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lunes, 22 de abril de 2013

Todos felices con Francisco

Sigue sorprendiéndome lo ingenua, fanática, obsecuente y superficial que puede llegar a ser la gente en lo que respecta no digamos a bandas o cantantes o jugadores de fútbol o supermodelos, sino a un papa de la Iglesia Católica. Eso debe probar que tengo un umbral de sorpresa muy bajo, evidentemente. Pensaba en esto y también en el hecho indudable de que el pobre Benedicto XVI debe estar sintiéndose como un fracasado: en ocho años de papado no cosechó ni la mitad del embobamiento que Francisco logró en su primer mes sin esforzarse.


Como los fans son fans y los políticos son hipócritas, no pasó nada de tiempo antes de que los antedichos se amontonaran unos sobre otros tratando de llegar primeros a la meta de la suprema obsecuencia. Y la carrera continúa: el miércoles pasado dos representantes de la Legislatura de la Ciudad de Buenos Aires descubrieron una placa en la casa de Jorge Bergoglio en el barrio de Flores; el jueves, el Concejo Deliberante de la ciudad de Rosario aprobó por unanimidad la creación de una “comisión pro visita del Papa Francisco”, a partir de una iniciativa de dos ediles kirchneristas. Poco extraña el caso de Buenos Aires, cuyos co-responsables son un peronista/populista de derecha (¡como Bergoglio!) y un miembro del PRO (el partido gobernante, cuyo líder hizo poner una gigantografía de Francisco casi frente al Obelisco). Un poco más podría extrañar, si fuéramos ingenuos, el de Rosario, que comparte la autoría de un judío agnóstico y de una edila del kirchnerismo, movimiento político responsable de varios indudables progresos en el campo de los derechos humanos contra los cuales la Iglesia Católica peleó ferozmente; más allá de que la mayoría de los otros concejales rosarinos son, según ellos mismos, “socialistas”, calificación que no implica anticlericalismo pero debería picarles un poquito en sus partes históricas.

De pronto todos los políticos, incluyendo aquéllos que han visto a la Iglesia referirse a sus proyectos y plataformas como si hubieran sido escritos por Satanás, han sido conquistados y han descubierto que Bergoglio era prácticamente un santo. El no gastar ostentosamente el jugoso sueldo que el estado le pagaba sólo por haber sido puesto a dedo por el papa le valió el calificativo de “humilde”. Lo encontraron tolerante y abierto porque dialogaba amablemente con personas de otras religiones (que creía falsas, naturalmente, pero ¿por qué arruinar un evento social diciéndolo en voz alta?), cosa que —imagino que el lector acordará conmigo— es el mínimo absoluto que debería esperarse de una persona civilizada hoy en día. Lo nombraron un adalid de la justicia y luchador contra la pobreza por hablar mucho de justicia y de pobreza en sus homilías, mientras sus curas consolaban a los pobres en las villas miseria y los políticos con los que se codeaba seguían explotando a esos pobres como carne electoral, mandaban desalojar o arrasar esas villas y no tomaban medida alguna para terminar con esa pobreza.

Los políticos son políticos, los creyentes superficiales son fáciles de atraer de vuelta al rebaño, y los cholulos, los fans de cualquier cosa, los aplaudidores y los que se emocionan por tonterías no han dejado nunca de ser mayoría.

lunes, 8 de abril de 2013

La donación de Francisco

Hace unos días se hizo gran alharaca del gesto de generosidad del papa Francisco al donar cincuenta mil dólares a los afectados por la inundación en la ciudad de La Plata. Sin negar el valor del gesto en sí —hay unos cuantos argentinos bien conocidos que pueden tratar 50 mil dólares como cambio chico y sin embargo no han aportado ni una moneda— vale la pena indagar un poquito en el asunto de la procedencia de ese dinero. Para eso vamos a tener que hacer algunos números.


Lo que sigue es, entiéndase, grosso modo, burdo, aproximado, pero espero que riguroso en sus principios.

La Constitución Nacional argentina incluye un artículo (el 2°) que dictamina que “el gobierno federal sostiene el culto católico apostólico romano”. A ese artículo suelen apuntar algunos, no muchos, de los detractores del estado laico. Argentina no es un estado laico, pero desde su organización como nación estable ha habido una tendencia hacia esa visión. Algunos de nuestros primeros gobiernos tuvieron una actitud considerablemente hostil a la Iglesia Católica como institución, algo bastante entendible como rivalidad de un poder político naciente contra otro (la Iglesia) ya establecido, de dudosa lealtad a la causa de la independencia de España y, más tarde, ferozmente opuesto a las ideas liberales del estado en boga.

El artículo 2° es hoy un resabio de tiempos pasados y virtualmente nadie con conocimiento de causa lo interpreta como algo más que una obligación de dar dinero estatal a la Iglesia en compensación por pasados maltratos y en reconocimiento del valor de ciertas labores pastorales.

Hoy en día el sostenimiento se hace efectivo por medio de asignaciones monetarias a los arzobispos, obispos y obispos auxiliares (Ley 21.950), obispos (etc.) eméritos (Ley 21.540), a los seminarios, a los párrocos de áreas de frontera y otras. Todas estas asignaciones fueron reglamentadas a partir de leyes de la última dictadura militar. Ningún gobierno democrático de los que vinieron después ha tocado estas leyes, a pesar de tener sobrados argumentos para hacerlo si lo desease; tampoco lo solicitaron jamás los líderes de la Iglesia argentina reunidos en la Conferencia Episcopal, presidida durante seis años seguidos por el abanderado de la pobreza evangélica Jorge Mario Bergoglio.

Las asignaciones se vinculan al sueldo de un juez nacional de primera instancia. Un obispo titular en actividad recibe el 80% de este sueldo; un auxiliar, el 70%. Jorge Mario Bergoglio fue obispo auxiliar desde 1992 hasta 1997, luego arzobispo hasta noviembre de 2011. Olvidaremos el año extra como arzobispo emérito. Redondeando, fueron cinco años con una asignación del 70% y catorce con el 80% del susodicho sueldo de juez, que a principios de 2012 (al final de la carrera de Bergoglio) estaba en 17.426 pesos argentinos. El dólar oficial cotizaba entonces a 4,35 pesos. Redondeemos a cinco pesos, valor más cercano al real, y bajemos el sueldo citado a la cifra redonda más cercana (hago notar que ambos redondeos perjudican el argumento que quiero desarrollar).

Hemos de suponer (y es una gran suposición dados los vaivenes de la historia económica argentina, pero concédamelo el amable lector) que el salario de un juez no ha variado sustancialmente en poder adquisitivo de 1992 a la fecha, más allá de probables tropezones en épocas críticas. Es decir, supongamos que en valores corrientes el sueldo de un juez de primera instancia siempre correspondió aproximadamente al valor de esos diecisiete mil y pico de pesos de principios de 2012, dos o tres meses después de la renuncia de Bergoglio.

¿Cuánto dinero, entonces, recibió en valores de febrero de 2012 Jorge Mario Bergoglio desde 1992 hasta fines de 2011 como asignación del Estado? Cinco años como auxiliar y catorce como titular, a doce meses por año, a diecisiete mil pesos por mes modificados por los porcentajes correspondientes, dan

12 × (5 × 0.7 + 14 × 0.8) × 17000 = 2998800,

es decir, redondeando, tres millones de pesos (repito, en valores equivalentes de principios de 2012).

El lector avisado objetará que estoy acumulando valores como si Bergoglio se hubiera guardado todo ese dinero y lo hubiera preservado de la inflación a lo largo de casi veinte años. Tal cosa habría sido imposible en Argentina, aunque no con las inversiones adecuadas (por ejemplo, en inmuebles). A pesar de que mi argumento no descansa sobre esta idea, concedo el punto. Si tomamos sólo lo que Bergoglio recibió desde la primera asunción de Cristina Fernández de Kirchner hasta la renuncia de Bergoglio, dan cuatro años casi justos, unos seiscientos cincuenta mil pesos.

Los cincuenta mil dólares que donó el papa Francisco, al precio de ese momento que hemos elegido como base, equivalen a unos doscientos cincuenta mil pesos. (Debemos suponer que no adquirió esos dólares durante 2012 o lo que va de 2013, porque comenzando a fines de 2011 el gobierno fue recortando todas las vías de acceso legal a la compra de dólares.) Esto representa poco más de dieciocho asignaciones mensuales, es decir, apenas un año y medio del dinero que Jorge Mario Bergoglio recibió del Estado sólo por ser arzobispo católico (nótese que al tratarse de un período tan corto la inflación, aunque importante en Argentina, no afecta significativamente los importes).

Ningún funcionario religioso de otra religión recibe tales estipendios. Ningún funcionario elegido a dedo por un jefe de estado extranjero recibe de manera automática tales cantidades de dinero por parte del Estado argentino.

A fines comparativos podemos mencionar que a principios de 2012, mientras Bergoglio cobraba su asignación de casi catorce mil pesos, el denominado “salario mínimo, vital y móvil” era de 2.300 pesos, y el salario promedio, de 3.091 pesos: un obispo ganaba —sólo por ser obispo, cargo para el cual no se requiere otra cosa que ser elegido por el papa— cuatro y media veces lo que el promedio de los trabajadores.

Es muy posible que, al igual que otros jerarcas católicos, Bergoglio haya donado gran parte de su asignación a su diócesis. Por otro lado, es difícil que haya necesitado el dinero. El Estado paga los gastos de viaje de los jerarcas católicos; la arquidiócesis de Buenos Aires no es pobre; Bergoglio siempre tuvo buenos contactos. En todo caso, lo que Bergoglio hiciese con “su” dinero es irrelevante frente al hecho de que “su” dinero provenía del Estado por una mera cuestión de privilegio.

No son muchos los argentinos que tienen cincuenta mil dólares disponibles en una cuenta bancaria. Son bastantes, pero no millones; el trabajador argentino promedio no ve en su vida tanto dinero junto. De los muchos ahorristas que, fruto de la previsión de épocas más razonables, tienen algunos miles o decenas de miles de dólares atesorados en el banco, no son muchos los que los donarían así, y no por apego materialista sino por simple necesidad de conservar ese colchón contra las periódicas caídas catastróficas de nuestro país. Pero imagino que ser designado papa habrá influido en Bergoglio: ¿quién va a preocuparse de su futuro económico una vez ganado ese premio mayor?

El papa sólo podría sufrir alguna estrechez, de aquí hasta su muerte, si la Iglesia hiciera verdaderamente lo que Francisco con tanta pasión declama, que es volverse pobre y de los pobres, siguiendo el ejemplo de vida del santo de Asís. Creo que todos podemos estar seguros de que eso no ocurrirá jamás. Francisco tiene asegurado todos los años de vejez que le quedan en medio de los oros, la seda y los mármoles del Vaticano, atendido en sus menores necesidades por manos solícitas y trémulamente respetuosas de su sagrada investidura. Cincuenta mil dólares, para quien se ha ganado esa módica aproximación al imaginario cielo que predica el cristianismo, son poco y nada.

miércoles, 3 de abril de 2013

A los pies del Papa

Han pasado unos cuantos días pero la ola de obsecuencia babeante hacia el Papa no se ha abatido del todo. He aquí un breve registro de su paso.

En Buenos Aires, el legislador Daniel Amoroso propuso cambiar el nombre de la Av. Carabobo, que pasa por el porteño barrio de Flores donde vivía Jorge Bergoglio, por Papa Francisco. Otros dos legisladores propusieron bautizar “Papa Francisco - Plaza Flores” a una estación de subterráneo que, sin haber sido inaugurada aún y luego de repetidas postergaciones, ya había sido renombrada una vez antes (lo que demuestra lo ocupados que están nuestros legisladores). Todos ellos parecen no haber tenido en cuenta que hay una ley que prohíbe poner nombres de personas a lugares públicos hasta diez años después de su muerte. Para no perder el tiempo, de todas formas, el gobierno de la Ciudad gastó una cantidad no explicitada de dinero en una gigantografía del Papa Francisco en pleno centro; el material, según se aclaró, se utilizará luego para confeccionar bolsas que serán subastadas a beneficio de la Vicaría Episcopal para la Pastoral en Villas de Emergencia —es decir, luego de homenajear al líder de la Iglesia, el Estado recaudará dinero y se lo dará a la Iglesia para que ésta lo use para pastorear a los pobres de los que el Estado no se encarga.


En Rosario, el concejal Jorge Boasso propuso renombrar una cuadra de la calle Buenos Aires, que pasa frente a la Catedral, como Papa Francisco, quizá sin observar que la misma cuadra aloja a la Municipalidad, edificio e institución eminentemente laicos (en teoría). En La Plata, rápido de reflejos y desprovisto de los escrúpulos burocráticos que afligen a las legislaturas, el mismo intendente se encargó de nombrar por decreto un tramo de calle homenajeando al papa.

Un grupo de oración de mujeres le hizo llegar un pedido similar al concejal de la ciudad de Tucumán Ernesto Nagle, quien se confesó “más papista que el Papa” y notó que “sólo tres opositores no apoyaron” el proyecto porque “no entienden la bendición que recibió el pueblo argentino”. Los concejales justicialistas de la ciudad bonaerense de General Alvear propusieron lo mismo, argumentando que “una esperanza tan fuerte merece ser plasmada en actos de gobierno que contribuyan a concientizar sobre los valores” que representa el Papa (¿valores como cuáles?).

No faltaron quienes vieron paralelos entre la alegría papista y la futbolera. Como para reafirmar esa impresión, el director técnico de la selección de fútbol italiana propuso un partido amistoso Italia–Argentina en homenaje a Francisco. El mundo ya se enteró de que el Papa es fan de San Lorenzo (un feligrés le hizo llegar una camiseta del equipo, que el pontífice recibió con evidente alegría tras hacer detener el papamóvil), lo cual lo hace el cuervo más famoso del mundo (¡chupate esa mandarina, Viggo Mortensen!) y es una oportunidad de marketing de primera para el club… como para todo el que haya logrado pegar su figura a la del papa.

Más allá del fervor católico, en un 90% de los casos fingido o superficial, la crux del asunto está, en una figura que Martín Caparrós, como casi siempre genial, diagnosticó con certeza:
La figura más clásica de la tilinguería nacional, el Argentino Que Triunfó en el Exterior, encontró su encarnación definitiva: si, durante muchos años, Ernesto Guevara de la Serna peleaba codo a codo con Diego Armando Maradona, ahora se les unió uno tan poderoso que ni siquiera necesitó morirse para acceder al podio.
Amén.

lunes, 1 de abril de 2013

Francisco, el papa de los gestos admirables

Estaba lejos de casa cuando Benedicto XVI dimitió, y me tocó nuevamente estar lejos cuando Francisco asumió como papa de la Iglesia Católica. Esta vez eran unas largas vacaciones; así pude escapar bastante al torrente de admiración acrítica, estúpida o patéticamente excusatoria que llevó consigo, triunfante, la barca de la iglesia con Jorge Bergoglio recién puesto al timón.


No es que hayan faltado críticas. Las hubo y muchas, pero se han centrado en lo que Francisco personalmente hizo o dejó de hacer durante la dictadura militar, en su ya infame carta a las monjas carmelitas donde llamaba a una “guerra de Dios” e indirectamente llamaba a los activistas por el matrimonio igualitario instrumentos del Demonio, o (en el caso de los que apoyan al gobierno kirchnerista) en sus operaciones políticas contra los Kirchner. Los defensores de Francisco han podido salir del paso de estos cuestionamientos sin demasiados problemas. El asunto de la dictadura se “resolvió” mostrando testimonios de personas a las que Jorge Bergoglio ayudó a escapar de la dictadura o el del Premio Nobel de la Paz certificando que Bergoglio no fue un colaboracionista, denunciando una campaña sucia por parte de un sector de la izquierda anticlerical y haciendo hablar al jesuita sobreviviente del incidente que se le endilga a Bergoglio desligándolo de toda responsabilidad. Que una persona pueda ayudar a unos y hacer la vista gorda con otros no se le ocurrió a nadie; que el mismo Premio Nobel de la Paz haya dicho hace sólo ocho años que Bergoglio no debía ser elegido Papa porque había sido —como mínimo— “ambiguo” ante la dictadura, que cualquier cosa (desde un caso de pederastia hasta el lavado de dinero) sea para los católicos prueba de una “campaña sucia”, o que el sobreviviente y único acusador directo de Bergoglio esté en un monasterio de clausura de su orden bajo votos de obediencia, tampoco. Con respecto a la casi surrealista referencia al demonio y la guerra divina, he notado con desconcierto que incluso los que no son papafranciscanos acérrimos defienden al papa con un argumento que se resume en “Pero si es un líder católico, ¿qué querías que dijera?”, como si la libertad de pensar y elegir las palabras de manera de no incitar a interpretaciones extremas quedara anulada al ponerse la mitra episcopal.

Los papafranciscanos incluyen a más de un ateo y hasta a unos cuantos anticlericales típicos, que han quedado genuina e ingenuamente embelesados ante la “humildad”, la “austeridad” y algunos de los gestos de Francisco, que —bien vale aclarar— no han tenido aún ningún efecto visible y concreto sobre la Iglesia o sobre los millones de fieles de los cuales ésta se alimenta, si se descuenta la donación (presunta) del equivalente del pasaje de avión a Roma por parte de dos senadores argentinos, que se ocuparon de publicitar ampliamente su renuncia a viajar a la asunción papal. La autoasumida “pobreza” de Francisco, su sonrisa afable, su trato de igual a igual con personas sin jerarquía, sus zapatos negros de marca barata, sus viajes en transporte público en Buenos Aires, ¡hasta el hecho de que compre el diario en la esquina y tome mate como cualquier argentino!, han transformado el cargo de líder de la Iglesia Católica a sus ojos.

Y aquí es donde tengo que criticar, y criticar en serio. Me importa, francamente, un comino si Francisco es amable o despreciativo con los cartoneros, con su diariero o con los obispos sobre los que ahora gobierna cual rey feudal sobre sus reyezuelos vasallos (el modelo de gobierno de la Iglesia es precisamente ése y no otro). No podría importarme menos si lava los pies a doce hombres pobres en Semana Santa, en un ritual muy conmovedor para algunos pero que no me mueve un pelo a mí. Me parece suprema y abrumadoramente falto de significado que pida pobreza y abnegación a los sacerdotes y lo ejemplifique no usando zapatos de Prada. Sobre todo me tiene sin cuidado que esos gestos sean planeados o espontáneos. La personalidad del pontífice y sus acciones y dichos accidentales pueden influir en su iglesia y en la visión que otros tienen de su iglesia, pero no me influyen directamente a mí, porque yo no soy parte de esa iglesia.

Que los papafranciscanos festejen y se festejen por tener un “papa de los pobres”, mientras ellos mismos comen todos los días y mandan a sus hijos a escuelas católicas carísimas, y mientras los pobres y marginales —echados en brazos de la Iglesia por un Estado ausente y una ciudadanía que los rechaza— reciben catecismo y limosnas en vez de educación sexual y anticonceptivos. Que crean que no usar zapatos rojos o renunciar a la limusina papal es importante, mientras el Banco Vaticano sigue lavando dinero de la Mafia y los obispos de todo el mundo, incluyendo y especialmente los del Tercer Mundo, viven como príncipes, a veces sostenidos por el mismo país que los cobija. Que los admiradores del nuevo papa —agnósticos de corazón tibio, ateos sin formación o con demasiada formacion y católicos “liberales”, “moderados” o de nombre— se alegren porque Francisco trae para la Iglesia un cambio, como si la Iglesia pudiera cambiar hacia algo distinto que su propia preservación o le interesara luchar por algo más que el poder propio. Francisco trae consigo un cambio de imagen, seguramente, pero ¿en qué puede beneficiarnos que la imagen de la Iglesia mejore?

Cada obispo argentino (como Jorge Bergoglio hasta no hace más de dos años) recibe del Estado una asignación mensual equivalente al 80% del sueldo de un juez federal de primera instancia; no tengo la cifra exacta, pero está en el orden de diez veces el salario mínimo. Cada obispo emérito (como Jorge Bergoglio desde su renuncia al episcopado hasta su asunción como papa, y quizá todavía) recibe el 70%. La pobreza y la austeridad podrían empezar por casa. Las leyes que reglamentan y ordenan esas asignaciones escandalosas fueron firmadas por miembros de la última dictadura, y pueden ser derogadas. ¿Por qué no llama Francisco a su nueva admiradora, Cristina Fernández de Kirchner, y le pide que haga ese gesto, que les serviría políticamente a ambos, especialmente luego de que el sector anticlerical del kirchnerismo quedase descolocado ante la admiración bobalicona de su intrépida líder, que fue mucho más allá de las exigencias del protocolo, por su antiguo enemigo? Y ya que está, que le pida estudiar la posibilidad de derivar progresivamente los subsidios que el Estado paga a las escuelas católicas privadas hacia la construcción y mantenimiento de escuelas públicas laicas, gratuitas, y al mejor pago de los maestros que hoy enseñan en ellas en condiciones espantosas. Tal sugerencia sería una interferencia de la Iglesia en política, asunto del cual la Iglesia siempre se lava las manos, pero no más grave que los mensajes del propio Bergoglio contra el matrimonio igualitario, por nombrar sólo un asunto de los muchos en los que ha intervenido.

Vuelvan aquí, fans de Francisco, cuando su precioso papa haya hecho eso o la mitad de eso o algo, cualquier cosa, que signifique algo más que un rito o un cambio de vestuario. Estoy esperando.

viernes, 15 de marzo de 2013

Francisco


El miércoles, apenas después de las siete de la tarde local, ya de noche y con lluvia, una columna de humo blanco anunció a las miles de personas reunidas en la Plaza de San Pedro que los cardenales reunidos en cónclave habían elegido a un nuevo Papa de la Iglesia Católica Apostólica Romana. Un largo rato después, desfiles y ceremonias mediante, el cardenal Jean-Louis Tauran anunció en latín que el elegido era Jorge Mario Bergoglio, quien había adoptado para sí el nombre de Francisco. El papa es el primero latinoamericano, el primero jesuita, el primero no europeo desde hace casi trece siglos y el primero (exceptuando a Juan Pablo I) que elige un nombre nuevo desde hace exactamente 1100 años.

Todo esto quizá habla de un papa y de unos cardenales electores dispuestos a una renovación, como algunas personas (católicos abiertos, decentes, con buena voluntad, o simplemente no muy perspicaces) han supuesto y evidentemente desean. O quizá tanta novedad responde a una estrategia de supervivencia de una iglesia anquilosada, sacudida por escándalos, necesitada de nuevos semilleros de fieles, vocaciones y santos, que la Europa secularizada ya no provee. África es la tierra de promisión para el catolicismo: pobre, atrasada, ignorante, supersticiosa, hambrienta de consuelo; pero el único candidato africano potable, Peter Turkson, tuvo el mal tino de aparecer en los medios insinuando que matar homosexuales era apenas una medida “exagerada” y que en África no hay abusos sexuales a niños porque la cultura no es tolerante hacia los gays. Mejor América Latina, un territorio también pobre y supersticioso, pero uno donde el catolicismo es parte de la cultura, de las leyes y del gobierno. Un territorio que da la bienvenida a los santos populares; un continente donde la Iglesia Católica necesita pararle los pies al evangelismo ruidoso que le está quitando su condición hegemónica. Un papa con imagen vagamente progresista, proveniente de un país latinoamericano diverso, semi-europeizado, comparativamente secular pero no perdido al posmodernismo ni a la laicidad; un papa hijo de un inmigrante italiano, sin estridencias, de aspecto como de abuelo afable y firme; un hombre poco afecto a los lujos extravagantes, un buen comunicador, un buen interlocutor con otras religiones, un moderado para los suyos.

Que este mismo hombre esté sospechado de dejar sin protección a dos sacerdotes de su orden cuando la dictadura militar los perseguía, o que haya dicho que la campaña por la ley de matrimonio entre personas del mismo sexo era parte de una estrategia del demonio, no quita que tenga otros méritos. Muchas personas se están enterando recién ahora de la primera acusación, que ha estado ampliamente documentada durante un tiempo, y que no es la única ni siquiera la más grave; en cuanto a la segunda, más reciente, pocos parecen haberla recordado, quizá por ser algo tan esperable de un jerarca católico que jamás podría haber sorprendido, excepto por su inusual falta de diplomacia, debida con seguridad al hecho de haber sido parte de una carta privada, filtrada a la prensa, destinada no a los fieles de a pie o a la opinión pública sino a una comunidad de religiosas.

En la tarde argentina del miércoles había una cierta euforia nacionalista, que felizmente se vio pronto contrarrestada por esa reacción cínica, bastante cercana a un reflejo, que para bien y para mal es típica de los argentinos, acostumbrados como estamos a las componendas, la hipocresía protocolar de los políticos, las decisiones inconsultas de los poderosos y la cuidada ornamentación y puesta en venta de ídolos con pies de barro. Frente a quienes pretendían una alegría universal, hubo al menos unos pocos diciendo non habemus papam: el papa no es “nuestro” papa, no representa a Argentina ni a los argentinos; ni siquiera a todos los católicos, a menos que cada uno de quienes profesan esa fe se sienta personalmente representado por una persona que pide —como si nada tuviera él que ver con el asunto— reconciliación e implícito olvido de los crímenes de una dictadura con la cual la Iglesia que ahora preside colaboró entusiastamente, o por alguien que sindica a los activistas por los derechos de los homosexuales como agentes del diablo.

Sé que la mayoría de mis compatriotas no son así; espero que pronto, pasados esos primeros días de ingenuidad, recuperen el cinismo y la desconfianza que merecen encontrar ante sí, como una sensata barrera, todos los que llegan al poder y la gloria con pretensiones de poseer una verdad superior, por más humildes que sean sus maneras.

jueves, 20 de septiembre de 2012

El Papa pide

Lo que el Papa pide a los africanos… Click para ver más grande.


La noticia original, en la caverna. Todavía no son tan claros para expresarse, estos católicos.

sábado, 22 de octubre de 2011

Feliz Día de Juan Pablo II

Hoy, 22 de octubre, es la fiesta del Beato Juan Pablo II. Se supone que el papa polaco, nombrado beato en mayo de 2011, debe servir como ejemplo para todo aquél que desee estar más cerca de Dios, aunque por ahora su uso principal ha sido azuzar la superstición y la necrofilia de las multitudes. Esto es bastante inofensivo, pero no deja de ser molesto cuando el venerable ídolo sale del ámbito de la secta católica devota e invade el espacio público a hombros de políticos sin nada mejor que hacer, generalmente, y con el mensaje implícito de que todos deberíamos ser como Juan Pablo II.

Juan Pablo II con el dictador argentino Leopoldo Galtieri.
Quizá dentro de algunos años, quizá incluso el año que viene, haya en el mundo unos cuantos niños católicos nombrados Juan Pablo (o Jean-Paul, Giovanni Paolo o João Paulo) por haber nacido en esta fecha. La costumbre de buscar el nombre del recién nacido en el santoral es antigua, pero debe conservarse en más de un lugar (de hecho, el Papa lo recomienda). Sin más, no hace demasiados años yo recibí de mis padres dos nombres famosamente bíblicos y sólo un cromosoma Y me salvó de ser nombrado como una advocación de la virgen… Tampoco faltarán, probalemente, niñas donde se esperaba un varón y que terminen llamadas Juana Paula (o Jeanne-Pauline, etc. —creo que ya me entienden) en honor a este papa que protegió a uno de los más desagradables y corruptos “hombres de Dios” que hayamos visto en tiempos recientes, su amigo Marcial Maciel, que alegremente abusaba de niños y procreaba hijos (de los que también abusaba luego) con mujeres aquí y allá mientras Juan Pablo pontificaba llamando inmorales a millones de adultos que practicaban el sexo con otros adultos, de pleno acuerdo mutuo y sin romper ningún voto sagrado, sólo porque lo hacían con una pareja del mismo sexo o porque utilizaban un medio anticonceptivo. Una persona enferma de entrometimiento en la vida ajena, que pasaba por ecuménico y abierto yendo a celebraciones interreligiosas mientras su teólogo en jefe, Joseph Ratzinger, escribía diciendo que los no católicos son deficientes ante Dios, y él mismo, Juan Pablo, declaraba en una conmemoración del Holocausto que sólo una ideología atea podía cometer un acto tan horrible. Un beato —que quiere decir bendito por Dios— que estrechó gustoso la mano ensangrentada de Augusto Pinochet y que premió a Carlos Menem, artífice de la peor crisis social y económica de la historia argentina, con una condecoración por haber defendido a los “niños por nacer”, mientras los niños verdaderos nacían a un país puesto de rodillas por una pobreza feroz.

Feliz día, sí, o mejor dicho, que sea un día provechoso: un día para recordar los orígenes de los ídolos y derribarlos.

lunes, 22 de agosto de 2011

Efemérides del 22 de agosto

Un día como hoy, 22 de agosto, pero en 1760, nacía en algún lugar de la Marca de Ancona, hoy Italia pero entonces bajo dominio eclesiástico, Annibale Francesco Clemente Melchiorre Girolamo Nicola Sermattei della Genga Periberti di Fabriano, mejor conocido (y más fácilmente recordado, obviamente) como León XII, Papa de la Iglesia Católica Apostólica Romana.

No es habitual encontrar virtudes sin mancha en los líderes político-religiosos, a quienes el poder absoluto tiende a corromper, pero León XII sobrepasó la marca habitual. Conservador moral estricto, tomó medidas tales como prohibir bajo pena de excomunión la venta de vestidos ajustados o traslúcidos, las ovaciones en los teatros, la venta de alcohol en los bares y los juegos de azar durante domingos y fiestas de guardar. Decretó que los judíos no podían efectuar transacciones financieras con cristianos y que no podían ser dueños de inmuebles dentro de los Estados de la Iglesia, además de someterlos, junto al resto de la población de Roma, a escuchar lecciones de catecismo católico. El exilio de muchos judíos hacia regiones fuera del dominio papal agudizó la crisis económica reinante.

La obra de León XII contra el progreso no se limitó a Roma, sin embargo: también condenó la independencia de las colonias españolas, llamando a los obispos americanos a recordar a sus fieles las virtudes del rey Fernando el Católico y repudiando la aparición de juntas de gobierno locales que veía “salir, a la manera de langostas devastadoras, de un tenebroso pozo” (Apocalipsis 9:1-3).

No parece ser cierto, sin embargo, el rumor histórico de que León XII prohibió la vacunación contra la viruela. Este mito parece haber surgido de los reportes de viajeros ingleses protestantes, del feroz oscurantismo del papado y de las múltiples reglas absurdas instauradas por el pontífice, que hicieron que su muerte fuera celebrada, más que lamentada, por el pueblo.

viernes, 12 de agosto de 2011

Efemérides del 12 de agosto

En un día como hoy, 12 de agosto, en el año 1484, murió Francesco della Rovere, más conocido como el Papa Sixto IV. En su honor es que la Capilla Sixtina lleva su nombre, por ser él quien la inauguró como tal. Sixto IV es famoso por su apoyo a la Inquisición, por su consecuente nepotismo, por su participación en la conspiración Pazzi para asesinar a los hermanos Giuliano y Lorenzo de’ Medici, por su llamado a una cruzada contra los otomanos (uno de sus primeros actos de gobierno), por anular los decretos reformistas del Concilio de Constanza y por confirmar y explicitar el derecho de los reinos cristianos a comprar o adquirir por la fuerza esclavos africanos (que no fueran a su vez cristianos, aunque el objetivo final era convertirlos). Casi un santo, vamos.

(No sé todavía si inaugurar una sección de efemérides, pero para aquellos a quienes interesen estas cosas, ahí fue una. Quizá vengan otras, quizá no.)