfo de la política sectaria por sobre la democracia. 

Casi la mitad de los argentinos aprueban el aborto en ciertos casos especiales, y otro 30% considera que debería ser legal en cualquier circunstancia. No obstante esto, ningún proyecto sobre la despenalización del aborto o su legalización (en cualquier grado) ha sido siquiera debatido en el Congreso Nacional, y los proyectos parciales y puntuales que sí se han debatido en algunas legislaturas locales han encontrado una resistencia feroz de la dirigencia católica, que confunde sus opiniones y doctrinas con la ley universal. Para ellos no sólo está prohibido el aborto, sino incluso hablar del tema.

El gobierno de Néstor Kirchner y de su esposa, que pasan por progresistas y que han tenido escaramuzas de poder con la Iglesia, no se han movido de la postura original menemista. Y el Día del Niño por Nacer, ese invento de un católico hipócrita, corrupto y creador de pobres y de un monarca teocrático con pretensiones de dictador universal, sigue en el calendario.

miércoles, 19 de marzo de 2008

Alerta 8: Día del Niño por Nacer

El 25 de marzo es el Día del Niño por Nacer, día conmemorativo que la presión de la Iglesia Católica sobre los gobiernos de un puñado de países logró hacer aprobar, con el objetivo más o menos explícito de mostrar quién tiene el poder para definir la vida y la muerte. Y hablo de presión sobre gobiernos y no de consenso de los pueblos, porque a pesar de la influencia de las ideas medievales cristianas en nuestra cultura, en la gran mayoría de los países americanos y europeos una proporción significativa de la gente aprueba el aborto en ciertas circunstancias.

El nombre del día, desde el vamos, confirma lo absurdo de la idea católica sobre la persona humana, llamando "niño" al producto de la unión de un espermatozoide y un óvulo humanos aunque no sea más que un puñado de células. La mentira de que la ciencia ha confirmado que el embrión es una persona se repite en las páginas católicas... A la ciencia, que durante tantos siglos fue sometida o suprimida por la religión, y que aun ahora es despreciada como mero complemento de la fe, se la pinta como viniendo al rescate de esta doctrina extrema, ridícula.

La ciencia puede, a lo más, decirnos cuándo el producto de la concepción comienza a tener cerebro, cuándo comienza a sentir dolor y placer, cuándo está listo para sobrevivir en el mundo exterior... No es mi propósito aquí justificar científicamente la legalización del aborto. Es posible utilizar argumentos científicos, pero en último término la discusión sobre cuándo un embrión o feto humano pasa a ser una persona con derechos es una que tenemos que plantearnos como sociedad. La Iglesia se arroga una posición superior a la del consenso social, a la de la representatividad democrática, a la de la medicina, la sociología, la psicología: todo queda supeditado a una postura inflexible y sin justificación fuera de la estructura cerrada de la doctrina católica.

Para seguir con esto, los medios católicos amontonan otras verdades a medias y falsedades, citando, por ejemplo, estudios y afirmaciones que muestran que las mujeres que abortan se suicidan más y padecen más enfermedades mentales. Esto es muy probablemente cierto, y no es sorprendente, ya que abortar va en contra de un instinto biológico básico y del lazo corporal y psicológico que toda madre crea con el embrión o feto en desarrollo. Pero el punto fundamental sigue sin tocarse: la mujer aborta porque siente que debe hacerlo, por la razón que sea. Se la debe aconsejar para que pueda decidir sin presiones externas; llamarla "asesina" no le soluciona nada, y engañarla con promesas vacías, tampoco.

Los antiabortistas usan contra las mujeres en esta difícil situación lo peor de su arsenal: insinuaciones del dolor y el horror del "bebé", imágenes gráficas de fetos ensangrentados, historias de "niños no nacidos" triturados, extraídos del útero y arrojados a la basura, testimonios de mujeres desesperadas porque se arrepintieron de abortar y viven con el estigma del "infanticidio"... Por otro lado estos mismos antiabortistas, en tono cariñoso, le aseguran que el bebé puede ser dado en adopción, o la instan al sacrificio (ah, cómo les gusta esta palabra), el sacrificio de quitarse la comida de la boca, perder las oportunidades de educación, trabajo y autorrealización, perder a su pareja, cargar a su familia extendida con la obligación de cuidar a un niño... y le hacen creer que este sacrificio es loable y deseable a los ojos de Dios.

Con esta confusión, con esta tortura, ¿cómo no van a sufrir las mentes de esas mujeres? Los antiabortistas se llaman a sí mismos "pro-vida" pero nunca se ocupan de que esa "vida" sea una buena vida. Y nos llaman a los que nos oponemos a ellos (con cualquier matiz) "abortistas", "anti-vida", miembros de la "cultura de la muerte", como si nos encantara que tantas mujeres aborten, como si fuéramos matando niños por ahí. Ni hablar de que la mayoría de los abortos se evitaría si las mujeres tuvieran acceso a educación sexual y anticonceptivos, en vez de ser presa de gobiernos aliados a la Santa Sede y de sus servidores de hábito.

Sin más, entre los países que adhieren al Día del Niño por Nacer está Argentina, que lo adoptó de la mano de Carlos Menem, aquél que recibió una condecoración del Papa Juan Pablo II por su alineamiento automático con las políticas más reaccionarias del Vaticano, mientras en nuestro país millones de niños (de verdad, no virtuales niños "no nacidos") pasaban hambre gracias a sus políticas neoliberales, sin que nadie los asistiera más que con limosnas. Menem nos colocó en los foros internacionales sobre población, control de natalidad y procreación responsable al lado de los países más religiosamente retrógrados del planeta. Fernando de la Rúa (católico conservador) continuó por ese mismo camino. Eduardo Duhalde, flanqueado por su influyente esposa, una fanática católica, lo mismo. La pareja Kirchner se ha limitado a pelearse con la Iglesia por cuestiones menores, mientras aseguran que nunca, jamás, van a dejar que se legalice el aborto en Argentina, porque ellos creen que no está bien. Más claro imposible: a nuestros representantes no les importa lo que pensamos, sino lo que ellos personalmente creen.